La eterna lucha por la igualdad

12 de septiembre de 2021. El Ingreso Básico Universal, una idea que trasciende épocas

 

Esta nota representó de la manera más acabada lo que pienso, siento y espero de la seguridad social. En todos los artículos que tuve oportunidad de publicar en El Cohete a la Luna he tratado de trasuntar que la lucha por la equidad no sólo es ardua sino que deviene del mandato histórico de millones de personas que ofrendaron su vida por un mundo más justo. Son los mártires de la lucha por la igualdad. La historia está plagada de ejemplos de quienes tuvieron el coraje de enfrentarse a los poderes fácticos de hoy y de siempre. Los sectores del poder económico han sofisticado sus herramientas: ya no usan armas sino instrumentos tales como los medios de comunicación, los monopolios y su eterna codicia. Por ello la lucha continúa y, por ahora, no parece cercana a concluir, porque mientras alguien padezca hambre o viva en condiciones de vulnerabilidad social siempre estará quien reivindique la equidad, la solidaridad, el amor al prójimo y su entrega desinteresada para un presente mejor. Intento, con estas notas, aportar mi pequeño granito de arena.

 

La irrupción de la pandemia de Covid-19 a inicios de 2020 tuvo consecuencias devastadoras en las economías familiares y en los sistemas económicos globalizados, lo cual estimuló la generación de ricos debates internacionales sobre la forma adecuada de atemperar esa debacle en la figura de un Ingreso Básico Universal (IBU). Pero, paulatinamente, aquel estallido de interés fue perdiendo fuerza y sólo algunas voces siguieron analizando la idea. Hoy en día, cuando –vacunas mediante– las aguas parecen haberse aquietado, se encuentran (tras bambalinas) distintos grupos de pensamiento trabajando el tema. Esta situación renueva mi entusiasmo ya que hace muchos años que me dedico a estudiarlo, y gracias a la paciencia de El Cohete a la Luna he podido publicar varias opiniones al respecto En esta nota intento mostrar que la idea de construir una sociedad igualitaria siempre estuvo latente en numerosos idealistas y pensadores de distintas partes del mundo.

 

Cuestiones semánticas

El Ingreso Básico Universal ha sido bautizado a través del tiempo de diferentes formas. La Renta Básica Universal es el nombre más popular de todos, pero en este trabajo preferimos cambiar la palaba “renta” por “ingreso”, debido a que renta no es de uso común en nuestro país y, además, tiene un significado diferente (el concepto “renta básica” proviene de la traducción literal al español del “basic income”). En España se lo denomina como Ingreso Mínimo Vital. En Francia, como Solidaridad Activa; en Alemania, Harz IV o Desempleo II; en Finlandia, Subsidio Básico de Subsistencia (Toimeentulotuki); en Portugal, Ingreso Mínimo Garantizado o RSI; en Reino Unido, Universal Credit y así sucesivamente en cada uno de los 19 países de Europa que implementaron programas de estas características.

Por estos lares se ha ido abriendo camino la denominación de Ingreso Universal Ciudadano, nombre seguramente muy apropiado para el momento en que el programa alcance una dimensión tal que permita que toda la población, sin exclusión, esté en condiciones de recibir el beneficio. En definitiva, jugando con la idea marxista de que el comunismo es la etapa superior del socialismo, podríamos decir que el Ingreso Universal Ciudadano sería la etapa superior del Ingreso Básico Universal.

Más allá de estas curiosidades semánticas sobre la denominación del programa, lo más importante es desentrañar y valorar las posibilidades de que una idea de esas características modifique la realidad económica, social y cultural de un país como el nuestro. En otras notas he abordado lo que significa la pobreza desde todos los ángulos, en particular, lo que afecta directamente a las víctimas: los pobres. Ahora me adentraré en la herramienta lógica de resolución de las cuestiones que apareja la pobreza.

Con la banalidad con que se tienden a hacer algunos análisis en los medios de comunicación, siempre cargados de ideología, suelen usarse expresiones como “en ninguna parte del mundo…” o “en todo el mundo…” con el objeto de desvalorizar una idea o ensalzarla, según la conveniencia del dicente. Pero la realidad es mucho más compleja: nada ocurre en todo el mundo ni nada deja de ocurrir. Lo cierto es que, en referencia al IBU, existen antecedentes de toda naturaleza, tanto de concepción como de aplicación.

 

 

Las ideas-fuerza a través del tiempo

La idea platónica de que el principal objetivo del Estado es hacer que la gente sea feliz, y que para lograr ese objetivo hay que evitar que en su seno haya personas ricas y personas pobres, es la primera justificación filosófica de la lucha eterna por la igualdad que es, en definitiva, el eje central del IBU. Por ese camino transitaron infinidad de intelectuales con ideas que en su tiempo fueron verdaderamente revolucionarias, aunque hoy no las veamos de la misma forma.

En 1516, Tomás Moro publicó su célebre Utopía, nombre de la maravillosa isla donde transcurría la increíble existencia de sus habitantes imaginarios, los “utopianos”. Al explicar la vida de los campesinos, cuenta que “la renovación del personal agrícola es algo perfectamente reglamentado. Con ello se evita que nadie tenga que soportar durante mucho tiempo, y de mala gana, un género de vida duro y penoso. No obstante, son muchos los ciudadanos que piden pasar en el campo varios años, sin duda, porque encuentran placer en las faenas del campo. De las costumbres de un pueblo como este se sigue necesariamente la abundancia de todos los bienes. Si a esto se añade que la riqueza está equitativamente distribuida, no es de extrañar que no haya ni un solo pobre ni mendigo” (Utopía libro II, Los viajes de los utopianos).

Thomas Hobbes, en su Leviatán (1651), entendía que “la naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en sus facultades corporales y mentales que, aunque pueda encontrarse a veces un hombre manifiestamente más fuerte de cuerpo, o más rápido de mente que otro, aun así, cuando todo se toma en cuenta en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es lo bastante considerable como para que uno de ellos pueda reclamar para sí beneficio alguno que no pueda pretender tanto como el otro”. Luego agrega: “La prudencia no es sino experiencia, que a igual tiempo se acuerda igualmente a todos los hombres en aquellas cosas a que se aplican igualmente. Lo que quizá haga de una igualdad algo increíble no es más que una vanidosa fe en la propia sabiduría, que todo hombre cree poseer en mayor grado que el vulgo”.

Jean-Jacques Rousseau, en el Discurso sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los Hombres (1755), dice: “El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir ‘esto es mío’ y halló gentes bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: ‘¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!’ Tal fue o debió de ser el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevas trabas al débil y nuevas fuerzas al rico, fijaron para todo tiempo la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron de una astuta usurpación un derecho irrevocable, y, para provecho de unos cuantos ambiciosos, sujetaron a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria” y completaba la idea con: “Va manifiestamente contra la ley de la naturaleza (…) que un puñado de gentes rebose de cosas superfluas mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario”.

 

Para Rousseau, la desigualdad atenta contra la ley natural.

 

 

Mucho más acá en el tiempo, el creador de la seguridad social universal, William Beveridge, sostiene que “el Plan de Seguridad Social tiene esa finalidad: establecer un minimum nacional sobre el cual pueda desarrollarse la prosperidad, además de abolir la necesidad”. En la misma línea, un documento publicado en julio de 2020 en el portal de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con la firma de su subsecretaria general, Kanni Wignaraja, plantea que la Renta Básica Universal es “un mecanismo necesario como parte del paquete de medidas económicas que nos ayudará a salir de este abismo”.

En 1968, cinco reconocidos economistas, John Kenneth Galbraith, Harold Watts, James Tobin, Paul Samuelson y Robert Lampman, publicaron un artículo en el New York Times donde consideraban que “el país no habrá cumplido con su responsabilidad hasta que todos los ciudadanos tengan asegurada una renta no inferior a lo que se define oficialmente como umbral de pobreza”.

Obviamente, el testimonio dejado por distintos intelectuales a través del tiempo es mucho más amplio que la reseña aquí compilada, pero he querido dejar testimonio de que, desde hace al menos 2.400 años, la humanidad ha dedicado grandes testimonios a la idea de que el mundo puede ser mucho más justo de lo que es, sin perder por ello su vocación por el progreso y por el desarrollo humano. Más bien todo lo contrario: la igualdad permitirá la incorporación de vastos sectores al pensamiento y a la acción para que el progreso llegue a todos con equidad.

 

 

Concepto del Ingreso Básico Universal

Una primera idea sobre el IBU plantea que es el reparto incondicionado de una suma de dinero al conjunto de la población, sin otro requisito que respirar dentro del territorio nacional donde se implementa. El criterio sería que toda la población lo perciba, pero aquellos que tienen mayor capacidad contributiva aporten lo necesario para que puedan recibirlo quienes no tienen esa capacidad contributiva.

Si bien la idea parece ser sencillamente perfecta, ya que se lograría una distribución del ingreso nacional equitativa, en la práctica –excepto en Alaska, donde los recursos provienen de las regalías petroleras– parece complejo lograr una distribución tan armoniosa. Por ello, se han ido abriendo camino distintas ideas que tienden a cubrir diversos universos para alcanzar el nivel ideal de distribución de ingresos que cubra al conjunto de la población. Pero en todos los casos hay dos premisas básicas que se deben cumplir, insoslayablemente: el monto de dinero a distribuir debe cubrir las necesidades de la población asistida y cada universo seleccionado debe poder incorporarse en su totalidad, es decir, debe ser universal para la población elegida. De aquí se desprenden dos principios propios de la seguridad social: el de suficiencia de la prestación y el de universalidad.

El principio de suficiencia implica que la cobertura de la necesidad debe abarcar la totalidad del daño producido. En general, toda contingencia social que alcanza a un individuo produce un hecho dañoso que tiene consecuencias inmediatas, pero también consecuencias mediatas. En idéntico sentido, puede implicar que la cobertura abarque tanto necesidades materiales como necesidades psicológicas. Este principio prevé que todas ellas deben ser reparadas, por lo que se torna primordial la gestión que realicen los organismos de seguridad social encargados de brindar la cobertura.

El principio de universalidad tiene como objetivo garantizar que todas las personas, por su condición de tal –siempre que cumplan los requisitos requeridos para obtener una prestación social– tengan acceso a las prestaciones correspondientes. La universalidad representa el objetivo de generalización de las personas comprendidas en el sistema, con el propósito de que toda la población quede amparada en él.

Una segunda idea conceptual encuentra sustento en la concepción de igualdad entre los seres humanos, que emana del artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente”. Ello permite apreciar que la única diferencia entre una persona pobre y una que no lo es está relacionada con la cantidad de dinero que se posee: mientras el pobre no tiene dinero suficiente, el otro sí lo tiene. En consecuencia, si a quien necesita se le permite acceder a un nivel económico razonable, ello potencia su capacidad creadora y mejora todas las potencialidades humanas. Así, el dinero que se le entrega a los sectores vulnerables, lejos de ser un gasto, es una inversión de enorme valor.

En definitiva, el IBU representa una herramienta que tiene por objeto alcanzar una distribución equitativa del ingreso nacional y de las cargas públicas. Intenta construir una sociedad con equidad donde se conjuguen las ideas de democracia y libertad con las de dignidad y amor al prójimo.

Como dijo Eduardo Galeano, “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Yo me permito hacerle un pequeño agregado a la frase de este gran pensador: somos lo que hacemos, y lo que dejamos de hacer, para cambiar lo que somos”.

 

 

 

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