Qatar, 2022. Messi levanta la copa y recibimos mensajes de colegas o amigos en el exterior diciendo “me pone contento por ustedes” “grité los goles como si fueran de mi selección”.
Estados Unidos, México y Canadá, 2026. Una parte importante de personalidades políticas del mundo (algunos con poca o nula mirada futbolera) decodifican la final entre España y la Argentina como una expresión de quienes están a favor del gobierno genocida de Benjamín Netanyahu y aquellos que, al menos discursivamente, lo condenan.
Esta columna no busca dar cuenta del proceso de desarrollo en redes de una campaña de desacreditación hacia el recorrido del seleccionado nacional en el Mundial, sino preguntarse ¿por qué? ¿Qué hace que esa campaña (que en parte existió en 2022 pero con mucha menor, o casi nula, recepción de actores políticos occidentales) tenga efectos en la narrativa que representa a nuestro país en el mundo?
El soft power argento
El poder blando fue una caracterización que realizó el politólogo estadounidense Joseph Nye a principios de la década del ‘90. Su objetivo era poder reconocer —finalizada la Guerra Fría— que, además de la capacidad material (poder duro/hard power), los Estados Unidos debían utilizar su poder blando (soft power) para administrar la globalización en base a la promoción de su cultura, sus valores y la legitimidad de la política exterior promoviendo —al menos desde la narrativa— esos elementos.
Con la recuperación democrática, como bien han trabajado colegas como Anabella Busso o Alejandro Simonoff, la política exterior de nuestro país buscó ordenarse en torno a cuatro pilares fundantes:
- la defensa de la democracia,
- los derechos humanos,
- la soberanía sobre Malvinas, y
- la opción por el multilateralismo regional
Fue ese el núcleo duro de los consensos de Estado que intentaron consolidarse en la posdictadura, a pesar de las oscilaciones ideológicas de cada gobierno, en muchos casos, con amplios márgenes de autonomía sin entrar en la confrontación directa con la potencia hegemónica. Vale mencionar especialmente la capacidad de influencia que nuestra política exterior desarrolló en el régimen internacional de Derechos Humanos, como reconoce Kathryn Sikkink, académica de Harvard, en su libro Razones para la esperanza.
Sikkink muestra cómo activistas, juristas y diplomáticos latinoamericanos —con una participación destacada de la Argentina— jugaron un rol pionero en el diseño del derecho internacional. La Argentina juego un rol protagónico en la discusión del constitucionalismo y la codificación internacional, argumentando que las iniciativas locales (como el hecho inédito del juicio a las juntas militares por parte de tribunales nacionales) moldearon las normas globales mucho antes de que se volvieran hegemónicas.
Otro ejemplo de capacidad de nuestro país para promover cambios en la región fue la implementación, en 2006, del plan Patria Grande para facilitar la radicación legal de los migrantes. No solo tuvo un efecto contagio en la región, haciendo efectivo el acuerdo de residencia de MERCOSUR firmado en 2002, sino que impactó, concretamente, promoviendo cambios inclusivos en toda la discusión en la Conferencia Sudamericana sobre Migraciones (CSM) y en la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
En paralelo, nuestra política exterior desde la recuperación democrática no desarrolló de manera sostenida (en parte por los condicionantes materiales de ser un Estado periférico) un uso del poder blando de los consensos políticos y sociales domésticos: el desarrollo de una sociedad, en términos comparados, igualitaria; garantizar el acceso a salud y educación (en todos sus niveles) de manera gratuita e irrestricta para todos, sean nacionales o no; la libertad de expresión y la movilización social como garantía de la exigencia en el cumplimento de derechos por parte del Estado. Asimismo, si pensamos en los activos culturales, nuestro país se caracteriza por tener una capacidad de diseminación de su cine, literatura, música, íconos deportivos (desde Fangio hasta Diego y Lionel) o religiosos (Papa Francisco). Posiblemente este listado podría extenderse in eternum.
La acción internacional de Milei, contrapunto a esa tradición
Desde diciembre de 2023 transitamos una versión novedosa de la política exterior argentina. Los cuatro pilares que enumeramos —defensa de la democracia, derechos humanos, soberanía sobre Malvinas y multilateralismo regional— no fueron erosionados por descuido, sino desmontados uno por uno con una consistencia que sorprende incluso a quienes seguimos de cerca la política exterior argentina.
En materia de derechos humanos, el gobierno decidió no participar activamente este año en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU: el embajador argentino en Ginebra dejó de intervenir en las sesiones por decisión de la Casa Rosada y, como consecuencia, el país perdió el derecho a voto dentro del organismo. Ya en agosto de 2025 se había retirado la candidatura para integrar nuevamente ese Consejo entre 2026 y 2028, un giro notable si se recuerda que apenas unos años antes un diplomático argentino, Federico Villegas, había llegado a presidirlo. En paralelo, el Archivo Nacional de la Memoria, que funciona en el predio de la ex ESMA, sufrió el despido de al menos 30 trabajadores sobre una planta de 130, con un impacto particular en las áreas de investigación. La Argentina que supo litigar en foros internacionales por situaciones de derechos humanos en Panamá, Honduras o Jamaica hoy guarda silencio sobre esos casos y solo levanta la voz, selectivamente, contra gobiernos ideológicamente enfrentados con la Casa Rosada, como Venezuela, Irán o Nicaragua.
En Malvinas la ruptura es más sutil pero no menos elocuente. Aunque la Cancillería sostiene formalmente el reclamo, la decisión de trasladar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén —anunciada durante el primer viaje de Milei al exterior, el 6 de febrero de 2024, apenas dos meses después de asumir— generó una controversia diplomática que la propia Cancillería llegó a reconocer: podía costarle a la Argentina el respaldo de los países árabes en la ONU, uno de los pilares del consenso internacional sobre Malvinas construido durante décadas.
En materia de multilateralismo, el quiebre fue igual de explícito. El gobierno renunció al ingreso de la Argentina a los BRICS, un bloque que agrupa a más de la mitad de la población mundial y a India y China entre sus miembros, en lo que buena parte de los análisis describió como el primer gesto de subordinación de la política exterior a los centros financieros occidentales. Meses después, en la Asamblea General de la ONU de septiembre de 2024, Milei fue taxativo: la Argentina “va a abandonar la posición de neutralidad” para ponerse “a la vanguardia en la defensa de la libertad”.
Y los pilares domésticos, los que nunca llegamos a capitalizar del todo como poder blando —la sociedad relativamente igualitaria, el acceso gratuito e irrestricto a la salud y la educación en todos sus niveles— también forman parte del ajuste. El “no hay plata” aplicado al financiamiento universitario, a los hospitales públicos y al sistema científico no solo tiene un costo doméstico que ya conocemos y vivimos, sino también erosiona ese poder blando en el exterior.
El vacío de las narrativas rotas
Además de lo señalado, la acción internacional de Milei tiene una singularidad: su puesta en escena, su performance, disrumpe con la puesta en escena de pensarse y percibirse como jefe de Estado. Claramente la forma en que Milei se quiere presentar a la opinión pública global es como un líder/influencer de las nuevas derechas radicales. Y esto no es solo una discusión sobre las formas de hacer política internacional.

Los discursos (sus tonos y su contenido), la escenificación de las cumbres o reuniones de jefes de Estado, la gestualidad y un largo etcétera han sido analizados largamente en el campo de los estudios internacionales. Sin embargo, aquí tenemos una novedad: en el caso de Milei, su accionar exterior no es un medio para lograr los objetivos de la política exterior, sino que es un fin en sí mismo.
La teoría de relaciones internacionales más difundida explica la política exterior como una serie de decisiones racionales: los Estados actúan para maximizar su seguridad, su poder o su riqueza, y cada gesto puede leerse como una apuesta con un costo y un beneficio esperado. Bajo esa lógica, cada ruptura de Milei con la tradición argentina —el alineamiento con Israel, la salida de espacios multilaterales, el aislamiento regional y del Sur Global— debería explicarse por algo que el país gana a cambio. Pero, como sabemos, ese cálculo casi nunca cierra: los costos reputacionales, diplomáticos y hasta materiales suelen ser mayores y más ciertos que cualquier beneficio prometido.
En cambio, si miramos los 49 viajes al exterior de Milei desde que es Presidente en ejercicio hasta julio 2026, menos de la mitad (22 de 49) de ellos tuvieron algún tipo de agenda oficial: participación en cumbres internacionales, reuniones bilaterales, asunciones presidenciales, etcétera.
La mayoría de las veces que Milei se subió a un avión lo hizo para, en su búsqueda de reconocimiento como influencer global, participar de conferencias de la red de la nueva derecha global (CPAC en sus distintas sedes, Europa Viva/Patriots for Europe, Madrid Economic Forum), foros económicos donde participó como invitado sin agenda bilateral (Davos, Milken Institute, Sun Valley), premios y doctorados honoris causa (muchos de dudoso prestigio internacional), y reuniones con empresarios tecnológicos (Musk, Altman, Zuckerberg, Cook).
Para Milei, su accionar internacional no busca un resultado externo, sino la construcción y sostenimiento de una identidad, su identidad como influencer global. No actúa para lograr algo en el mundo: actúa para ser algo ante un público. Milei necesita ser reconocido, ante un público muy específico, como el líder de una batalla cultural global contra el “socialismo”, el orden internacional liberal y el wokismo. Esa necesidad no se negocia con datos de comercio exterior.
Está, primero, Milei-influencer, el actor que se dirige a la red transnacional de la nueva derecha global —Trump, Bolsonaro, los think tanks libertarios, los influencers de la batalla cultural— y que necesita, para ser reconocido como par en ese círculo, sostener una identidad de ruptura permanente: contra el Papa, contra la “agenda woke”, contra el multilateralismo “socialista”, etcétera. Ante ese público, cada gesto de alineamiento con Israel o con la administración Trump, cada embestida contra organismos internacionales, cada provocación cultural, es una moneda que se cobra en reconocimiento, no en resultados de política exterior.
Está, segundo, Milei-jefe de Estado, que en los ámbitos formales —cumbres, foros multilaterales, cuerpos diplomáticos— tiene que sostener mínimamente el protocolo de un par entre pares, aunque sea con la impostación de quien está actuando un papel que no termina de convencerlo.

Y está, tercero, la Argentina-Estado: la entidad que no tiene voz propia en esta obra, pero que absorbe materialmente los costos de la performance de las dos primeras. Es la Argentina-Estado la que pierde previsibilidad diplomática, la que ve licuada su tradición de derechos humanos ante organismos que la citaban como ejemplo, la que hoy tiene que explicar en cada mesa multilateral por qué su gobierno vota distinto a como votó siempre. Y es la Argentina-sociedad, en el linde de esa tercera categoría, la que en las redes sociales del Mundial paga la cuenta de una asociación que ni siquiera construyó: la del país racista, alineado con la ultraderecha global, que hace trampa porque tiene un padrino en la Casa Blanca.
Ese desacople —entre quién performa y quién paga— es quizás el dato más importante de todo el fenómeno. Milei-performer gana ante su público. Argentina-Estado y Argentina-sociedad pierden ante el resto del mundo. Y esa asimetría es, precisamente, lo que un análisis puramente racional del interés nacional no puede capturar, porque el interés nacional no es el sujeto que está siendo maximizado. El sujeto que se maximiza es un personaje, y el personaje no coincide con el país.
Volvamos entonces a la escena con la que arrancó esta columna. Cuando en 2026 una parte de la dirigencia política occidental decodifica la final entre España y la Argentina en clave de alineamiento con —o rechazo a— el gobierno de Netanyahu, está, en parte, validando la narrativa internacional que el propio Milei construyó desde el primer día de su gestión. La foto del embajador, el rabino Axel Wahnish, junto a Netanyahu con una camiseta argentina, simplifica esa conexión.
Hay, sin embargo, un matiz que no hay que perder de vista. Una cosa es señalar, con toda razón, que el alineamiento de Milei con Netanyahu o con la ultraderecha global tiene costos reputacionales para el país, y otra muy distinta es asumir que esa alineación explica, o legitima, un juicio sobre la sociedad argentina en su conjunto. Buena parte de quienes en Occidente leyeron la final en clave de bando geopolítico incurrieron en esa segunda operación, más cómoda que la primera. Las consecuencias de esa confusión han sido (y siguen siendo) excusas para castigar a los pueblos por las decisiones de un gobierno de turno.
Y tiene una segunda implicancia, quizás más relevante para pensar el día después: lo que se erosiona no es un activo cualquiera, es la narrativa acumulada durante décadas sobre quiénes somos como país en el mundo. Reconstruir esa narrativa, cuando este ciclo termine, no será un problema de gestión diplomática, sino un trabajo de reconstitución identitaria tan lento y sostenido como el que la construyó por primera vez.
* Emanuel Porcelli es profesor en la Facultad de Ciencias Sociales – UBA.
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