LA IMAGINACIÓN AL PODER

La música que escuché mientras escribía

 

Una vez te conté mis recuerdos del viernes 4 de septiembre de 1970. Salíamos de la estación del subte A en José María Moreno y Rivadavia y caminábamos 100 metros hacia el edificio de departamentos de El Hogar Obrero, donde vivía Pirí Lugones, la nieta del poeta y la hija del torturador, como se presentaba.

Había llovido y mientras esperábamos que nos abrieran, Rodolfo Walsh sacó de su trench coat de novela de detectives la 6ª edición del diario La Razón. Con el apoyo del candidato democristiano Radomiro Tomic, el socialista Salvador Allende obtenía en la Asamblea Legislativa la presidencia de Chile sobre el conservador Jorge Alessandri, a quien había vencido por mínimo margen en la elección popular. “Esto sí que es la imaginación al poder”, comentó Rodolfo, con su ironía parca.

No éramos creyentes en la vía electoral para afianzar reivindicaciones populares, porque llevábamos quince años de golpes militares, reiterados cada vez que se abría una hendija por la que la democracia representativa permitiera expresar esos intereses. El derrocamiento de Perón en 1955, el de Frondizi en 1962, el de Illia en 1966 fundamentaban ese escepticismo. En junio de 1970, un golpe dentro del golpe, reemplazó al general Juan Onganía por el general Roberto Levingston.

El desenlace de la experiencia chilena confirmó aquella suspicacia. El 11 de septiembre de 1973 el bombardeo de la presidencia por la Fuerza Aérea de Chile, que quiso honrar su sigla, acabó con aquel experimento e inició la tenebrosa dictadura de Augusto Pinochet. Tres años antes el Ejército boliviano había asesinado en La Higuera a Ernesto Guevara, el Che.

Las clases dominantes y el imperialismo dejaban en claro, país por país, que la vía de acceso al poder y su forma de ejercicio eran lo de menos: lo que no se permitiría era cualquier transformación de fondo de las estructuras económicas y de poder.

El pinochetismo ensombrecería un cuarto de siglo de la historia chilena, hasta el día en que Baltasar Garzón ordenó la detención del dictador en Londres. Pero todavía tuvo  que pasar otra década hasta que el pueblo chileno comenzara a sacudirse su sombra. El domingo pasado, Gabriel Boric se impuso en las elecciones presidenciales de Chile por 12 puntos sobre José Antonio Kast. Ese cotejo entre un dirigente estudiantil de izquierda que nació 16 años después de aquel día, y el hijo de un oficial del Ejército alemán durante el nazismo, que tenía cuatro años, eran imposibles de imaginar entonces. La frase de Rodolfo no ha perdido vigencia.

Aquella noche de 1970 quedó asociada en mi memoria con la música de  la poeta y cantante Violeta Parra.

 

 

 

 

 

Uno de sus temas, fue grabado por la joven tucumana Mercedes Sosa.

 

 

 

 

El proceso que llevó desde entonces hasta este presente, incluyó la sanción en 1980, de la Constitución autoritaria que Pinochet encargó al jurista del integrismo católico Jaime Guzmán Errásuriz, que fue plebiscitada por 67 a 30%. Luego de años de movilizaciones en los barrios populares, brutalmente reprimidas por los carabineros, que incluso quemaron vivos a jóvenes estudiantes, Pinochet convocó a un nuevo plebiscito en 1988, del que esperaba obtener un nuevo mandato hasta 1997. Aquel 67% se redujo al 44%, y el 30% de la oposición creció hasta el 56%. Pinochet debió convocar a elecciones presidenciales, con lo que comenzaron tres décadas de gobiernos electos, de la Concertación entre Democristianos y Socialistas durante los 16 años que van de 1990 a 2016, y entre el Socialismo y la derecha liberal desde entonces, con dos mandatos cada uno alternados entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, porque en Chile no hay reelección directa. Pero esa Constitución y las complementarias leyes de amarre aseguraron que la voluntad popular no se reflejara en los cuerpos electivos, que las FFAA tuvieran asegurado un amplio financiamiento en cualquier situación económica y la última palabra en cualquier conflicto de fondo.

Tampoco cambió sustancialmente la política económica, que arrojó buenos resultados macroeconómicos e incluso una reducción de la pobreza, pero que cristalizó una estructura social regresiva, con una brecha cada día mayor entre una minoría poderosa y el resto de la sociedad, que apenas supera las necesidades básicas, y sin esperanzas de movilidad ascendente. Esto estalló en 2011, durante la primera presidencia de Piñera, con el reclamo estudiantil por la gratuidad de la enseñanza universitaria. Continuó en 2012, con la emergencia de Boric como el nuevo líder estudiantil, en lugar de la comunista Camila Vallejo; y se radicalizó en 2019, a partir de un episodio trivial, el aumento  en el boleto del moderno subte de Santiago. «No es por los 30 centavos sino por los 30 años», fue una de las consignas de la sublevación, que se propagó a todo el país y ante la cual Piñera recurrió a la represión y el control militar, que debió retraer cuando se hizo evidente que sólo incentivaba la respuesta popular.

La derecha chilena respondió con astucia, convocado en diciembre de 2019 a un plebiscito que se realizó en octubre de 2020, que incluyó dos preguntas:

  1. ¿Aprueba o no la reforma de la Constitución?
  2. La eventual reforma ¿debería realizarse por una Convención de representantes elegidos por el voto popular, o compuesta en la mitad por los actuales legisladores?

La concurrencia, que no es obligatoria, fue a pesar de la pandemia la más alta de la historia. El 78% de los votantes se pronunciaron por la reforma, y casi el 80% por la elección directa de los constituyentes. Cada artículo debe ser aprobado por  2/3 de los constituyentes y una vez concluida su labor, el texto será sometido a otro plebiscito. Este cuadro muestra algunos hitos de esa larga marcha chilena hacia la democracia.

 

En ese contexto la primera vuelta en la elección presidencial del 21 de noviembre fue un baldazo de agua fría, con la victoria de Kast, quien reivindica los años de Pinochet con una sinceridad que nunca tuvo Sebastián Piñera, sobre Boric, cuya posición acerca de los crímenes dictatoriales fue de categórico repudio.

 

 

 

Intelectuales conservadores  lo acusan de peronismo, lo cual es considerado un delito de lesa chilenidad.  Para Arturo Fontaine, su programa «es un viaje a lo desconocido que puede llevarnos a aterrizar en Argentina».

Hace pocos días vi en CineAr la interesantísima película chilena Los perros, de la directora Marcela Said, con los impresionantes actores Alfredo Castro y Antonia Zegers. Ayuda a entender el interés y el respeto chilenos por el proceso argentino de Memoria, Verdad y Justicia.

Luego de esa elección, traté de calmar la desazón de mi amigo Diego Sztulwark. La derecha siempre representó una porción significativa de la sociedad chilena, por lo cual el 28% de Kast no debería sorprender ni asustar. O, como dicen algunos analistas trasandinos, el principal partido chileno es el partido del orden. Boric ajustó su proselitismo a esa realidad: planteó el problema de la inseguridad, se reunió con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet y designó como jefa de campaña a Izkia Siches, tan joven como él pero con un inmenso prestigio por su rol durante la pandemia como presidenta del Colegio Médico, a tal punto que le ofrecieron, y rechazó, ser ella la candidata a la presidencia. Hay quienes le atribuyen el vuelco tajante del electorado hacia Boric en el norte del país. Todo esto contribuyó a que la asistencia a las urnas superara el 55%, el más alto porcentaje histórico en un país en el que no es obligatorio votar, y que Boric obtuviera el 56% de esos sufragios, que también es el más alto de la historia. El porcentaje de 56 a 44 de Boric sobre Kast es idéntico al que en 1988 le puso fecha de vencimiento a la dictadura de Pinochet. Nunca deja de impresionarme la estabilidad de los electorados, aún en medio de un tembladeral que lo modifica todo. Lo mismo pasó en España, donde la primera elección posterior a la guerra civil y la dictadura arrojó cifras muy parecidas a la última previa al alzamiento de Franco, aunque los partidos hubieran cambiado de nombre.

Para saludar la victoria de Boric, quien recién asumirá el 11 de marzo, escuché a otra chilena internacional. Se llama Anita Tijoux, quien nació en un barrio de inmigrantes a Francia en 1977, hija de una pareja de intelectuales chilenos que limpiaban baños y manejaban camiones para sobrevivir. Sus géneros son el rap y el hip hop y su tema central el rechazo a la violencia patriarcal.

 

 

Anita Tijoux.

 

Si querés saber más sobre ella, pinchá aquí. De bellísimas facciones originarias, fusiona sus raíces mapuche con la cultura global y sus últimos temas se inspiraron en, e inspiraron las movilizaciones contra el régimen de Piñera. En uno de estos videos, que comparte con la cantante palestina nacida en Londres Shadia Mansour, también podés escucharla reflexionar sobre la vida, la identidad y el arte. El hip hop es la música de los sin tierra, de la migra, dice, y por eso es universal.

 

 

 

 

 

Luis Arce Catacora, que hoy gobierna Bolivia luego de un proceso electoral ejemplar, acababa de cumplir cuatro años cuando capturaron y asesinaron al Che. Alberto Fernández tenía siete y Cristina aún no se había pintado como una puerta para su fiesta de quince. La semana pasada, la Argentina que gobiernan Alberto y Cristina donó a Bolivia un millón de dosis de la vacuna contra la Covid-19. Fueron transportadas en el mismo avión que dos años atrás llevó las armas y las municiones que el gobierno de Cambiemos envió a los golpistas que derrocaron a Evo Morales, quien salvó la vida por el compromiso de Alberto Fernández y del Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador.

Hay que ser muy obtuso para cuestionar que Alberto haya aceptado la invitación de Joe Biden a participar en la denominada cumbre democrática. Su breve mensaje fue para fustigar el apoyo estadounidense a aquel golpe, a través de la OEA, y para reclamar por el reconocimiento a la índole democrática del gobierno de Luis Arce Catacora. Piñera, que reprimía en Chile las movilizaciones prodemocráticas con tropas policiales y militares que disparaban al rostro de los manifestantes y cegaron a un centenar de ellos, guardó silencio. La democracia no se exporta ni se impone, dijo Alberto en su breve mensaje. También es necesaria una alta dosis de ingenuidad para pensar que la presencia en esa cita ablandará la posición estadounidense en el FMI.

La parábola chilena tiene mucho que decirle a la Argentina. Los estudiantes, a los que les cantó más de medio siglo antes Violeta Parra, tomaron las calles; luego los siguieron los trabajadores precarizados, con participación masiva de las mujeres, hasta que la democracia tutelada que dejó el generalísimo colapsó y se abrió la posibilidad de una nueva institucionalidad. Esto trae ecos del 19 y el 20 de diciembre de 2001, que generó un proceso similar aquí, pero también coexiste con la actual rebelión masiva de Chubut contra la ley traicionera con que a espaldas de la sociedad, se intentó imponer la megaminería en la meseta patagónica, sin la licencia social que el pueblo le había negado. No se habían enfriado los últimos rescoldos en varios edificios públicos de Rawson, cuando el gobernador Mariano Arcioni retrocedió e hizo saber que esa ley malparida sería derogada. La Legislatura lo hizo por unanimidad, el lunes 21.

En el oficialismo y en la oposición, en la política y en el periodismo, en lo que se autodenomina la justicia, todos harían bien en tomar nota de estos múltiples mensajes.

 

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