LA IDEOLOGÍA ARGENTINA

La mitología de la diferencia entre el dólar económicamente eficiente y el socialmente deseable

 

Una observación en el prólogo de la obra de Karl Marx y Friedrich Engels La ideología alemana da pie para intuir algunos rasgos actuales de la ideología argentina, cuando se la recrea en la cotidianeidad de la práctica política nacional, trama cuyos resultados previsibles sugieren alzarse con todos los laureles para ser parte de la crisis y, a su vez, insospechados de aportar aunque sea el más mínimo elemento para su superación. La más reciente edición del mamotreto en 2017 se inscribe en el histórico proyecto –que con sus altibajos por guerras, purgas, muros que se caen, ya lleva un siglo– conocido por el acrónimo Mega (del alemán: Marx-Engels Gesamtausgabe) destinado a editar todo lo que escribieron a lo largo de su vida juntos y separados los dos autores. La ideología alemana corresponde a los manuscritos redactados en Bélgica a mediados del siglo XIX con el propósito de hacer una revista, iniciativa abortada por los dos escritores. La reciente reedición tiene unas cuantas diferencias con el ensayo editado bajo ese título y con ese material a principios de la década del ’30 del siglo pasado en Rusia –que los autores nunca planearon publicar en ese formato–, época hasta la cual los manuscritos permanecieron inéditos.

Ironizan Marx y Engels en el prólogo de esa obra: “Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar de la idea de la gravedad. Tan pronto como se quitasen esta idea de la cabeza, considerándola por ejemplo como una idea nacida de la superstición, como una idea religiosa, quedarían sustraídos al peligro de ahogarse. Ese hombre se pasó la vida luchando contra la ilusión de la gravedad, de cuyas nocivas consecuencias le aportaban nuevas y abundantes pruebas todas las estadísticas”.

 

Engels y Marx.

 

Es obvio que el cándido aludido por Marx y Engels llama a la chacota. Una situación donde se dispara el mismo mecanismo idealista y seguramente aquieta la algazara y vira el ánimo hacia la desazón, ocurre cuando en lugar de querer sacarse de la cabeza la idea de la gravedad se coloca a la afirmación de que la inflación tiene mucho de autoconstruida, de los pensamientos poco felices que tenemos en la cabeza los argentinos sobre la marcha del nivel general de precios. Si se quitan la idea de la inflación de la cabeza no habría alza generalizada del nivel de precios. Una variante se manifiesta en los abordajes agnósticos; aquellos que invocan a hechos ininteligibles, propios de la dimensión desconocida, que impulsan la inflación haciendo de las suyas. Una lástima que sean unas incógnitas y hagan imposible saber exactamente qué es lo que hay que quitarse de la cabeza para que los precios se apacigüen. Lo inequívoco es que es fulero lo que hay que dejar de pensar.

Los insufribles monetaristas denuncian al pensamiento populista como el causante del descontrol en la cantidad de moneda. Ergo, hay que sacarse el populismo del hemisferio izquierdo que es lo que impide controlar la cantidad de dinero. Les es indiferente que la supuesta capacidad de cualquier banco central de controlar la cantidad de dinero sea una pura superchería; impertérritos los monetaristas insisten, mientras la masa monetaria rebelde way no les da pelota y –bien al contrario de los que ellos pregonan– crece por los precios en lugar de hacer crecer los precios.

En términos de inflación, no faltan quienes culpan a la desmedida codicia de los empresarios, los cuales –de acuerdo a esta óptica– evidentemente se quitan la idea de inflación cuando se transita por períodos de quietud en los precios. Pero nada es para siempre y aviesamente vuelven sobre sus pasos y comienzan a invadir sus pensamientos la concupiscencia, lo que finalmente genera inflación. Al respecto, huelga considerar que los argumentos empíricos no son útiles en sí mismos para descartar una teoría, pero para no echar largas se puede considerar el siguiente cuadro sobre la inflación global y argentina en los ‘80 afamada en la economía internacional como la época de “la gran inflación”; por dos razones:

 

 

  1. Que en el debate actual en los países desarrollados sobre si vuelve o no la inflación, los números implícitos en la tenida son los del cuadro. Conviene tenerlos presentes para no confundirse a causa de la desmesura nacional en el rubro. Para calibrar aún mejor donde hoy se está parado, vale considerar que la inflación en los países de la OCDE promedió el 10% anual en los ’70 y ‘80, bajó a 5% en los ‘90, al 3% entre 2000 y 2010 y al 2% anual hasta la pandemia.
  2. Que viene al caso de la inflación por afán desmedido de los oligopolios, es que en el cuadro registra también la inflación que operó en los entonces países socialistas, la que dio en llamarse con el neologismo inglés de shortageflation (algo así como faltanteflación). Cuando los costos se fueron para arriba, por el shock de petróleo por caso, se fueron para todos sin deferencia hacia la forma distinta de acumular capital. Los países capitalistas ajustaron con precios al alza y experimentaron la estanflación, los socialistas, con faltantes crónicos de muchas mercaderías que le permitían planchar el promedio de los precios y eso determinaba la faltanteflación. Los precios, de todas formas subieron. Menudo problema la inflación socialista de entonces, la faltanteflación, para los que argumentan con la voracidad de los oligopolios. Por ahí arrinconados lanzan la sospecha de que los camaradas no estaban pensando bien. Todas las ficciones son posibles en el reino del idealismo.

 

 

Engrupidos violentos

Este conjunto de situaciones tranquilamente podrían ser encuadradas en la jocosidad de una comedia de enredos, si no estuviera en juego un asunto tan serio y preocupante como el bienestar de la sociedad. Tiene importantes consecuencias políticas el no tener como norte en la práctica de la integración nacional que acelere el desarrollo capitalista, que es una de las decisivas enseñanzas de La ideología alemana, que trasmite el apotegma de que «la existencia social determina la conciencia». En principio, acudir a los recónditos pliegues del pensamiento para justificar la poca eficacia en la implementación de políticas que corrijan un estado de cosas perjudicial para las mayorías, puede buscar imponer el convencimiento de que mucho más que hacer que no fuera control de daños deviene imposible alcanzar, pues la dinámica de la realidad la mueve la idea, por caso la de la inflación, y esta es inmanejable.

El hecho de expresar que no se frenan los precios a causa de la autosugestión, o cosas por el estilo, en el ámbito de la política argentina todo parece indicar que no es un acto de cinismo; apenas una penosa creencia. La ilusión de esquivar el pago de la factura política que indefectiblemente pasa la realidad cuando la actitud es negar que sea la única verdad, es parte del gambito pero no lo que la impulsa. Dependiendo de la capacidad y los tiempos del potencial reemplazo, la dirigencia a cargo del timón del Estado que se contabiliza imbuida de este sesgo de la ideología argentina, si su compromiso democrático permanece firme, cuando se le termina el carrete sale de escena resignada maldiciendo la inabordable alma nacional. Aprender lo necesario y olvidar lo imprescindible, evidentemente no forma parte del programa.

El lado bien peligroso de esta impostura es cuando la esgrimen fascistas que andan medio distraídos de lo profundamente fascistas que son y, además, se conciben –y felicitan entre ellos– como el último baluarte de la institucionalidad. Ahí se pagan las consecuencias de un proceso que empieza con una minoría señalando la generalización de los vicios sociales que tienen a mal traer el crecimiento del país. Congruente: si algo está podrido, algo que está sano tiene la exclusiva capacidad de apreciarlo. La minoría que aguija tal caracterización para transformarla en sustancia de disputa de poder político, debe sumariar a la mayoría acusándola de ser incapaz por lo que tiene en la cabeza. En vista de que esa mala conciencia determina la mala existencia no hay más remedio que ponerla en caja reprimiendo en un nivel y un grado que se autonomiza de la voluntad política. Por más sociópatas que sean, no son menos ingenuos si conjeturan que pueden dominar al monstruo de la represión.

 

El Viaje, de Pino Solanas, 1992

 

 

 

El culo a la chiva

Nada de esto es especulativo. Es lo que se infiere de examinar la argamasa que aglutina a los factores de poder que están agazapados aguardando que las urnas sancionen al oficialismo en vista de que hasta ahora –sin excepción– ningún gobierno salió indemne de la pandemia. Incluso, no los desmiente una elección con el oficialismo ganando por estrecho margen. En rigor de verdad, los alienados protagonistas minoritarios de la lucha de clases pero con el don de la manija, no tienen por qué enterarse de que al postular en el plano más abstracto para conseguir el poder político más concreto de que es la consciencia la que determina la existencia (la reversa de Marx-Engels), están racionalizando el programa del país para pocos. Simplemente son llevados por las leyes del movimiento de la historia. En medio de la circunstancia velada y neblinosa, el culo a la chiva se ve con toda nitidez cuando se analizan los indicios del programa que prohíjan y la convicción que exhiben del compromiso de dar palos para que la cosa funcione.

En términos del idealismo que se viene tratando acá, la batalla en la conciencia es entre lo que han bautizado como un tipo de cambio de eficiencia económica versus un tipo de cambio socialmente deseado. La minoría reaccionaria quiere ganar esa disputa a favor del tipo de cambio de eficiencia económica. Ya que jueguen todo la suerte a las patas de un solo precio, el del dólar, encima tan volátil y huidizo, habla a las claras de cuán poco o nada es lo que están dispuestos a negociar con el resto de clases y sectores del país. Son la encarnación de la desintegración nacional pura y dura.

El dólar correspondiente al tipo de cambio de eficiencia económica es uno muy devaluado que empobrece a los trabajadores pero, según sus heraldos, es a ese nivel que el precio de la divisa norteamericana posibilita exportar más, importar menos y no experimentar inconvenientes en las cuentas externas de la nación. Para vender las bondades del producto, sostienen que es la única forma de lograr un crecimiento sostenido, lo que finalmente resulta la vía para terminar con la pobreza. La idea de sustituir importaciones no forma parte de ese añejo menú que de nuevo no tiene nada más que sus renovados partidarios. No importa que abaratar las exportaciones no hace vender lo suficientemente más para evitar perder en los términos del intercambio y en el resultado comercial, que es el verdadero resultado de la devaluación. No importa que la inversión sea una función creciente del consumo, por lo que el tipo de cambio eficiente atenta contra el crecimiento en lugar de alentarlo. No importa que este sea un mundo de intercambio desigual, en el cual bajar los salarios significa dar excedente sin contrapartida al exterior. No importa que la base conceptual del mentado tipo de cambio de eficiencia económica provenga del llamado teorema de la dotación de factores, según el cual las especialización de los países obedece a cómo fueron provistos por la naturaleza.

Así la naturaleza dotó a Alemania de químicos y a la Argentina de arrieros, y si nosotros exportamos mucho agro es porque la tierra es nuestro factor abundante y el trabajo escaso. Esto significaría que los salarios debieron ser siempre mayores acá que en los Estados Unidos porque hay más hectáreas por trabajador acá que allá. La realidad siempre tuvo tan poco que ver con esta coartada de la ciencia oficial que en su momento Guido Di Tella, partidario decidido de estas ideas y padre putativo de esta muchachada, corrido por los hechos tan contrarios a las previsiones, argumentó el disparate de que el trabajo era el verdadero factor abundante en el país, que era caro por los sindicatos y la protección aduanera y si queríamos una vida económica estable debíamos bajar los salarios y abrir la economía.

Hoy sus herederos intelectuales a este camino ya recorrido unas cuantas veces, y que lleva al desastre, se les ha ocurrido remozarlo con la denominación: tipo de cambio de eficiencia económica, para anteponerlo al tipo de cambio socialmente deseado que es muy atrasado respecto del eficiente y que –reprochan– alienta la industrialización de forma inadecuada. Es su manera de pronunciarse contra los salarios crecientes en su poder de compra y posicionarse bien a la derecha. Eso sí: en nombre de la máxima racionalidad económica. Bullshit.

Por supuesto que manifiestan su voluntad de acordar con el FMI y acreedores externos privados, de una manera que sugiere que está en las antípodas de las presumidas renuencias del oficialismo. Un cuento, porque no hay registro de ningún tipo de reluctancia en la coalición oficial, salvo versiones abocadas a desprestigiar una razonable negociación. Un cuento, además, engarzado en la desvergonzada tradición de culpar al FMI del ajuste para encubrir y no pagar los costos políticos del objetivo propio de ir contra los intereses de las mayorías populares para lograr una vida mejor. Al fin y al cabo es tan cierto que es la existencia la que determina la conciencia como que ésta no es inmediata; y si semejante derecha reaccionaria inútil y dañina tiene tanto espacio es porque aguarda un arduo trabajo político para que aflore la conciencia en pos de la integración nacional.

 

 

 

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