La infancia es sueño

El espejo (1975) de Andrei Tarkovski, una parábola sin igual entre la adultez y la niñez

 

Tres de las películas más comentadas del último año coinciden en algo. Tanto en Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson como en La mano de Dios del italiano Paolo Sorrentino y en Apolo 10 ½ de Richard Linklater sus realizadores trazan historias que nos llevan a sus años de infancia o de primera juventud. También podemos agregar sin mucho esfuerzo otros celebrados films recientes como Roma, del mexicano Alfonso Cuarón, y Érase un vez en Hollywood de Quentin Tarantino. Estoy muy tentado de decir que la autobiografía cinematográfica está en su apogeo, y si no lo hago es porque lo que está sucediendo es que este género (que es más bien una variante de las biografías) siempre estuvo presente, lo que sucede es que está teniendo muy resonantes exponentes, como los que he citado.

Si nos remontamos a décadas atrás no son tantos los directores que han filmado autobiografías y aún así encontramos algunos casos célebres como Los sueños (1990) de Akira Kurosawa, Días de radio (1987) de Woody Allen o Adiós a los niños (1987) de Louis Malle, y doy por seguro que cada cual recordará más títulos según su propia experiencia. Para consolidar este recuento, me cuesta encontrar casos más terminantes como los de Los 400 golpes (1959) de François Truffaut, Amarcord (1973) de Federico Fellini y El espejo (1975) de Andrei Tarkovski. Son tres cintas absolutamente distantes visual, narrativa y estilísticamente, y que sin embargo coinciden en mostrarnos que en la niñez somos barro fresco, sobre el cual hasta una pluma que cae deja su huella.

 

Tarkovski en pleno rodaje, junto a la actriz Margarita Terekhova e Ignat Daniltsev.

 

El espejo de Tarkovski es una de esas películas que nos enseñan que toda evocación de nuestra propia infancia, sea cine o no, constituye a la vez un relato fantástico. Solemos decir que aquellas imágenes impresas durante nuestros primeros años de vida, del mismo modo que sus emociones y sus momentos, van a permanecer intactas en nuestra memoria. Pero en una obra como El espejo también sucede que, al desandarlas, esas vivencias pueden adquirir una función distinta; tal vez no haya que esperar de los relatos de nuestra infancia la precisión, la verdad irrebatible, el testimonio definitivo. Porque en la niñez el mundo se crea más de lo que se lo comprende, es un pequeño mundo para seres pequeños que debe navegar dentro de otro mundo a la medida de seres adultos que rara vez perciben las cosas del mismo modo. Cuando un director como Tarkovski logra establecerse en este espacio tan enigmático, estaremos de seguro ante una buena película que por el peso de su emotividad pasará inmediatamente a formar parte de su filmografía más sobresaliente. Estaremos ante un adulto que tiene la posibilidad de volver a una niñez pletórica de imágenes y recuerdos para llorarlos o celebrarlos con la complicidad de los espectadores, y a su vez darles un significado en tiempo presente. No hay dudas de que los directores de cine son bastante afortunados, tienen en sus manos algo maravilloso.

 

Toda recreación de los recuerdos de infancia es a la vez un relato fantástico.

 

 

Es sabido que antes de ser un gran director, Federico Fellini fue un porfiado dibujante. Llevaba al papel sueños y delirios a veces tan frescos que parecían trazados mientras dormía. Nunca abandonó esta costumbre, al punto de que pasó a ser parte fundamental de su proceso creativo. Tarkovski, por su parte, era también escritor. Su libro Esculpir en el tiempo sigue siendo una pieza invaluable para aproximarse a la real dimensión no solo de su propia obra sino del cine todo como expresión artística. Y también le gustaba escribir poesía, un arte que está presente en sus películas, a veces resuelto en imágenes (nadie lo hizo como él) y otras veces interactuando con ellas. Los poemas de su padre Arseny y los recuerdos de cuando lo dejó al cuidado de su madre para servir en la Segunda Guerra Mundial son parte esencial de El espejo, la obra en la que Tarkovski ensaya una parábola sin igual entre la adultez y la niñez, una búsqueda de conciliación entre tiempos y espacios distantes, de compaginación de recuerdos, vivencias, sensaciones y hasta de postulados políticos.

En esta película tenemos dos personalidades desdobladas en el tiempo, alternando sus apariciones. Una de ellas es un alter ego del mismo director en el pasado y en el presente, siendo un niño testigo de los hechos de su familia y de su país y un adulto que explora todo aquello que lo constituye como tal, a la vez que intenta encaminar su situación matrimonial. El segundo personaje desdoblado es el de una mujer, la actriz que interpreta a la madre del director durante su infancia y a la esposa en tiempo presente. Este doble rol es interpretado por la brillante Margarita Terekhova, a quien con esta única actuación junto a Tarkovski le alcanzó para ser un rostro emblemático en la filmografía del director.

 

 

Tras su actuación en El espejo, el rostro de Terekhova quedó profundamente ligado al cine de Tarkovski.

 

 

Mucho se ha hablado acerca de El espejo y su significado, porque como toda obra de Tarkovski es una invitación a reflexiones y análisis con múltiples matices. Tarea innecesaria es establecer una línea argumental sobre esta película, porque justamente es eso lo no deseado por su autor. La idea de hacer este film ya llevaba varios años cuando –un año después del rodaje de Andrei Rublev (1967)– Tarkovski se juntó con el dramaturgo Aleksandr Misharin, un vecino suyo algo menor pero de esa misma generación de rusos soviéticos que habían pasado por experiencias personales y colectivas nada leves, algunas de ellas presentes en la película. Según cuenta Misharin, el guión quedó estructurado en 36 episodios de los cuales al momento del rodaje sobrevivirían 28, tras varias reescrituras y correcciones. Pero estamos en la URSS con su Comité de Cinematografía más conocido como Goskino, con su rocambolesca paradoja de que muchos proyectos se rechazaban, se cajoneaban, luego se aprobaban y una vez realizados (como en el caso de El espejo, tildada por el ente como elitista, demasiado compleja y poco convencional) se dilataba o directamente se impedía su estreno. ¡Pero se filmaban! Y ahora es imposible pensar en el cine ruso sin la obra de Tarkovski. El asunto es que El espejo está fechada en 1975, es decir casi diez años después del nacimiento del proyecto y cuando ya se había estrenado Amarcord de Fellini, y si insisto en el contrapunto entre estas dos cintas es porque en ambas afloran los recuerdos infantiles tal cual se nos presentan a cada uno de nosotros: misteriosos, vívidos, potentes e ingobernables. No es azaroso entonces que ambas sean las obras más personales y emocionalmente comprometidas de dos grandes maestros del cine.

Volviendo a su significado, opto por pensar que el espejo del título es la suma de todo aquello que hemos transitado a lo largo de nuestras vidas, de los lugares que habitamos, de los objetos que hemos creado, de las manifestaciones de la naturaleza que moldearon nuestro carácter, y por supuesto de los hechos que nos marcaron en nuestra infancia. Son las estaciones de un largo e incansable camino que todos recorremos para experimentar, aunque sea fugazmente, ese momento en el que todo lo que fuimos y lo que somos confluyen en un mismo punto, íntimo y frágil.

 

 

 

 

Ficha técnica de El Espejo

Título original: “Zerkalo” / Año: 1975 / Duración: 107 minutos / País: Unión Soviética / Dirección: Andrei Tarkovski / Guión: Andrei Tarkovski, Aleksandr Misharin / Música: Eduard Artemyev / Fotografía: Georgi Rerberg / Reparto: Margarita Terekhova, Oleg Yakovskiy, Filipp Yakovskiy, Ignat Daniltsev.

 

 

 

 

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