La guerra continúa

Millonaria ayuda militar de Estados Unidos a Kiev para prolongar la contienda con Rusia

 

Con el arribo de Joseph Biden a la Presidencia de Estados Unidos, el 20 de enero de 2021, Moscú debió soportar durante ese año inicial las intervenciones y acciones de Washington en su contra. Las más importantes fueron tres que se realizaron en el Mar Negro, que está rodeado sólo por seis países, entre ellos Rusia: a) el avance de dos cruceros misilísticos capaces de portar armamento nuclear, muy pocos días después de la asunción del nuevo Presidente; b) las maniobras aeronavales Sea Breeze realizadas entre los meses de junio y julio, que operaron con más de 30 naves de guerra mayoritariamente de Estados Unidos y la OTAN pero también de terceros países no pertenecientes a ella, entre otros Ucrania; y c) en septiembre, la nave insignia de la Séptima Flota norteamericana, el crucero Porter, con armamento nuclear y un buque de abastecimiento hicieron también una incursión por el antedicho mar. Pero, por si esto no fuera suficiente, la gran potencia del norte operó también en el Mar Báltico, en las narices de Kaliningrado, también en 2021. Y al final del Golfo de Finlandia, en abril de 2022, con San Petersburgo a una escasa distancia del mar, nada menos. Ha sido un despliegue verdaderamente enorme mediante el cual una potencia nuclear le plantó su poderío militar a otra potencia también nuclear, en sus territorios, sin decir ni siquiera agua va.

Se ha mencionado en diversos periódicos y medios –entre otros el New York Times y el Washington Post– que en las elecciones presenciales de noviembre de 2016 –en las que Donald Trump se impuso a Hilary Clinton– hubo una intromisión encubierta rusa en contra de la candidata, que insidió en su derrota y favoreció a Trump. No es nada improbable que Biden se hubiera informado satisfactoriamente de lo ocurrido por las agencias norteamericanas de inteligencia y, llegado ya a Presidente, hubiera decidido sancionar a Rusia por su inaceptable intromisión política. De allí su inmediata decisión de acicatearla y provocarla a lo largo de 2021.

En enero de 2022 se desarrollaron conversaciones entre Moscú y Washington en las que no se alcanzó ningún acuerdo, presumiblemente por decisión de Presidente norteamericano. Así las cosas, luego de la poderosa demostración exhibida en sus narices por la OTAN et allia en los mares Negro y Báltico y del fracaso de las conversaciones entre los dos países, a Moscú no le quedó otro camino más que el de ir a la guerra. Rusia ha quedado como la iniciadora de la contienda. Y efectivamente ha sido así. Pero quien efectivamente la puso en marcha fue Joseph Biden, diríase que como devolución a la intromisión rusa en la elección presidencial norteamericana de 2016. Rusia no podía aceptar otro año como el 2021.

 

La guerra

Los conductores rusos de la guerra –en primer lugar, Vladimir Putin– eligieron como antagonista a Ucrania, lo que fue casi una obviedad: Rusia no quiso lidiar en forma directa ni con Estados Unidos ni con la Unión Europea ni con la OTAN, diríase que por razones de fuerza mayor. Ucrania, en cambio, le caía como anillo al dedo, pues no formaba parte del antedicho trío. Y Moscú, a su vez, había mantenido contiendas con ella en el pasado, como en 2014 para apropiarse de la península de Crimea.

La guerra comenzó el 24 de febrero de 2022, poco después de que fallaran las conversaciones ruso-norteamericanas mencionadas. Como consecuencia de esto, Rusia armó un plan bélico que le dio prioridad a las fuerzas de tierra y un papel de apoyo de la Fuerza Aérea. La Armada tuvo escasas intervenciones mayores hasta el día de hoy. Debe recordarse, no obstante, que el crucero misilístico Moscú, nave insignia de la flota rusa del Mar Negro, fue hundido en abril de 2022 por un ataque ucraniano.

Desde el inicio de la contienda, Moscú estableció tres frentes de guerra: norte, oriental y sur (estos puntos cardinales corresponden a Ucrania, que es el teatro de la contienda). El frente norte tuvo como objetivo la conquista de Kiev, capital de Ucrania. Las fuerzas rusas, acompañadas de un contingente de Bielorrusia, operaron inicialmente contra posiciones ucranianas instaladas en las afueras de esa ciudad, con relativo éxito. Y procuraron montar un cerco que la rodeara, con el propósito de doblegar a los defensores ucranianos. Pero la operación no tuvo éxito: Kiev impuso una fuerte capacidad defensiva. Al punto que en el mes de abril las tropas comprometidas en ese teatro abandonaron la contienda y comenzaron a retirarse.

La campaña en el frente oriental se inició también en febrero de 2022. Las fuerzas rusas avanzaron sobre las ciudades de Lugansk y Donetsk, que conforman la región del Donbás, como así también sobre Mariúpol, Jarkov y Bajmut, entre otras. En esta última se libró una batalla sangrienta que se prolongó durante nueve meses, hasta que cayó en mayo de 2023. Finalmente está el frente sur, en el que sobresalieron los combates sobre las ciudades Jerson y Zaporiyia, y en el que el contingente ucraniano ha venido peleando de igual a igual, sin entregar territorio.

El 4 de junio de 2023, Ucrania puso en marcha una contraofensiva con el objeto de contener el avance ruso y, en lo posible, retrotraerlo a sus posiciones iniciales. Ya en los primeros días de la ofensiva, las tropas ucranianas se toparon con defensas rusas bien organizadas y atentas a los movimientos y al avance ucranianos. Prácticamente calcado al primer ataque ruso, el plan ofensivo de Ucrania tenía también dos frentes: oriental y sur. En el frente del este se establecieron tres zonas de combate. La primera concernía básicamente a la ciudad de Bajmut, que les había sido arrebatada. El embate ucraniano fue perseverante pero no alcanzó el triunfo. La segunda zona de combate fue librada en la región de Avdiirka-Donetsk. El embate ucraniano fue también perseverante pero apenas alcanzó a tomar algunos kilómetros cuadrados, que consiguieron arrancar a los rusos. Y lo mismo sucedió en la tercera zona de combate, Stratove-Kreminna, con un resultado semejante. Así las cosas, las fuerzas ucranianas se retiraron sin alcanzar más que modestas ganancias territoriales, que no justificaron el esfuerzo realizado por Kiev que, al revés, terminó perdiendo capacidades bélicas que no ha podido recuperar hasta el día de hoy.

Con posterioridad a este relativo fracaso –pues no ganó mucho terreno y perdió armamento y personal– Ucrania fue perdiendo posiciones. Desde luego, los Estados Unidos y los países de la OTAN que la acompañan han tratado de sostenerla. Y en buena parte lo han conseguido. Pero ha sucedido también que Rusia ha recuperado posiciones y está, ahora, avanzando de nuevo en la contienda.

La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó recientemente un monto de ayuda militar para Kiev por U$S 60.8000 millones. El jueves último el Senado hizo lo mismo. Será un nuevo apoyo para las tropas ucranianas, que venían combatiendo con no pocas deficiencias debido a la falta de recursos. Como contracara, en los últimos meses Rusia ha podido avanzar poco a poco pero de manera casi constante.

Además de las idas y venidas en los frentes de guerra, es conveniente tener presente el número de ciudades ucranianas tomadas por Moscú; constituyen también un indicador de cómo va la guerra. Vale aclarar que el número en grueso de habitantes que se muestra en cada caso es el que tenían antes de la contienda: Mariúpol (400.000); Jersón (280.000); Melitópol (160.000); Berdyansk (120.000); Lysychansk (110.000), Severodonetsk (69.000) y Rubizhne (63.000), entre otras.

 

Final

La guerra sigue su curso. Los combates en Bajmut y Jarcov, segunda ciudad de Ucrania, cuya población era de 2.800.000 habitantes antes de la contienda, indican que todavía hay capacidades defensivas en ese país. La millonaria ayuda de dólares que prontamente recibirá Kiev probablemente le servirá para recuperar por un tiempo más sus capacidades bélicas. Rusia, por su parte, probablemente continuará con el accionar medido que le ha resultado conveniente. Así están las cosas. Habrá que esperar y ver.

 

 

 

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