La fortaleza de un gobernante

De Enrique VI a Alberto Fernández. con seis siglos de distancia

 

Hace un año o dos, quién puede contabilizar el tiempo ahora, se estrenó una película llamada El Rey, que decía ser la verdadera historia de Enrique V. Lo representaba un actor de cuerpo minúsculo, un alfeñique, de talante serio, taciturno, pensativo, y abúlico. Un rey “que no quería ser rey”, aunque el verdadero Enrique V se había autocoronado como Napoleón y era muy resuelto.

Por su abuela podía reclamar el trono de Francia, así que cruzó el Canal de la Mancha. Había calculado todo: contratos generosos con escuderos, los víveres, los barcos que debía confiscar porque no tenía flota, hasta los nombres que le tenían que poner a cada una de las veinte mil misas que iban a oficiar si él no volvía. Pero el fuerte de Harfleur no cayó en tres días sino en treinta y siete y su ejército, por una idea suya de cortar el agua fresca de la ciudad, contrajo disentería. Ahí perdió mil quinientos o dos mil hombres. El consejo de guerra le aconsejó volver a Inglaterra, algo que era políticamente imposible. Había empeñado todas las coronas de otros reyes, había movilizado a un país para conquistar Francia. Decidió volver vía Calais, que era inglesa, en una simulada marcha de conquista. Cuando llegaron con sus hombres al Sena, del otro lado patrullaban los franceses y lo hundieron en Francia, lo alejaron cada vez más de la costa. Su ejército era una ruina de hambrientos desarrapados. Y así llegaron a un lugar adonde un heraldo les dijo que fijaran hora para la batalla. Y Enrique no ofreció rescate, aceptó.

(Acá debemos hacer un paréntesis: en Francia había una grieta que llegaba al centro de la tierra. No toda la aristocracia estaba detrás del rey Carlos VI —que sufría el delirio de cristal, pensaba que iba a hacerse añicos e iba envuelto en un corsé de hierro— ni con su hijo el indolente delfín, gordo, amigo de las joyas, generoso sólo con la Iglesia. El duque de Borgoña le disputaba el poder. Y antes de partir a la aventura francesa, Enrique había hecho mucha diplomacia. Le había ofrecido matrimonio a la hija del rey Carlos de Valois y a la del duque de Borgoña. Había cerrado un trato secreto de no intervención con Borgoña, un documento que quedó guardado en el Tesoro de Inglaterra, y con el duque de Bretaña, de neutralidad a cambio del fin de la piratería inglesa.)

Como era una batalla ganada, la aristocracia del norte de Francia se disputó la primera fila. Y tomó una decisión justa pero insensata, todos los príncipes iban a estar ahí. No vieron que habían cometido un error militar. Lo habían desafiado a Enrique a luchar en un terreno angosto entre dos bosques cerca de Agincourt, un lodazal por las tormentas de los últimos días. Enrique tenía arqueros de larga distancia muy entrenados en los combates con los escoceses, y los rodeó de estacas puntiagudas. Una sola línea de infantería se acomodó frente al mar de franceses, que eran tantos que atrás no podían ver a los primeros. Sus líderes estaban ahí, en armaduras que pesaban veintisiete kilos. La carga de caballería que iba a rodear a los ingleses no tenía espacio por los flancos, y atacaron por delante de sus hombres. Los arqueros ingleses apuntaron y a flechazos los desbandaron. Los soldados franceses iban como buzos en cárceles metálicas, asfixiados, con los visores bajos, sin ver, ni oír, ni entender, la oscuridad los desorientaba. Empezaron a hundirse, a tropezar con montañas de hombres y caballos moribundos, frenéticos, descontrolados, a apilarse y ahogarse en el barro. Al final, los ingleses sacaron sus hachas y los remataron a mazazos. ¿Cuántos más eran? ¿Por cuánto habría que multiplicar, por cinco, por tres, por diez? Enrique ganó la batalla más desigual de la Historia de Inglaterra, y Agincourt, una batalla de ciencia ficción, lo volvió el hombre más importante del mundo. Los franceses del rey asesinaron a Borgoña, así que no fue difícil para él hacer un pacto con su hijo, casarse con Catalina de Valois, y tener el derecho a ser coronado rey cuando muriera su suegro loco. Sin embargo, cuando volvió a Inglaterra, emboscaron a su hermano, asesinaron a su tropa, él regresó a Francia y murió a los 35 años de disentería.

Murió mientras nacía su hijo Enrique VI, hace ahora exactos seis siglos, que a los nueve meses fue coronado rey de Inglaterra. Pero el niño no había heredado el gen de la acción del padre. Y les tenía terror a las decisiones. Era el rey ideal, probo, serio, sincero, pero a su alrededor volaban las dagas. Entre su tío y Protector, del partido de la guerra, y su tío abuelo del partido de la “paz” con Francia. Entre Somerset y York que querían suceder al rey débil y avivaban a tomar partido por la rosa roja o la blanca a sus seguidores. Entre su mujer Margarita de Anjou, la jefa del partido Lancaster contra los York, y él mismo, que no quería ver sus acciones criminales. El decía que «la disensión es una víbora que corroe las entrañas del Commonwealth», pero se atacaban en sus narices. Un testigo de su intento de sellar una tregua en el Parlamento dice en la obra de Shakespeare:

Más odio resentido, más furiosas y enardecidas peleas

De las que puedan ser imaginadas aún:

Y sin embargo, no hay tonto que no vea

Este chirriante desacuerdo de la nobleza

Estos empujones entre ellos en la corte

Las riñas facciosas de sus favoritos

Que presagian un final adverso.

Es malo que los cetros estén en manos de niños

Pero más cuando la envidia engendra división impiadosa

Ahí viene la ruina, ahí empieza el caos.

Su pacifismo avant la lettre provocó las peores guerras civiles, las hecatombes políticas más grandes, la decadencia de Inglaterra. Y hasta hubo una insurrección, la de John Cade, que llegó con minifundistas desde Kent y acampó en Londres. Querían reformas, pan más barato, un balón de cerveza de diez ranuras, y que sus caballos pastaran en las tierras comunales que se habían privatizado para la cría de ovejas en gran escala (una medida mortal para los habitantes de las aldeas, que se convirtieron en vagabundos y desanclados). Esta toma de Londres debilitó más a Enrique VI, algunos dicen que fue promovida por su rival York.

Enrique siempre oscilaba entre sus tíos, su mujer, su deber y su corazón. Sus cualidades morales le costaron la declinación a Inglaterra.

El poeta T. S. Elliot, el autor de La tierra baldía, dijo que “sólo un puro de corazón puede lanzar el arpón sobre la naturaleza humana como lo ha hecho Maquiavelo”. Por eso me detengo en esta frase suya.

“El príncipe debe ser tan prudente como para evitar la infamia de los vicios que le harían perder el Estado y también para defenderse de los vicios que se lo quitarían. Pero si no puede, estará obligado a abandonarse a ellos con menos miramientos. Y aún más, debe cuidarse de incurrir en alguna cosa que parece virtud y que sin embargo en caso de seguirla, sería su ruina, y alguna otra que parece vicio y siguiéndola le dará seguridad y bienestar”.

Aquí y ahora el Presidente Alberto Fernández transita aguas turbulentas. Muy lejos está de ser débil, pero las circunstancias excepcionales lo han debilitado. Hay una pandemia que se desata una vez en un siglo y que la oposición soslaya con mezquindad. También, piensan algunos, lo condiciona su llegada al poder en una coalición de intereses o valores a veces contrapuestos, como en la tan encomiada serie Borgen.

¿Y qué le dice Cristina, su socia principal, en una carta sorpresiva? Que tiene manos libres. Que él conduce y que las medidas que tome para salir de la catástrofe, ella las va a aceptar. Y cuando habla de la manía (o, sin juzgarla ni condenarla, la forma de cuidar los ahorros) bimonetaria argentina, un problema estructural que fue irresoluble en la historia, le dice que negocie con todos, ¿también con el establishment? ¿Le señala que no hará nada si rumbea hacia la ortodoxia económica? Por cierto, le dice que tiene el timón del barco, que ponga proa adonde sea para calmar las aguas. Naufragar sería peor.

 

 

 

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3 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimada Marta:
    Excelente comparativo analítico.
    Una humilde digresión, si me permite:
    Lamentablemente, también resulta una forma de evidenciar la debilidad intrínseca de la formalidad frente a los poderes fácticos y, tal circunstancia, difícilmente -más allá de los modos o estilos- conduzca hacia la dirección que se había propuesto la formalidad, al zarpar.
    Si los pactos de gobernabilidad con los poderes fácticos será la revolución que adjudicó Leonardo Boff respecto del gobierno de Lula, en relación a los 50 millones de brasileros que, a partir de su gobierno, incrementaron a tres platos de comida el único que podían consumir hasta entonces, habrá que comenzar a sincerarlo. Ojo, no estoy diciendo que dichos atenuantes para quienes padecían hambre no fueran importantes, de hecho, para ellos podría entenderse como una revolución. Lo que quiero significar es que hoy, preside el Brasil Bolsonaro.
    Pero, sabemos, que los atenuantes son atenuantes, no una revolución (aunque tampoco estas lograron cambios copernicanos). Comprender que el escorpión no puede escapar de su naturaleza y picará, inexorablemente, es un detalle que no puede soslayarse.
    Alguna de estas cuestiones reflejaba comentando los artículos “Apocalypse Macrí”, “Yeneral González en el G20”, “La racha Pichetto”, “El triunfo de la sensatez”, “Sismos en América Latina”, “Sonido y furia del fascismo aggiornado”, entre tantos otros.
    Raúl Trejo Delarbre (scielo.org.mx), bajo el título “Poderes fácticos, problemas drásticos”, refería:
    “Todos sabemos de qué se habla cuando alguien menciona a los poderes fácticos, pero su definición a menudo es insuficiente, escurridiza casi. Los poderes fácticos exceden los límites del Estado, su influencia la ejercen precisamente para desplegar sus intereses más allá del interés legítimo que representan o debieran representar las instituciones políticas, se manifiestan por cauces a menudo informales e incluso extralegales, quebrantan cartabones legales y políticos, son incómodos tanto para los gobernantes como para los estudiosos, irritan a los juristas porque atropellan la disciplina de los sistemas legales, importunan a los politólogos cuando se brincan las trancas de los regímenes políticos tradicionales. Ninguna definición los comprende a todos porque los poderes fácticos son, valga la redundancia, manifestaciones de hecho; surgen más allá de las concepciones teóricas y las desbordan, se imponen por la fuerza de la realidad a la cual intentan modelar según sus conveniencias.
    Los poderes fácticos debilitan y en ocasiones incluso anulan la capacidad del Estado para garantizar el interés de los ciudadanos. Los límites que en atención a ese interés y que para salvaguardarse a sí mismo impone el poder estatal, resultan estorbosos para los propios poderes fácticos. Trátese de corporaciones eclesiásticas ávidas de influir en decisiones políticas, grupos empresariales afectados por las regulaciones estatales o medios de comunicación cuyos propietarios acaparan el espacio público, los poderes fácticos regatean autoridad a las instituciones estatales cuando no funcionan de acuerdo con sus intereses. En otros casos, se trata de fuerzas delincuenciales, como las del narcotráfico, que directamente tratan de quebrar o paralizar la capacidad del Estado para hacer cumplir las leyes.”
    Paulina Andrade (alainet.org/es), bajo el título “Poderes fácticos: ¿quién gobierna realmente?”, manifestaba:
    “…Generalmente son considerados como tales los poderes del dinero, de la prensa, de las iglesias, y de las armas –los estamentos militares-, ya que la gente y organizaciones que están tras ellos, tienen el poder suficiente para afectar o permitir la gobernabilidad, (grupos de presión), pero también hay grupos de tensión, como los nuevos movimientos sociales, ciertas organizaciones no gubernamentales (ONG) e incluso las mafias y otras entidades que tienen potestades que no están previstas ni autorizadas por la ley pero que no por eso son menos eficaces ni menos influyentes a la hora de la toma de las decisiones en la vida social.
    …Generalmente permanecen en la penumbra. Condicionan el ejercicio de la autoridad política, moldean la opinión pública, ejercen influencia sobre el pensamiento y la acción de las personas para proteger los intereses comunes de este poder en la sombra.
    …Fue el marxismo el que los descubrió y denunció, afirmando que pertenecen a quienes son propietarios de los medios de producción, que imponen de hecho su voluntad sobre un conglomerado social, pero que además inspiran las leyes en virtud de las cuales asumen también privilegios de Derecho, lo que los vuelve más poderosos.”.
    Francisco Aceves González (elsevier.es), escribió un artículo titulado “Poderes fácticos, comunicación y gobernabilidad: un acercamiento conceptual”, en cuyas líneas podemos leer:
    “…En el caso de los poderes fácticos, el tipo y la intensidad de su actividad dependerá de la mayor o menor resistencia que presente el Estado a la consecución de sus intereses. Sus tácticas de incidencia hacia las decisiones del Estado van desde el uso del lobby -cuentan con contactos al más alto nivel entre los poderes formales-, la asesoría de los think tank más prestigiados, hasta el uso de mecanismos de presión ante coyunturas determinadas. Así, la diferencia sustancial frente a estos grupos, reside en la capacidad que tienen para imponer, mediante procedimientos extralegales, la salvaguarda de sus intereses en las decisiones del Estado.
    …Una referencia fundamental en el estudio de los poderes fácticos y sus efectos en las democracias latinoamericanas, se encuentra en el documento La Democracia en América Latina, elaborado por el pnud en 2004. De manera coincidente con lo expuesto por González Casanova, el estudio asume que, más allá del peso característico del Poder Ejecutivo y una importante capacidad de acción del Legislativo y Judicial, el poder real suele residir en instituciones a las que las normas asignan otras funciones (como fue el caso, en el pasado reciente, de las Fuerzas Armadas) o en grupos que no forman parte del orden político-institucional (familias tradicionales, grupos económicos y otros) (pnud, 2004: 155).”.
    Para finalizar, refería Maquiavelo:
    “…El principado pueden implantarlo tanto el pueblo como los nobles, según que la ocasión se presente a uno o a otros. Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo, concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe para poder, a su sombra, dar rienda suelta a sus apetitos. El pueblo, cuando a su vez comprueba que no puede hacer frente a lo grandes, cede su autoridad a uno y lo hace príncipe para que lo defienda. Pero el que llega al principado con la ayuda de los nobles se mantiene con más dificultad que el que ha llegado mediante el apoyo del pueblo porque los que lo rodean se consideran sus iguales y en tal caso se le hace difícil mandarlos y manejarlos como quisiera. Mientras que el que llega por el favor popular es única autoridad, y no tiene en derredor a nadie o casi nadie que no esté dispuesto a obedecer. Por otra parte, no puede honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los demás; pero, en cambio, puede satisfacer al pueblo, porque la finalidad del pueblo es más honesta que la de los grandes, queriendo estos oprimir, y aquél no ser oprimido.
    … Por último, es una necesidad para el príncipe vivir siempre con el mismo pueblo, pero no con los mismos nobles, supuesto que puede crear nuevos o deshacerse de los que tenía, y quitarles o concederles autoridad a capricho.
    Para aclarar mejor esta parte en lo que se refiere los grandes, digo que se deben considerar en dos aspectos principales: o proceden de tal manera que se unen por completo a su suerte, o no. A aquellos que se unen y no son rapaces se les debe honrar y amar; a aquellos que no se unen, se les tiene que considerar de dos maneras: si hacen esto por pusilanimidad y defecto natural del ánimo, entonces tú debes servirte en especial de aquellos que son de buen criterio, porque en la prosperidad te honrarán y en la adversidad no son de temer; pero
    cuando no se unen sino por cálculo y por ambición es señal de que piensan más en sí mismos que en tí, y de ellos se debe cuidar el príncipe y temerles como si se tratase de enemigos declarados, porque esperarán la adversidad para contribuir a su ruina…”

  2. Lujan dice

    Clarísimo Rafael Cardozo ! Exime de ampliar comentario.

  3. Rafael Cardozo dice

    asombroso error, la carta es publicada luego de una decisión fundamental: pulsear contra la corrida cambiaria hasta marzo(batalla tan epica como la mencionada). Como la economía es central en la conservación del poder, y al ser nuestra economía un objeto de rapiña imperial cuya arma colonial es el dolar, no puede haber un rumbo mas rotundo que dicha pulseada. El objetivo que persigue Cristina se puede sospechar, pero creo que no se lo ha dicho ni a Alberto

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