En abril de 2026, la Argentina e Israel firmaron una serie de memorandos de entendimiento orientados a fortalecer la cooperación bilateral. Los acuerdos abarcan áreas clave como seguridad, lucha contra el terrorismo e innovación tecnológica. Sin embargo, el hecho pasó con una discreción llamativa, casi inadvertido en el debate público, en contraste con la relevancia estratégica de su contenido. En ese mismo clima de baja visibilidad, la llegada a la Casa Rosada de Peter Thiel —uno de los nombres más influyentes del capitalismo tecnológico global— no logró alterar la superficie de la agenda mediática, pese a su peso político y económico en la arquitectura digital contemporánea.
Llegó también una forma específica de concebir el poder: aquella que entiende a los datos como territorio, a la vigilancia como infraestructura y a la inteligencia artificial como herramienta estratégica de gobierno. La visita, que se registró como una anécdota, debería preocupar a gran parte de la sociedad y de la dirigencia política. El desembarco de Palantir Technologies en la Argentina reabre una pregunta que excede largamente la coyuntura local: ¿qué implica el desembarco de una empresa nacida en el corazón del aparato de inteligencia estadounidense, convertida hoy en uno de los rostros más visibles del complejo militar-tecnológico contemporáneo? ¿Qué interés tiene en la Argentina? La pregunta no remite únicamente a inversiones, financiamientos de campañas políticas, innovación o transferencia tecnológica. Remite a una mutación histórica del colonialismo: la vigilancia y la persecución recaen sobre países que ellos mismos endeudaron y empobrecieron a través de los gobiernos de turno. La reformulación contemporánea de una lógica colonial que ya no se impone exclusivamente mediante la ocupación territorial o la coerción militar directa, sino a través de arquitecturas digitales capaces de clasificar, anticipar, vigilar y administrar poblaciones enteras.
En esa red de alianzas occidentales entre capital financiero, inteligencia estatal y desarrollo tecnológico, Palantir encarna una transformación profunda: la privatización de la inteligencia y la administración algorítmica de la violencia. Su emergencia expresa el proyecto de una nueva élite tecnopolítica que imagina la reorganización del poder a partir de infraestructuras privadas de datos, donde gobernar equivale cada vez más a procesar información, modelar conductas y anticipar decisiones. Investigar a empresas como Palantir implica internarse en una zona donde la frontera entre información pública, secreto estratégico y especulación periodística se vuelve deliberadamente difusa. La dificultad para establecer cómo operan estas lógicas del poder, qué decisiones delegan a la automatización y bajo qué controles efectivos funcionan pone al descubierto el núcleo del nuevo poder tecnológico: una forma de soberanía privada que actúa sin transparencia, sin responsabilidad visible y, muchas veces, sin posibilidad concreta de verificación.
Cuando la inteligencia militar se terceriza hacia corporaciones privadas, la rendición de cuentas se fragmenta, los contratos quedan protegidos por cláusulas de confidencialidad y el escrutinio democrático se vuelve excepcional. Y, sobre todo, la pregunta es: ¿quiénes cargan con las consecuencias de esa opacidad cuando estas tecnologías se despliegan, casi siempre, sobre los sectores más vulnerables y los territorios históricamente expuestos a la experimentación del poder?
Del disciplinamiento al cálculo: nuevas formas de poder
La irrupción de empresas como Palantir Technologies obliga a pensar una transformación profunda del poder contemporáneo. No se trata simplemente de compañías que desarrollan software para optimizar procesos administrativos o asistir operaciones estatales, sino de actores que expresan una mutación estructural. Esta es la progresiva transferencia de funciones históricamente asociadas a la soberanía —la clasificación de amenazas, el procesamiento de inteligencia, la anticipación de escenarios críticos y la coordinación logística— hacia corporaciones privadas. Estas corporaciones diseñan y administran la infraestructura algorítmica sobre la que comienzan a apoyarse los Estados.
La pregunta central ya no pasa únicamente por la capacidad técnica de estas plataformas, sino por el tipo de relación política que inauguran. Cuando la seguridad, la vigilancia, el control fronterizo e incluso áreas sensibles de la administración pública dependen de sistemas opacos diseñados fuera del escrutinio democrático, se modifica la propia arquitectura del poder estatal. Más que una sustitución del Estado, lo que emerge es una nueva articulación entre burocracia pública, capital tecnológico e inteligencia automatizada, en la que los datos dejan de ser un recurso administrativo para convertirse en territorio estratégico. Esta búsqueda de eficiencia total y maximización del beneficio introduce, además, una consecuencia inquietante: la expansión de una racionalidad algorítmica que traduce la complejidad humana en variables cuantificables, clasificables y gestionables. Allí se configura una forma específica de deshumanización, menos visible que los dispositivos clásicos de excepción, pero acaso más eficaz, porque opera mediante la abstracción técnica y la apariencia de neutralidad. Poblaciones enteras pueden ser reducidas a matrices de riesgo, patrones de comportamiento o probabilidades estadísticas, sometidas a decisiones automatizadas cuyos criterios permanecen, en buena medida, fuera de toda auditoría pública. En términos de Michel Foucault, estamos frente a una mutación significativa de los dispositivos clásicos de poder.
Si durante los siglos XIX y XX las sociedades disciplinarias organizaron el control a través de instituciones visibles como la escuela, la prisión, el hospital o el cuartel, el nuevo paradigma desplaza esa lógica hacia arquitecturas algorítmicas capaces de operar de manera descentralizada, permanente y casi imperceptible. Ya no se trata únicamente de encerrar los cuerpos para vigilarlos, sino de anticipar conductas, clasificar probabilidades y modelar trayectorias colectivas a partir de flujos masivos de datos. La gubernamentalidad digital perfecciona así uno de los principios centrales de la biopolítica moderna: gestionar la vida colectiva mediante mecanismos de cálculo. Sin embargo, introduce una novedad decisiva: privatiza esa capacidad de intervención. Lo que antes se desplegaba desde instituciones estatales visibles hoy se reorganiza a través de plataformas privadas cuya opacidad técnica vuelve extremadamente difícil conocer sus criterios de funcionamiento, delimitar responsabilidades o someterlas a mecanismos efectivos de control democrático. En ese sentido, Palantir no constituye simplemente una herramienta tecnológica. Representa una nueva fase del dispositivo contemporáneo de control, una forma de poder que ya no necesita exhibirse para producir obediencia, porque actúa anticipando, clasificando y modulando lo posible antes incluso de que la acción ocurra. Allí reside la dimensión política más profunda de este fenómeno: cuando la interpretación de la realidad social comienza a depender de sistemas computacionales administrados por corporaciones privadas, la discusión deja de ser meramente tecnológica y se convierte, inevitablemente, en una disputa por la soberanía.
El origen: una criatura del aparato de inteligencia estadounidense
Palantir Technologies es una empresa estadounidense que, más que exportar software, exporta capacidad de inteligencia. Fundada en 2003 por Peter Thiel y Alexander Karp junto a otros socios vinculados al ecosistema tecnológico y securitario surgido tras los atentados del 11 de septiembre, su desarrollo inicial estuvo respaldado por In-Q-Tel, el fondo de inversión asociado a la CIA. Ese dato no constituye una mera anécdota empresarial: define su ADN político y funcional. Desde su origen, la compañía fue concebida como una infraestructura orientada al procesamiento masivo de información aplicada a inteligencia, defensa y vigilancia.
Incluso su nombre condensa esa vocación. Palantir Technologies toma su denominación de las palantíri, las piedras videntes del universo creado por Tolkien, artefactos capaces de observar a distancia y conectar territorios remotos mediante una visión totalizante. La elección no resulta menor: funciona como declaración de principios. Más que una referencia literaria, constituye una metáfora precisa de su proyecto tecnológico. Ver más allá, anticipar movimientos, conectar información dispersa y convertir esa capacidad de observación en poder operativo. Sin dudas representa una transformación estructural del poder contemporáneo. Encarna una nueva fase en la que funciones históricamente reservadas al Estado —observación, predicción, clasificación, anticipación e intervención— comienzan a ser progresivamente tercerizadas hacia corporaciones privadas capaces de operar a escala global bajo regímenes de fuerte opacidad contractual. La singularidad del fenómeno no reside únicamente en la sofisticación técnica de sus plataformas, sino en el desplazamiento político que habilitan. Durante gran parte de la modernidad, la capacidad de producir inteligencia estratégica fue uno de los núcleos duros de la soberanía estatal. Hoy, sin embargo, esa capacidad se encuentra crecientemente mediada por arquitecturas algorítmicas diseñadas, mantenidas y actualizadas por actores privados.
Estados Unidos consolidó ese modelo al convertir a Palantir en proveedor estratégico de agencias militares, de inteligencia y de control fronterizo. Lo que antes se procesaba exclusivamente dentro de oficinas estatales circula ahora por interfaces, dashboards y modelos predictivos diseñados en el ecosistema tecnológico de Silicon Valley. Ese desplazamiento obliga a pensar una hipótesis inquietante: en la era digital, quien controla la infraestructura algorítmica sobre la que se organiza la capacidad estatal de observación, clasificación y respuesta adquiere una influencia inédita sobre la propia operatividad del Estado. No se trata necesariamente de una sustitución del aparato público ni de una desaparición automática de su autonomía. Se trata, más bien, de una nueva forma de interdependencia entre burocracia estatal y capital tecnológico. Una relación en la que las decisiones políticas continúan formalmente alojadas en instituciones democráticas, pero cuya ejecución concreta depende cada vez más de sistemas privados cuyo funcionamiento permanece, en gran medida, fuera del escrutinio público. El problema no es que el software reemplace a la política. El problema es que comienza a condicionar silenciosamente el campo de lo políticamente posible.
Israel: la articulación estratégica
La guerra en Gaza se ha convertido en uno de los escenarios más visibles de incorporación acelerada de inteligencia artificial aplicada a operaciones militares. Tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, el ejército israelí profundizó el uso de sistemas de análisis automatizado capaces de procesar volúmenes masivos de información para acelerar tareas de vigilancia, correlación de datos y generación de objetivos operativos. Entre esos sistemas, investigaciones periodísticas han señalado el uso de plataformas como Habsora —“El Evangelio”—, una herramienta diseñada para agilizar procesos de identificación y priorización a partir del cruce intensivo de datos. Es un sistema de inteligencia artificial desarrollado por el Ejército israelí destinado a procesar grandes volúmenes de información de inteligencia —intercepciones, imágenes satelitales, vigilancia aérea, metadatos de comunicaciones, bases de datos previas y patrones de comportamiento— para generar recomendaciones automáticas de posibles objetivos militares. Según investigaciones de medios como +972 Magazine y Local Call, el sistema acelera drásticamente el proceso de identificación de blancos.
Antes, la selección de objetivos requería un análisis humano prolongado. Con estas plataformas, el procesamiento algorítmico permite producir listas de objetivos en plazos mucho menores, lo que modifica la escala y velocidad de las operaciones. Un oficial israelí citado por estas investigaciones describió el sistema como una “fábrica de objetivos”. En ese ecosistema tecnológico aparece con creciente centralidad Palantir Technologies. Diversos reportes, entre ellos investigaciones publicadas por The Nation, sostienen que la compañía ha proporcionado capacidades avanzadas de localización, integración y procesamiento de información utilizadas por agencias militares y de inteligencia israelíes en el marco de la ofensiva sobre Gaza. La empresa abrió oficinas en Tel Aviv en 2015, y en 2024 celebró allí una reunión de su junta directiva pocos meses después del inicio de la guerra, en un gesto político de fuerte carga simbólica. Ese alineamiento quedó reforzado por las declaraciones públicas de su CEO, Alex Karp, quien defendió abiertamente la colaboración tecnológica con Israel. Hace varios años, Karp admitió con ironía: "Nuestro producto se utiliza ocasionalmente para matar gente", una moralidad que incluso él mismo cuestiona de vez en cuando. "Me he preguntado: 'Si fuera más joven y estuviera en la universidad, ¿estaría protestando contra mí mismo?'"
Las máquinas de IA de Palantir necesitan datos para funcionar: datos en forma de informes de inteligencia sobre los palestinos en los territorios ocupados. Y durante décadas, una fuente clave y altamente secreta de esos datos para Israel ha sido la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA), según documentos publicados por el informante de la NSA, Edward Snowden. Sin embargo, reducir esta relación a una afinidad política sería insuficiente. El vínculo debe leerse también en términos materiales. Los números de Palantir resultan elocuentes. La compañía cerró el 2025 con ingresos cercanos a los 4,48 mil millones de dólares, más de la mitad provenientes de contratos estatales vinculados a defensa, inteligencia y seguridad. En el primer trimestre de 2026, además, los ingresos del gobierno de Estados Unidos crecieron un 84% interanual, confirmando su fuerte dependencia de la demanda estatal de sistemas de inteligencia artificial aplicados a la vigilancia, la guerra y el procesamiento masivo de datos. Este crecimiento permite entender a la empresa como parte de un modelo de acumulación donde la infraestructura algorítmica se vuelve un eje central del capitalismo digital. En ese marco, su relación con Israel aparece menos como una alianza circunstancial que como la articulación de un espacio geopolítico donde la conflictividad funciona como laboratorio de validación y expansión tecnológica.
El interrogante argentino
En un escenario atravesado por la incertidumbre, la pobreza y el deterioro social, la dirigencia política enfrenta una crisis profunda. Mientras la principal figura opositora, Cristina Fernández de Kirchner, fue víctima de un intento de magnicidio, está proscrita y con una condena judicial ampliamente cuestionada, el gobierno de La Libertad Avanza despliega una narrativa pública que oscila entre la distracción simbólica y la reconfiguración del sentido político, en un clima atravesado por denuncias, abuso de poder y controversias de distinto orden. Al mismo tiempo, la Argentina se integra de manera creciente y deliberada, a circuitos globales de inteligencia y vigilancia tecnológica, donde convergen empresas, Estados y sistemas de análisis de datos de alta sofisticación. En ese entramado, la expansión de las tecnologías de control, la judicialización de la política y la disputa por la legitimidad institucional abren una zona de tensión en la que economía, seguridad y poder se entrecruzan de forma cada vez más opaca.
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