La isla inexistente

La absurda pretensión de cercar CABA

 

Aquí termina una ciudad y comienza otra, podrían afirmar quienes viven a ambos lados del Riachuelo y de la General Paz, esas fronteras que, al mismo tiempo que separan, reflejan una misma experiencia urbana. 

Entre ambas corre un río enfermo; sobre sus aguas se elevan autopistas que unen destinos, al este, al centro y al oeste, que aceleran mercancías y acortan distancias; por debajo, sin embargo, persisten las fronteras sociales, económicas y simbólicas que el asfalto nunca consiguió borrar.

El denominado cono urbano es un territorio que carece de políticas públicas articuladas para establecer una gobernanza metropolitana. 

La semana pasada quedaron expuestas distintas visiones sobre ese territorio a raíz de dos hechos muy significativos: el llamativo "muro de seguridad" dispuesto unilateralmente por el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pareció reeditar el esquema de las viejas novelas policiales, el peligro siempre está fuera de la prosapia familiar. El sospechoso nunca es propio, sino que adopta la forma del mayordomo o de algún exótico súbdito, convenientemente vestido y con atributos físicos que alimentan el prejuicio.

También aconteció la muerte del Indio Solari, y la incomodidad de su funeral, que recorrió el nervio resentido por ese amor no correspondido, tanto por el gobierno de la ciudad como por el nacional.

La responsabilidad y sensibilidad asumida por el municipio de Avellaneda y por la provincia de Buenos Aires, junto a la unidad del peronismo tan necesaria, hicieron posible una comunidad organizada capaz de convertir el duelo y el afecto en una verdadera expresión de amor colectivo.

La turba anónima no entró a la ciudad; sus escuderos no lo permitieron porque ante todo está la ley y la corrección.

Se pretendía una fila digna del Mozarteum para despedir al Indio: sin las marcas plebeyas de choriceros y otros buscas ambulantes. La presencia de una multitud desbordante y diversa fue convertida en excusa del “ensayo general para la farsa actual” y su teatro antidisturbios”, que se esbozó el viernes en Plaza de Mayo y el sábado en el Obelisco. 

 

 

La Gran Buenos Aires

Un primer elemento para comprender el fenómeno metropolitano es la expansión de la mancha urbana. Una ciudad principal crece y, con el tiempo, va incorporando a otros aglomerados hasta conformar una gran región urbana. Esa ciudad central concentra las principales actividades económicas y muchos de los servicios más importantes, mientras que las decisiones que adopta su gobierno suelen tener un impacto decisivo sobre el conjunto metropolitano.

Esta relación plantea siempre una tensión entre lo que el ecosistema metropolitano demanda en términos de recursos, las relaciones sociales que lo transforman y consumen, y los desechos que se generan, que, dependiendo de su intensidad, pueden poner en crisis la capacidad de carga del ambiente natural con el que interactúa.

Son ejemplos de esto las inundaciones, el colapso de los sistemas de gestión de residuos y la contaminación de los recursos hídricos y del aire.

La Gran Buenos Aires fue una de las primeras áreas metropolitanas del mundo, pero su importancia no radica únicamente allí, sino que ya hace varios decenios que se concentra un tercio de la población del país. Esto significa que la calidad de vida de millones de argentinos depende del modo en que se gestiona ese ecosistema urbano.

Una de las particularidades del Área Metropolitana de Buenos Aires es que históricamente contó con un distrito federal que, si bien no constituye un caso único en el mundo, sí representa una situación poco frecuente.  

La actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires concentra apenas una cuarta parte de la población metropolitana; a diferencia de otras, como San Pablo o Ciudad de México, donde la ciudad central reúne al 50% o más del área metropolitana.

A ello se suma una compleja arquitectura institucional. En el centro se encuentra la CABA, con un estatus de gobierno propio, mientras que el resto de la metrópolis se extiende sobre la provincia de Buenos Aires, organizada en partidos que coinciden con los municipios. Este entramado se completa con numerosos servicios urbanos que dependen del gobierno nacional. De este modo, aparece una suma no exenta de contradicciones, de decisiones e inversiones públicas realizadas por distintos niveles del Estado.

Entonces, ¿cuál es el rol del gobierno de la CABA en la gobernanza de la gran ciudad? 

En comparación con otras ciudades centrales, el gobierno de la CABA no parece mostrar una vocación particularmente intensa por ejercer el liderazgo de la gobernanza metropolitana. Sin embargo, históricamente la ciudad se concibió sobre todo como un espacio de servicios, trasladando sistemáticamente sus externalidades negativas a la periferia metropolitana. Así, tanto los residuos como los efluentes cloacales fueron derivados hacia municipios de la provincia de Buenos Aires, nunca dentro de la propia ciudad. Lejos de atenuarse, este modelo se profundizó con el tiempo. La transferencia no se limitó a los costos ambientales: también parte de la conflictividad política y social fue desplazada hacia la periferia. ¡Ropa sucia, fuera!

Pero no se trata solo de la externalización de costos. La fragmentación en la gestión de los servicios también limita los alcances de los logros parciales, como ocurre con el transporte. Se trata de un componente central en la estructuración metropolitana, ya que organiza una movilidad cuyos flujos cotidianos no reconocen fronteras jurisdiccionales. Ninguna mejora circunscrita a la CABA puede desplegar sus beneficios sin una articulación con el conjunto del sistema metropolitano.

 

 

La pretensión de una isla

La Ciudad Autónoma no es un objeto inanimado ni una simple plataforma de servicios. Su trama urbana expresa, pero también condiciona, el modo en que sus habitantes se relacionan. La ciudad es, ante todo, quienes la habitan: la diversidad de sus culturas, los múltiples sentidos de pertenencia que allí se construyen y circulan, y también los intereses que los distintos actores urbanos ponen en juego. Por eso, la pregunta pertinente es otra: ¿qué ciudad queremos como metrópolis?

La respuesta no puede reducirse a una suma de buenas intenciones. Se trata de una disputa por los intereses en juego, en definitiva, por el sentido mismo de la ciudad. ¿Queremos una ciudad con identidad metropolitana o una isla de servicios que conciba al conurbano como un territorio inconexo, destinado a recibir los residuos y los efluentes que "técnicamente" no puede procesar? ¿Queremos una ciudad especializada en los servicios o una matriz productiva integrada a un proyecto de desarrollo metropolitano, regional y nacional?

Resulta imposible imaginar una Buenos Aires autónoma de su área metropolitana y de las transformaciones que en ella tienen lugar. Compartimos un mismo valle, las cuencas hídricas, los problemas de movilidad, la disposición final de los residuos y los desafíos ambientales que atraviesan a toda la región. 

Los avances logrados en la cuenca Matanza-Riachuelo demostraron que las políticas integrales son posibles y que, aun con dificultades, producen resultados. Las nuevas configuraciones territoriales exigen, por lo tanto, una política de mayor escala y una mirada de largo plazo. Una política capaz de hacer que Buenos Aires se deje influir por su propia metrópolis y renuncie, de una vez por todas, a su excluyente destino de isla.

 

 

 

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