La mafia: el método

Del ataque al corazón de la subjetividad política popular al intento de destruir su memoria

 

Las mafias tienen distintivos que las caracterizan. Si no se verifican, no estamos en presencia de organizaciones mafiosas (tradicionales, nuevas o extranjeras) sino de otro tipo de criminalidad, que puede ser compleja y organizada pero no de tipo mafioso. Esto no quiere decir que entre las distintas mafias, entre las históricas y las nuevas, no existan diferencias.

Un rasgo permanente de las mafias es su vocación económica. El terreno de la economía garantiza su acumulación originaria. Otro es su vocación política. Las mafias se originan y se alimentan en el terreno de la economía para luego dar un salto y condicionar la política. Esta operatoria viene desplegándose desde hace casi 200 años en las mafias de matriz italiana, luego nacionalizadas en otras latitudes. Entonces, originan e incrementan su poder en el terreno de las relaciones económicas, pero no son organizaciones que tienen como único objetivo la acumulación de riquezas. Primordialmente, se trata de organizaciones con capacidad de mediar las relaciones económicas en el mercado y de ubicarse entre los sujetos que operan en él. Median entre los productores y el mercado, y tienden a gobernarlo con sus propias reglas –alternativas a la libre competencia–: la primera de ellas es la violencia. Su manera clásica de gobierno es la violencia y este rasgo es común a todas las mafias. Históricamente, antes de la unificación de Italia (1861), en Calabria y Sicilia las mafias operaban como reguladores de los mercados, al servicio de los poderosos y depredando recursos. Entre fines del siglo XIX y principio del XX, los mafiosos operaban en la “gestión” del segmento más floreciente del mercado agrícola: los cítricos. Recordemos la importancia de los limones en la discursividad del ex Presidente Macri. Las gestiones para la venta de limones a los Estados Unidos vestían el ropaje de una épica nacional. Entre los productores y los consumidores de cítricos –ingleses y norteamericanos–, en la grieta de la oferta y la demanda, se ubicaron i gabellotti. Compraban los cítricos a precios accesibles y los vendían con valores exorbitantes. Los precios se definían en función de las artes persuasivas de la violencia, la amenaza, la extorsión o la intimidación a los propietarios. De otro modo: subordinaban el desarrollo del mercado a la afirmación de intereses particulares. Moraleja: los mafiosos se enriquecen en detrimento del desarrollo de muchxs, ocupando posiciones intermedias en distintos segmentos de la economía.

Otro sector de acumulación desorbitada –para la ‘Ndrangheta especialmente– fue el de los secuestros de personas. Estamos hablando de una organización prácticamente desconocida por el Estado italiano hasta luego de la Segunda Guerra Mundial. En el contexto de esos años desplegó una verdadera “industria” del secuestro extorsivo. Estas acciones se llevaban a cabo sobre todo en las regiones prósperas del norte de Italia pero lxs secuestradxs eran escondidxs en parajes inhóspitos de las montañas del Aspromonte (Calabria). En la Argentina, esta práctica puede verificarse en un producto cultural como La Maffia, dirigida por Torre Nilsson, película ambientada en la zona de Rosario en los años ‘30 del siglo pasado, que retrata un clan orientado por el mafioso Juan Galiffi: Chicho grande o el Al Capone de Rosario. Cuando el Estado italiano empezó a perseguir seriamente esta actividad, los mafiosos calabreses empezaron a invertir en la construcción.

Con la modificación de los mercados, en Italia como en otros países –donde los clanes llegaron a través de las distintas oleadas inmigratorias de las regiones del sur de Italia– los actores mafiosos empezaron a operar en el sector de las construcciones, sobre todo de obras públicas. El método para operar en este sector consistía en exigir a los empresarios el pago de impuestos –sobre todo en la fase ejecutiva de los trabajos– o imponerles subcontrataciones, suministro de materiales o mano de obra vinculados a los clanes. Estas lógicas se impusieron en la construcción de la Autostrada del Sole Salerno-Reggio Calabria, cuyos trabajos empezaron en la década de 1960 y aún no terminaron. El actor mafioso aprendió a condicionar (sojuzgar) al empresario a partir de la serie amenaza-extorsión-apropiación. Esta lógica está presente en prácticas verificables en la Argentina reciente con la disputa y persecución activada por el gobierno de la Alianza Cambiemos a los dueños del grupo Indalo. La jueza María Servini está investigando los engranajes de ese mecanismo, que recuerda los métodos de la dictadura desaparecedora: “acusar falsamente a empresarios, meterlos presos y quedarse con sus empresas”. Esta operatoria –retratada en Garage Olimpo, dirigida por Marco Bechis– en diálogo con los apellidos (de ascendencia italiana) de los jerarcas de esa experiencia de terror, de modo conjetural al menos remite a prácticas anteriores a aquellas de la dictadura y que presentan características mafiosas. Oportunamente tendremos que hacer una lectura en clave mafiosa de los acontecimientos entre 1976 y 1983, revestidos por el terror. La nota de Raúl Kollmann sigue los detalles de las prácticas predatorias de tipo mafioso desplegadas hace apenas un puñado de años: “La AFIP de Mauricio Macri persiguió a los dueños del Grupo Indalo, mientras la justicia alineada con el ex Presidente envió a prisión a Cristóbal López y Fabián de Sousa y se usó a YPF como puente para quedarse con los bienes de los encarcelados. La ofensiva fue en todos los frentes: se presionaba a los empresarios para que vendan sus medios de comunicación y ponerlos al servicio de la campaña para encarcelar a Cristina Kirchner. Pero también, con intervención judicial, remataron sus empresas más valiosas, como Oil Combustibles, para favorecer a los amigos del macrismo. Como era demasiado evidente entregar la petrolera a empresarios vinculados con Macri, urdieron otra trama para disimular: quien se quedó con Oil fue mayoritariamente YPF –también manejada por el gobierno de Macri–, pero en sociedad con privados, amigos de los hombres de Cambiemos, a los que se les adjudicaron contratos más que ventajosos. A los dos meses de esa operación, los bienes se los quedaron directamente los privados. Ahora se sospecha, además, que en toda la jugada tuvo un papel protagónico el abogado Marcelo Rufino, un hombre del ahora prófugo, Pepín Rodríguez Simón”. En este punto es preciso destacar un particular grado de perversión: copar medios de comunicación relacionados discursivamente con el sentido común kirchnerista –recordemos el programa 678– para atacar desde ese corazón la construcción de ese mismo sentido común. En general, al menos en Italia, el modo de relación clásico entre organizaciones mafiosas y empresariado consiste en aplicar un pago periódico y fijo, el pizzo (un impuesto de protección) o la tangente (suma de dinero a cambio de favores ilícitos). Estos pagos habilitan a trabajar “bajo el paraguas protector de la organización mafiosa, […] obtener ventajas que de otro modo serían difíciles de conseguir en el mercado, evitando las reglas de la libre competencia, aprovechando también formas preferenciales de contrataciones […] y evitando conflictos con los sindicatos” (Pignatone/Prestipino, Modelli criminali, Laterza, 2019, página 147). Además de estas formas de relación, existen “empresas mafiosas o empresas de las que la mafia se apropia” (p. 148).

Con el tiempo las mafias italianas tradicionales empezaron a diversificar las áreas de inversión. De las actividades como construcciones, equipos de construcciones, subcontrataciones en las obras públicas o tratamiento de residuos se expandieron al sector del reparto de mercaderías, de los call center y de las comunicaciones. Un caso emblemático de este último sector es el del clan Bellocco de Rosarno. Recientemente, al menos en Italia, la ‘Ndrangheta intermedia también en un sector crítico que se ocupa de la gestión de grandes flujos humanos que desde el norte de África llegan al sur de Europa en condiciones inhumanas. El clan Mancuso, de la zona calabresa de Vibo Valentia, tiene intereses puestos en el negocio de la “recepción de ciudadanxs extracomunitarios”. A través de la “Cooperativa 29 giugno” gestiona un centro de acogida en el pueblo de Cropani Marina. Se trata de una suerte de campo de refugiadxs que “le asegura al clan una entrada de 1.300.000 euros”. Una escucha de la policía italiana a un ‘ndranghetista relevó: “Yo con estos hago más plata que con el tráfico de droga” (Pignatone/Prestipino, p. 138). En el ámbito de la ilegalidad, tanto la mafia siciliana como la calabresa acumularon riquezas notables con el narcotráfico, una producción ilícita que significó un salto de calidad de estas organizaciones en el mercado criminal global. La mafia calabresa descubre el gran negocio de la cocaína en la década de 1970 y se organiza en dos cárteles de distribución. Hoy la ‘Ndrangheta es el cartel europeo más potente que se ocupa del tráfico internacional de droga: “Entiéndase bien, los ‘ndranghetistas, aquellos de las familias más notables, no trafican directamente sino que median: tienen contacto con los grandes productores y con todos aquellos que tienen un rol en la cadena de la importación; son en definitiva una gran agencia de servicios criminales” (Pignatone/Prestipino, p. 137).

Otro distintivo de las mafias respecto de otras organizaciones criminales es su vocación política: colonizar el poder del Estado, introducir en los resquicios de la legalidad su sistema de ilegalidades para aumentar poder y negocios, activar servicios de “lavandería” y legalizar (una parte de) la organización criminal. Esa colonización puede implicar ocupar segmentos del Estado o tratar de conducirlo. La resolución de este dilema depende de la sofisticación o del grado de desarrollo del poder mafioso. En 2010, en la campaña electoral para las elecciones regionales, el capobastone Giuseppe Pelle le explica al clan su enfoque político: “nosotros cometimos errores porque hablamos con los políticos, los apoyamos, los ayudamos con nuestros votos, pero al final estamos en una situación de subordinación porque ellos son los elegidos y nosotros no. La política y los partidos tienen sus propias dinámicas, por eso no está dicho que la ‘Ndrangheta logre conseguir siempre lo que espera. Por este motivo […] la ‘Ndrangheta debe presentar a sus hombres” (Pignatone/Prestipino, p. 158). El enfoque le concierne también al poder nacional: “la próxima vez esos seis que debían ir… que salen de las regionales, si se comportaban bien iban a Roma… iban a Roma […] para cuidarnos las espaldas” (Pignatone/Prestipino, p. 159). Esta especificidad no es reciente, hunde sus raíces en los subsuelos del poder mafioso. Luigi Sturzo –un cura siciliano, fundador del Partito Popolare italiano, sostenedor del primer gobierno de Mussolini, próximo a la Democrazia Cristiana–, el 21 de enero de 1900 en el diario que dirigía –La cruz de Constantino– escribía un pasaje interesantísimo: “La mafia aprieta con sus tentáculos a la justicia, la policía, la administración [pública], la política. La mafia sirve hoy para ser ella servida mañana, protege para ser protegida mañana, […] penetra en los Gabinetes ministeriales, en los corredores de Montecitorio [sede de la Cámara de Diputados italiana]” (Renda, Liberare l’Italia dalle mafie, Ediesse, 2008, p. 70). Los nudos entre mafia y política se estrechan para beneficios mutuo, conveniencias recíprocas, y responden a cálculos precisos que inciden en negocios, votos, poder y protección. Las mafias funcionan sobre la base de una red de relaciones que se despliega en función de un método.

El modelo de expansión de la ‘Ndrangheta es el de la colonización. En la Argentina, las emigraciones de sujetos pertenecientes a las organizaciones mafiosas tradicionales han implicado la evolución de la presencia mafiosa en el territorio nacional. A través de un proceso de agregación criminal se estructuraron asociaciones capaces de ejercer un poder mafioso igual o mayor –puesto que no contamos con una estructura jurídica y cultural antimafia– respecto de aquellas organizaciones operativas en sus lugares de origen. Si atendemos a La Maffia, de Torre Nilson, el fenómeno mafioso en la Argentina tiene al menos un siglo de vida que es preciso historizar.

Otro elemento característico de la asociación de tipo mafioso es el método mafioso. Consiste en la fuerza de la intimidación del vínculo asociativo. De ella derivan el sojuzgamiento y la omertà (la ley de silencio). Los actos de violencia continuos y cotidianos son sintomáticos del uso de este método. Otras dimensiones que definen este método son los actos colusivos y corruptivos. Con colusión nos referimos al entendimiento secreto entre dos o más personas para conseguir una finalidad ilícita o acordar una línea de acción común en contra de terceros. El método mafioso se aprende en un ambiente geográfico –cuando las mafias son tradicionales– o en un ambiente social –cuando son trasplantadas–. En función de su fuerza intimidatoria la organización despliega formas de control social sobre un territorio. La intimidación se aplica tanto a los negocios como a las relaciones con terceros. Se constituye sobre la base de relaciones parentales entre los socios (con excepciones)[1]. Ese método implica siempre la solidaridad entre los asociados en el caso de agresiones externas o para modificar el curso de procesos judiciales. El método además necesita sujetos para comunicar mensajes, capaces de prácticas extorsivas para condicionar el curso de las acciones y decisiones de otrxs. Implica también la presencia de testaferros (representantes del ala más criminal de la organización), a nombre de quienes se inscriben sociedades reconducibles a la famiglia para operar en la economía legal. El método conlleva también la capacidad de infiltración en los aparatos de las instituciones y de la economía con el objetivo de perjudicar a empresarios, comerciantes, profesionales independientes o articular pactos con “personajes insospechables” para aumentar el espesor criminal de la organización, cubriendo sus operaciones con una pátina de legalidad difícil de desarticular.

El método mafioso en la Argentina ha implicado un ataque al corazón de una subjetividad política popular: el kirchnerismo. Ha tratado de borrarla del mapa democrático. Y hoy busca destruir su memoria. Una de las respuestas más audaces de ese espacio político fue hablar de la intimidación públicamente, en actos, en los tribunales, a través de las formas de la política. La mafia le teme a las palabras porque su ley es el silencio. Por eso, quien habla pone en crisis ese poder asociativo. De esto desciende que las mafias generan conflictos de carácter violento y delictivo que lesionan los derechos y las libertades de las personas. Pero diría más: afectan a la democracia, al propio Estado de derecho y a los fundamentos de la legalidad. Si el poder democrático es plural, diseminado, reconocible en su diversidad, tratar de borrar/desaparecer a algunas de las subjetividades que lo integran significa afectar los fundamentos de la convivencia civil y a la propia democracia.

 

 

 

 

[1] Sin famiglia no hay mafia, aunque no sea su único signo. En la Legislatura porteña se empezó a debatir un convenio entre el Gobierno de la Ciudad e Inversiones y Representaciones Sociedad Anónima (IRSA) para edificar unos edificios en el predio de la ex ciudad deportiva de Boca, en Costanera Sur. Augusto Rodríguez Larreta, hermano de Horacio, revistó como gerente de relaciones institucionales de IRSA.

 

 

 

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