La leyenda negra

El rugby argentino, el apartheid sudafricano y la ilusión de mantenerse al margen de la realidad

 

En 2015 el periodista argentino Claudio Gómez publicó Maten al rugbier, una minuciosa investigación sobre la historia de los jugadores asesinados-desaparecidos de La Plata Rugby Club. Seis años más tarde, el 24 de marzo de 2021, la Unión Argentina de Rugby (UAR) rendía homenaje a los 155 rugbiers provenientes de 63 clubes y 12 provincias víctimas del terrorismo de Estado, cifra que coloca a ese deporte como el más duramente golpeado por la última dictadura militar, con el equivalente a 70% de todos los deportistas asesinados-desaparecidos.

Este interés por explorar las trayectorias de otros actores y espacios sociales forjó la imagen de un rugby vinculado a ideales de solidaridad y justicia social, especie de reverso del viejo estereotipo del deporte de ingleses y oligarcas. Aun mientras muy pocos de esos jóvenes jugaban cuando fueron secuestrados por los grupos de tareas –la militancia y la clandestinidad ya los habían alejado de las canchas–, los testimonios de quienes los conocieron sugieren que el rugby fue para muchos de ellos una escuela de camaradería y experiencias compartidas que se continuaría en el compromiso político. Son contados los casos que hacen referencia a una supuesta incompatibilidad ideológica entre el rugby y los ideales revolucionarios. A fin de cuentas, como gusta decir a algunos, hasta el Che Guevara se le animó a la ovalada… y cuando el asma lo alejó de las canchas, se reconvirtió en cronista del rugby y fundó una revista (Tackle), única en su época exclusivamente dedicada a ese deporte. Todo dependía de dónde se jugaba, o con quiénes.

Hoy esa imagen reconfortante del rugby se ha diluido. Distintos hechos en los que participaron, de una u otra manera, personas asociadas al rugby han tendido a empañar ese deporte para buena parte de la sociedad argentina. A fines de 2020, antes de comenzar el partido que el 28 de noviembre disputaban Los Pumas y All Blacks, los neozelandeses hicieron lo que muchos argentinos esperaban que hiciera su seleccionado (y no hizo): rendir homenaje a la memoria del recientemente fallecido Diego Armando Maradona. Para colmo de males, la imagen del rugby se enlodó más cuando, poco tiempo más tarde, comenzaron a circular en las redes reproducciones de los tuits racistas de algunos de los jugadores del seleccionado, el capitán entre ellos, escritos mucho tiempo atrás. Pero sin lugar a dudas, el hecho que causó mayor conmoción fue el asesinato en una discoteca de la ciudad costera de Villa Gesell de Fernando Báez Sosa, de 18 años, a manos de un grupo de jóvenes que pertenecían a un equipo de rugby. Lo cierto es que, en menos de un año, el rugby quedó asociado a lo peor de los valores y comportamientos sociales: machismo racista, clasista y asesino. Fue tal el resquebrajamiento de todo lo que podía quedar de elogiable en ese deporte que muchos argentinos desearon la derrota del seleccionado nacional. Solo se había visto algo así en la Sudáfrica del apartheid, cuando la población africana (negra) concurría a los partidos internacionales con el fin de aclamar a los visitantes y abuchear al seleccionado local (Springboks, todos blancos).

 

El homenaje de los All Blacks a Maradona.

 

No es mi intención volver sobre el crimen del joven Fernando Báez Sosa ni sobre las explicaciones psicológicas y sociológicas del comportamiento de los victimarios. Hay un grado de verdad en cada una de ellas, pero también una gran cuota de clisés producto del desconocimiento y la persistencia de estereotipos. En tal sentido, pretendo proponer una mirada alternativa, que corra el foco de las discusiones actuales hacia el rugby como problema político. Poco o nada se ha hecho en este terreno y, en consecuencia, la imagen de este deporte se ha movido en el plano de lo estrictamente deportivo o, como ahora, de las identidades de clase y comportamientos (anti)sociales.

Sin embargo, existen experiencias pasadas que evidencian la posibilidad de entender los contextos históricos que sacaron el rugby de la “torre de marfil” del amateurismo puro y duro, y decisiones fatídicas y contradictorias de dirigentes y jugadores que fueron a contramano del tan machacado “espíritu del rugby” –o de una cierta manera de entenderlo–. Reflexionar sobre la forma en que el rugby se ha parado frente a ciertas coyunturas políticas quizás ayude a completar un cuadro que los hechos recientes han esbozado de manera incompleta y haga más comprensible el lugar y los sentidos de este deporte en la sociedad argentina. Para ello, voy a centrarme en dos episodios ocurridos en 1973 y 1984 que, a mi juicio, ayudan a entender lo que podría llamarse la “leyenda negra” del rugby argentino. En ambos casos, los intereses del rugby –jugar contra los mejores donde y cuando se pueda, y preservar la autonomía frente a los poderes públicos– chocaron con los objetivos del gobierno de turno, o bien fueron vistos por sectores próximos a él como ajenos a las costumbres y tradiciones nacionales.

El primer episodio tuvo lugar en los últimos meses del gobierno del general Alejandro Agustín Lanusse. El 15 de marzo de 1973, un decreto firmado por los ministros de Bienestar Social y Justicia intervino la UAR por haber autorizado el viaje de una de sus entidades afiliadas –la división superior de San Isidro Club (SIC)– a Sudáfrica y Rodesia del Sur (actual Zimbabwe). La gira del club de La Zanja (como en la jerga local se conoce al SIC) creaba un problema político, ya que violaba el boicot internacional al cual la Argentina había adherido en 1971 como forma de presionar a aquellos países para que pusieran fin a su política de segregación racial. La última visita de Los Pumas a Sudáfrica tuvo lugar en aquel año (ya habían ido en 1965) y habría que esperar el fin del apartheid en la década de 1990 para que el seleccionado nacional regresara a Sudáfrica vistiendo la camiseta albiceleste y los símbolos representativos de su país. No siempre fue así.

En sus 74 años de existencia, la UAR nunca había sido objeto de una medida semejante, ni siquiera durante la crisis suscitada por la intervención peronista del Club Universitario de Buenos Aires (CUBA) en 1953. Ante la intervención, el rugby cerró filas. Tras un frenesí de reuniones, y pese a la afirmación de que la intervención “no se hacía al rugby sino a un grupo de hombres que no ha acatado las directivas del gobierno”, los representantes de los clubes y árbitros apoyaron de manera unánime lo actuado por el Consejo Directivo, ratificando la “voluntad del rugby argentino de autogobernarse sin la injerencia de organismos extraños a sus estatutos”.

El gobierno peronista que llegó al poder en mayo de ese año ratificó con mayor énfasis que sus predecesores su adhesión al boicot deportivo contra Sudáfrica. En septiembre de 1973, el subsecretario de Deportes, Pedro Eladio Vázquez, informó a la UAR que, en virtud de los compromisos adquiridos por el país con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), quedaba “vedado a los deportistas argentinos, cualquiera sea el carácter de la representación que invistan, competir o realizar intercambios con los de África del Sur”. En consecuencia, la UAR debió cancelar la invitación formulada a la Unión de Rugby de Sudáfrica para que su seleccionado nacional, Springboks, jugara una serie de partidos en nuestro país en 1975. Asimismo, comunicó a los clubes que en el futuro debían abstenerse de contraer compromisos con deportistas sudafricanos o, en el caso de que ya se hubiesen programado, cancelarlos. Nada de esto se cumplió bajo la dictadura militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976. Entre 1977 y 1982, varios clubes argentinos (CASI, SIC, Pueyrredón, CUBA) y el seleccionado nacional viajaron en repetidas ocasiones a Sudáfrica –este último lo hizo en 1980 y 1982 con el nombre de Sudamérica XV/Jaguares-. Por su parte, los sudafricanos visitaron la Argentina con su seleccionado nacional y equipos provinciales.

 

Gabriel Travaglini en la primera gira de Sudamérica XV. Foto: Archivo Leyendas.

 

El segundo episodio tuvo lugar en el contexto de la recuperación democrática, más precisamente en el año 1984 y casi en simultáneo con la publicación del Nunca más. Como en 1973, el eje de lo que sería el conflicto más grave entre el rugby y los poderes públicos fue nuevamente la decisión de ir a jugar a Sudáfrica. La polémica empezó con la gira que en septiembre realizó el equipo Cebras XV, integrado por jugadores de la división superior del CASI, más uno de San Cirano, y alcanzó su punto máximo cuando en octubre se le sumó el combinado Hispanoamérica XV. Rebautizado Jaguares tras su llegada a Sudáfrica, este conjunto no era otro que el seleccionado de Buenos Aires, reciente campeón del Torneo Nacional y del cual provenía la mayoría de los integrantes de Los Pumas, más cinco “invitados” de Uruguay, Paraguay, Perú y España. El único propósito de incluir a los jugadores extranjeros era ocultar lo que en la práctica era un equipo representativo de la Argentina.

Las giras de Cebras XV e Hispanoamérica XV/Jaguares, y especialmente la de estos últimos, desataron una polémica de intensidad sin precedentes y cuyas repercusiones trascendieron las fronteras del rugby. Hubo dos razones principales para que fuera así. Una tenía que ver con el contexto global. A principios de la década de 1980, la campaña internacional contra el apartheid alcanzó su máxima intensidad como resultado de las políticas represivas del régimen de Pretoria (declaración del estado de emergencia) y la militarización de sus relaciones con los Estados vecinos (incursiones punitivas contra bases guerrilleras en Zimbabwe, Angola y Mozambique).

A ojos de gran parte de la opinión mundial, Sudáfrica no solo representaba la negación de los derechos humanos más elementales, sino también una amenaza para la paz. La otra razón que colocó a los rugbiers argentinos en el ojo de la tormenta se vinculaba con los objetivos políticos del gobierno de Raúl Alfonsín: defensa de los derechos humanos, reinserción en el Movimiento de los Países No Alineados, reivindicación de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Todo esto se cruzaba, de una u otra manera, con la cuestión sudafricana, y no hay mejor ejemplo de cuán en serio se tomó el gobierno argentino esta cuestión que la decisión de romper relaciones diplomáticas con Pretoria en 1986.

 

Sudáfrica, 3 de abril de 1982. Hugo Porta encabezó al seleccionado denominado Sudamérica XV.

 

En 1984, jugar al rugby con los sudafricanos iba a contramano de todo lo que le importaba al gobierno argentino. Significaba legitimar indirectamente a un régimen que negaba los derechos humanos, cuya recuperación tanto había costado a los argentinos y que el radicalismo de Alfonsín había levantado como bandera de la convivencia democrática y la paz. Que esos rugbiers fueran argentinos no solo planteaba al gobierno un problema ético de primer orden, sino también complicaciones prácticas para su política exterior. Porque mal podía la Argentina esperar el apoyo de los países africanos y el Movimiento de los Países No Alineados en la cuestión de Malvinas cuando las acciones de sus ciudadanos e incluso de algunos funcionarios iban en sentido contrario. Para colmo, las giras coincidieron con los foros internacionales en los cuales intervino la Argentina, como la reunión de la Asamblea General de la ONU, en la cual el Presidente Alfonsín denunció el apartheid y el colonialismo como crímenes contra la paz. Desde el momento en que tomó conocimiento de las giras, la Cancillería, por intermedio de la viceministra de Relaciones Exteriores Elsa Kelly, advirtió a la UAR sobre las “graves consecuencias” que las mismas tendrían para el país.

En su edición del 4 de septiembre, antes de la partida de Cebras XV, la revista El Gráfico publicó una nota titulada “¿Debe el rugby argentino ir a Sudáfrica?” En ella el semanario deportivo daba cuenta de las repercusiones de las giras y las posturas ante el boicot. El diputado peronista Antonio Paleari sostuvo entonces que “quien visita Sudáfrica avala el sistema apartheid. Los Pumas dejarán de ser tales para convertirse en gatos traidores (…) El gobierno de Pretoria los va a usar diciendo que un país democrático como la Argentina mantiene relaciones con otro país, que también se dice democrático. Nuestro gobierno debe quitarle todo apoyo a la UAR. Si tanto les gusta Sudáfrica y tanto les gusta el apartheid que se vayan y se queden para que no vuelvan contaminados”. Otro diputado, Raúl Rabanaque Caballero, acusó al rugby argentino de “una falta total de solidaridad con la política, se cree una isla”, y prometió que en pocos días presentaría un pedido para que los deportistas que viajasen a Sudáfrica fueran expulsados de sus respectivas asociaciones.

Una semana más tarde, la Cámara de Diputados aprobaba una declaración en la cual pedía al Poder Ejecutivo que se investigaran las actividades de varios clubes de rugby argentinos con sus pares sudafricanos y que se adoptasen severas medidas disciplinarias en el caso de que se hubieran violado los compromisos internacionales. No queriendo aparecer asociado a la gira y tampoco a su cancelación, el presidente de la UAR, Carlos Tozzi, optó por dejar la decisión en manos de los jugadores. Todos, sin excepción, resolvieron viajar. El 2 de octubre partieron de Ezeiza hacia Río de Janeiro y de allí siguieron vuelo a Johannesburgo. A último momento tuvieron que adelantar la salida para evitar las protestas de organizaciones que se oponían a la gira.

Dirigentes, jugadores e incluso algunos funcionarios sostuvieron que la política no debía mezclarse con el deporte y defendieron el ir a jugar a Sudáfrica como el derecho de todo ciudadano en democracia a salir y entrar de su país.

Los días siguientes les darían la razón a los críticos. A fines de octubre, cuando los Jaguares se aprestaban a jugar los últimos encuentros de la gira, desde Nueva York el ministro de Relaciones Exteriores Dante Caputo admitía que el viaje de los rugbiers había creado para la Argentina una “situación realmente enojosa, porque en las Naciones Unidas se escucharon las quejas de varios países africanos”. En efecto, la Organización de la Unidad Africana no solo condenó la gira, sino que también criticó al gobierno argentino por entender que no había hecho suficientes esfuerzos para impedirla.

El 18 de octubre, días antes de la reunión de la Asamblea General en la cual se discutiría la cuestión de Malvinas, la Cancillería emitió un comunicado en el cual señalaba que el viaje de los rugbiers no había “contado con ningún tipo de patrocinio, ayuda o incentivo del gobierno de la República” y que “tratándose de una iniciativa totalmente privada, mal pudo el Estado argentino haberlo prohibido sin violar las más estrictas garantías constitucionales para entrar y salir de sus fronteras”. Pese a ello, continuaba el documento, “la Cancillería lamenta que justamente sea un grupo de sus nacionales el que, sin tomar en cuenta una de las posiciones del gobierno democrático argentino: esto es, de condena al racismo y a la política del apartheid, tome parte en un evento de esta naturaleza”. El enojo del canciller argentino era tanto más comprensible si se tiene en cuenta que unos días antes la prensa había revelado que integrantes de dos equipos de rugby sudafricanos, el Defence RC y Adellars RC, habían jugado varios partidos contra clubes de la capital y Rosario, pese a que sus visas de turista lo prohibían. La Dirección Nacional de Migraciones canceló sus visas y ordenó la expulsión inmediata de los rugbiers extranjeros.

Dirigentes y jugadores insistieron en que la decisión de aceptar la invitación de la Unión Sudafricana de Rugby no implicaba en absoluto un apoyo al apartheid. Uno de los argumentos esgrimidos para justificar las giras sostenía que al rugby se lo juzgaba con una vara distinta, ya que otros deportistas de nuestro país habían competido en Sudáfrica y, sin embargo, no habían despertado protestas. Eso era cierto. Según el Registro de Contactos Deportivos con Sudáfrica elaborado por el Centro Internacional contra el Apartheid de la ONU, en la década de 1980 al menos 80 deportistas y dirigentes deportivos argentinos participaron en diferentes competencias en Sudáfrica, entre ellos los tenistas Guillermo Vilas y José Luis Clerc, los automovilistas Carlos Reutemann y Ricardo Zunino, el golfista Roberto de Vicenzo, y los boxeadores Santos Laciar y Víctor Galíndez, además de una treintena de rugbiers, una veintena de boxeadores, el seleccionado completo de polo y varios tiradores.

Un argumento dirigido a contrarrestar las acusaciones de complicidad con el racismo señalaba que los rugbiers argentinos habían puesto como condición para jugar en Sudáfrica que los equipos locales incluyeran a jugadores no blancos. Esto era parcialmente cierto. Si bien en ninguno de los seis partidos disputados por Sudamérica XV en la gira de 1980 participaron jugadores negros o mestizos (colored), esto empezó a cambiar en la segunda gira de ese combinado en 1982. En uno de los 14 partidos disputados jugaron dos “no blancos”. Ese número aumentó a diez jugadores negros y mestizos en la gira de siete partidos realizada por Jaguares en 1984. Algunos políticos, como el presidente de la Unión del Centro Democrático (UCeDé, de tendencia liberal-conservadora) Álvaro Alsogaray, y dirigentes de otros deportes, también recurrieron a la comparación con los regímenes comunistas, aduciendo que la misma vara con que se medía a los sudafricanos debía utilizarse con los países del bloque soviético, donde también se violaban los derechos humanos.

Estos argumentos ignoraban, deliberadamente o no, un contexto doméstico e internacional que había politizado el deporte a un grado extremo – politización cuyo origen, valga recordarlo, estaba en la política de segregación racial que prohibía equipos y competencias “mixtos”.

Ir a jugar a Sudáfrica en 1984 era hacerlo en el momento en que el régimen de Pretoria concitaba el más categórico repudio internacional; significaba ir a jugar contra un país que había quedado aislado y excluido de las competencias internacionales; y esto por decisión de las propias uniones de rugby nacionales ya que, a diferencia de lo que había ocurrido con la mayoría de los deportes y el movimiento olímpico, Sudáfrica no fue expulsada del International Rugby Football Board (IRFB).

En 1984, los rugbiers sudafricanos solo pudieron medirse internacionalmente con Jaguares y un seleccionado inglés muy venido a menos por las ausencias de muchos titulares. El argumento que exigía juzgar a todos los deportes con la misma vara también pasaba por alto la especificidad del rugby como rasgo central de la identidad afrikáner e instrumento de la diplomacia cultural del gobierno de Pretoria. Esto lo percibió claramente Chris Laidlaw, capitán del equipo de Oxford que derrotó a los Springboks en su gira británica de 1969, cuando señaló que “el rugby se ha ganado la vergüenza internacional al ser la principal actividad con la que Sudáfrica intenta legitimar sus cuestionables vínculos deportivos y culturales con el resto del mundo”. Una de las formas de buscar esa legitimidad era hacer algunas concesiones parciales para atenuar la presión internacional sin que ello pusiera en peligro la lógica segregacionista; por ejemplo, autorizando la inclusión de unos pocos jugadores negros y mestizos en equipos mayoritariamente blancos, u otorgando a los maoríes del seleccionado neozelandés el status de “blancos honorarios”. Estas concesiones estratégicas y puntuales fueron interpretadas por los rugbiers argentinos como señales de cambios profundos. No lo eran.

Como el sudafricano, el rugby argentino también se encontraba relativamente aislado de los circuitos competitivos internacionales. Este es un dato importante para entender, en parte, la insistencia obsecuente en viajar a Sudáfrica pese a los riesgos políticos que conllevaba hacerlo en ese momento. Ese aislamiento era resultado de dos procesos convergentes. Por un lado, el desarrollo histórico del rugby argentino de espaldas a una Sudamérica en la que este deporte nunca había echado verdaderas raíces –prueba de ello son los triunfos holgados obtenidos por los argentinos en los campeonatos sudamericanos de rugby–. Por otro lado, la Guerra de Malvinas suspendió durante más de una década las relaciones con las uniones nacionales de rugby de Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda), lo que redujo drásticamente el número de potencias rugbísticas con las cuales la Argentina venía jugando desde la década de 1970 y que habían hecho mucho por elevar el nivel de juego.

La sequía de partidos internacionales en que se encontraron la Argentina y Sudáfrica en un mismo momento acercó al rugby de ambos países y consolidó una relación de respeto y admiración que había empezado con las visitas de los Junior Springboks en 1932 y 1959, y que Los Pumas reforzaron en su legendaria gira de 1965.

En 1984, el rugby argentino no quiso o no supo entender el contenido político de las giras de Cebras y Jaguares, o no fue lo suficientemente consciente de las señales equívocas que la decisión de viajar, pese al boicot, enviaban hacia adentro y fuera del país. Se hizo caso omiso del costo que jugar siete partidos en un país al que nadie quería ir podría tener para la construcción de una política exterior coherente con los valores que se defendían en el ámbito doméstico. El hecho de que ambas giras coincidieran con la publicación del Nunca más, los debates parlamentarios condenando toda forma de discriminación y el tratamiento de la cuestión de Malvinas en la ONU demuestra, más allá de simpatías y posicionamientos ideológicos, una improvisación y falta de perspicacia política notable de parte de la dirigencia. Los jugadores tampoco salieron mejor parados, en especial cuando recurrieron a argumentos poco creíbles, como el que se iba a Sudáfrica “como quien va a visitar a un amigo para hacerle ver su error” (Alfredo Soares Gache), cuando no repudiables, como decir que en Sudáfrica no había racismo, no más que el “trato despectivo que les damos a los negritos acá” (Gabriel Travaglini).

Hubo, sin embargo, algún que otro episodio digno de mención. Durante una comida ofrecida a los Jaguares en la Universidad de Stellenbosch, el presidente de la Unión Sudafricana de Rugby, Danie Craven –símbolo y eminencia gris del rugby de ese país– reconoció que “me gustaban más los argentinos cuando no vivían en democracia”, en referencia a los problemas causados por la gira, a diferencia de la tolerancia benévola que habían mostrado en el pasado los gobiernos militares. Molesto, el corresponsal de El Gráfico y ex integrante de Los Pumas que viajaron a Sudáfrica en 1965, Nicanor González del Solar, le respondió: “No estamos para nada de acuerdo con lo que usted ha dicho de nuestro país. Quiero que sepa que muchos argentinos murieron para que nosotros podamos disfrutar ahora de esta democracia y es, precisamente, porque vivimos en democracia que Los Jaguares están en vuestro país. Porque nuestro gobierno no está de acuerdo con esta visita y recomendó que no se viniese. Sin embargo, no prohibió la gira y dejó que cada individuo decidiese en plena libertad. Por eso, por la democracia y la libertad es que ellos están aquí”.

Comencé esta reflexión refiriéndome a la obra de un periodista. Voy a cerrarla con la opinión de otro hombre de prensa, en este caso el corresponsal de Tiempo Argentino. Además de demostrar el buen nivel alcanzado por el rugby argentino, escribe Marcelo Guerrero, la gira de Cebras XV y Jaguares ratificó una vez más “una conducta que en el rugby local parece ser mayoritaria: permanecer distanciado de la realidad política y social del país. Con otros términos, formar una isla dentro del deporte argentino, preservar el espíritu del rugby por sobre cualquier otra cosa. Los rugbiers no atendieron las opiniones de diputados, senadores, ministros y medios de comunicación, quienes expresaron que el rugby no debía concurrir a Sudáfrica. El balance de la gira indica cuatro victorias y tres derrotas. Sin embargo, hubo una derrota de los Jaguares que la estadística no registra: la sufrieron acá, en el mismo momento que decidieron viajar”.

Quizá resulte injusto cerrar esta reflexión dejando vacío el otro plato de la balanza e ignorar el enorme camino andado y los progresos realizados por el rugby argentino. En el plano cuantitativo, este experimentó una notable expansión, si tenemos en cuenta que los pocos ingleses que lo jugaban antes de la Primera Guerra Mundial se convirtieron en los más de 100.000 argentinos que hoy lo practican en clubes y escuelas. Por momentos caótico, este crecimiento ilustra el entusiasmo que despierta este deporte. Pero quizá el hecho más notable en su larga historia en el país es el haber logrado hacerse un lugar en el mapa mundial a costa de grandes sacrificios y no pocos conflictos.

¿Cómo explicar si no que el seleccionando argentino figure hoy entre los ocho mejores conjuntos del mundo, cuando hasta no hace mucho ningún jugador o técnico podía vivir del rugby? ¿O que este deporte sea el que más jugadores exporta, después del fútbol, muchos de los cuales brillan en los mejores clubes de Europa y Oceanía? No menos digno de admiración es el hecho de que el rugby haya logrado mantenerse y crecer en un país abrumadoramente futbolero y en un continente en el cual nunca encontró suficientes adversarios de peso con los cuales medirse regularmente – afirmación válida solo para el rugby masculino.

El rugby argentino mejoró y creció a costa de someter a los integrantes del seleccionado a agotadoras travesías transoceánicas para jugar contra los grandes equipos de Europa y Oceanía. Para finalizar, cabe resaltar un aspecto central y evidente que con frecuencia la crítica social tiende a pasar por alto: el disfrute del juego en equipo. Esta dimensión lúdica convive con actitudes y valores asociados a identidades de clase que pueden, no siempre, expresarse a través de comportamientos inadmisibles. El rugby es parte de la sociedad, y como tal, tiene sus claroscuros, en la cancha, en la calle y en la política.

 

 

 

* La nota se publicó en el portal Nueva Sociedad.

 

 

 

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