La locomotora y el trazado

La política argentina de inteligencia artificial

 

El 16 de julio de 2026, un laboratorio de Pekín llamado Moonshot AI presentó Kimi K3. 11 días después publicó el archivo completo en un repositorio público, bajo una licencia que permite descargarlo, ejecutarlo en la computadora de uno y modificarlo. Es el modelo más grande jamás liberado de esa manera, y compite de igual a igual con lo mejor que hay en el mercado cerrado.

Conviene detenerse un segundo en qué es ese archivo, porque de eso depende todo lo que sigue. Una inteligencia artificial de este tipo es una red de conexiones a la que el entrenamiento le asigna, a cada conexión, un valor numérico. A esos valores se los llama pesos: el término viene de la investigación en redes neuronales, donde designaba la intensidad de una conexión sináptica, y es mucho más viejo que ChatGPT. Todo lo que el sistema "sabe" está ahí adentro. No hay una base de datos de textos ni reglas escritas por programadores: hay una configuración de números que quedó como sedimento de lo que el modelo leyó.

De ahí salen las tres modalidades que conviene distinguir. Un modelo cerrado vive en los servidores de la empresa y uno le manda consultas por una API —una interfaz de programación—, recibe respuestas y nunca toca el artefacto; la empresa puede cambiarlo, cobrarlo distinto o apagarlo cuando quiera. Un modelo de pesos abiertos publica el archivo: uno lo baja, lo corre en su propia infraestructura y puede seguir entrenándolo con material propio, aunque la empresa se guarde los textos con los que lo entrenó. Y un modelo de código abierto en sentido estricto publica también eso. Es la diferencia entre alquilar una máquina, comprarla sin los planos o comprarla con los planos incluidos.

El 17, en Shanghái, Xi Jinping habló por primera vez en la Conferencia Mundial de IA y anunció la fundación de una organización intergubernamental para gobernar esta tecnología, con sede permanente en esa ciudad. Veintinueve países la firmaron. Brasil, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Rusia, Sudáfrica, Indonesia. La Argentina no.

La ausencia no fue distracción. Tres semanas antes, el embajador argentino en Washington había firmado otra cosa. Y cinco meses antes, otra. Y nueve meses antes, otra más. Cuatro movimientos, un mismo vector, y ninguno de ellos discutido públicamente como lo que es: la política argentina de inteligencia artificial, que no está escrita en ningún documento sobre inteligencia artificial.

Para entender qué significa eso, conviene empezar por una analogía que circula estos meses. Es buena y está mal usada.

Dice así: China regala modelos de inteligencia artificial como Gran Bretaña exportaba locomotoras en el siglo XIX. Primero el objeto gratis; después, la dependencia. Es una imagen elegante y tiene algo de verdad. Pero si uno se toma el trabajo de mirar cómo funcionó realmente el ferrocarril británico en la Argentina, descubre que había dos mecanismos distintos operando, y que hoy no están en el mismo lugar.

 

 

La vía y el ancho de vía

Lo que ató a este país al sistema británico no fue la locomotora. Las locomotoras se compran, se copian, se reemplazan. Lo que ató fue otra cosa, y en realidad fueron dos.

La primera es el trazado. El ferrocarril argentino no fue una red: fue un abanico. Radial, convergente en el puerto de Buenos Aires, diseñado para que la producción del interior llegara al Atlántico y de ahí a Liverpool. Los ramales transversales, los que hubieran conectado provincias entre sí, casi no se construyeron. Un país con una de las redes más extensas del mundo y sin manera de ir de Tucumán a Mendoza sin pasar por Buenos Aires. A eso se sumaba cómo se pagó: empréstitos colocados en Londres, con garantías de rentabilidad mínima que el Estado argentino cubría cuando el negocio no rendía. Ganancia asegurada por contrato, riesgo socializado y la orientación extractiva escrita en el hierro.

La segunda es la trocha: el ancho de vía. Adoptar un estándar te ata a un ecosistema —material rodante, repuestos, señalización, talleres, técnicos formados en esa práctica—. La trocha no extrae nada por sí misma. Genera algo más lento: la imposibilidad progresiva de imaginar otra cosa.

Trazado y trocha no son lo mismo. No operan al mismo tiempo, no hacen el mismo daño y no se combaten con las mismas herramientas. Y cuando uno los separa, la analogía contemporánea deja de ser ambigua.

 

 

El trazado es norteamericano

No por parecido: por identidad estructural. Miremos lo que la Argentina firmó en los últimos diez meses.

En octubre de 2025 se anunció Stargate Argentina: una carta de intención con OpenAI por hasta 25.000 millones de dólares para un centro de datos en la Patagonia, con una capacidad proyectada de 500 megavatios. Para que se entienda la escala: los trece centros de datos del área metropolitana de Buenos Aires suman unos 32 megavatios. Estamos hablando de multiplicar por quince la capacidad instalada del país en una sola instalación, en una región donde los ríos Limay, Neuquén y Negro vienen de mínimos históricos y donde la propia Secretaría de Ambiente provincial admitió que no hay normativa específica para regular algo de ese tamaño.

En febrero de 2026 se firmó el acuerdo comercial con Estados Unidos. Su capítulo digital compromete a la Argentina a reconocer a ese país como jurisdicción adecuada para la transferencia de datos personales, a no discriminar servicios digitales estadounidenses y a no cobrar aranceles ni impuestos sobre estos. El detalle importa: la ley argentina de protección de datos se alineó siempre con el modelo europeo, no con el norteamericano. Declarar "adecuado" a un país que no lo es según los criterios que uno mismo adoptó no es armonizar. Es cambiar el criterio y no decirlo.

En junio de 2026, la Argentina adhirió a Pax Silica, la iniciativa del Departamento de Estado que organiza cadenas de suministro de minerales críticos, energía, semiconductores e infraestructura. El reparto de roles está escrito con claridad: unos diseñan y fabrican, otros ponen materia prima, suelo y energía.

Y el Súper RIGI, con media sanción de Diputados y tratamiento en el Senado, garantiza treinta años de estabilidad fiscal, ganancias al 15%, arancel cero y liberación progresiva de divisas. Renta asegurada por contrato. Como en 1890.

Datos que salen sin escala jurisdiccional. Energía y agua que salen convertidas en tokens. Renta fiscal que sale por tres décadas. Y ninguna transversal: ni un megavatio de cómputo reservado para uso local, ni una obligación de investigación, ni una exigencia ambiental verificable. Es un abanico que converge en el puerto, y el puerto queda en otro continente.

 

 

La trocha es china, y también hay que decirlo

Nada de esto vuelve benévola a la otra oferta, y sería un error contarla así.

El modelo que Moonshot AI liberó en julio —Kimi K3, 2,8 billones de parámetros, el mayor de pesos abiertos que existe— es compatible con las convenciones técnicas de OpenAI: se enchufa a un ancho de vía existente para después disputar quién lo define. Huawei integró sus aceleradores con los modelos de DeepSeek. El plan quinquenal chino de marzo puso los semiconductores y la estrategia "IA+" en el centro. La organización que se fundó en Shanghái tiene sede permanente ahí y un mandato explícito sobre estándares. Xi prometió 5.000 capacitaciones para países en desarrollo: manuales, currículos, ingenieros que aprenden a pensar en un ecosistema determinado. Y hay una cinta de correr: K3 sucede a dos modelos del mismo año. Lo que descargás envejece; el proveedor no.

Todo eso es construcción de trocha. Quien lo niegue no está mirando.

Pero la trocha ata en el futuro. No saca agua hoy, no cede jurisdicción hoy, no compromete la capacidad fiscal de tres décadas hoy. Y ahí está el punto que la equidistancia borra: entre un mecanismo que ya está extrayendo y otro que podría atarnos, repartir la desconfianza en partes iguales no es prudencia. Es renunciar a analizar.

 

 

Cuatro menús y ninguno escrito para nosotros

Conviene ver el tablero completo, porque las opciones que se ofrecen no son dos.

Está el club de las democracias: la OCDE, los foros del G7, los organismos que vienen produciendo taxonomías de riesgo y estándares de auditoría desde hace años. Trabajo serio, con un problema de origen: producen normas para adentro y las exportan como universales. En julio, los jefes de OpenAI, Anthropic y DeepMind empujaron en el G7 una coalición de estándares liderada por Estados Unidos, en respuesta directa a lo que se había firmado en Shanghái. Es gobernanza y es geopolítica, y conviene no confundirlas.

Está la Unión Europea, que hizo el intento más serio del mundo de someter estos sistemas a derecho. Su límite es conocido: regula una industria que no tiene. En el propio esquema de Pax Silica quedó como invitada y no como firmante plena, mientras Washington negocia bilateralmente con Países Bajos por el cuello de botella de las máquinas de litografía. Un poder regulatorio sin capacidad de cómputo termina normando el comportamiento de sus propios ciudadanos frente a productos ajenos.

Está Estados Unidos, que controla alrededor del 70% del cómputo global de inteligencia artificial —China no llega al 10%— y que ofrece acceso a esa potencia a cambio de la vía: minerales, energía, suelo, jurisdicción, estabilidad fiscal. Es la oferta que exige el trazado y no entrega la locomotora.

Y está China, que entrega la locomotora y apuesta a la trocha.

La quinta opción no figura en el menú porque no la ofrece nadie: construirla. No como autarquía —nadie va a fabricar chips de cinco nanómetros en Quilmes—, sino como capacidad de elegir, adaptar y negociar. Se puede correr Kimi K3 sin firmar nada en Shanghái. Se puede usar un servicio norteamericano sin entregarle la jurisdicción sobre los datos de cuarenta y siete millones de personas. La condición para poder hacerlo es tener con qué, y ahí está el nudo de todo este asunto.

 

 

La aduana cognitiva

Hay una diferencia más, y es la que decide el asunto.

El trazado ferroviario era irreversible: no se desmantelan 1.000 kilómetros de vía sin costo. La dependencia de una API, en cambio, es perfectamente reversible. Pero solo para el que la otorga.

En junio de 2026, el Departamento de Comercio de Estados Unidos suspendió durante dos semanas y media el acceso a dos modelos de frontera de Anthropic por razones de seguridad nacional. Se levantó, sí. Pero quedó el precedente: un gobierno demostró que puede apagar un modelo. Cuando la capacidad de pensar de un país depende de un servidor extranjero, existe algo que no tiene mejor nombre que aduana cognitiva, y la llave no está en Buenos Aires.

Los pesos abiertos dan vuelta esa asimetría. Una vez que descargaste el archivo, nadie puede apagarlo, revocarlo ni condicionarlo a una revisión de seguridad nacional ajena. Con China acumulás un activo irreversible. Con Estados Unidos acumulás una dependencia reversible por diseño, y el diseño es del otro.

 

 

Lo que "abierto" no quiere decir

Conviene frenar acá, porque el entusiasmo tiene patas cortas y es mejor decirlo uno mismo que escucharlo de un adversario.

Primero: pesos abiertos no es código abierto. Moonshot publicó los pesos, el informe técnico y parte de las herramientas de entrenamiento. No publicó el corpus. Qué textos entraron, en qué lenguas, qué se excluyó: eso sigue cerrado. La Open Source Initiative tiene un nombre para presentar como código abierto lo que solo libera pesos, y es openwashing.

Segundo, y más importante: la gratuidad se paga en cómputo. El archivo de Kimi K3 pesa cientos de gigabytes. No corre en una notebook, ni en la workstation de un laboratorio, ni en el servidor de un departamento universitario. Correrlo exige hardware que en la Argentina casi no existe. Y por API tampoco es gratis: es más barato que su equivalente estadounidense, pero cobra.

O sea que el peaje no desaparece: se corre. Del modelo al cómputo, que es exactamente donde China quiere cobrarlo después. La estrategia se entiende sin atribuirle maldad: cuando no podés ganar en el mercado de un bien —los chips de frontera, que Estados Unidos te restringe—, tenés todos los incentivos para volver ese bien gratis y mover la ganancia al complemento que sí controlás.

Y sin embargo, hay un hecho nuevo que no conviene subestimar: si el modelo de frontera se vuelve commodity, la barrera de entrada para cualquier proyecto de soberanía tecnológica baja de golpe. Lo que hasta 2024 costaba 1.000 millones de dólares en entrenamiento, hoy cuesta un orden de magnitud menor en infraestructura de ajuste. Eso no es un regalo chino. Es una externalidad de una guerra entre potencias. Y es una ventana que, como todas las ventanas, no queda abierta para siempre.

 

 

Ningún modelo es neutro, pero solo uno se puede corregir

Hay una objeción previsible y hay que contestarla: los modelos chinos tienen sesgos, filtran temas políticos, esquivan preguntas incómodas. Es verdad y está documentado.

También es verdad, y está igual de documentado, que los modelos estadounidenses reproducen el sentido común de una franja social muy específica del norte de California. Y hay algo que las dos familias comparten: tratan al castellano rioplatense, al guaraní, al quechua y al mapuzugun como variantes marginales de un corpus abrumadoramente anglófono. Ninguno de los dos conoce la jurisprudencia argentina, ni el vocabulario del sistema de salud público, ni cómo se habla acá. No porque alguien lo haya decidido, sino porque nadie los entrenó para eso: no somos mercado.

La conclusión que se suele sacar de esto es que da lo mismo, que todos tienen sesgo, que elegir es imposible. Es la conclusión equivocada, y por una razón práctica.

A un modelo cuyos pesos podés descargar, lo podés reentrenar con textos propios. Podés medirle los sesgos, corregirle el registro, enseñarle un corpus local. A un modelo que vive detrás de una API no le podés hacer nada de eso: podés escribirle mejores prompts, que no es lo mismo. La diferencia no es de grado. Es la diferencia entre poder intervenir un artefacto y solo poder usarlo. Y para un país que quiere que estas herramientas sepan algo sobre él, esa diferencia lo es todo.

 

 

Brasil escribió otra cosa

Acá está, para mí, el corazón del asunto. Y no es un argumento contra los centros de datos.

Un país con excedente energético, fibra óptica y gente formada tiene razones legítimas para querer alojar infraestructura de cómputo. La pregunta no es si sí o si no. La pregunta es qué se cobra por ello.

Brasil está discutiendo su propio régimen, el REDATA. Su texto exige reservar el 10% de la capacidad instalada al mercado interno, o cederla sin costo a instituciones de ciencia y tecnología. Exige energía 100% limpia. Exige un índice de eficiencia hídrica de 0,05 litros por kilovatio-hora, medido todos los años. Exige invertir el 2% en investigación y desarrollo local. Chile no tiene ley, pero tiene un plan cuya meta explícita es firmar al menos un acuerdo que reserve cómputo para instituciones chilenas.

El texto argentino no tiene nada de eso. Sobre el agua no fija condiciones de uso, aunque sí garantiza que la instalación funcione sin interrupciones. Cuando en Diputados se propuso incluir en el texto de la ley un plan de abastecimiento energético que obligara a detallar la demanda y garantizar que no afectara el suministro local, se lo rechazó sin más argumento que la negativa a aceptar modificaciones.

Vale la pena detenerse en la cláusula brasileña del 10%, porque es la más inteligente de todas y la que más se extraña acá. Dice, en esencia, que si venís a instalar cómputo en nuestro territorio, una décima parte de esa capacidad se queda para nosotros, o se la cedés gratis a nuestras universidades y centros de investigación. No es una expropiación ni un impuesto: es la traducción normativa de una idea simple, que quien usa los recursos comunes de un país deja algo que ese país pueda usar. Es, además, exactamente el mecanismo que financiaría el cómputo público que en la Argentina no existe.

Ninguno de los tres países firmó todavía un contrato. La diferencia no está en la velocidad. Está en qué dejó escrito cada uno mientras espera.

Argentina está entregando las tres cosas que un régimen bien diseñado cobra —renta fiscal, jurisdicción sobre los datos, acceso al cómputo— sin obtener ninguna de las tres que hacen desarrollo: capacidad reservada, exigencias ambientales verificables, investigación obligatoria.

Se responderá, y hay que tomarlo en serio, que sin estos incentivos la inversión no llega, que competimos por capital escaso contra jurisdicciones más estables, y que la alternativa realista al mal acuerdo no es el buen acuerdo, sino ninguno. El caso brasileño debilita esa defensa: Brasil pide más y no espantó a nadie. Se dirá que Brasil tiene un mercado interno que le da poder de negociación que nosotros no tenemos. Es cierto. Pero una cosa es tener menos poder y otra distinta es decidir no usar el que se tiene.

 

 

Los talleres

Hay una observación que corta contra los dos modelos, y por eso mismo es la más incómoda.

El ferrocarril británico dejó talleres. Tafí Viejo, Remedios de Escalada, Liniers, Junín. Escuelas de oficio, capacidad de mantenimiento, una masa de trabajadores calificados que años después permitió nacionalizar algo que funcionaba.

Un centro de datos de hiperescala no deja nada de eso. Unos cientos de puestos durante la construcción, unas decenas en operación y una demanda eléctrica permanente. Tomada en serio, la comparación es peor para el presente de lo que suele suponer quien la invoca: estamos discutiendo un arreglo que, en capacidad técnica sedimentada, le queda por debajo al colonialismo ferroviario del siglo XIX.

 

 

Qué habría que hacer, y por qué es más difícil de lo que parece

Frente al trazado, las herramientas son normativas y la ventana es corta: reserva de capacidad de cómputo, exigencias hídricas medidas y auditadas, energía adicional y no restada al suministro local, inversión obligatoria en investigación, participación de las comunidades afectadas. Nada exótico: está todo en el texto que discute Brasil.

Frente a la trocha, las herramientas son de capacidades: cómputo público a escala universitaria, bancos de textos en las lenguas del territorio, construidos con consentimiento y no por raspado, y una política de compras del Estado que no admita exclusividad con ningún proveedor. Los pesos abiertos vuelven todo esto realizable por primera vez. Los cientos de gigabytes de un modelo de frontera no son un obstáculo insalvable: son una especificación de compra.

Hay precedentes. La Universidad Nacional de Hurlingham incorporó en diciembre de 2025 la primera computadora cuántica del sistema universitario argentino y firmó un convenio federal para compartirla. Aunque el mismo caso muestra la dimensión del problema: junto con el equipo propio, la universidad tuvo que contratar un servicio en la nube de Amazon para acceder a máquinas de mayor escala. Incluso el gesto soberano se apoya en infraestructura ajena cuando no hay escala local.

Lo de los bancos de textos merece una línea aparte, porque suena abstracto y no lo es. Un modelo entrenado casi enteramente en inglés no sabe cómo se redacta una sentencia en la Argentina, ni cómo se llaman las cosas en un hospital público del Conurbano, ni qué significa media docena de expresiones que cualquiera usa acá todos los días. Armar esas colecciones —con consentimiento, con licencias claras, con participación de las comunidades que aportan el material, y no por raspado indiscriminado— es una tarea de escala universitaria, financiable y verificable. Y es la única manera de que la existencia de pesos abiertos deje de ser una curiosidad técnica y pase a ser algo.

Habría que agregar la escala regional. La CELAC es la interlocutora que ofrece China; el Mercosur es donde Brasil ya está legislando. Una posición latinoamericana común sobre condiciones mínimas para infraestructura de inteligencia artificial tendría un poder de negociación que ninguno de nuestros países tiene por separado. Que hoy suene políticamente improbable no la vuelve menos correcta.

Y hay que decir algo que suele omitirse: lo que ya se firmó está diseñado para impedir exactamente esto. El compromiso de no discriminar servicios digitales estadounidenses limita cualquier política de compras que privilegie alternativas. Pax Silica organiza cadenas alrededor de excluir a un competidor. Y los treinta años de estabilidad normativa significan que lo que hoy no se escribe ya no va a poder escribirse. No estamos frente a un tablero abierto: hay jugadas clausuradas por contrato.

 

 

Las transversales

La pregunta que importa no es si conviene usar Kimi, GPT o Claude, sino qué se está trazando mientras discutimos cuál usar.

Y todo lo enumerado más arriba —cómputo público, textos propios, capacidad de auditar— necesita una condición previa que no es técnica ni diplomática: un sistema científico y universitario financiado. Un país que licúa los salarios de sus investigadores, desfinancia sus universidades y desconoce una ley de financiamiento sancionada por el Congreso no está tomando una decisión presupuestaria separada de su política de inteligencia artificial. Está tomando su política de inteligencia artificial. Está eligiendo no tener capacidad de absorción y, por lo tanto, está eligiendo que cualquier oferta de afuera sea destino y no opción.

La estrategia china no es generosa: construye trocha, forma cuadros en su ecosistema, quiere fijar estándares desde Shanghái y desplaza su peaje al cómputo. Pero la locomotora, al menos, queda en el taller. Un país que tiene la locomotora y no las vías está en una posición estructuralmente distinta —peor en lo inmediato, mejor en el largo plazo— que un país que construye las vías de otro y ni siquiera se queda con los talleres.

En julio de 2026 se abrió, por primera vez, una posibilidad material de apropiación. Los pesos están ahí, descargables, en un repositorio público, y nadie puede apagarlos. Que esa posibilidad se convierta en algo depende de una sola cosa, y no está en Pekín, ni en Washington, ni en Bruselas: depende de si existe acá una comunidad técnica y científica capaz de tomarlos, adaptarlos y usarlos para preguntas que nadie más se va a hacer.

Esa comunidad existe. Se llama Universidad, es pública y, no por casualidad, la están desfinanciando y desguazando mientras se firma todo lo demás.

 

 

 

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