La ganancia

Ofertismo militante de gran parte de la clase dirigente: impedimento para sortear la crisis

 

La velocidad de salida del marcado atascamiento en la actividad económica, heredado del desangelado experimento reaccionario del gobierno anterior –que se vio profundizado por la necesaria cuarentena–, depende, además de las condiciones políticas, de la claridad que haya sobre cuál es el recorrido efectivo que acorta el llegar a una tasa de crecimiento del producto bruto sostenida en el tiempo. Acerca de este último aspecto, resultan de interés las apreciaciones de un ministro del área económica del gabinete del gobernador bonaerense Axel Kicillof sobre la relación teoría-política económica, a partir de la experiencia que vivió durante la crisis de 2008, publicadas por un matutino porteño.

El acaecer del marasmo financiero global, presidido por la quiebra del banco Lehman Brothers (15/09/2008), el cuarto banco de inversión más grande de los Estados Unidos, coincidió con la estancia del funcionario bonaerense en Londres. En esa ciudad se había instalado para cursar, en el lapso de ese año lectivo, un posgrado en desarrollo económico dictado por una casa de altos estudios. Un gran desconcierto frente a la crisis resume lo que constató entre los académicos el ahora ministro, entonces alumno. La mundología del funcionario bonaerense registra que el colectivo de economistas se percató de que su herramental teórico era muy poco útil, sin percibir por qué otro podría ser remplazado. Eso estaba sucediendo casi cuatro décadas después de haberse sugestionado con la idea de que el análisis y las recomendaciones de John Maynard Keynes habían devenido insolventes, sin más argumentos que los de corte ideológico.

En las circunstancias de ese impasse hay dos puntos relacionados con el embrollo de la crisis argentina que merecen destacarse. Uno, que la respuesta a la crisis desatada en el sector financiero norteamericano con la caída de grandes bancos, por insolvencia de sus deudores, fue de lo más ortodoxa. La otra, que el ofertismo con que objetivamente está infectada buena parte de la clase política argentina viene resultando inmune a estos cambios de vientos. El asunto es que si no se pone foco en la demanda efectiva, cosa que la actitud ofertista inhibe, el sistema no arranca. El sistema necesita poder vender para poder producir. Los ofertistas corren tras la utopía imposible de querer producir para entonces vender. El problema que suelen no advertir es que los compradores brillan por su ausencia. El lenguaje popular da cuenta del ambiente describiendo que no hay un mango en la calle.

 

 

Ben y los ofertistas

El entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), Ben Bernanke, quien había ganado fama académica como historiador económico especializado en la gran crisis de 1930, siguió a pie juntillas las recomendaciones emanadas del diagnóstico del padre del monetarismo moderno, Milton Friedman, acerca de ese episodio del pasado. Para Friedman, conforme teorizó a principios del ’60, la cosecha de las Viñas de ira se generó porque las autoridades, frente a la caída de Wall Street, en vez de emitir más para frenar la crisis, empeoraron todo emitiendo menos. Lógica monetarista al palo: si la inflación es porque circula más dinero de la cuenta, la fuerte deflación reinante tras el llamado Octubre Negro de 1929 indicaba que había en circulación menos dinero del necesario. Teniendo a Friedman como brújula, y a los más reconocidos partidarios del numen monetarista como feroces críticos (suele pasar), Bernanke emitió lo que hizo falta y bajó a su mínima expresión la tasa de interés. Salvó a los bancos y sorteó una catástrofe como la del ’30, pero la economía siguió sin reaccionar. Una cosa es evitar errores groseros, otra conseguir aciertos importantes. La historia y la política premian lo segundo.

 

John Carradine y Henry Fonda en ‘Viñas de ira’, de John Ford basada en la novela de John Steinbeck sobre lo único que importa de las ganancias: el aumento de la pobreza por la señera crisis del ’29.

 

 

Los economistas que estaban obligados a actuar no tenían ni tiempo ni espacio más que para recurrir a las creencias de siempre, con los magros resultados de siempre. Ocurre que el sector mayoritario de los economistas profesionales presentaba y presenta un sesgo ortodoxo o, en su defecto, cercano a la ortodoxia. La falsa escuadra en que se asienta el marco teórico que los agrupa fue la causa de que se toparan con una debacle que no esperaban y que no estaban en condiciones conceptuales de anticipar. ¿Cuál es ese pedestal? La ley de Say, por el economista francés Jean-Baptiste Say (1767- 1832), difusor en el continente de las ideas de los economistas clásicos contemporáneos ingleses, particularmente de David Ricardo.

La ley de Say se enuncia mediante el apotegma: “Toda oferta crea su propia demanda”. Si fuera así, la crisis sería una imposibilidad. Siempre habría ingresos para comprar lo que se produce. La empobrecida sociedad argentina puede dar fe de que eso no es así. Hay crisis porque los ingresos que genera la producción no son suficientes para adquirir todo el volumen producido. Si esto no se remedia a través de una intervención estatal que cebe el gasto, el sistema sigue para abajo hasta que, en algún momento distante en el tiempo, reacciona. La visión keynesiana es que ese criterio de que el Estado no incentive el gasto es absolutamente contraproducente, porque lo que se puede resolver en un par de trimestres lleva innecesariamente años si el Leviatán no mete sus fauces con el gasto hacia arriba. Arreglar el canal monetario desentendiéndose del fiscal, pensando que la oferta crearía su demanda, es lo que vanamente Bernanke esperaba que sucediera en la economía más grande del mundo.

 

 

El desconcierto Say

Se puede inferir que el estado de desconcierto que registró el ministro bonaerense entre los economistas fue precisamente por el no funcionamiento de la ley de Say, en la que siguen creyendo. Así se hace difícil, sino imposible, que haya un nuevo enfoque macroeconómico. Cuando la lente sobre la ley de Say va más allá de su aforismo, asoma con mayor nitidez la potencialidad y lo insustituible de la política de incentivar el gasto para salir de la malaria.

Sobre esta ley apunta el economista greco-francés Arghiri Emmanuel que “las producciones sean pagadas por producciones significa, simplemente, que la misma cantidad de mercancías, de la cual se examinan las posibilidades de vender, constituye el soporte del poder de compra que las adquirirá”. Desde ahí se pregunta de forma retórica: “¿Cómo es posible, entonces, que se pueda cuestionar que el poder de compra sea igual al valor de dichas producciones, en la medida en que es este mismo valor el que constituye el contenido de la (oferta) y (de la demanda)?” Y contesta: “Simplemente porque, en el mundo real del capitalismo, la misma cantidad de bienes no vale lo mismo a ambos lados de la barrera que separa a la oferta del poder de compra”. Para ampliar la respuesta, repasa que es cierto que “las producciones pagan producciones. Pero su valor, en cuanto medio de pago, no es el mismo que el que esas producciones representan en tanto mercancías ofrecidas en venta. Y esto porque un stock cualquiera de mercancías no se contabiliza en el patrimonio del vendedor a su precio de venta, sino a su precio de costo”. Emmanuel especula que  aún si el empresario o la empresaria no tuvieran ninguna dificultad en vender, el precio contable sería el que cuenta, en tanto que el precio que le colocan para la venta a esa mercancía “es su valor social total, aquel que la sociedad le reconoce definitivamente y como promedio después de la venta. La diferencia entre ambos es su ganancia, y es también la diferencia entre la producción del momento y el ingreso del mismo momento”.

Ahora bien, un asunto es que la ganancia provenga de la plusvalía (el sudor de los trabajadores) y no del pase de magia desde la manos del vendedor a las del comprador y otra muy diferente es cómo se calcula esa ganancia y qué consecuencias macroeconómicas tiene. Y en este caso, dice Emmanuel, el empresario “no se limita a pensar o interpretar los fenómenos, sino que actúa. Y por irreales o irracionales que sean sus cálculos, al actuar en función de ellos, se arriesga con crear una situación bien real” y así “en el acto que transforma el objeto específico de la ciencia, el impulso subjetivo es (…) tan objetivo como cualquier otro elemento motor”.

A los neoclásicos, la ganancia les agrada tanto como causa del comportamiento humano que convierten al vicio egoísta en  virtud productiva como les molesta profundamente como fenómeno macroeconómico, puesto que debe venderse para embolsarla y el sistema crece sobre la base de reinvertir las ganancias. Sobre el particular, es sintomático que el célebre economista Paul Anthony Samuelson se mofe de la actividad bursátil, advirtiendo con sorna que la Bolsa, el santuario de las ganancias del capitalismo, había anticipado once de las últimas cinco recesiones. Su actual de alguna manera discípulo más connotado Paul Krugman, de gran predicamento en la administración de Joe Biden, lo repite cada vez que cuadra. No tan rápido. Bastó que la Fed sugiriera que se podría endurecer la política monetaria para que el mercado acusara el golpe bajando. Hay que tener en cuenta que el S&P 500 –el índice más representativo de la bolsa de New York, la principal del mundo– cerró en 4.479, 71 el lunes, marcando una ganancia del 100% desde su mínimo de cierre del 23 de marzo de 2020 en 2.237,40. Los 353 días que se tomó el S&P para duplicarse fueron el menor lapso desde la Segunda Guerra Mundial. En lo que va del año, el S&P ha cerrado en nuevos máximos históricos en 49 días, la mayor cantidad desde 1995. Desde 1929, el S&P ha experimentado rachas de nueve meses como esta sólo en otras 12 ocasiones. El Financial Times cita un informe de Morgan Stanley en el cual se afirma que el 56% de todas las recomendaciones de acciones vinieron con calificaciones de “compra”, la mayor cantidad desde 2002. Lo normal, en estas circunstancias, es sospechar que se viene un largo mercado bajista. La política de Biden basada en subir los ingresos populares no es lo normal.

Los neoclásicos dicen que el mono baila por el beneficio, pero la ganancia en el equilibrio que proponen desaparece –vaya escándalo–, puesto que es consecuencia, no de la espalda de los trabajadores, sino de las dificultades de la competencia entre empresas. En ese mundo ideal en equilibrio no habría ganancias porque habría plena competencia. El mono dejaría de bailar. En el mundo de Emmanuel que sigue a Marx y a Keynes, aunque superando algunas lagunas teóricas en las que cayeron, en el estado ideal del equilibrio, hay ganancia.

Un mundo tan armonioso como el de los economistas neoclásicos no cuaja con la asimetría entre el producto y el ingreso que genera la ganancia. Nunca van a superar el desconcierto que les produjo la crisis de 2008, en la que quedó bien claro que la oferta no crea su propia demanda, mientras no conciban que el producto bruto es mayor siempre que el ingreso que crea, pues el primero contabiliza la ganancia. Bajo estas circunstancias perennes es factible formular los criterios para juzgar la marcha de una política económica en tanto cierra la brecha aumentando el gasto como con el déficit fiscal financiado con moneda, el aumento de impuestos o de la tasa de interés, y sobre todo de los salarios o mediante el proteccionismo que baja el valor del producto al restarse el superávit comercial (exportaciones mayores que importaciones) al gasto interno. El ofertismo militante de gran parte de la clase dirigente argentina, que cree que su compromiso con la economía se perfecciona enunciando estímulo a la oferta, sin reparar en lo bajo que anda la demanda, debería tomar nota de que sólo se sale de la crisis si, como decía Charly García, Say No More.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí