La imagen del juez

Un documental que aporta a la discusión sobre la necesidad de democratizar la Justicia

 

No puede ser más oportuno el cineasta Matías Ítalo Scarvaci con su reciente estreno El libro de los jueces, un largometraje documental que aborda la tarea cotidiana de dos jueces de la provincia de Buenos Aires que se dejan filmar desde que llegan a la oficina, caminan por pasillos, entran a cárceles, intercambian con presos y otros funcionarios, dentro y fuera de audiencias, y hasta con sus familiares.

Si hay algo que es tabú en la Argentina de hoy es la vida de un juez. ¿Qué hace, cómo lo hace, quién es, con quién se vincula y cómo se mueve? Scarvaci se mete con estas preguntas (incómodas) desde el punto que logra abrirlas con su cámara y mostrar una realidad que muchos desconocen.

Las estructuras judiciales están hechas para ocultar la trama de los personajes que las transitan a diario. Esa institución se rige por su opacidad y por la resistencia a abandonar sus designios cuasi monárquicos. Pero Scarvaci sabe bien a lo que se enfrenta (él también es abogado) y así logra meterse de lleno en la vida de dos jueces asignados a su función en el Conurbano bonaerense, Walter Saettone y Alejandro David. Dos personajes de la vida real, dos jueces penales que se prestan a ser protagonistas del film, no miran a la cámara en ningún momento y hacen su trabajo mientras ésta los sigue para todos lados.

Saettone es juez de garantías durante la instrucción, por eso su actividad se acaba cuando se termina la investigación y se eleva el caso a juicio oral. En ese rol, se muestra en todo momento como un funcionario correcto. Se nota que tiene afinidad con los presos (su curioso pelo largo, tatuajes en brazos, remera y botas texanas, le dan un parecido al cantante de Metallica, James Hetfield), pero nunca se sale de la tarea que le toca como juez. Dicta prisiones preventivas, rechaza excarcelaciones, pero también se mete en las celdas de la comisaría y conversa con los presos intentando un igual a igual que no existe; así logra interiorizarse con los casos, sobre los que más tarde decide.

David, en cambio, tiene un estilo más solemne, más cercano a la imagen que tenemos de un juez: pulcro despacho, saco y corbata, y una manera leguleya de hablar y moverse. Su rol es el del juez de ejecución, por lo que solo debe ceñirse a analizar la ejecución de las condenas, mediar entre víctima y condenado frente a los beneficios de libertad. A David lo vemos también involucrarse en actividades recreativas como alentar el juego del rugby dentro de las cárceles, y participa él mismo en distintos talleres. Como juez se muestra cauteloso en las audiencias, predispuesto a escuchar a las víctimas, y humano hacia la situación de resocialización del condenado. También lo vemos rechazar beneficios y otorgar libertades.

Scarvaci suele utilizar libros como referencia en los títulos de sus películas. Así Los cuerpos dóciles, el título de su opera prima (2015), es una alusión directa al capítulo de Vigilar y castigar de Michel Foucault, disparador para hablar sobre la Justicia del Conurbano vista desde la mirada del abogado defensor de pibes chorros Alfredo García Kalb, quien hace de sí mismo y exhibe el sistema judicial desde una mirada más externa, pero no por ello menos real.

El título de su segunda película, El libro de los jueces, es también una referencia explícita al capítulo bíblico ubicado entre el libro de Josué y el libro de Rut. Allí los jueces están caracterizados como líderes dentro de las tribus de Israel, escogidos especialmente por Jehová o por el pueblo, para liberarlo de sus antiguos enemigos, pero también para intentar mantener la unidad del pueblo de Israel.

En el texto del Antiguo Testamento, el que llega a ser mal juez es un juez injusto, y lo es ante los ojos de Dios y de su pueblo. A ellos traiciona. Pues: ¿Qué esperanza nos queda si esos hombres a los que se les ha confiado ser la salvaguarda última del pueblo, lo han traicionado, y merecen ser sometidos ellos mismos a juicio?

“Desgraciada la generación cuyos jueces merecen ser juzgados” dice el Talmud, y no queda más que pensar en nuestro país, esmerilado por un grupo de malos jueces, de aquellos de los que se habla a toda hora y que –a esta altura– son como la plaga de la república.

Pero existen otros jueces, de los que se habla menos y que cumplen su rol cotidiano, sin estridencias, por momentos haciendo funcionar la máquina burocrática, por otros (como en la película de Scarvaci) mostrando cierto lugar más humano. En definitiva, El libro de los jueces es una película inevitable que aporta a la discusión sobre la necesidad de democratizar la Justicia de nuestro país.

 

 

 

 

 

 

 

Entrevista a Matías Ítalo Scarvaci

–¿Cómo se te ocurrió el pasaje de filmar a un defensor de pibes chorros en Los cuerpos dóciles a filmar la vida de un juez del Conurbano en Libro de los jueces?

–Me interesaba poder mostrar la realidad de las diferentes partes que intervienen en el proceso jurídico. La figura del juez tiene mucha carga de sentido en nuestra sociedad. Es un lugar de poder del que muy poco se sabe. Entrar en este universo con dos jueces como protagonistas era una oportunidad única de mostrar el funcionamiento de la Justicia desde ese lugar de tanto privilegio. También hay algo azaroso que tiene que ver con los encuentros con personas determinadas, y posteriormente la decisión de avanzar con determinados relatos.

–¿Tomaste referencia de otras películas?

–No tanto de otras películas pero sí de libros con una mirada singular del mundo jurídico. Las referencias de películas funcionaron de un modo vinculado más a la búsqueda del lenguaje que a lo temático.

–¿Qué dificultades observaste para poder filmar por dentro el accionar del Poder Judicial?

–Es un universo que cada vez se cierra más. Al que cada vez es más difícil acceder, entiendo que como consecuencia de la presión y del discurso mediático; el cual con el tiempo se perfecciona y acorrala cada vez más a las personas que quieren introducir una mirada más humana al sistema.

–¿Cómo se fueron dando las historias de los presos que interactúan con los jueces y que vos contás?

–Primero fue establecer un vínculo con los jueces y luego ir buscando las historias que finalmente fueron quedando en el armado final. El proceso total fue muy largo, llevo cinco años aproximadamente, con pandemia incluida. En ese lapso las audiencias pasaron de ser presenciales a virtuales. Lo que nos quitaba muchas posibilidades narrativas.

–¿Cómo es el respeto o la empatía de un juez hacia un preso y viceversa?

–En este caso, el hecho de salir del escritorio y vincularse con las diferentes partes del proceso de una manera más humana genera un ida y vuelta que la película refleja. Esta forma de vincularse, por el contrario de creer que puede llegar a debilitar la figura del juez, la fortalece y le da más autoridad. Esto genera un respeto mutuo que permite que situaciones muy difíciles puedan ser afrontadas de un mejor modo.

–¿Walter Saettone y Alejandro David son dos jueces atípicos o sentís que pueden ser la regla?

–La película no intenta mostrar el funcionamiento general de la Justicia sino que es un recorte a través del funcionamiento de estos dos jueces. La pregunta entiendo que es un buen interrogante que la película plantea. En ese sentido creo que aporta una mirada distinta, que no es la única pero tampoco es la habitual.

–¿En qué sentís que se diferencia Walter Saettone y Alejandro David con los jueces del llamado lawfare?

–Creo que no hay una sola Justicia, sino que hay muchas que responden a diferentes intereses. Hay una sensación de mucha distancia entre el servicio de Justicia y la sociedad, precisamente por la utilización de una parte de la Justicia en cuestiones que nada tienen que ver con el bien común. Esa disociación muchas veces es absorbida por la sociedad como la idea de Justicia como un concepto único, cuando creo que hay una Justicia que sí verdaderamente trabaja con un sentido comunitario.

–¿Cómo juega la cuestión bíblica con el título, en relación a la idea de re-socialización?

–En ese sentido en la película aparece el concepto del perdón. Perdonar y perdonarse como una forma genuina de sanar, para poder seguir adelante de un modo distinto. Personalmente creo que el único camino para bajar los niveles de violencia y construir una sociedad más equitativa, que permita reducir los márgenes y de ese modo aportar a pacificar, es trabajar sobre la resocialización de las personas que están privadas de la libertad.

–¿Te sentís cómodo cuando te catalogan como parte del llamado “cine directo”?

–Puede ser que sea cine directo, no lo tengo muy claro y tampoco mi preocupación va en ese sentido sino en poder contar historias que contengan la mayor multiplicidad de sentidos posible. Poder servirme de lo real para construir un doble estándar, por un lado la historia con formato de ficción pero a la vez comprender que esa historia está construida sobre lo real. La realidad provee un lenguaje muy poderoso sobre el cual intento construir relato. Con cada película el compromiso con el universo retratado es cada vez mayor. La intención está puesta en desplegar la humanidad de las personas que son partes de esas historias. Muchos espectadores al final de la película me preguntan si son actores lo que participan, si hay representación; les resulta difícil entender que lo que allí sucede es un registro de lo real, precisamente porque el recorte que intento tiene mucha carga desde lo ficcional. En ese sentido estoy trabajando actualmente en un guión de ficción, pero utilizando toda la experiencia de estas películas documentales. Para construir ficción pero con un registro y un verosímil muy apoyado en lo real.

 

 

 

 

Ficha Técnica

 

El libro de los jueces

Argentina, 2023.

Dirección y guión: Matías Ítalo Scarvaci.

Duración: 88 minutos.

Cine Gaumont, hasta el 31/5, de lunes a viernes 14:30.

 

 

 

 

 

 

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