La fabulosa Baker Girl

La música que escuché mientras escribía

 

El Presidente de Francia, Emmanuel Macron, dispuso que en noviembre los restos de Josephine Baker sean trasladados al Panteón, en cuyo frontispicio aún se lee:  “A los grandes hombres, la patria agradecida”. Pero la cantante y bailarina homenajeada, amiga de Hemingway, Picasso y Le Corbusier, que bailaba casi desnuda y se paseaba con un leopardo, no fue hombre ni nació en Francia.

Antes que ella, los 70 machos allí reverenciados (como Marat, Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola, Alejandro Dumas, Jean Jaurès, Jean Moulin, Louis Braille, Jean Monnet) sólo eran acompañados por cuatro hembras: la científica Marie Curie, las resistentes al nazismo Geneviève de Gaulle-Anthonioz y Germaine Tillion y la sobreviviente a un campo de concentración y luego ministra Simone Veil. Todas ellas, blancas.

 

A Josephine Baker no le hubiera sorprendido, porque durante toda su vida fue la primera mujer negra en cada cosa que hacía, de una diversidad apabullante. Nacida en un hogar miserable del sur estadounidense, forzada al trabajo servil,  a sus 15 años ya casada y divorciada dos veces, llegó a Nueva York al comenzar la década de 1920. La primera posguerra mundial fue escenario del Renacimiento negro de Harlem, una movida cultural animada por el poeta de su misma edad Langston Hughes, el autor de Yo también soy America. Allí desarrolló su extraordinaria carrera en el vaudeville. No era especialmente bella pero tenía un carisma impactante. Por la forma en que se movía, daba la impresión de que sus piernas no tenían huesos.

Como tantos afroamericanos buscó más libertad y respeto del otro lado del Atlántico y a los 19 se convirtió en una superstar en París, con la Revue Nègre en el teatro de los Campos Eliseos.

 

 

 

 

 

Entre sensual y payasesca, bailaba para un público blanco, con movimientos deliberadamente simiescos, resaltados por sus morisquetas, que acentuaba poniendo los ojos bizcos. Lo había aprendido en sus primeras experiencias como última chica del coro que, de acuerdo con la tradición, perdía el paso y se movía en forma desatinada para hacer reír al público. Pero en París, además, una ristra de bananas diseñada por Jean Cocteau colgaba de su cintura, como se aprecia en la foto publicada en el diario porteño Crítica.  Aquí realizó más de un centenar de funciones en 1928 y 1929, para escándalo del Presidente Yrigoyen, empeñado en censurar los desnudos en escena. Las bananas se sacudían con sus movimientos y semejaban penes. Ya no sólo provocaba risas.

Según el diario de Botana, había quienes la consideraban insuperable y otros que preferirían tenerla cebando mate (sic).

La gran Felisa Pinto rescató una frase suya sobre la grieta argentina: “Se me utiliza como una bandera que unos enarbolan en nombre de la libertad y otros desgarran en nombre de las buenas costumbres. Algunos me toman como bandera y a otros les repelo. El Presidente Yrigoyen toma partido en contra mío en el diario La Calle, y sus adversarios que se hacen amigos míos le responden en Crítica. Cuando llego al teatro, rodeado por la policía, los canillitas libran una batalla encarnizada. Y los de Crítica forman fila para protegerme. Por último, a salvo en mi camarín me siento enferma. No conozco los asuntos políticos de la Argentina y siento que soy un pretexto”.

 

Sus reflexiones son lúcidas y profundas. En 1927, año de su apoteosis parisina dice: “En verdad soy célebre, mi cabeza y mis muslos están en todas partes y sin prejuzgar digo que el cielo me ha dado ‘muslos inteligentes’. Cumplo muy bien con mi contrato en el escenario pero ¿cumplo con el de la vida, con ese contrato que me está asignado en alguna parte, mi contrato de ser humano? La pregunta me aprieta el corazón”. Vaya si la respondió.

 

 

 

 

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el ejército alemán ocupó París, Josephine Baker usó su fama mundial para conocer de primera mano lo que sucedía en cada país de Europa al que viajaba, y pasar esa información a la resistencia que conducía De Gaulle. Además de ser negra, se había convertido al judaísmo, de modo que batir al nazismo era para ella una cuestión de vida o muerte. Esa tarea fue recompensada con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.

 

 

Condecorada con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.

 

 

Marlene Dietrich tenía cinco años más que ella, ascendió al estrellato mundial tres años después, con El angel azul, de 1930, y durante la guerra también colaboró con la resistencia al nazismo. Pioneras de la rebelión femenina, ambas proclamaron su soberanía sexual y amaron tanto a hombres como a mujeres. Pero mientras en la segunda posguerra la alemana se plegó a los esfuerzos publicitarios de Estados Unidos contra el comunismo, Baker acompañó la lucha del movimiento por los derechos civiles en su país y fue la única mujer que pronunció un discurso junto a Martin Luther King el día de la histórica concentración  de 1963 en el national mall de Washington. «Es el día más feliz de mi vida», dijo, ataviada con su uniforme militar de subteniente del Ejército francés.

 

 

En el mall de Washington, en 1963.

 

 

Estuvo muchas veces en la Argentina, donde incluso vivió durante varios años. Cuando murió Eva Perón, entre sus pertenencias se encontró un espejo de mano, regalo de Josephine Baker. Perón la declaró huésped oficial y algún exaltado la llamó la Evita negra.

 

 

El ministro de Salud Ramón Carrillo cuenta que ella quería saber dónde estaban los negros en la Argentina.

—Quedan algunos ordenanzas del Congreso, usted y yo —le contestó el santiagueño.

Tal vez por el idioma, no le gustó el chiste y se predispuso mal contra el ministro. Carrillo le escribió a Perón que ella le pidió una ambulancia para donar en Florencio Varela, como si fuera Evita, lo cual lo puso en un apuro burocrático porque no era posible disponer así nomás de los bienes públicos.

Su último esposo, el músico Jo Bouillon, con quien adoptó doce chicos huérfanos de distintas nacionalidades, con quienes estableció la Tribu del Arco Iris, tendiente a combatir el racismo, gerenció en Buenos Aires el restaurante Bistró. Algunos de esos chicos se quedaron para siempre en la Argentina.

Reuní bastante material de distintas épocas para que te des una idea de quién fue ese personaje extraordinario. Su transfiguración fue completa. En los últimos años se había convertido en una típica cantante francesa, en la escuela de Piaf, Patachou o Barbara y cantaba en forma indistinta en inglés y francés. Murió en 1975, al día siguiente de una función triunfal en el teatro Bobino y a su funeral asistieron 20.000 personas y Francia le rindió honores militares, con los 21 cañonazos obligados.

 

 

 

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