La lucha vuelve a empezar

Nietes: elaborando una herida nacional

 

Hay un quiebre entre las personas para las cuales la figura del desaparecido fue una calamitosa novedad y aquellas que nacieron cuando esto ya era parte de la realidad argentina. Si pensamos en las víctimas del genocidio perpetrado en nuestro país entre 1976 y 1983, podemos identificar cuatro generaciones directamente afectadas:

 

 

Las Madres, algunas de las cuales también eran Abuelas

Un día, sus hijos no estaban. Esto es quizá uno de los sucesos más disruptivos que pueden ocurrir en la vida de una persona. Estas mujeres, con un dolor inconmensurable y sin más información que la que emanaba de ellas mismas, salieron a dar las rondas más revolucionarias de la historia, rondas que están en estos días cumpliendo 45 años y que demuestran que la organización y la libertad, sobre todo la libertad para pensar con autonomía en tiempos violentos, pueden cambiar el curso de las cosas.

 

 

Los 30.000

La generación que fue desaparecida, torturada, asesinada y menoscabada hasta lo más profundo. La integran quienes murieron y también quienes sobrevivieron. Y sus pares, amigos, parejas, hermanas. Vivieron el miedo aleccionador, el coraje de esconder a alguien, los riesgos de tener una agenda en la mochila, la necesidad de escribir, los poemas en Capuchita. El horror en todas y cada una de sus expresiones. El amor también en todas sus variantes.

 

 

Hijas e hijos y, por ende, nietas y nietos

En muchos casos, ellas y ellos nacieron en un país donde no existía la figura del desaparecido. Se encontraban creciendo junto a sus madres, junto a sus padres, y en un momento esa infancia fue asaltada. En el mejor de los casos, se quedaron con alguien de la familia. También están quienes nacieron luego del secuestro: su nacimiento y la desaparición sucedieron prácticamente a la vez, no se los puede escindir. Crecieron con una identidad adulterada. 130 de estos bebés ya pudieron encontrarse con la verdad. Alrededor de 300 aún no lo hicieron. Los y las estamos buscando, siempre.

 

 

Les nietes

Esta es la primera generación que nace en un país donde la figura del desaparecido está instalada, es parte de la historia, del vocabulario y de la realidad. Se hacen llamar Nietes, con toda la impronta que trae su generación, con sus nuevos desafíos aunados con los reclamos históricos. Nietes. Para elles, sus abuelos y abuelas son les 30.000. Y las Madres de la Plaza, son sus bisabuelas, las que cumplen 45 años de rondas. Las que encendieron una luz y marcaron las guías que hoy elles recogen para, con ese legado, hacer su propio camino.

Son a nivel nacional alrededor de 130 chiques con diversas trayectorias. Algunes vienen de militancias estudiantiles, otres habían recorrido junto a sus mapadres las luchas de los HIJOS, y están también quienes en esta organización encuentran su primera experiencia de participación política. Es igualmente amplio el abanico respecto a cómo cada une ha vivido hasta ahora la cuestión de tener une abuele desaparecide: algunes vienen de entornos familiares donde esto siempre se habló y otres recién hoy y en este espacio de cuidado pueden romper ciertos silencios y habilitarse preguntas. Por eso, Nietes se plantea como un espacio transformador en un doble sentido: buscan transformar la sociedad en la que vivimos y buscan también transformar sus propias vidas, sus vivencias más íntimas, el interior de cada une. Al escribir la palabra “íntimas” me viene como un eco la frase de une de les chiques de Nietes que decía: “Se trata para nosotres de hacer, de una historia personal e íntima, una causa colectiva”. En eso están, nada menos. Cuando hablan sobre su organización, priorizan todo el tiempo la cuestión afectiva, el espacio para los sentimientos, las emociones, el relato y la catarsis. Explican, entre otras cosas, que tal vez alguien podría pensar que tener une abuele desaparecide podría no ser tan determinante para elles, ya que saltea una generación. Sin embargo, no es así.

Quien escribe, y tal vez quienes leen, sabemos que los traumas de nuestros padres vienen a nuestras vidas como por transfusión sanguínea. Sus dolores, las violencias que sufrieron, sus frustraciones, están presentes en nuestra crianza, en nuestros temores, en nosotros. Imaginemos ahora ser criados por una persona cuya madre o padre está desaparecida o desaparecido. ¿Cómo encara la maternidad una mujer cuya madre fue secuestrada embarazada? ¿Cómo paterna un varón al que le arrancaron a su madre o a su padre cuando era un niño? No hay que doctorarse en Psicología para advertir la presencia inevitable del dolor y las complejidades.

Les chiques de Nietes están elaborando una herida nacional. Ni qué hablar de la ausencia de sus abueles. La figura del abuelo o la abuela es en la vida de muchos un rol fundamental, de apoyo, de apego, de complicidad y juego. Por supuesto, hay muchísimos casos en los que esto no es así, e incluso es lo opuesto. ¿Pero qué pasa cuando esa ausencia está mediada por una desaparición ejecutada por el Estado?

Las palabras de les nietes se me cuelan entre los dedos: “Es muy loco, pero tenemos que elaborar una pérdida que no vivimos, tenemos que hacer el duelo por una persona que cuando nacimos ya no estaba”. Y puntualizan: “Es incluso, por momentos, una cuestión física. Tenemos sensaciones al respecto que ni siquiera podemos explicar”.

 

 

¿Qué pasa cuando les abueles conforman la identidad de sus nietes a través del no-estar?

 

 

 

Internet, feminismos, medio ambiente

Nietes surge en 2019 en la ciudad de La Plata. Comenzó de manera regional, pero con el auge del Zoom que habilitó la pandemia, pronto tomó escala nacional. Hoy se encuentran en Córdoba, Río Cuarto, Rosario, CABA, Pergamino, Tucumán, Olavarría y zona sur de la provincia de Buenos Aires. Internet fue clave en la expansión. Elles recuerdan con emoción la primera reunión online en la que fueron alrededor de 120; la fuerza de ese encuentro, el saberse pares, la posibilidad de escucharse para empezar a militar desde su identidad y desde sus nuevas preocupaciones. Por supuesto luchan para que los juicios continúen y en contra de las prisiones domiciliarias de los genocidas. A su vez, ponen el foco en la responsabilidad civil, eclesiástica y empresarial, y en los Estados extranjeros que fueron parte del sistema represivo. Pero también se sienten atravesades por los feminismos, los reclamos de los pueblos originarios, la disputa en torno al medio ambiente y el cuidado de la tierra. Cuando enumeran, es evidente que todo eso es un montón, y con una sonrisa agregan: “Es tanto, que es preferible empezar a militarlo. Si no hiciéramos nada, sería incluso muchísimo más pesado”.

 

 

Las historias

Cuando remiten sus respectivas historias, aparecen certezas. Como un abuelo Roberto, que vivía en Tigre y era obrero metalúrgico, delegado de base, estudioso de las leyes laborales; y también aparecen lagunas, como otro abuelo, santafesino, del que no se sabe bien si era del ERP o Montoneros. Surgen fechas, 13 de septiembre de 1977, 20 de octubre de 1976, días en los que para muchos no pasó nada, pero que para esas familias fue cuando empezó todo, cuando se congeló el tiempo, cuando cambió el mundo. Los relatos nombran organizaciones –el PRT, la Juventud Trabajadora Peronista–; aparecen conceptos complejos: la culpa, el perdón. Y por supuesto nombran lugares, como La Perla, Sierra Chica, el Pozo de Quilmes. No es una historia sencilla. “Tenemos que reivindicar el carácter revolucionario de les 30.000”, dicen. “Fueron militantes, eligieron la lucha política, la armada, la sindical, fue lo que elles decidieron en un contexto de violencia estatal y generalizada”, agregan. “Mi mamá tardó muchos años en perdonar a su papá, que tenía una imprenta clandestina y sólo pensó en sus ideas, no pensó en lo que le podía pasar a su familia”, se oye también. Tantas variables, tantos caminos, y un Zoom, una pandemia, unes chiques.

Coinciden en que el 2×1 fue un punto de inflexión para organizarse. Afirman que estamos en un momento de retroceso, donde ciertos consensos que parecían logrados, empiezan a tambalear. Hablan del negacionismo y de la lucha de las Madres y las Abuelas. Tienen alrededor de 20 años, nacieron “en una democracia compleja, pero democracia al fin”. Eran bebés cuando Néstor asumió la Presidencia y pidió perdón en nombre del Estado por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia. Una de sus primeras consignas militantes fue: “¿Alguna vez pensaste que podías ser niete de desaparecides?” Pone la piel de gallina ver cómo la consigna pasa de generación en generación. Si tenés dudas sobre tu identidad, comunicate con Abuelas, o con les Nietes. No importa. Son ríos que van al mismo mar. Porque las identidades robadas se heredan. Y un adulto que no sabe quién es, cría hijos que tampoco lo sabrán. Tal vez les nietes que nunca se hicieron el ADN lleguen a la verdad cuando sus hijes den la muestra. Porque a las cadenas moleculares corresponden cadenas sociales, no cadenas de las que apresan, sino de las que unen y que, por lo tanto, liberan.

Les nietes hablan de las generaciones venideras. Describen con emoción actividades que han realizado con niños y niñas de escuelas primarias. Hablan de lo que viene, de lo que falta. De lo logrado. A 45 años de las rondas que lo cambiaron todo, vienen a demostrar que la lucha vuelve a empezar todos los días.

 

 

 

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