La infalibilidad de los ricos

Impunes de cuna

"El rico Epulón y el pobre Lázaro", Juan de Sevilla y Romero, siglo XVII.

 

A mediados de 1984, el cantante y compositor Serge Gainsbourg grabó junto a su hija Charlotte Lemon incest. El título es un juego de palabras a partir de la expresión “un zeste de citron”, que significa ralladura de limón en francés.

 

 

Inspirado en el Estudio Opus 10 n.º 3, que Frédéric Chopin compuso a los 22 años, se trata —como el juego de palabras lo deja suponer— de una invocación al incesto, en clave new wave.

 

 

Fue lanzado como sencillo del álbum de Gainsbourg Love on the Beat, y luego incluido en el álbum debut de Charlotte, Charlotte for Ever, editado en 1986. El incesto de limón generó un cierto escándalo en Francia, lo que no impidió que fuera un éxito de ventas y estuviera 14 semanas en el top ten. Como otras veces, Gainsbourg, compositor de bellas canciones como La javanaise o La chanson de Prévert, privilegió en este caso la provocación por encima de la inspiración. Además de la letra (“Te amo, te amo. Te amo más que nada. El amor que nunca haremos juntos es el más raro, el más preocupante, el más puro, el más estimulante”, canta Charlotte con voz adolescente), el videoclip tampoco evitó el mensaje explícito: el compositor y su hija cantan acostados en una cama. Charlotte siempre rechazó que la canción tratara realmente sobre el incesto, explicando que Gainsbourg “solo está hablando del amor infinito de un padre por su hija y de una hija por su padre”. Hace unos años le preguntaron cuál creía que sería la reacción del público actual frente a una canción similar: “Todo es ahora tan políticamente correcto que es muy aburrido. Me imagino las tormentas de Twitter que hubiera provocado el tema. Su carrera habría terminado”. En todo caso, la carrera de Gainsbourg no terminó con aquel tema y la de ella arrancó con Charlotte for ever, a la que sumaría una gran trayectoria como actriz. 

 

 

 

Un año después de su debut como cantante, Charlotte fue objeto de un intento de secuestro. Así lo contó su madre, la cantante y actriz Jane Birkin, en Post-scriptum, su diario íntimo: “Aquella mañana fui a abrir la puerta en pijama; la víspera había cantado en el Bataclan. Me encontré con un señor que me preguntó si estaba al tanto de lo que había ocurrido con Charlotte y de un tiroteo —recuerda ella—. Habló de un secuestro, pero... ¡shh!, nada más; no podía decir nada. Me correspondía a mí ir a ver a su superior en el Quai des Orfèvres (sede de la Policía Judicial). Le pregunté si podía llamar a su superior de inmediato, ya que la noticia parecía inquietante; hablé con el inspector, quien me dijo que no podía decir nada por teléfono, pero que vendría en persona”. La policía había detenido a un grupo de jóvenes (tres hombres y una mujer) luego de un tiroteo con la escolta policial de un funcionario del gobierno. En un primer momento, los detenidos afirmaron formar parte de Acción Directa, un grupo armado de extrema izquierda que actuó en Francia durante aquellos años. Pero rápidamente los investigadores descubrieron que los detenidos eran jóvenes de buena familia, sin relación alguna con el grupo armado. Habían planeado secuestrar a Charlotte Gainsbourg para exigir un rescate. Un plan elaborado con mucho cuidado (durante cuatro meses cometieron varios atracos para conseguir armas y recursos), salvo la parte en la que pensaban poder quitarles los uniformes a cuatro policías a punta de pistola y en pleno París. Eso no salió muy bien. Los secuestradores en potencia terminaron su carrera criminal apenas la empezaron. 

En el allanamiento posterior a la detención, la policía encontró armas, mapas con la ubicación precisa de la casa de Gainsbourg y la escuela de Charlotte, información sobre una propiedad que pensaban usar como guarida e incluso palas, por si debían deshacerse de la víctima. Además de la planificación del secuestro, fueron acusados de varios robos y de intento de homicidio contra un agente de policía, por lo que podían ser condenados a prisión perpetua. Sin embargo, durante un juicio abreviado lograron “causar buena impresión” tanto al jurado como a los querellantes y las condenas fueron relativamente indulgentes. El jefe de la banda, Edouard Faucigny-Lucinge et Coligny, retoño aburrido de una familia aristocrática cuyo linaje remonta al siglo X, fue condenado a ocho años de prisión. Sus acólitos recibieron penas menores, que ninguno cumplió en su totalidad, ya que fueron liberados con antelación por buena conducta y ausencia (relativa) de antecedentes.

Lo notable es que, más allá de la comprensible furia de Gainsbourg, la reacción mediática fue tan mesurada como las consecuencias judiciales. No resulta difícil imaginar cuál hubiera sido esa reacción si, en lugar de ser jóvenes caucásicos provenientes de hogares acomodados, los acusados hubieran sido árabes oriundos de alguno de los suburbios marginados de París. Paradójicamente, la condición social de los involucrados los ayudó: cometer delitos sin tener necesidades materiales apremiantes no sería un hecho agravante, sino, al contrario, una circunstancia atenuante. Fueron tratados de imbéciles, tontos o estúpidos, pero no de criminales. 

Ese prejuicio favorable hacia los más acaudalados es la contracara de un principio humanista del derecho romano: el del hurto famélico. Una figura que atenuaba el castigo hacia el hurto en el caso de extrema necesidad. Santo Tomás de Aquino iría un poco más allá al considerar que, en casos de necesidad extrema y peligro de muerte, la propiedad privada pasa a ser un bien común, por lo que tomar lo estrictamente necesario para sobrevivir no puede constituir delito, ni tampoco pecado. Una mirada que hoy sería considerada comunista.

El prejuicio a favor de los ricos, que se manifiesta en muchos aspectos de nuestras sociedades, es un éxito rotundo de esos mismos ricos. Las cárceles, por ejemplo, están abarrotadas de jóvenes pobres, ya que el derecho penal castiga con mayor severidad los crímenes callejeros, por lo general cometidos por sectores marginados, que los crímenes de cuello blanco. Estos son en su mayoría de carácter financiero y con alto impacto económico, además de ser casi invisibles para la opinión pública. La historia de la banda de Edouard Faucigny-Lucinge et Coligny es paradigmática en ese aspecto: cometió crímenes de esos que los jueces castigan con severidad y la prensa denuncia con frenesí, pero, al no provenir de la clase social que colapsa las cárceles, gozó del trato preferencial reservado a los delitos de cuello blanco. 

En política también existe un prejuicio positivo hacia la riqueza, sobre todo aquella de más de una generación. Quienes tomaron la precaución de nacer ricos poseen un aura de honestidad de la que carecen muchas veces los nuevos ricos y, ni hablar, quienes poseen un patrimonio liliputiense. “Es rico, no va a robar”, afirmaban algunos entusiastas de Mauricio Macri en apoyo a su candidatura presidencial, pese a ser uno de los referentes de la tan vilipendiada patria contratista. La sobreexposición mediática de los delitos callejeros redunda en un beneficio hacia los más ricos, ya que jamás incurrirían en el modesto robo de un celular o una motocicleta. En el momento de su detención, acusado de una decena de cargos criminales (fraude, lavado de dinero, perjurio y robo, entre otros), Bernie Madoff, uno de los mayores estafadores de la historia financiera global, tenía un patrimonio declarado de más de 800 millones de dólares. Se estima que estafó a sus clientes con un sistema Ponzi por más de 65.000 millones. Era rico y, sin embargo, robó. 

Pero, además de la impunidad que la sociedad les otorga, los ricos logran imponer una letanía tenaz: su supuesto dominio de la economía. Desde que se impuso el modelo neoliberal en nuestro país y nuestra región, a mediados de los años ‘70 a través de oportunas dictaduras cívico-militares, surgió un personaje imprescindible, un verdadero gurú de los tiempos modernos: el analista económico. Nuestros ricos, al menos la enorme porción de ellos alineada con la ortodoxia financiera, lograron imponer esta figura como una figura desprovista de ideología, un personaje celestial que nos indica no un camino entre tantos otros, sino el único posible. El resultado ha sido exitoso, ya que incluso algunos de quienes fueron víctimas de la prédica de esos gurúes de la plutocracia los consideran expertos en su materia. Una de las razones de esa impresión es que, en estos 50 años transcurridos, dicha materia se ha vuelto completamente impermeable al hombre común. El rico heredero, por el contrario, sí parece dominar la lengua franca de los analistas económicos al repetir los tres o cuatro lugares comunes de rigor (“dar buenas señales al mercado”, “tener políticas de largo plazo”, “equilibrar las cuentas”, “garantizar la seguridad jurídica”). 

Así como aceptamos la impunidad judicial de nuestra plutocracia (la minoría más acaudalada de la sociedad, la que ejerce el poder real) como un hecho casi natural; por alguna extraña razón, muchas veces tomamos sus alucinaciones como un manual infalible que a lo sumo falla en su implementación, nunca en su esencia. Pero lo cierto es que nuestra élite empresarial no sólo promueve la miseria programada de las mayorías, sino que, además, se condena a sí misma a una pauperización creciente. Su voracidad extractiva la impulsa a capturar el excedente con urgencia para, con similar urgencia, fugarlo. Nuestra plutocracia logra así adueñarse de una porción creciente de un país cada vez más irrelevante económicamente. 

Por eso, aún más peligroso que la impunidad de los ricos —el mal de Faucigny-Lucinge et Coligny, por llamarlo de alguna manera— es el aura de certeza que logran imponer en gran parte de la ciudadanía. Un aura que consigue independizarse de sus resultados para que muchos acepten una realidad adversa no como una construcción política con muchos perdedores y unos pocos ganadores, sino como un saber celestial, cuyo acceso está reservado a una secta de iniciados. 

La infalibilidad que los ricos han logrado adjudicarse es nuestro cepo al desarrollo. 

 

 

 

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