La Grande Bellezza

Mañana se cumplen nueve años del inicio de la filmación de la película de Paolo Sorrentino

 

 

En nuestro tiempo ni el santo ni el anciano, que han pasado su vida dentro de los muros, pueden pensar que han avanzado algunos peldaños más allá de las puertas celestiales.

Robert Hugh Benson, Confesiones de un converso (1913)

 

El mejor cine católico es, probablemente, el que nunca podremos definir como tal. El de directores como Paolo Sorrentino (Nápoles, 31 de mayo de 1970), quien, con prudencia, se definió como un mero “aspirante” a la religión de Francisco de Asís.

Quizás resulta conveniente ese disimulo para Sorrentino. Así logró la atención del gran público con La Grande Bellezza (2013), la serie The Young Pope (2016) –que logró una continuación en The New Pope (2020)– y, no menos importante, la de la Academia de Hollywood, que premiaría a la primera con el Oscar a la Mejor Película Extranjera.

El ojo superficial puede engañarse al ver sus películas. Desnudos frontales, pecados graves –que pueden llegar a la depravación– e irreverencia notoria hacia las autoridades eclesiásticas distan del concepto intuitivo que podríamos hacernos sobre el cine religioso. Son, sin embargo, recursos que utilizaron, entre muchos, Miguel Ángel y Dante, sin que su arte se apartara de la ortodoxia doctrinal. La Iglesia del pasado, que fue gobernada por algunos hombres de profunda inteligencia, definió a aquel arte como católico.

No solo nadie tildó a Sorrentino de católico: el catolicismo oficial lo ignoró. Entre ellos el Papa Francisco, quien en una entrevista respondió fríamente que no había visto La Grande Bellezza, afirmación poco creíble cuando lo había hecho toda Italia y hasta el último oficial de la réproba curia romana. Sorrentino sí tuvo siempre presente a nuestro papa, cuyo perfil psicológico y político retrató como nadie en The New Pope. Su Franciscus II desmiente los recientes panegíricos sobre Bergoglio, que pretenden mostrarlo como no es. Como hizo Miguel Ángel con Biagio da Cesena en el Juicio Final, sentenciándolo eternamente al infierno, Sorrentino aseguró a su Francisco un fin desastrado en el plano terrenal, a manos del mismo cardenal que en la ficción lo eleva al papado, en un sugerente paralelismo con el efímero Juan Pablo I.

No son casuales ni los temas elegidos por Sorrentino ni sus atractivos personajes. Aparecen, sucesivamente, el pecador atormentado o consciente (Jep Gambardella o los oscuros cardenales Bellucci y Voiello) y santos a los que compone con rasgos entre monstruosos y despreciables: la “Santa” de 104 años de La Grande Bellezza [1] o el joven Papa Pío XIII –el místico yankee Lenny Belardo– cuyo papel es interpretado, inconvenientemente para un hombre virgen, por Jude Law.

El discurso fílmico de Sorrentino jamás se reduce a un relato lineal. Se integra con un simbolismo que muestra lo que no dice: imágenes, música y hechos son igual o más relevantes que las palabras.

Es también su sello ubicar sus filmaciones, como corresponde, inmersas en el mundo real que, para el caso, ya no es católico. Se cuelan así el fútbol –incluyendo a Maradona y el Pipita Higuaín–, políticos, empresarios, periodistas, nobilísimos aristócratas decadentes, artistas, niños y ancianos explotados, narcos, jirafas y canguros, selfies, el arte moderno, los sastres romanos Catellani y Rebecchi, Fanny Ardant, y hasta un impensable gimnasio en los palacios vaticanos, instaurado por un papa que, siendo yankee y joven, fuma y exige su Cherry-Coke diaria.

 

 

La grande bellezza della veritá

La película, a medida que avanza, nos va ilustrando sobre la vida pasada de su protagonista, Jep Gambardella. Como Agustín de Hipona, Jep es un joven culto de provincia que llega a la urbe, Roma, para estudiar en la universidad. Como el africano, Jep ha dejado en su terruño a una novia de la que está profundamente enamorado. A diferencia de la innombrada mujer del santo, la novia de Jep se llama Elisa, que en hebreo significa “ayuda de Dios”.[2]

El Jep-estudiante posee una esmerada formación en los clásicos latinos y griegos y domina el latín; habilidades que relumbran en su exquisito italiano. El estudiante tiene más para enseñar a la universidad romana, extremadamente politizada por el Partido Comunista, que para aprender de ella. Pronto la abandona, vuelve a Nápoles y se consagra a su vocación: ser escritor. Así da a luz, siendo muy joven, a una obra maestra de la moderna literatura italiana, El aparato humano, que, al convertirse en un éxito editorial, asegura a su autor ingresos de por vida.

El rápido triunfo, la fama y su afán de figuración convierten a Jep en una figura central del establishment de la urbe. Como toda celebrity –en este caso, literaria– todos quieren saber qué opina Jep sobre todas las cosas. De gran escritor pasa así al oficio, más modesto pero de rédito permanente, de periodista de una revista artística de alto nivel. La revista es dirigida por una inteligente empresaria enana, Dadina, que es la mejor amiga de Jep y novia de Sebastiano Paff, un exquisito poeta mudo. Las habilidades para los negocios de Danina junto a la racionalidad y formación cultural de Jep deparan al escritor una buena vida. Tan buena, placentera, llena de fama y prestigio, que termina abandonado por Elisa, nunca contrae matrimonio y no vuelve a escribir otra novela. En compensación, Jep posee un “puñado de amigos que alientan sus horas”, a los que aprecia más que a nada: el mediocre autor teatral Romano –que pretende llevar a D’Annunzio a las tablas–; la millonaria viuda Viola, que tiene un hijo demente que lee a Proust; el “consolidado” matrimonio de Trumeau y Lello Cava –dueño de una multinacional de juguetes–; Stefania, una exitosísima periodista televisiva que en su juventud fue comunista; y Stefano, amigo de las princesas de la nobleza negra que le confían las llaves de sus palacios. Así empieza la película, con la fiesta del cumpleaños 65 de Jep en la enorme terraza de su piso romano con vista al Coliseo, rodeado de sus afectos.

 

 

El capolavoro de Jep, El aparato humano, trata, como surge de los pensamientos del autor, sobre los grandes temas de la antropología clásica: la vejez, la amistad, la muerte, las pasiones, la soledad, la rectitud y la consciencia, y la estoica resignación. Estos temas, expuestos en los sucesivos cuadros de La grande belleza, se articulan con el desenvolvimiento de la crisis existencial de Jep. La crisis estalla el día que se presenta Alfredo Marti, el marido de Elisa, para informarle que ella ha muerto; no solamente eso, sino que ha leído en su diario que el único amor de su vida fue Jep y que él –Alfredo, su esposo– fue apenas un “buen compañero”. La noticia sobre la muerte de Elisa conmociona al escritor, que empieza a observar su vida, ya en su última etapa, como algo lúgubre, que puede resumirse como un mero transcurrir sin sentido. El drama de Jep se acentúa porque, por diversos motivos, sus amigos empiezan a ausentarse o perderse.

Jep buscará infructuosamente respuestas durante ese verano. Lo hará –quizás por una reminiscencia infantil– en un eminente cardenal papabile que frecuenta su círculo, Bellucci, quien además había sido un eximio exorcista. El intento terminará en frustración porque el prelado lo evitará y, finalmente, lo rechazará. Podremos intuir la razón del rechazo: Bellucci ha perdido su última batalla con el demonio. La posesión consiste en hacerlo hablar ininterrumpida y exclusivamente de comidas, un símil encarnado de nuestra sociedad, embobada con competencias culinarias, poblada por ceñudos sommeliers de supermercado y colmada de fotos de manjares enviadas por WhatsApp.

Jep encontrará una primera respuesta válida, de modo inesperado, cuando una “Santa” –que visita Roma y que parece una incapaz absoluta– le dirija unas pocas palabras llenas de significado y, a la vez, realice un milagro en su terraza. La primera vez que la Santa hable en la película, en la cena del día anterior, será sobre la pobreza; lo hará como lo hizo Cristo con el burgués de su tiempo, el joven rico que intentó ser cristiano hasta que supo que no bastaba con ser virtuoso sino que debía entregar su fortuna a los pobres. [3]

La película terminará en un marco de tensión que remite a la difícil parábola evangélica de los viñadores (Mateo 20; Romanos 9: 19-21), en la que los fieles le reprochan a Dios –y Dios no se queda callado– por tratar a los nuevos fieles –los recién llegados– como sus iguales, cuando ellos le han servido durante su entera vida, ejemplar y sacrificada. Tomamos así consciencia de que las existencias de Jep y de la Santa tienen, desde una perspectiva superior, muchos más puntos en común de los que podríamos imaginar; y recordaremos también que la esperanza es una virtud teologal que, como la fe y la caridad, exige su cultivo permanentemente, tanto cuando Dios nos ha abandonado como cuando parece que no lo necesitamos porque sobreabunda su gracia.

La Santa, al final de su jornada terrena, se arrastrará de rodillas por la Scala Santa, igual que el Cristo-hombre flagelado que, casi 2.000 años antes, intentaba llegar a los pies de Poncio Pilato. Luchará a brazo partido, a los 104 años, para concretar ese acto de fe, como en los primeros años de su vocación religiosa. Esos años que coincidieron con aquellos en los que Jep, enamorado de Elisa, pudo escribir la novela que la entonces joven Sor María leyó con fascinación, siendo fundamental para su consagración a Dios.

Paralelamente Jep tiene un final más tranquilo que el de la Santa en los venerables escalones del Laterano. Se une, en un nuevo sueño marino –que puede ser también su muerte– a su amada y perdida Elisa, la “ayuda de Dios” que desechó en su juventud. Este sueño le redescubre el sentido verdadero de su vida, perdida durante el mismo tiempo en que la Santa consagró la suya. La vida compartida con Elisa, que nunca tuvo, fue esa grande belleza que buscó infructuosamente tanto tiempo, la inspiración ausente para los libros que nunca escribió, la novela que ahora comenzará a escribir.

Ni Jep ni la Santa mascullan siquiera una señal de ese insondable infinito que, en el final de la película y de sus vidas, se les abre hacia el futuro, como si nada hubiera ocurrido hasta entonces y como si todo estuviera todavía pendiente de suceder. Ambos, sin embargo, seguirán buscando hasta el último minuto su salvación o, en términos más terrenales, la justificación de su existencia.

 

 

La grande veritá della bellezza

Quienes, pese a las carcajadas que nos extrajera Erasmo, estudiamos la metafísica clásica y medieval del ser y sus “trascendentales”, vimos una señal en el título de la película. Insinuaba esa “heterodoxia”, meramente nominal, que se apartaba del tomismo aristotélico, que sostiene que los “trascendentales” del ente son cuatro, no tres.

Alterando la analogía, agradable para los teólogos, con la Santísima Trinidad, los trascendentales serían lo uno, lo verdadero, lo bueno y, el cuarto, lo bello. Tomás de Aquino absorbía a la belleza en la bondad, para que los trascendentales sean tres. Pero ni siquiera el santo estaba convencido de esa trilogía, como surge de algunos de sus escritos; Umberto Eco dedicará su tesis doctoral, en el siglo XX, precisamente al estudio integral de lo bello (pulchrum) como trascendental autónomo en la obra del Aquinate.

Sorrentino milita en esa heterodoxia metafísica sobre la belleza y la expresa a través de imágenes, música y diálogos en los cuales, no casualmente, aparecen algunos malditos de la literatura: Blake, Dostoyevsky, Flaubert, D’Annunzio, Proust, Pirandello, Céline y Breton. La Grande Bellezza es una sucesión subyugante de cuadros que, con esa técnica, van componiendo la trama. A continuación, algunos.

El turista japonés, de espaldas a La Fontana del Dell’Acqua Paola en el Gianícolo, que se desmaya mientras fotografía compulsivamente la inmensa condensación de belleza que es Roma; desde el interior del Fontanone un coro celestial interpreta I lie de David Lang (1957).

 

 

La fiesta del cumpleaños 65 de Jep, en el año 2013, no podía celebrarse sin el hit que, en el 2011, unió para siempre a Raffaella Carrá y Bob Sinclair:

 

 

Uno de los momentos más duros de la película se produce cuando Jep tiene que decirle algunas verdades a Stefania, que pretendía exhibir su vida al grupo de amigos colocándose unos peldaños por arriba. La fiera réplica se explica porque Jep, a esa altura, tenía ya asumida su propia realidad vital, probablemente más infecunda que la de Stefania. La escena es también una desmentida al discurso contemporáneo, que coloca la realización de los hombres, y ahora de las mujeres, en el dinero, el poder y el placer (I Juan 2:16), edulcorados con referencia a “valores” cuyo contenido es tan difuso como irreal su verdadera importancia.

 

 

George Bizet, en la insuperable versión de Leopold Stokowski y Rober Bloom del adagio de su sinfonía oculta, envolverá la recorrida nocturna de Jep por los palacios romanos, junto a Stefano y Ramona, su amiga stripper.

 

 

A ese paseo seguirán dos muertes, que servirán para reflexionar sobre la importancia de los ritos en torno a ella. Conforme su raíz platónica la muerte –meditatio mortis, idest meditatio vitae– es un acto (no un hecho) que se prepara durante toda la vida y que, pese a tal esfuerzo, uno nunca sabe si estará preparado para afrontar. El Dies Irae del moderno Requiem del compositor polaco Sbigniew Preisner (1955) se lucirá en los funerales.

 

 

 

Jep se reconciliará con Stefania en una fiesta de casamiento en el jardín de una villa romana. Bailarán abrazados junto a otras parejas que, en la imagen, se asemejarán a aquellos viejos matrimonios de por vida, que hoy casi no existen; escena que se recortará contra el cielo del atardecer. Jep y Stefania se han querido en el pasado sin ir más allá, inmersos como estaban en el vértigo de sus vidas. Mónica Cetti será quien cante esta apacible, última fiesta.

 

 

 

Magister Perotinus Magnum (1155-1230) con su bellísimo himno “Beata Viscera” enmarcará la presentación romana de la Santa, en una tenida ecuménica.

 

 

 

El final, con el ascenso de la Santa y el regreso de Jep a Nápoles y el encuentro de ambos con su destino, será acompañado por los versos de William Blake –música de John Tavener– dedicados al Cordero que va al sacrificio.

 

 

 

Cuando todo ha terminado Sorrentino nos mostrará el Tíber, a cuya vera ya no caminará Jep Gambardella. Vladimir Martynov (1946), educado en el rigor soviético del Conservatorio de Moscú, servirá a esa soledad con la elevada musicalidad religiosa (que recién pudo estallar en 1991) de Las Beatitudes, en las cuerdas del Kronos Quartet.

 

 

 

Cuando vi por primera vez ese final con esa música me vino a la memoria el poema El Hacedor de Borges (La cifra, 1981), con su enumeración destinada a llenar el río de Heráclito que, como el omnipresente Tíber de Jep, fluye sin ser nunca el mismo. No es extraño que Borges, otro escritor, pese a que no pudo ver La Grande Bellezza la haya descripto en el umbral de su propia muerte:

Somos el río que invocaste, Heráclito.

Somos el tiempo. Su intangible curso

acarrea leones y montañas,

llorado amor, ceniza del deleite,

insidiosa esperanza interminable,

vastos nombres de imperios que son polvo,

hexámetros del griego y del romano,

lóbrego un mar bajo el poder del alba,

el sueño, ese pregusto de la muerte,

las armas y el guerrero, monumentos,

las dos caras de Jano que se ignoran,

los laberintos de marfil que urden

las piezas de ajedrez en el tablero,

la roja mano de Macbeth que puede

ensangrentar los mares, la secreta

labor de los relojes en la sombra,

un incesante espejo que se mira

en otro espejo y nadie para verlos,

láminas en acero, letra gótica,

una barra de azufre en un armario,

pesadas campanadas del insomnio,

auroras, ponientes y crepúsculos,

ecos, resaca, arena, liquen, sueños.

Otra cosa no soy que esas imágenes

que baraja el azar y nombra el tedio.

Con ellas, aunque ciego y quebrantado,

he de labrar el verso incorruptible

y (es mi deber) salvarme.

 

 

 

 

[1] Su modelo real es, sin dudas, Santa Teresa de Calcuta (1910-1997). En 2013 hubiera cumplido 103 años. El papa Francisco la canonizó en 2016.

[2] Es también el nombre de Elisa Bindhoff Enet (1906-2000), la escritora chilena que fue la última esposa del co-fundador del surrealismo André Bretón, quien solamente como intelectual célebre guarda cierta semejanza con Jep.

[3] El columnista del diario La Nación Loris Zanatta, aunque no lo sabe, está enloquecido de bronca con Cristo, no con la Iglesia, el Papa Francisco o el peronismo. La condición de Jesús, si puede ser asimilado a alguna, es la del mendigo (que no posee casa propia) y la del pobre (egenus, II Cor. 8, 9). Cristo no tenía dónde reposar la cabeza (Mat. 8, 20) y para alimentarse sus discípulos tomaban las espigas de los campos ajenos (Mat. 12, 1). La condición de Jesús no es siquiera la del trabajador sino la de quien se ha despojado voluntariamente de todo, en una perfectísima pobreza. El Cristo-hombre, modelo de los cristianos, es la antítesis del empresario o financista capitalista, cuya finalidad vital es obtener ganancias, acumular riquezas y vivir seguro.

 

 

 

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