La guerra deseada por Netanyahu

El sueño del Gran Israel

 

El Primer Ministro Benjamín Netanyahu declaró la guerra a Irán el 28 de febrero, prometiendo que Israel y Estados Unidos "eliminarían la amenaza existencial que representa el régimen terrorista de Irán". Según el columnista de The New York Times David M. Halbfinger, “más de 30 años después de que identificara públicamente a Irán y sus ambiciones nucleares como una amenaza singular para su país, Netanyahu parecía haber conseguido finalmente la guerra que siempre había deseado cuando la poderosa Estados Unidos se unió a la lucha codo con codo con Israel”.

Hay motivos para dudar de que la obsesión de Netanyahu con el desarrollo nuclear de Irán sea la causa exclusiva de la guerra. Sin descartar una cierta paranoia, cabe también pensar que la intención principal radica en su determinación por afianzar su proyecto de hegemonía militar en la región, vinculado al viejo proyecto sionista de conformar el Gran Israel. Un repaso de los antecedentes que regularon el uso de la energía atómica por parte de Irán puede ofrecer una pista para develar esta incógnita. 

En principio, partimos de la hipótesis de que esta nueva guerra con Irán es consecuencia directa de la ruptura del acuerdo nuclear alcanzado por Obama con Irán en 2015. Ese acuerdo ofrecía garantías suficientes de que Irán no podía hacerse con un arma nuclear y su ruptura fue consecuencia de unas maniobras falaces de Netanyahu similares a las que le permitieron involucrar ahora a Trump en una nueva guerra elegida.   

 

 

Los antecedentes

El acuerdo nuclear entre Estados Unidos e Irán —cuyo nombre oficial era Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC, o JCPOA por las siglas en inglés)— fue alcanzado el 14 de julio de 2015 en Viena, tras dos años de intensas y esforzadas negociaciones. Su objetivo inmediato era desactivar durante al menos un decenio el acceso iraní al uranio enriquecido a cambio de levantar las sanciones económicas que asfixiaban al régimen. El texto fue avalado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —China, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Rusia— más Alemania y la Unión Europea. Tras su firma, el PAIC fue incorporado al derecho internacional a través de la resolución 2231 del Consejo de Seguridad de la ONU.

El acuerdo estableció que se levantarían las sanciones económicas contra Irán a cambio de que este país limitara a usos pacíficos su programa nuclear, en desarrollo desde mediados del siglo XX. Durante los quince años posteriores a la firma, Irán debía reducir sus reservas de uranio enriquecido en un 98% hasta los trescientos kilos y no superar el 3,67% de enriquecimiento. Además, el acuerdo limitaba el número de centrifugadoras para enriquecer uranio que Irán podía tener. Por último, el gobierno iraní se comprometió a reformar sus reactores de agua pesada para que no pudieran producir plutonio, elemento usado en la elaboración de armas nucleares, y a no construir ninguna planta de este tipo hasta 2030. Se estableció un riguroso mecanismo de vigilancia de posibles incumplimientos de la mano del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

 

 

La ruptura del acuerdo

El Primer Ministro Benjamín Netanyahu siempre había considerado la pretendida paz nuclear como una ficción, a pesar de que Irán cumplía escrupulosamente con los términos del acuerdo. El Organismo Internacional de Energía Atómica señaló repetidamente que no había evidencia que permitiera sostener que Irán incumplía el acuerdo. Aun así, Donald Trump, cuando era un simple polemista de redes sociales, no se cansó de decir que el acuerdo alcanzado por Obama era pésimo y prometió que, de ser Presidente, sacaría a Estados Unidos del PAIC.

El 30 de abril de 2018, con Trump en la presidencia, Benjamín Netanyahu se dirigió a los israelíes por televisión para asegurar que contaba con pruebas de que el régimen de Irán había engañado al mundo y mantenía en marcha un programa atómico secreto. Desde la sede del Ministerio de Defensa en Tel Aviv, Netanyahu mostró en directo estanterías con documentos físicos y digitales supuestamente obtenidos por los servicios de inteligencia israelíes tras infiltrarse en los archivos secretos nucleares, y que, según dijo, confirmaban que Teherán “mintió sobre su compromiso con el acuerdo nuclear suscrito en 2015”.

La denuncia de Netanyahu no sonaba convincente. La alta representante europea para la Política Exterior, Federica Mogherini, desestimó la denuncia y declaró: “Si algún país tiene información sobre algún incumplimiento de cualquier tipo, puede y debe dirigirla a los mecanismos adecuados, el OIEA [Organismo Internacional de la Energía Atómica] y la Comisión Conjunta [del PIAC] para la vigilancia del acuerdo nuclear que presido”. “El PIAC no se basa en asunciones de buena fe o confianza, sino en compromisos concretos, mecanismos de verificación y un control muy estricto de hechos realizado por el OIEA”, subrayó antes de recordar que ese organismo había publicado diez informes certificando que Irán había cumplido plenamente sus compromisos.

Finalmente, el 9 de mayo de 2018, el Presidente Trump rompió el acuerdo nuclear con Irán y restableció de forma inmediata las sanciones contra el régimen. “El acuerdo descansaba en una gigantesca ficción: que un régimen asesino deseaba solo un programa nuclear pacífico. Si no hacíamos nada, el mayor patrocinador mundial del terrorismo iba a obtener en poco tiempo la más peligrosa de las armas”, se justificó Trump. De poco sirvió la presión combinada de Francia, Alemania y Reino Unido para evitar la ruptura. Como señaló el corresponsal de El País, “tampoco le frenó el riesgo de que Oriente Próximo caiga por la pendiente nuclear. Abanderado del aislacionismo, Trump decidió fracturar a Occidente y abrir una era de inestabilidad en la región más explosiva del planeta”. 

En enero de 2021 la OIEA informó que Irán había vuelto a enriquecer uranio hasta el 20%, nivel que ya había alcanzado antes de la firma del acuerdo de Viena. El régimen iraní empezó a incumplir las obligaciones del acuerdo alegando que tenía derecho a infringirlo si una de las partes firmantes lo rompía de forma injustificada. A pesar de ello, el 20% de enriquecimiento estaba muy por debajo del 90% requerido para desarrollar una bomba nuclear. En opinión de algunos analistas, la intención de Irán era utilizar el enriquecimiento como arma de negociación para conseguir levantar las sanciones que asfixiaban su economía. 

 

 

Paradojas

El acuerdo alcanzado por Obama funcionó bajo la premisa de verificación para evitar la proliferación, cumpliendo técnicamente con el espíritu del Tratado de No Proliferación (TNP) firmado por Irán en 1970. La paradoja es que, mientras Irán cumplió con lo dispuesto en el TNP, los dos Estados que denunciaban el incumplimiento de Teherán lo han venido infringiendo. Israel no ha adherido al TNP para evitar las inspecciones que delatarían que es poseedor de bombas nucleares obtenidas secretamente, en abierta violación del espíritu del tratado. Por su parte, Estados Unidos, al igual que el resto de potencias nucleares, también viene incumpliendo lo dispuesto en el TNP, que establece que todos los Estados se comprometen a celebrar negociaciones de "buena fe" sobre medidas eficaces para el cese de la carrera de armamentos nucleares. El objetivo final del TNP es alcanzar el desarme nuclear y formalizar un nuevo tratado de desarme general y completo bajo un control internacional estricto. Si bien a las cinco potencias nucleares reconocidas en 1968 (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China) no se les exigió una desnuclearización inmediata, sino el compromiso de avanzar hacia ella, a los países no poseedores se les prohibió fabricar o adquirir armas desde el inicio.  El TNP se basa en un equilibrio nunca alcanzado: los países sin armas prometen no tenerlas nunca, a cambio de que los países con armas prometen eliminarlas y compartir tecnología para el uso pacífico de la energía nuclear.

 

 

La ambición de Netanyahu

Los politólogos Shibley Telhami y Marc Lynch, entrevistados por The New York Times, consideran que el proyecto mesiánico de los partidos ultra religiosos de recuperar la tierra de Judea y Samaria ya ha sido adoptado íntegramente por el gobierno de Netanyahu. Los colonos, con sus permanentes pogromos, son la vanguardia del proyecto estatal que consiste en capturar y colonizar la mayor parte posible de Cisjordania. El dato cierto es que Netanyahu, al afirmar que nunca habrá un Estado palestino, cierra toda posibilidad de un acuerdo diplomático. Durante la ceremonia de firma de un importante proyecto de colonización en Male Adumin, al este de Jerusalén, que prácticamente divide a Cisjordania en dos mitades, Netanyahu reafirmó: “Cumpliremos nuestra promesa: no habrá Estado palestino, este lugar nos pertenece". 

El problema es que, para llevar a cabo un proyecto de limpieza étnica de tal calibre, Israel necesita tener el dominio estratégico sobre cualquier actor relevante en el mundo árabe y Oriente Medio. Esto supone que un país que tiene diez millones de habitantes puede imponer su hegemonía militar en un área geográfica de 500 millones de árabes y persas. Para tener esa hegemonía, Israel necesita no solo contar con el apoyo de Estados Unidos, sino además que no surja ningún Estado que amenace su poderío bélico. 

El intelectual israelí Moshé Machover también piensa que una condición previa para completar el proyecto sionista es asegurar la hegemonía regional. Para esto, Israel considera que debe ser una superpotencia regional, conservando el monopolio nuclear absoluto en Medio Oriente. “Israel no solo debe ser el único Estado regional en posesión de armas nucleares: debe ser el único Estado de la región que tenga el potencial de desarrollar bombas nucleares. Es decir, Israel tiene como objetivo el monopolio no solo de las armas nucleares, sino también de la capacidad nuclear, que no es en absoluto lo mismo, porque hay varios estados en el mundo que tienen capacidad nuclear, pero que, por una razón u otra, no están en posesión de armas nucleares. Estos objetivos —expansión territorial, limpieza étnica y garantía de hegemonía regional— están interconectados. Uno sigue a otro y, de hecho, uno implica al otro”.

Por consiguiente, el argumento de que la existencia de capacidad nuclear por parte de Irán es una amenaza existencial para Israel es, en esencia, meramente subjetivo. En marzo, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, testificó que la comunidad de inteligencia estadounidense "sigue evaluando que Irán no está construyendo un arma nuclear". Desde Teherán lo perciben como un deseo de Israel de degradar, de una vez por todas, las capacidades de Irán como Estado, sus instituciones militares, y cambiar el equilibrio de poder entre Irán e Israel de manera decisiva. 

En esta valoración coinciden los politólogos Shibley Telhami y Marc Lynch, entrevistados por The New York Times. “Cuando el régimen no cayó, cuando no se produjo un levantamiento masivo y se vio que Irán atacaba inmediatamente a los estados del Golfo, entonces se pasó al plan B. La administración Trump no tenía un plan B, pero Israel sí. Y creo que si analizamos sus objetivos, si analizamos lo que han estado haciendo, ese plan B ha sido, en gran medida: atacamos la capacidad estatal. Intentamos quebrar la capacidad de este régimen, pero también del Estado, no solo para amenazarnos, sino para controlar a Irán como Estado. El ministro de Defensa de Israel lo ha dicho claramente: 'Vamos a hacer lo mismo que hicimos en Gaza. Vamos a hacer lo mismo que hicimos en Rafah'. En esencia: si tenemos que defendernos, todo es legítimo. No existen leyes. No existen derechos humanos. No hay diferencia entre civil y combatiente”. 

La niebla de la guerra todavía no se ha dispersado en Medio Oriente y aún es prematuro sacar consecuencias. En el ensayo Auge y caída de las grandes potencias (1987), Paul Kennedy argumenta que los imperios caen principalmente por la "sobreextensión imperial" (imperial overstretch). Esto ocurre cuando una potencia expande sus compromisos militares y estratégicos más allá de lo que su base económica puede sostener, llevando al debilitamiento económico y al declive. Es un riesgo que también puede terminar arruinando el viejo sueño expansivo de ocupación del Gran Israel, acunado desde hace 30 años por Netanyahu. 

 

 

 

 

 

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