LA FUERZA DEL SILENCIO

La música que escuché mientras escribía

En Films&Arts vi un docudrama sobre la vida y la obra de Pau Casals, realizado por la televisión de Cataluña en 2017. Tal vez no sea una realización de primerísima calidad, pero de todos modos contiene tramos muy emocionantes, sobre todo para quienes admiramos sin límites al enorme instrumentista, director y compositor.  Esta es la cola, que da una idea del video.

 

 

El título, La Fuerza del Silencio, alude a la decisión de Casals de no empuñar de nuevo el arco de su violonchelo mientras las democracias occidentales no rompieran relaciones con la dictadura fascista de Franco, quien había combatido junto al Eje y contra los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Exiliado del otro lado de los Pirineos, en la ciudad de Prades de la Catalonia francesa, Casals se dedicó por entero a ayudar a sus compatriotas que lo habían perdido todo. Ya te conté la conmoción que me produjo una muestra sobre el exilio que vi en un museo catalán. Mientras la recorría comencé a oír la primera suite de Bach para chelo solo, con la que el nombre de Casals está asociado para siempre. Luego de atravesar un pasillo oscuro, desembocamos en una pequeña sala con una vitrina apenas iluminada, donde no había nada más, y nada menos, que el pequeño instrumento del que Casals hizo brotar ese sonido maravilloso. Lo recuerdo como una de las mayores emociones de mi vida.

En las primeras décadas del siglo XX, Casals se había ganado el reconocimiento mundial, con sus grabaciones de los autores románticos, en un trío con el pianista Alfred Cortot y el violinista Jacques Thibaud, como podés escuchar aquí.

 

Cuando aún era un adolescente, Casals encontró en una casa de música las seis suites de Bach para chelo solo, de las cuales nadie había oído hablar. Luego de décadas de estudio empecinado las grabó a partir de 1935. Pese a todos los avances posteriores, en el instrumento y en la técnica de grabación, del reemplazo de las cuerdas de tripa por las de acero y las de plástico, que él nunca usó, creo que nadie  superó su versión (si es que en el arte existe tal cosa. En todo caso, es mi preferida y no conozco a nadie que sostenga otra cosa).

 

En el docudrama,  Casals rompe relaciones con el pianista Antoine Girard, que era uno de sus mejores amigos, cuando Girard acepta una invitación de Hitler para tocar en Berlín, que Casals rechazó, corriendo todos los riesgos. Durante años, ni siquiera admite que Girard sea mencionado en su presencia.  Un joven discípulo de ambos propicia el reencuentro, en 195o, cuando los principales músicos del mundo deciden que si Casals no acepta presentarse en Nueva York o en Europa, ellos irán a Prades para tocar con él en el bicentenario de la muerte de Bach. Girard se avergüenza ante Casals y le pide perdón por no haber comprendido en su momento la gravedad de la traición que implicó su condescendencia con los nazis. Inflexible consigo mismo, Casals lo recibe con los brazos abiertos y sólo le dice:

Todos nos equivocamos alguna vez.

La escena es conmovedora, pero me llamó la atención no haber conocido nunca esa historia, pese a haber leído varios libros y visto algunos films sobre la vida de Casals, cuya casa-museo en El Vendrell, a unos 70 kilómetros de Barcelona, tuve la fortuna de conocer. Revisando la discografía de Casals, no encontré ningún Antoine Girard y concluí que era un personaje de ficción.  Pero como no soy de rendición fácil, seguí buscando hasta que me di cuenta que el docudrama había recreado con algunas libertades la relación de Casals con Alfred Cortot, el pianista de aquellas primeras grabaciones, quien no solo tocó para Hitler sino que además fue Alto Comisario de Música en el régimen colaboracionista del mariscal Petain, instalado en Vichy durante la ocupación alemana de Francia. Cortot no era francés sino suizo y se había especializado en la música de Wagner,  que llegó a dirigir en Bayreuth, lo que algunos citaron para explicar su defección. Aun quienes nunca lo perdonaron lo consideran el mejor pianista francés de la historia y uno de los tres o cuatro gigantes mundiales del siglo XX.

 

EL ficticio Antoine Girard y el auténtico Alfred Cortot

 

Una vez reconciliados, tocaron juntos la sonata opus 69 de Beethoven en el festival de Prades de 1958. Cortot murió  cuatro años después y esta se difundió como su última grabación.

 

 

 

Un año antes, Casals viajó a Puerto Rico con su discípula Martita Montañez, quien gradualmente fue dejando la música para ayudarlo como secretaria y terminó siendo su esposa, para espanto de su padre, que tenía 50 años y no entendía como su niña que aun no había cumplido los 20 pudiera convivir con un hombre de 80, hasta que también él se rindió ante el magnetismo de su yerno. En los dos videos que siguen, vemos las escenas de la boda y una entrevista en la que Martita explica, en un catalán bastante comprensible, cómo pudo enamorarse del Mestre.

 

Hay un tercer video, que no te muestro porque está en inglés sin subtítulos, en el que Martita cuenta aquel primer viaje a Puerto Rico, donde a mediados del siglo XIX había nacido la madre de Casals. Recordaba haber leído que en la misma casa donde casi un siglo después nació Martita, pero ella no menciona esa espeluznante coincidencia. Invitado a dirigir un concierto, Casals tuvo un infarto el día anterior al estreno, de modo que la función se realizó con el podio vacío, y Sacha Schneider dirigió la orquesta desde la línea de los violines. Martita acompañó a Casals día y noche en el hospital y cuando él estuvo restablecido se dieron cuenta que deberían separarse. Él regresaría a Prades y ella permanecería en San Juan. No pudieron soportar la idea y al día siguiente se casaron.

 

Pau y Martita

 

Si sos un fanático de Casals como yo, te puede interesar este otro documental, también de la televisión catalana.

A partir del minuto 39, ambos hablan de su amor. Martita dice: «La historia aprobó ese matrimonio, que estuvo bien». Pau recuerda que le dijo: «No puedo vivir sin vos».

Martita también cuenta que hasta el final, Casals tocaba una suite de Bach por día, y el domingo repetía la sexta, porque era la más difícil. Yo escucho alguna al menos una vez por semana. Aquí podés verlo y escucharlo tocar la primera, en la abadía de Saint Michel de Cuxa, en las afueras de Prades. Si no te abre la cabeza preocupate.

 

Tres meses antes de su muerte, a los 97 años, en 1973, Casals dirigió una sinfonía de Mozart en Jerusalem. En este fragmento podés ver como llega a la sala de concierto en silla de ruedas, de la que desciende con dificultad, siempre asistido por la inseparable Martita. Pero basta que comience el ensayo para que se transfigure en la personalidad poderosa que fue hasta el último día de su vida extraordinaria, dirigiendo y canturreando para explicar cómo debe sonar la orquesta de jóvenes que dirigió. «Canto mejor de lo que dirijo», dice entre risas.

 

Uno de los jóvenes asistentes a un taller que dictó era Misha Maisky, quien muchos años después lo recordaría como una experiencia única. Comenzó con una decepción, cuando Casals luego de escucharlo le dijo:

-Lo que tocaste no tiene nada que ver con Bach.

Pero terminó con una palabra de aliento:

-Se te nota tan convencido, que resultás convincente.

Si El Mestre lo dice…

Hoy Misha Maisky es uno de los violonchelistas más apreciados del mundo, y sus grabaciones con Martha Argerich demuestran por qué.

 

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