La eternidad, hermano

No pueden vallar los corazones ni la historia ni el amor abriéndose paso y defendiendo lo propio

 

Yo soy el error de la sociedad

Soy el plan perfecto que ha salido mal

Vengo del basurero que este sistema dejó al costado

Las leyes del mercado me convirtieron en funcional

Soy un montón de mierda brotando de las alcantarillas

Soy una pesadilla de la que no vas a despertar

Vos me despreciás, vos me buchonéas

Pero fisurado, me necesitás

Soy parte de un negocio que nadie puso y que todos usan

En la ruleta rusa, yo soy la bala que te tocó

“La violencia”

Agarrate Catalina

(Murga Uruguaya)

 

 

Porque nunca entendieron nada. No entendieron el amor y la desesperación de loba herida de una sociedad la que le intentaron sacar todo: el pan sobre la mesa, la salud, la educación, la esperanza, y que no va a dejar que le saquen nada más. Aun cuando tenga que defenderlo a dentelladas.

Y ahí fueron las lobas y sus lobeznos a defender lo suyo. A defender a esa mujer que sienten suya y tan vital para su futuro que no van a permitir que se la devoren las mandíbulas aceitadas y babeantes de un Poder Judicial que perdió todo pudor, todo decoro, toda razón.

Montaron un show de babas y descaro. Adjetivaron, agraviaron, incorporaron pruebas que no eran pruebas y el colmo del paroxismo, mintieron. ¡Y entonces la jauría ladró BASTA, a Cristina no la tocan! Y fueron todos en manada a decirle a los que odian que hasta aquí llegaron con sus trucos de prestidigitadores de feria. Que hasta acá llegaron con sus burlas impúdicas a la ley y a las razones. Que hasta acá llegaron con su afán de perseguir con saña y sin piedad. A una mujer. A sus hijos. A un país.

Un país que pretendieron vallar por partes. Sitiar a la mujer y separarla del amor que se manifiesta en la puerta de su casa. Amor que, como decía Borges, tiene sus propios signos y símbolos. Su idioma secreto. Que hace ruido, que ensucia las veredas, que sacude las conciencias con su brutal contundencia. Amor que conmueve los cimientos. Amor. Así, puro y duro.

Amor que cuida. Amor que grita que no van a profanar el objeto de su amor. Que a Cristina no la van a tocar. Que no lo vamos a permitir.

Porque a Cristina, la que no les teme, la que se les paró enfrente a decirles que mienten, que hacen trampa, que difaman y que no le importa. Que si volviese a nacer no dudaría en hacer lo mismo. En dar derechos y bienestar a las lobas y sus lobeznos. Darles trabajo. En garantizarles el pan, la salud, la vida, las libertades. Todo lo volvería a hacer igual, aun sabiendo el costo infinito que significaría en su vida.

Y por eso ellos, los que odian, miran azorados y sin entender. Porque no entienden el amor que se vierte a raudales sobre Cristina. Amor que cura. Amor que indemniza. Amor que acompaña día tras día, noche tras noche. Amor que hace choripanes y guisos en la vereda porque no ceja, porque no se va. Porque no desiste.

 

 

Creyeron que podían insultar y amenazar sin consecuencias. Vienen ahora a manifestar espanto porque no duermen. Porque por repetición tuvieron que aprenderse el cancionero peronista. Porque hasta el burgués caniche ladra con el ritmo de la marcha peronista. Porque algunos ya planean instalar pantallas para gritar los goles de mundial cerca de su amor. De su gran nodriza. De la que los alimentó y cobijó con su sonrisa y sus ademanes de dama.

Mientras ellos espían y siguen rompiendo leyes y reglas de la democracia, nosotros cantamos y saltamos. Porque para las lobas y sus lobeznos esto es la Democracia. Una fiesta popular donde cantamos y bailamos. “Ahora tiro yo, porque me toca”, canta el Indio y nosotros decimos “ahora sueño yo, porque nos toca». Y nos toca. De verdad nos toca. Nosotros no dejamos de soñar aun cuando tampoco durmamos. No dejamos de soñar. Ni de cantar. Ni de bailar.

Nos toca creer que le podemos ganar a la maquinaria infame de la muerte y la desolación. Que le podemos ganar al hambre y al dolor. Que le podemos ganar a la injusticia. Que le podemos ganar a los símbolos vetustos de una autoridad que ha perdido toda autoridad. Todo respeto. Toda razón de legitimidad. Señores que sin vergüenza de ninguna naturaleza tomaban mate con los símbolos de su oprobio, exhibidos como estandartes. La sábana nupcial que revela la falta de pureza de esa novia procaz que adornaron con oropeles y pretendieron infiltrar en el lecho.

Escribo esto y me acuerdo del viejo duende borrachín del viejo Carlino y su bellísimo poema al Mono Gatica. Y sus versos finales, que dicen:

Porque no podían perdonarte tu corazón ingenuo

Aun niño. La poesía de pájaros demorada en tus ojos,

Tu urgencia por querer ser igual

Toda una subversión humana.

Cómo te iban a perdonar los bandoneones numerosos

Trepados a tus gestos

Las historias de júbilo popular

Iluminadas de fervor y de distancias.

La misión inglesa, el nombre de tu hija, el estrellato

Lo que no te perdonan son tus pies de canillita

El no haber ido a la escuela,

Pero ardiendo siempre como el viento de protagonista

Y esa dramática alucinación

De querer vivir tuteándote con la vida.

Pero no importa, señores, maten la pasión, la calle,

Los gorriones populares.

¡Maten, maten maten!

Ahora ya no serás más José María

Serás un árbol, un tango

El barrio enarbolado

La eternidad, hermano.

Podrán vallar las plazas, las veredas, pero no los corazones. No pueden vallar los corazones ni la historia ni el amor abriéndose paso y defendiendo lo propio. No pueden ponerle limites a las lobas y a sus lobeznos. Porque la pelea es contra la injusticia. La pelea es por el amor. Por derecho a amar y defender lo que se ama. La pelea es por la historia. A la que vamos cantando esperanzados de ganarla. Creyendo que podemos ganarla. Porque tenemos razón. Porque tenemos amor. Porque somos el pueblo. Ese que desprecian. Somos ese pueblo al que no le importa su desprecio. Somos el pueblo. El que no odia. El que marcha inclaudicable a la victoria de la historia. La de Eva. La de Perón. La de Néstor y la Cristina. La de los treinta mil. Somos el pueblo. En palabras del viejo Carlino, “la eternidad, hermano”. Somos el pueblo y aquí estamos. Por amor.

 

 

 

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