La maldición del Albergue Warnes

Documentales que retratan la pobreza en el Hospital de Niños que Evita soñó y la “Libertadora” abandonó

 

En 1951 surgió un proyecto de ampliación de derechos y de bienestar que, sin embargo, no tuvo final feliz. Pensado durante el primer gobierno de Perón, contó con su voluntad política, con la decisión de la autoridad sanitaria del momento a cargo del doctor Ramón Carrillo y con el infatigable pensamiento de Evita puesto en “los únicos privilegiados”. En esa fecha se inició la construcción de lo que sería el Hospital de Pediatría mejor equipado de Latinoamérica. Cuando en 1955 los militares derrocaron a Perón faltaba un año para concluir esa obra colosal. Venganza habitual en los “libertadores” contra todo emprendimiento del justicialismo, el lugar se abandonó completamente y en poco tiempo se constituyó en uno de los capítulos más intolerables de la desidia nacional: copado por personas sin techo, se transformó en el impropiamente denominado Albergue Warnes. En estos días se difundieron dos documentales que, realizados en dos etapas distintas, registran la historia de esta imperdonable injuria.

Warnes aparte (1990), de Darío Arcella y Luis Campos relata la vida cotidiana dentro de ese “elefante negro” de diez pisos que en el inicio del menemismo alojaba a 646 familias, integradas por 2.436 adultos y 618 niños. “¿El Warnes? –se sincera uno de los entrevistados–. Para cualquiera de nosotros significaba estar un poquito más arriba del suelo”. El otro film, Los relocalizados (2016), también dirigido por Darío Arcella, contiene un momento estelar: el registro del espectacular momento del 16 de marzo de 1991 cuando, 500 kilos de explosivos mediante, los 94.000 metros cuadrados construidos se hicieron literalmente polvo. En diciembre de 1990 unas 650 familias habían sido trasladadas a un barrio nuevo, en Villa Soldati, en casas a cargo de la Comisión Municipal de la Vivienda.

Se alejaban, con algo de esperanza y incluso felicidad, de ese sitio en donde vivieron durante años en el colmo de la precarización, sin luz ni gas ni cloacas. El agua corriente debían procurarla de canillas exteriores, subiendo y bajando por escaleras oscuras pegadas a los huecos de los ascensores que, sin resguardos adecuados, eran pozos ciegos de enorme peligro. En poco tiempo se institucionalizó la figura del “aguatero”, que por unos pesos se ocupaba de acarrear baldes a cambio de una suma variable, en esa época de australes, según si lo llevaran al primero o al último piso.

 

La demolición en 1990.

 

Gracias al directir Arcella y a la productora Marina Rubino, los lectores del Cohete podrán acceder a ambos filmes durante una semana:

Warnes Aparte

https://vimeo.com/82255244  pass SanSebastian

Los Relocalizados

 

 

A Guatepeor

La mudanza del barrio de La Paternal al sur de la ciudad no fue una solución sino la dramática reiteración de la falta de oportunidades y el desprecio con que los poderes condenan a las clases bajas o bajísimas.

De nada valió que los vecinos se organizaran y pelearan por sus derechos. Lo que explican es desolador. En algún tiempo, la población original se triplicó y lo precario en origen de la construcción se agravó con el uso. “El asfalto, que era apenas una capita, se gastó y ahora es sólo barro”; “las cloacas, de nacimiento imperfecto, están reventadas”; “comprobamos que los suelos del lugar están contaminados con mercurio, plomo y zinc”; “nunca pudimos escriturar”, son algunas de las voces que denuncian malestares de resolución compleja, o imposible. Y agregan: “En Warnes nos pasamos muchos años entre el barro y la mierda y ahora seguimos igual. Nunca hubo política de vivienda para nosotros. Los hijos nuestros tampoco tuvieron posibilidad de tener su propia casa y tuvieron que quedarse a vivir con nosotros”. La estrechez de los terrenos determinó que, como en otros barrios precarios, las edificaciones crecieran hacia arriba.

Igual que en otras zonas igualmente castigadas por la indolencia e insensibilidad de gobiernos nacionales y de la ciudad, en el Ramón Carrillo –vaya honor al legendario sanitarista– también hay inseguridad, violencia, circulación de drogas, clima de zona liberada y, como si fuera poco, la respiración cercana y hostil de la Gendarmería. El barrio ya tiene jóvenes caídos que, como en un símbolo, gritan desde las paredes con sus nombres (Jony, Brian) o con sus imágenes. “Acá, las ambulancias entran únicamente con un patrullero. Si te pasa algo el que te va a acercar al hospital es un vecino”, cuenta un hombre. Es muy joven la chica que añade: “Hay cantidad de casos de mujeres golpeadas. Y los policías es como si no estuvieran: hasta que no te ven muerta no te dan bola”. Las limitaciones de los habitantes del barrio Carrillo son similares a las frustraciones de los recientes relocalizados de la Villa 31. Para unos y otros, parece que el tiempo no hubiera pasado. El desdén con que fueron y son tratados es similar.

 

 

Sueños son

El terreno sobre el que se soñó el futuro hospital de niños perteneció desde los tiempos de Bernardino Rivadavia a una familia de origen vasco francés de apellido Etchevarne. La opulenta residencia fue también una fábrica de prototipos de aviones que luego eran probados en El Palomar. Por diversas circunstancias las generaciones posteriores olvidaron prosapia, se alejaron de la casona e hicieron crecer, hasta lo imposible, deudas fiscales. En 1950 el gobierno peronista decidió expropiar ese lugar de 19 hectáreas de extensión para dedicarlo al loable objetivo de levantar allí el más grande y mejor equipado centro asistencial para la niñez argentina. A imagen y semejanza de lo que Evita exigía: para que los hijos de familias de menores o inexistentes recursos contaran con las mismas oportunidades que los de situaciones económicas más dotadas.

Los dos documentales son un inapelable retrato de esa clase de pobreza argentina que ya es endémica o que, al menos, se repite y se repite y casi siempre afecta a la misma franja social. A quienes corrieron a refugiarse bajo los techos de lo que hubiera sido un hospital pediátrico modelo y a los relocalizados de Soldati les faltó de todo: desde piezas dentales a trabajo. Así como les sobraron mala fama e irregularidades. Quienes creen que el cartoneo empezó con la crisis del 2001 están en un error. En el predio porteño de Warnes al 2.800, cercado por las avenidas Chorroarín y Constituyentes y las vías del Ferrocarril Urquiza, tampoco había ocupaciones rentables y el rebusque más frecuente para hombres y mujeres era salir con un carro, traccionado a pulmón, a revolver la basura. En Warnes aparte impacta el testimonio de un vecino. Con tranquilidad y buen decir explica: “Hay gente que me pregunta por qué siendo alguien culto estoy viviendo acá. Entonces les cuento que en mi casa había un libro de historia. Una noche teníamos hambre y le dije a mi mujer: ‘Herví el libro, hagamos una sopa’. Esa noche no pudimos comer: con la cultura no se come. Sólo el trabajo te da de comer”.

Así dice la inscripción de un carro de lo que al inicio de la década del ’90 se identificaba como ciruja y hoy se llama cartonero o con el eufemismo reciclador urbano: “Dios alumbra mi camino”. La película muestra que varias aberturas están tapiadas por posters de la campaña proselitista que llevó a Menem a la presidencia. En especial, varios con el slogan “Venceremos”. En una y otra realización se reiteran símbolos: niñas y niños en la calle jugando sin juguetes o con juguetes que otros pibes desecharon; altarcitos de hondo contenido místico con la imagen del Gauchito Gil; zapatillas colgadas de los cables de la luz; tatuajes y la música de cumbia. En la misa en la parroquia Virgen Inmaculada la forma habitual de celebrar la vida es recordar a los muertos, por los que se grita ¡Presente! En lugar de Amén.

 

 

* Los relocalizados se vuelve a exhibir el martes 23 de marzo a las 0.30 horas por Cine.ar