La maldición Griswold

Cosas que pasan cuando se intenta negar a otro por completo

Estoy seguro de que la mayoría de ustedes —hasta los más distraídos— saben quién es Edgar Allan Poe. Aun cuando no hayan leído sus poemas y cuentos, habrán visto esas fotografías tempranas que, además de los rasgos objetivos (el pelo ralo pero alborotado, el bigotito) plasmaron la melancolía que sellaba su rostro. A nadie escapa que Poe (1809-1849) era un narrador de esos que conmueven hasta a los que leen poco o nada: aunque más no sea en la infancia o en la adolescencia —durante los años de formación—, muchos sufrimos escalofríos al ser expuestos a historias como El pozo y el péndulo, El escarabajo de oro y El corazón delator. Pero de lo que también estoy seguro es de que casi nadie ha oído hablar de Rufus Wilmot Griswold. ¿Me equivoco?

Pues bien: Griswold es el tipo que hizo todo lo que estaba a su alcance —que era mucho, dada su posición de influencia— para difamar a Poe y lograr que su obra se hundiese en el descrédito y finalmente en el olvido. Cuando Poe murió, lejos de deponer las armas ante el adversario caído, Griswold redobló sus esfuerzos. Publicó un célebre obituario en el New York Tribune, que arrancaba diciendo: «Edgar Allan Poe ha muerto. Murió antes de ayer en Baltimore. El anuncio sacudirá a muchos, pero serán pocos los que sentirán pena». De inmediato se las ingenió para embaucar a la tía y suegra de Poe —sí, Marie Clemm era ambas cosas a la vez— y arrancarle una cesión que ella no estaba en condiciones legales de dar, constituyéndose en albacea de la obra de Poe. Que reeditó enseguida, con un estudio previo donde destrozaba al autor, acusándolo de drogadicto (nunca lo había sido según dictaminó la ciencia, aunque su alcoholismo fuese notorio) y llegando al punto de fraguar cartas del difunto para hacerlo quedar mal.

 

El impresentable Rufus Wilmot Griswold.

 

La animadversión entre ambos suena más propia de una imaginación desbocada que de la vida real, y sin embargo se dio así. De un lado, el creador de talento desbordante, que puso los cimientos de la literatura norteamericana y abrió la puerta de los géneros por los que transitaríamos de allí en más: el terror, el policial, la ciencia ficción. Su mero nombre era música e insinuaba el fuego que animaba cada una de sus frases: Poe(try), Poe(sía). En cambio el otro era pura astringencia desde su firma: Rufus Wilmot Griswold suena a perro masticando huesos, un apelativo inmejorable para pintar a un villano. El historiador Perry Miller lo expresó así: «Si no existiese profusa documentación probando que existió en verdad, deberíamos inventarlo… (Griswold parece) …una de las invenciones menos plausibles de Charles Dickens».

Pero existió. Y perpetró maldades innumerables. Abandonó a sus dos hijas y a mujer embarazada, que murió con la criatura poco después del parto. Chantajeaba a los autores a cambio de una buena crítica o la inclusión en una antología. (John Sartain declaró que le había pagado para evitar una reseña lapidaria.) Consideraba que las mujeres no estaban condiciones de escribir poesía en el nivel «intelectual» de los hombres. Se consagró como un mentiroso serial, «constitucionalmente incapacitado para decir la verdad», expresión que ha vuelto a cobrar vigencia para definir a Trump; hasta sus amigos bromeaban al respecto, diciendo: «¿Y eso qué es? ¿Un hecho comprobable o un Griswold?» Destrozó Hojas de hierba de Walt Whitman («Es imposible imaginar cómo la imaginación de cualquier hombre puede haber concebido semejante masa de basura estúpida», dijo, con la sutileza que lo caracterizaba), lo cual muestra cuán descaminado estaba como crítico. Pero hizo algo aún peor: concluyó su texto insinuando que Whitman era homosexual, lo cual podría haberle valido al poeta el escarnio y la cárcel.

 

Odio, luego existo

Hay algo aquí de la envidia que atribuimos a Salieri en perjuicio de Mozart: la impotencia del artista menor ante el genio descomunal, fermentada hasta convertirse en un odio que hace metástasis y se come la vida entera. Pero lo de Salieri es una leyenda urbana de la que no hay pruebas, más allá de las especulaciones que urdieron Pushkin, Rimsky-Korsakov y finalmente Peter Shaffer en su obra Amadeus. En cambio Griswold dejó sus huellas dactilares por todas partes: textos, cartas, documentos delatores de un crimen sin atenuantes — lo que en inglés se llama character assassination y en nuestro idioma se describe como el intento de arruinar una reputación de modo irreparable.

 

 

Como escritor, esta historia me parece apasionante. No costaría mucho involucrar a Griswold en la muerte de Poe: todo lo que se sabe es que el 3 de octubre de 1849, un tal Joseph Walker encontró a un exhausto e incoherente Poe vagando por las calles de Baltimore. Walker lo llevó al Washington Medical College, donde quedó internado y murió cuatro días después, con apenas 40 años. Durante esos días no consiguió explicar su estado; aparentemente llamó repetidas veces a un tal Reynolds de quien nadie sabía ni supo nada; el hecho de que vistiese ropas que no eran las suyas sólo aumenta el misterio. Me gusta pensar que Shaffer estuvo a punto de escribir Allan antes que Amadeus, y que sólo optó por Mozart a último momento, dado que en escena la música le rendía mejor que la literatura para dar cuenta de la genialidad del artista malogrado.

Pero la intención de esta reflexión es otra. Lo que me inquieta aquí es la dimensión quemante, y por eso autodestructiva, de ciertos odios. La energía que cierta gente, y ciertos colectivos, le retacean a lo que debería ser el objetivo de sus vidas —la felicidad, la familia, la realización profesional, el bien común— para consagrarla a negar a otrx(s). Una compulsión criminal, en tanto necesita eliminar objetivos de carne y hueso para autoafirmarse: que siente que prospera y crece tan sólo en la medida que otrxs disminuyen, o son borrados de la faz de la Tierra.

En el origen suele haber un argumento racional, que a menudo hasta se pretende altruista. A comienzos del siglo XX se acusaba a los judíos de causar la ruina de la economía alemana. Hoy en día la nación italiana (o española, o alemana) dice no estar en condiciones de absorber la marea de inmigrantes que llega del África, a riesgo de perjudicar a sus ciudadanos legales. Entre nosotros, el pobrerío sería un yunque atado al cuello del Estado: no laburan, no pagan impuestos, viven subsidiados, te cortan las calles y encima desparraman la basura que revuelven.

Estas consideraciones pasan por alto la pregunta sobre el por qué de la situación descripta: a nadie le interesa entender qué la motivó, y —fundamental— dirimir si la parte que se pretende agraviada tuvo algo que ver con su creación. Para mucha gente, la pobreza es natural. Está ahí porque crece sola, como la fruta en los árboles; nadie se pregunta por qué ocurre y si de algún modo es responsable, o al menos cómplice, de su propagación. La Europa que fue colonizadora no asume responsabilidad en la situación africana de hoy. Los Estados Unidos se deslindan de la realidad actual de México y de América Central. Las causales no cuentan, o son desplazadas convenientemente hacia otros sospechosos. La perturbación de Pity Álvarez es lo único que explica por qué desperdició la oportunidad que el Manual del Alumno de Cambiemos le sirvió en bandeja. En vez de confesarse autor de un crimen, debió haber dicho: «Fue el kirchnerismo».

 

Justicia poética

A esos desplazamientos les siguen otros. La lógica indica que a un problema económico debería encontrársele una solución económica, y a uno social una respuesta ídem. Pero en los casos que reclaman ocultar la raíz del odio, las medidas que se toman suelen ser sólo políticas en sentido amplio, y represivas en sentido estricto. Se prohibe, se golpea o mata, se encarcela. El problema de la frontera sur de Estados Unidos no será resuelto por un muro, pero tampoco por la arbitrariedad de separar familias, encerrar niños en jaulas y deportar sin intervención de la Justicia formal. A lo sumo los futuros inmigrantes serán más cuidadosos o dejarán a los niños en su país de origen, hasta que puedan enviar por ellos. Pero mientras tengan poco o nada que perder y la posibilidad de ganar algo, seguirán intentándolo. Lo que tiene lugar en el Mediterráneo lo demuestra. La situación de la que los africanos huyen es tan acuciante, que en comparación arriesgarse a terminar en una jaula e incluso a morir suena a apuesta ecuánime.

Si me preguntan, yo diría que la necesidad preexiste al blanco elegido. Hay mucha pero mucha gente a la que le bulle dentro un impulso violento que reclama un canal de expresión. Las explicaciones serían tantas como lxs explicadxs: frustración, miedo pánico, fobias, racismo, ignorancia, fanatismo, en infinitas combinatorias y bañadas con una salsa de racionalización que siempre deja un regusto artificial. Lo que hacen es buscar un blanco compulsivamente, como esos misiles programados para dirigirse a ciertas temperaturas. No les cuesta mucho, dado que existe una industria que se especializa en eso: fabricar blancos para gente que precisa demonizar, golpear, acabar con algo que siempre está encarnado por alguien. La política al servicio del poder es eso, una madame prostibularia y tentacular que ayuda a desfogarse a la parte de la población cuyo voto persigue, proporcionándole cuerpos que violar. ¿Tiene usted un problema complejo? Ellos no lo ayudarán nunca a resolverlo, pero le conseguirán un punching ball humano que lo ayudará a desahogarse. Cuando termine con él su problema seguirá vigente, ¡pero no me diga que durante un rato no se sintió mejor!

La prueba de este funcionamiento es la clase de acción a que apelan. Si uno está en serio desacuerdo con alguien puede elevar la voz, producir frases filosas sin dejar de explicarse racionalmente, sumar el cuerpo como argumento —en una protesta callejera, por ejemplo— y también, de estar convencido de enfrentarse a un hecho cuestionable, recurrir a la Justicia. Pero lo que hace esta población es, más bien, enfrentarse a un silogismo arrojando una bola de fuego: rompen un montón de cosas que están alrededor y no deberían dañar pero al silogismo ni lo tiznan, porque los buenos argumentos son de amianto. ¿Qué resolvió Laquisha Jones al pegarle con un ladrillo a Rodolfo Rodríguez, de 92 años, mientras le gritaba que se volviese a México? Cuando lapidan mediáticamente a la escritora Claudia Piñeiro por su apoyo al aborto legal y presionan para despojarla de un laburo, ¿creen que están persuadiendo a alguien de la justicia de la causa que defienden? Al negarle a J. K. Rowling el derecho a criticar a Trump porque es inglesa y no estadounidense —como si lo que hace el Presidente de USA no repercutiese más allá de sus fronteras— y decirle que quemarán sus libros de Harry Potter, ¿no están golpeando a tontas y locas, sin obtener nunca el resultado que desearían?

 

El anciano al que una mujer estadounidense le aplicó la persuasión del ladrillazo.

 

Volviendo a Griswold como ejemplo: todo indica que, sabiéndose imposibilitado de convertirse en escritor o poeta, dirigió la energía a elevar su precio como crítico y, en simultáneo, apostó a convertirse en el paladín de la incipiente literatura de los Estados Unidos. Entonces Poe, que al principio le había dorado la píldora para meter sus textos en la antología que Griswold tituló The Poets and Poetry of America (1842), empezó a brillar individualmente; y mientras los elegidos por Griswold se hundían en la intrascendencia —casi ninguno de esos poetas, más allá de Poe, sobrevivió al test del tiempo—, el muy turro de Edgar Allan puso los rieles por los que discurriría toda la narrativa norteamericana del futuro, ¡y él solito!

 

Edgar Allan Poe, el blanco de la obsesión destructora de Griswold.

 

Para Griswold, Poe cristalizó como el perfecto testimonio de su impotencia. Tanto lo consumió el deseo de destruir su memoria, que no advirtió que se había transformado en un personaje de su némesis. Poe ya había explorado el tema del sujeto que elimina a su doble, un espejo que lo interpela y en el cual no quiere contemplarse. ¿Habrá entendido Griswold, en los ocho años que separaron su muerte de la de Poe, que había dejado de ser Griswold para convertirse en el William Wilson que narra el cuento homónimo?

La obsesión nubló su capacidad de pensarse. En la habitación que Griswold vivió hasta el fin había colgados retratos propios… y de Poe. Cuando murió, fue a dar a una tumba sin nombre en el cementerio Green-Wood. Su enorme biblioteca fue subastada y se reunieron U$D 3.000 —una fortuna, por aquel entonces—, que técnicamente debían destinarse a producir un monumento al crítico.

Pero nadie se tomó la molestia de encargarlo.

 

Y la guardia, ¿dónde está?

De las historias de Poe, ninguna me dejó marca más duradera que La máscara de la Muerte Roja. Tardé décadas en sospechar por qué. Como tantos de sus cuentos, echa una luz impiadosa sobre la naturaleza humana; el amigo Poe entendía como pocos qué clase de bestias somos. Pero a diferencia de la mayoría de sus relatos, que diseccionan al hombre como individuo, La máscara de la Muerte Roja exhibe una fenomenal intuición sobre nuestro comportamiento social — y muy especialmente, sobre la conducta de cierto estamento.

¿Se acuerdan de qué va? En una era indeterminada —aunque la mención a la peste remite al Medioevo—, un país se ve arrasado por la Muerte Roja. Se trata de una epidemia que llena el cuerpo y el rostro de manchas, produce hemorragias a través de los poros y en media hora acaba con sus víctimas. (Las similitudes entre esta descripción y los síntomas del moderno ébola son escalofriantes.) Ante esta emergencia, el príncipe Próspero actúa como un verdadero aristócrata: lejos de buscar una solución al drama del pueblo que lo tiene por soberano, o de tratar con piedad a los enfermos durante su agonía, o de disponer de sus cuerpos para acotar el contagio, Próspero se aparta con un millar de caballeros y damas a los que escoge personalmente —discriminando entre los de su corte: así de turro es, hasta con los de su casta— para que sobrevivan a su lado.

Mientras la enfermedad causa estragos, Próspero y sus elegidos se encierran en una abadía fortificada y remota. Convencidos de que la peste no trascenderá sus murallas y sus puertas de hierro, y confiados en que las vituallas les durarán largamente, se entregan al placer. «Había bufones, había improvisadores, había bailarines, había músicos, había Belleza, había vino», dice Poe. «Todo eso, y también seguridad, había adentro».

 

 

Durante una mascarada, Próspero se siente agraviado por la irrupción de alguien que osó disfrazarse de la Muerte Roja. (Más temprano Poe había dicho que, como el príncipe consideraba inevitable lo que ocurría afuera, «era una locura penar, o pensar». Por eso el disfraz de Muerte Roja se siente como una afrenta: porque les recuerda lo que ocurre extramuros y la irresponsabilidad con que se están comportando.) Próspero ordena que capturen al desubicado y lo desenmascaren, amenazando con colgarlo al amanecer. Pero al principio nadie le obedece; atenazados por una aprensión inexplicable, los cortesanos no atinan a echarle mano. Cuando al fin juntan coraje, se quedan con las ropas y la máscara del disfrazado, debajo de las cuales —descubren— no había nada.

Los cortesanos comienzan a caer uno tras otro, víctimas de la peste. El reloj de ébano deja de funcionar. Las lámparas se apagan. «Y la Oscuridad y la Decadencia y la Muerte Roja —concluye Poe— conservaron su dominio ilimitado sobre todo».

(Una de las canciones de la nueva obra del Indio Solari, El ruiseñor, el amor y la muerte —título que al menos hoy me remite a Poe— puede ser leído como un comentario a este cuento. Sobre el final, El martillo de las brujas (Malleus maleficarum) dice: Barrio bonito, barrio cuidado / La moderna soledad. / Barrio sereno y custodiado / La compasión allí no está». Entonces hace su irrupción una «marea brava, marea oscura». Y los habitantes del barrio se preguntan, angustiados por el descubrimiento de que ya nada ni nadie los protege: «Y la guardia, ¿dónde está?»)

En este mundo nuestro de hoy, convivimos incómodamente con una casta que no sólo es indiferente a nuestra suerte; peor aún, tolera nuestro sufrimiento como algo natural, un pago por su bienestar que les parece razonable. Como tienen dinero y poder, creen que levantarán muros efectivos para contener a la turba del otro lado, de modo que haga su tarea sin molestar: trabajar a destajo en beneficio ajeno, morir en silencio y sumirse en el olvido que sería su destino.

Pero si algo enseña la Historia —esa disciplina con la que esta casta de herederos se lleva a las patadas— es que la marea brava, la marea oscura, termina arrasando con todos los muros.

 

 

 

 

 

24 Comentarios
  1. Songi dice

    Excelente artículo…… Como todos los suyos.

  2. lucila dice

    ¡Qué hermoso texto! Un día la legalidad será legítima, y el mundo un lugar imperfectamente justo
    los mejores vinos que hay…
    gracias
    L

  3. Flavio Gigli dice

    Excelente nota Marcelo. En algunas de mis clases hago un paralelo de «la máscara de la muerte roja» con las vidas desperdiciadas y la «tolerancia cero» que propone este gobierno como receta. No sé si mis alumnos me entienden, no sé si te lee mucha gente. Pero en este camino estamos, haciendo camino para generar una sociedad más justa e igualitaria. Seguimos en la pelea

  4. Jorge Diez dice

    Más que agradecido estoy yo como supongo muchos más por esclarecernos, por unir de manera maestra la historia, la literatura, y las sociedad actual, Poe, el indio, Whitman, Pity, muchos más y por otro lado los Salieri, los Griswold, y otros tantos como el Trump de EE.UU;, lo que me hace pensar que esa envidia subsiste en esos seres que (como nuestro presidente tb) han envidiado lo que no se compra y nunca tendrán. Gracias. abrazo

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