La crueldad está arraigada en las profundidades de la psiquis humana. A veces el trato cruel es un medio para un fin, como acontece en el uso instrumental de la tortura. En otras ocasiones es producto de la necesidad de humillar, atormentar o matar a otras personas que nos han producido un daño o nos han colocado en una situación indeseada, como acontece en los denominados castigos colectivos. En las guerras, la crueldad se instala casi de modo natural, porque el objetivo es matar a otros seres humanos, lo que nos priva de toda empatía por el sufrimiento ajeno.
Además, atribuimos al enemigo la responsabilidad por tener que llevar a cabo acciones execrables. Como señala Jonathan Glover en Humanidad e inhumanidad (Ed. Cátedra), “los ejércitos tienen que producir algo semejante a una psicología de robot, gracias a la cual se pueden llevar a cabo con toda frialdad, sin la inhibición que producen las respuestas normales, actos que de lo contrario parecerían horribles”.
En la actualidad, las nuevas tecnologías, que emplean bombas, misiles y drones, permiten matar en masa y a distancia. Los blancos son elegidos fríamente, usando la IA, y las órdenes se lanzan desde las pantallas de ordenadores situados en confortables oficinas donde no llegan los gritos de dolor de las víctimas.
Así se produce la dilución de la responsabilidad personal, dado que las personas se sienten simples piezas de un engranaje superior. La distancia facilita la matanza de civiles porque neutraliza las inhibiciones ligadas al respeto y la simpatía por los otros. La demonización del enemigo, catalogado como “animales humanos” o “terroristas”, y la simple pertenencia a una etnia diferente, favorecen el surgimiento de un racismo latente, es decir, la convicción íntima de una radical asimetría entre “ellos” y “nosotros”. Se deshumaniza al enemigo, que es tratado como un conjunto indiferenciado, lo que facilita el castigo colectivo.
De este modo, los gobiernos, para satisfacer las pulsiones racistas y las peticiones de venganza de la opinión pública interior, se sienten liberados de toda restricción y marcan la línea entre lo que debe vivir y lo que debe morir.
La legislación humanitaria
Los esfuerzos dirigidos a evitar el uso de la fuerza para resolver los conflictos internacionales han sido una aspiración constante de la humanidad. El principio de prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales fue establecido en el art. 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas en 1945, pero, como lo evidencian las numerosas guerras que ha habido desde entonces, ha tenido escasa aplicación en la práctica.
Dada la dificultad de poner fin a las guerras, el derecho internacional ha intentado, en forma paralela, el establecimiento de normas que regulen la conducción de las hostilidades y eviten la crueldad. De este modo se intenta que el uso de la guerra no sea incontrolado, para lo cual se establecen una serie de criterios que deben ser respetados por las partes en caso de conflicto bélico. Esto ha llevado a la creación del derecho internacional humanitario, que prohíbe, por razones de humanidad, determinadas prácticas, especialmente aquellas que pueden perjudicar a los civiles que no están involucrados en los combates.
Estos principios están contenidos en varios tratados firmados en la Convención de Ginebra de 1864 y en las Conferencias de la Paz celebradas en La Haya en 1899 y 1907. En el año 1949 se celebró una nueva Convención en Ginebra en la que se adoptaron cuatro convenios que han sido suscritos por 188 Estados: 1) para mejorar la suerte de los heridos en campaña; 2) para mejorar la suerte de los náufragos en el mar; 3) relativos al trato de los prisioneros, y 4) relativos a la protección de personas civiles en tiempo de guerra.
En el año 1998, una mayoría de 120 Estados sancionó el Estatuto de Roma, que sirvió de base jurídica para el establecimiento de la Corte Penal Internacional. En el en el artículo 8 del Estatuto de Roma, que entró en vigor el 1 de julio de 2002, se regulan los denominados “crímenes de guerra” y se consideran punibles acciones como la destrucción y la apropiación de bienes no justificadas por necesidades militares y efectuadas a gran escala; dirigir intencionalmente ataques contra la población civil en cuanto tal o contra personas civiles que no participen directamente en las hostilidades; dirigir intencionalmente ataques contra bienes civiles, es decir, bienes que no son objetivos militares; atacar o bombardear, por cualquier medio, ciudades, aldeas, viviendas o edificios que no estén defendidos y que no sean objetivos militares; la deportación o el traslado de la totalidad o parte de la población del territorio ocupado dentro o fuera de ese territorio; dirigir intencionalmente ataques contra edificios dedicados a la religión, la educación, las artes, las ciencias o la beneficencia, los monumentos históricos, los hospitales y los lugares en que se agrupa a enfermos y heridos, siempre que no sean objetivos militares; dirigir intencionalmente ataques contra edificios, material, unidades y medios de transporte sanitarios, y contra personal que utilice los emblemas distintivos de los Convenios de Ginebra de conformidad con el derecho internacional; hacer padecer intencionalmente hambre a la población civil como método de hacer la guerra, privándola de los objetos indispensables para su supervivencia, incluido el hecho de obstaculizar intencionalmente los suministros de socorro de conformidad con los Convenios de Ginebra.
Los crímenes de Israel
El lector informado habrá percibido que la enumeración anterior se corresponde exactamente con los crímenes de guerra que está cometiendo el Estado de Israel en Gaza y que justifican sobradamente el pedido de captura del Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y su anterior ministro de Seguridad, Yoav Gallant, efectuado por la Corte Penal Internacional. Nos vamos a detener en los ataques contra los hospitales, en el ataque a los periodistas y en la hambruna provocada porque son representativos del grado de crueldad que envuelve al comportamiento de las Fuerzas Armadas de Israel.
El ataque sistemático a los hospitales en Gaza ya ha sido objeto de pormenorizado análisis en el informe elaborado por la ONG israelí Médicos por los Derechos Humanos (PHR). El documento se centra en la destrucción del sistema sanitario y concluye que actos como los ataques a los hospitales del enclave de Gaza “no son consustanciales a la guerra”, sino que “forman parte de una política deliberada dirigida contra los palestinos como grupo”. De allí que la organización médica justifique su acusación de genocidio al asegurar que la ofensiva de Israel en Gaza “cumple al menos tres actos fundamentales definidos en el artículo II de la Convención sobre el Genocidio, es decir, matar a miembros del grupo, causar daños físicos o mentales graves a sus miembros y someter deliberadamente al grupo a condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción total o parcial”.
El reciente ataque al Hospital Nasser, que es el principal hospital del sur de Gaza, dejó al menos 20 muertos, entre los cuales había cinco periodistas. En este caso, Israel aplicó una estrategia de una crueldad extrema, que consiste en volver a atacar el mismo objetivo en poco tiempo para así alcanzar a los sanitarios y civiles que han acudido a prestar socorro a los heridos.
No es la primera vez que el ejército de Israel utiliza esta estrategia. Según la publicación israelí +972 Magazine, Hala Arafat, de 35 años, fue filmada mientras estaba atrapada bajo los escombros de la casa de su familia en el norte de Gaza después de que fuera alcanzada por un ataque aéreo israelí. Para que nadie pudiera salvarla, el ejército continuó disparando con drones a cualquiera que se acercara a la zona durante ocho horas después del bombardeo inicial. Poco después de que se grabara el vídeo, Hala falleció, sumándose a los otros 13 miembros de su familia que murieron en el ataque, entre ellos siete de sus hijos.
Asesinato de periodistas
Según el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), al menos 197 periodistas y otros trabajadores de medios de comunicación habrían muerto desde que comenzó la guerra de Gaza. Al Jazeera eleva esta cifra hasta las 273 víctimas. De estas muertes, al menos 26 son considerados asesinatos deliberados por el CPJ (otros veinte casos estaban bajo investigación para determinar si también se trataban de ataques deliberados).
Thibaut Bruttin, director general de Reporteros sin Fronteras, dijo que Israel atacó a los periodistas en un intento de impedirles difundir noticias sobre la hambruna en Gaza. "¿Hasta dónde llegarán las fuerzas armadas israelíes en su esfuerzo gradual por eliminar la información procedente de Gaza?", preguntó. "¿Hasta cuándo seguirán desafiando el derecho internacional humanitario? La protección de los periodistas está garantizada por el derecho internacional; sin embargo, más de 200 de ellos han sido asesinados por las fuerzas israelíes en Gaza en los últimos dos años". Luego pidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que convocara una reunión de emergencia para promulgar "medidas concretas... para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas, proteger a los periodistas palestinos y abrir el acceso a la Franja de Gaza a todos los periodistas".
Mayor gravedad tienen los asesinatos selectivos de periodistas, como el del cronista de Al Jazeera, Anas al-Sharif, quien fue atacado y asesinado junto con otros cuatro compañeros por medio de un misil que fue lanzado sobre la tienda de campaña que les servía de alojamiento. Israel acusó al periodista, sin pruebas, de pertenecer a Hamás, dejando así en evidencia que se trataba de una acción perfectamente calculada. Como muestra indigna de complicidad con los crímenes de Israel, el tabloide Bild, del conglomerado alemán Axel Springer, horas después de que se hiciera pública la muerte de al-Sharif, publicó su imagen bajo este titular: "Terrorista disfrazado de periodista asesinado en Gaza" (que más tarde se cambió por "El periodista asesinado era presuntamente un terrorista").
Hambruna
La Agencia de las Naciones Unidas que controla la situación alimentaria en el mundo ha declarado la existencia de una hambruna en la ciudad de Gaza y en el resto de municipios y campos de refugiados que conforman la Gobernación de Gaza. La Clasificación Integrada de las Fases (en español, CIF) ha alertado en un comunicado que la hambruna que sacude ese territorio es “completamente causada por el hombre” y que puede ser frenada y revertida. “El tiempo para el debate y la duda ha quedado atrás, la hambruna está presente y se esparce de manera veloz”, señala el texto.
Sin duda, los más afectados por el hambre son los niños, con los riesgos de muerte o secuelas irreversibles. Como ya hemos señalado, el derecho humanitario prohíbe todo ataque que convierta a los civiles en objetivo o los dañe intencionalmente. Israel ha impedido durante semanas la entrada de alimentos y ha asesinado en las “colas del hambre” a quienes iban a recoger la escasa ayuda que había ingresado. El ejército israelí impide incluso que los gazatíes puedan sobrevivir con sus propios recursos: les han prohibido pescar (e incluso bañarse en el mar) y han destruido sus tierras de cultivo.
Solo desde una deliberada estrategia de exterminio pueden explicarse estos comportamientos. Lo penoso es constatar que, en Israel, desde los comentaristas en Internet hasta los más altos niveles del gobierno, la respuesta refleja sigue siendo la misma: “Todo es falso”. Según afirma Ron Dudai, profesor en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Ben-Gurion, Israel ha convertido en un arte la negación de las atrocidades.
Como señala Jonathan Glover, somos una especie brutal y al mismo tiempo harta de brutalidad. El conflicto entre nuestra crueldad y nuestras aspiraciones a una sociedad sin violencia es tan antiguo como la historia humana. La novedad es que, por primera vez en la historia, tenemos conciencia de la crueldad y las atrocidades en el momento mismo en que ocurren. Frente a este fenómeno, quedan solo dos alternativas: podemos aceptarlas como una fatalidad, o podemos considerarlas intolerables y hacer todo lo posible para erradicarlas. Ese desafío nos interpela también en nuestro país como sociedad que ha sufrido, en las carnes quemadas por la tortura o en el reparto ignominioso de recién nacidos, el impacto brutal de la crueldad.
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