LA MALDICIÓN

Todos querríamos vivir en paz, pero nos tocaron tiempos interesantes

 

Debería existir un proverbio chino —milenario, obvio: no vamos a regatear— que comparase la tierra donde uno nació con la familia a la que fue a parar. (Advertencia: probablemente exista un proverbio semejante, aunque permanezca intocado por la ignorancia de quien esto escribe.)

Hay elementos en común entre patria y familia. Para empezar, ningunx de nosotrxs las elige. Nos son impuestas, nomás: nacimos ahí, esos fueron nuestros padres. Y si no nos gustan, agua y ajo. En consecuencia, solemos desarrollar con ambas una relación más bien ambigua, oscilante — de amor / odio: las adoramos / necesitamos casi tanto como nos fastidian / nos revientan. (Por supuesto, existe gente que no les encuentra defecto y te arrancaría una oreja si osás ofenderlas. Pero aquí no estamos hablando de fanáticos, sino tratando de ser razonables.)

Con el correr de los años, uno se considera afortunado si llega a un punto de equilibrio y consigue que patria / familia lo dejen vivir, sin entrometerse demasiado con el curso de su vida. Porque una patria o una familia turbulentas pueden ser disfrutables durante algún tiempo, y hasta coloridas, pero poca gente tiene lo que hay que tener para soportar su traqueteo durante décadas. Nadie quiere pasarse la vida entera a bordo del carrito de una montaña rusa. A eso se refiere la maldición china que todos conocemos: «Ojalá vivas en tiempos interesantes».

Nuestro país es emocionante, qué duda cabe. Para los que nos gusta la aventura —tanto la existencial como la física, que tienden a ser caras de la misma moneda— es mandado a hacer. Pero hay épocas en las que uno daría lo que fuere para despertar sin que las primeras preguntas del día fuesen: ¿Tendré suministro eléctrico todavía? ¿Y gas para encender la hornalla? ¿Y algo en la alacena para darle sabor al agua caliente? Tiempos en los que preferiríamos bajar la intensidad de la violencia apenas contenida en las calles, oficinas, negocios y redes sociales, para dedicarnos al discreto encanto de la frivolidad aunque más no fuese por un rato. Mirar bloopers en YouTube. Comprarnos una pilcha extravagante. Practicar en la plaza alguna variante exótica del yoga. Quiero decir: transcurrir un día que no se parezca a practicar natación en una piscina llena de pirañas.

 

 

Donde manda capitán

Esas ideas rondaban mi cabeza cuando me puse a releer a Melville —a modo de homenaje, desde que el pasado jueves se cumplieron dos siglos de su nacimiento— y descubrí, no sin sorpresa, que su literatura me hablaba de lo mismo. El link más obvio era el que conducía a Bartleby, el escribiente (1853), ese personaje que encarna la más perfecta reticencia. ¿Qué sería de nuestras vidas si juntásemos el coraje de negarnos a emprender aquello que honestamente nos disgusta, y a partir de allí ya no pudiésemos dejar de decir, cada vez que nuestra conciencia lo objeta: Preferiría no hacerlo?

 

El escritor Herman Melville (1819-1891).

 

Bartleby es una criatura del Melville tardío, aquel que ya había conocido suficientes sinsabores para prefigurar la clase de angustia que nos gusta definir como kafkiana. A simple leída, Bartleby impresiona como el relato más opuesto posible a Moby-Dick; o, La Ballena (1851): donde Bartleby es urbano y asfixiante (una historia adecuada a la pantallita de un celular), Moby-Dick es la vastedad del océano y la épica de la aventura (una historia que reclama ser desplegada en la pantalla de un IMAX); donde Bartleby prefigura la precisión láser y la tendencia al absurdo del cuento contemporáneo, Moby-Dick practica una desmesura estilística que (re)inventa la novela con cada (re)lectura. (Imagino que muchos de ustedes se manejarán con la idea de Moby-Dick que obtuvieron de niños, a través de alguna versión adaptada. Por favor, no dejen de leer el original de Herman Melville. Sigue siendo de un vanguardismo y de una ambición deslumbrantes. El tipo inventa palabras que hasta entonces no formaban parte del idioma inglés, se da el lujo de cambiar de registros como de camiseta: pasa del relato de aventuras al sermón al texto de divulgación y hasta —les juro— a la comedia musical. Pero en términos generales es como estar leyendo un libro perdido del Antiguo Testamento, reescrito por Shakesperare. Que es lo mismo que en sus mejores momentos logra hoy Cormac McCarthy en libros gloriosos como Meridiano de sangre — pero claro, Melville lo hizo primero).

Y sin embargo, a pesar de sus diferencias tan ostensibles, en Moby-Dick también se expresa el deseo de hurtarle el cuerpo y el alma a las cosas del mundo que tanto nos desagradan. El joven Ismael se conchaba en el ballenero Pequod porque quiere alejarse de lo mundano y aproximarse a lo exótico. «Me atormenta una comezón eterna por las cosas que son remotas», explica en el primer capítulo. Surcar los océanos le ofrece la posibilidad de reflexionar sobre el destino al que aspira, mientras se abandona a una vida más contemplativa: «La meditación y el agua —dice— están desposadas para siempre». Por supuesto, estar a bordo del Pequod supone hacerse cargo de infinidad de tareas menores, pero Ismael sabe que puede ocuparse sin que esas labores interfieran con sus pensamientos, y además: «¿Quién no es un esclavo?»

 

 

Cuando se acomete la vida a bordo de un ballenero, reflexiona Ismael, «se derrama sobre uno una sublime ausencia de complicaciones; no escuchas noticia alguna; no lees los diarios… No llegan hasta tí las aflicciones domésticas; los depósitos no sufren bancarrota; no caen las cotizaciones; y nunca te desvela la idea de qué habrás de cenar — porque todo el alimento que habrás de consumir durante tres años y más ya está bien guardado en barriles, y tu cuenta es inalterable». Sean sinceros: después de leer este fragmento desde la Argentina de agosto del ’19, ¿no se subirían corriendo al primer ballenero que les pase por delante?

Es fácil convencerse de que Ismael ha encontrado en el Pequod el lugar soñado (que «no figura en ningún mapa; los lugares de verdad nunca están allí») en la medida en que el ballenero alberga a la comunidad ideal. Ismael se hace amigo de un arponero caníbal, Queequeg («Voy a probar con un amigo pagano, pensé, porque la amabilidad cristiana ha probado no ser más que una cortesía hueca»), y se acostumbra a vivir con una tripulación particularmente diversa: el indio Tashtego, el africano Daggoo, el parsi Fedallah, el cuáquero Starbuck, el negrito Pip. (Los estudiosos señalan que esta tripulación es llamativamente más multirracial de lo que solían serlo en la vida real; y además, que era raro que una narración de mediados del siglo XIX incluyese personajes negros a no ser que no fuese en un contexto donde figuraban como esclavos.) El hecho es que Ismael parece destinado a la felicidad a bordo del Pequod. «Quien ha brindado un banquete para sus amigos aunque más no sea una vez —reflexiona—, sabe cómo se siente ser un César».

El problema es que esa nave, como todas, tiene un comandante. Y ese comandante se llama Ahab.

 

 

Melville pinta al capitán Ahab como un monomaníaco, obsesionado por la ballena blanca que le había arrancado un trozo de pierna y, en consecuencia, lo había dejado incompleto. Lo importante, aquí, es que la obsesión por la ballena sólo puede desarrollarse en la medida en que Ahab se desentiende de todo lo demás, que formalmente constituía su cometido: el objetivo comercial del viaje (cazar ballenas y procesar su materia prima) y el imprescindible cuidado de su tripulación, sin la cual la misión toda se volvería imposible. «…Socialmente, Ahab era inaccesible. Aunque nominalmente se lo incluía en el censo de la Cristiandad, el seguía siendo por completo un extraño», reflexiona Ismael. O sea: el tipo era un psicópata, incapaz de empatizar con nada ni nadie más allá de su propia compulsión, y por ende imposibilitado de sentir responsabilidad alguna sobre la gente a su cargo. Nada del otro mundo, todos conocemos a alguien así. El drama sobreviene cuando se pone a un tipo semejante al mando de la nave. Con un Ahab al timón, la nave enfila siempre rumbo al desastre.

 

 

La amabilidad de los extraños

Tanto Moby-Dick como Bartleby practican variantes sobre el tema de la frustración. Bartleby inicia una pequeña revolución privada respecto de los quehaceres que le encargan, y como el mundo no tiene lugar para alguien como él —un hombre que deja de tener funcionalidad en el contexto de una sociedad moderna—, no le queda otro camino que autodestruirse. En cambio, en Moby-Dick Ismael parece encontrar su lugar y su sociedad ideales, pero el hecho de que el Pequod dependa del líder equivocado lleva a toda la tripulación a la ruina.

 

 

Es tentador ver este tema como un reflejo deformado de las propias frustraciones de Melville, que estaba convencido de estar dando a luz su trabajo más trascendente —sus primeros libros, Typee (1846) y Omoo (1847) habían sido un éxito crítico y comercial—, y por eso encajó mal el fracaso de Moby-Dick. (Esta semana el New York Times produjo un mea culpa cuando se cumplió el bicentenario de su nacimiento, disculpándose por la necedad de no haber publicado nunca una crítica de Moby-Dick.) Aun así persistió, escribiendo lo que creía que debía escribir. Su siguiente novela, Pierre; o, Las Ambigüedades, fue destrozada por la prensa. El 8 de septiembre de 1852, la publicación neoyorquina Day Book difundió un texto con el título «HERMAN MELVILLE, LOCO», donde decía que su libro era la obra de un enajenado, que sus amigos consideraban encerrarlo en un manicomio y que había que tomar la inmediata precaución de alejarlo del papel y la tinta. En 1876, todos sus libros habían dejado de reimprimirse. Melville murió en septiembre de 1891. Un artículo que el New York Times publicó en octubre lo recordó al pasar como «el difunto Hiram Melville» — ni siquiera pudieron escribir bien su nombre.

 

El Melville ya envejecido por los capitanes Ahab de este mundo.

 

Desde los 30 años que tenía cuando escribió Moby-Dick en adelante, Melville debió luchar para ganarse la vida y sostener a su familia, sintiendo a menudo que no le quedaba otra salida que escribir piezas que —al mejor modo Bartleby— hubiese preferido no hacer. Había encontrado la vida que soñaba: la familia que creó junto a su esposa Elizabeth, la casa perfecta en Pittsfield, Massachusetts, que se llamaba Arrowhead — Cabeza de Flecha. Pero la nave de su vida tenía un capitán inaccesible a quien no podía importarle menos el destino de los Melville. Al reiterarse sus fracasos como escritor, no le quedó otra que mudarse a Nueva York y conchabarse como inspector en la Aduana, donde se hizo fama como «el único hombre honesto en una institución notablemente corrupta».

Me entristece pensar que sólo se lo empezó a valorar cuando se cumplió el primer siglo de su nacimiento, ensalzado entre otros por D. H. Lawrence. Para Melville ya era tarde: en sus últimas décadas fue víctima de la depresión y abusó de la bebida; debe haber muerto convencido de su fracaso como escritor. Del poema épico Clarel, al que le había dedicado años, sólo se imprimieron 350 copias, la mayoría de las cuales terminaron incineradas. En 1925, el crítico Lewis Mumford encontró un ejemplar en la biblioteca pública de Nueva York, que tenía las páginas sin cortar: había pasado allí medio siglo, sin que nadie lo leyese.

Pero en el siglo siguiente leímos a Melville con fruición, conectando con una sensibilidad que obviamente se había adelantado a su tiempo. En lo que a mí respecta, es de mis escritores favoritos desde que leí las versiones infantiles de Moby-Dick pero particularmente desde que disfruté de sus originales. Moby-Dick es de esos libros que crecen con uno y regalan claves nuevas de lectura con cada cambio de circunstancia; lo cual incluye, por supuesto, los momentos de la vida en que uno desearía alejarse del fragor de la batalla para dedicarse a contemplar cómo crece un árbol.

Hoy este deseo es imposible, en tanto estamos bajo el mando de un Ahab que no parará hasta que el Pequod esté en el fondo del mar — o hasta que lo paremos con votos. Miro en derredor y veo una sociedad arrasada, pero aun en medio del desastre la literatura de Melville ofrece consuelo y esperanza. Pocas imágenes más poderosas que la del breve epílogo de Moby-Dick, que ni siquiera figuraba en la edición original inglesa. En esas líneas Ismael se describe como el único sobreviviente del Pequod, que flotó abrazado al ataúd que Queequeg se había hecho fabricar en un gesto previsor. Ahab se lo ha llevado casi todo al fondo del mar pero Ismael boya por gracia de su amigo pagano, aquel Otro con quien fue generoso en vida y que le devolvió la atención en la muerte. No hay muchas escenas que sinteticen mejor el principio esencial a observar durante nuestro tránsito por este mundo, que esa en la cual, rodeado por los restos del naufragio, sólo flota aquel que inspiró la amabilidad de los extraños.

 

 

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22 Comentarios
  1. Pia dice

    Hermosa nota. Estoy leyendo Moby Dick por segunda vez en mi vida. Ayer a la tarde apagué la radio, ni siquiera puse música y viajé en el Pequod unas horas. El Ahab vernáculo no le llega ni a la mitad de la pata de palo al del bueno de Melville.

  2. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Una digresión.
    El psicoanalista Oscar Mangione, me trajo a la memoria una cuestión de Macrí que me había resultado secundaria, pero no lo era.
    Recordó que Macrí hizo referencia a un libro que había leído y era para recomendar y les regaló a sus allegados y a los políticos y gente que trabajaba con él. Se llamaba El Manantial y Mangione dijo que de su lectura se podían entender mejor las cosas que pasan.
    Confieso que no leí el libro y no recuerdo haber visto la película, por lo que me remito a algunos comentarios.
    Pido disculpas Marcelo, si usted tocó el tema en alguna oportunidad y también se me pasó.
    Buscando comentarios al respecto, me di cuenta que Gabriela Cerruti escribió un artículo titulado “El Arquitecto”, que resulta interesante.
    Se puede leer en http://revistaanfibia.com/cronica/el-arquitecto/
    El Manantial (The Fountainhead) es una novela de 1943 escrita por Ayn Rand y fue adaptada en 1949 a la gran pantalla.
    Se cuenta la historia de un arquitecto orgulloso de su obra y su conflicto por el dominio y el derecho sobre sus diseños y proyectos; las empresas con las que trabaja quieren transformar el proyecto inicial y él se resiste. La historia deriva rápidamente a zonas insospechadas, donde la personalidad egocéntrica, sin asomo alguno de empatía, sociopática, del protagonista se nos muestra como modelo del héroe. No es de extrañar el apoyo que recibió Rand en ciertos medios de la industria norteamericana con esta obra y otras, pues su trabajo era literalmente munición al servicio de la oligarquía económica y financiera enfrascada en un combate cultural con el New Deal de Roosevelt, y obras como las de Rand no eran precisamente burdas, sino que incluso podían pasar por «profundamente americanas», enmascaramiento particularmente explícito en el alegato final del film.
    La película es de 1949, ya se ha comenzado a destruir la influencia de Roosevelt y la guerra fría es una realidad, pero los autores saben que es un combate total y en el que no se pueden hacer prisioneros ni ceder hasta la destrucción total, la carga ideológica del film es brutal e inmisericorde y no busca tanto derribar la ideas democráticas y solidarias del New Deal, o el posibilismo keynesiano como prevenir el futuro y dar la batalla pensando en él.
    El desprecio por los trabajadores de la construcción que convirtieron el proyecto en realidad -son ignorados- es casi «olímpico», sólo surge el duelo entre el genio personal que prefiere destruir su obra antes que verla transformada y el poder del dueño de la empresa que desea adaptarla sin preguntar al autor. Pero lo que podría ser una denuncia de la alienación del trabajador por la empresa capitalista, se convierte en otra cosa: no es el trabajo, es el «genio» personal, no es la alienación, sino la intromisión en la esfera del creador individual, no es la empresa, es el estado, pues en realidad se emplea a la empresa pero a quien se critica es al estado. El arquitecto hace estallar una bomba para arruinar la construcción y muere un trabajador. Su juicio se convierte en una apología de la libertad creadora, individual, de la «visión» del superhombre y su supuesto derecho a destruir su obra si le viene en gana a costa de lo que sea. No hay ni un sentimiento de solidaridad hacia la víctima, ni una referencia a que si la obra existe físicamente se debe al trabajo, la empresa coacciona al superhombre gracias al poder del estado y quien recibe la crítica es el estado, no la empresa, pues la empresa en cuestión es creación de otro superhombre -por encima de los «perdedores» simples mortales- y la cuestión deriva hacia un enfrentamiento entre individualidades. El estado, con sus leyes y abogados, es el enemigo, sofoca el resultado «natural» del choque de personalidades superiores, al poner la capacidad de coacción al servicio del más débil.
    La lograda puesta en escena que lleva a cabo King Vidor demuestra que la productora (la industria y el poder del dinero conscientes de su influencia cultural) apostó fuerte. Cuenta con medios, con tiempo, es un film largo y complejo para las masas por su gran carga discursiva. ¿Cómo es posible que la industria cinematográfica apoyase algo así? Debe saberse que la propia Ayn Rand dispuso del control total del guión para que fuese ella quien personalmente pudiera controlar el resultado final; algo inaudito en la época. La respuesta es clara, el film es un apuesta política, la industria tiene su propia agenda y sus valores y la obra de Rand ha sido seleccionada. Durante los años de la guerra mundial hubo que filmar historias que hablaban del peligro nazi en América, no faltaron las denuncias de los poderosos caídos en la tentación nazi, del discurso elitista como enemigo de América; fue el Hollywood rojo, auspiciado por Roosevelt y justificado por la guerra. Tras la muerte de Roosevelt, las cosas vuelven a su cauce. Vidor va a hacer una obra militante. No es «realismo socialista» precisamente, es «idealismo capitalista extremo», pues lo de realismo no es adjetivo que le cuadre. Es una obra obscena, saca a la luz lo que está oculto y no debe mostrarse, defiende la dominación, el ego, el individualismo, el desprecio por los débiles, el asco físico por la cobardía de los inferiores que han de unirse en contubernios abominables como el estado o la ley para poder vencer. Es obscena como obscena fue la propaganda y el discurso nazi.
    El arquitecto superhombre, lo es integral. Es además de un ego superior, un macho superior, un macho alfa, capaz de subyugar a las mujeres con su sola presencia, solamente la insidia, la debilidad femenina o la acción del dinero de los inferiores puede causarle problemas para mantener en sus brazos a la hembra elegida; una vez más la nociva influencia de lo social corrompido por construcciones antinaturales como el estado, la ley, la costumbre, el dinero, impiden que lo naturalmente predispuesto ocurra, de ahí el componente «anarco», lo que combinado con el componente darwinista nos ofrece el resultado nazi-liberal. El arquitecto, Howard Roark, interpretado nada menos que por Gary Cooper, es el particular «hombre de mármol», el súper-hombre del film; el juego erótico subliminal alcanza cotas pocas veces logradas, la fascinación ejercida por su personalidad dominante no basta, Roark luce torso y camiseta repleta de vigor masculino mientras se entrega a penetrar rocas con la fuerza imparable de su potente mazo, mientras la dulce Dominique, Patricia Neal, le observa alterada íntimamente ante tan turbadora visión y nerviosa agita la fusta de su caballo. Los encuentros y desencuentros amorosos se deberán a intromisiones externas que no se producirían si el orden natural no estuviera alterado.
    El manantial es una obra compleja, muy personal, con una carga ideológica desmedida, en la que de forma explícita se aboga por el orgullo, el individualismo, el desprecio a los débiles, el odio al papel del estado en la defensa de los débiles que son además «inferiores». El título hace referencia al caudal de energía vital inagotable que hace posible el triunfo de los que son superiores por naturaleza, el manantial de voluntad que fluye imparable del ego del superhombre. Es un film para el que tenemos que acuñar algunos conceptos: es nazi, pero no solamente, es aristocratizante, pero no solamente, es liberal, pero no solamente, es minarquista, pero no solamente; es todas esas cosas. La dificultad para calificar el pensamiento de Ayn Rand se encuentra aquí muy bien ejemplificada. Si tomamos el nazismo y lo despojamos de su parte de colectivismo racial y de su hojarasca antiplutocrática -que es el concepto usado por el nazismo-, podríamos calificar al liberalismo de Rand como nazi. En realidad una sociedad minarquista -con el estado mínimo- y con los valores de egoísmo creativo e individualismo extremo de Ayn Rand sería una sociedad de castas, donde los sujetos se agruparían de forma no ya «natural», sino animal, en grupos definidos por sus caracteres físicos y voluntad; esta estructuración social fruto de la supuesta diferencia genética -no cultural-, individual, donde hay seres superiores individualmente cuyas voluntades -el manantial- se imponen a los otros de forma natural, es una sociedad de castas.
    Los nazis escogieron la svástica indoeuropea por razón del modelo de castas que regía en el viejo mundo indoário. Una sociedad sin estado, dominada por un sistema de castas donde los dominadores lo son de forma natural, por la fuerza de su voluntad, de su ser superior, sin estados decadentes que obliguen a los superiores a someterse al dictado de los débiles, pues si el estado surge de la dominación natural, ya no es estado sino solamente el orden cósmico. Esta concepción es puramente nazi, y es un punto de encuentro con supuestos defensores de la «libertad individual» liberales como Ayn Rand. La autora de El manantial nos recuerda a Ernst Jünger y su obra de entreguerras -En los acantilados de mármol, y otras- en los que este autor alemán refleja su visión aristocratizante, su desprecio por las masas amorfas, su idealización del héroe tradicional encumbrado de forma natural por los atributos personales y que le hacen merecedor de derechos exclusivos, los privilegios del héroe. Si Júnger es antinazi (formó parte de la resistencia de los oficiales prusianos a Hitler), no se debe a sus valores democráticos, sino más bien a lo contrario. Jünger desprecia a Hitler y al nazismo por puro clasismo, por su origen de clase. Los héroes tradicionales se ven amenazados por la jauría rabiosa de las SA y las SS que con su locura ciega arruinan el edificio tradicional del poder. Jünger fue pretendido por el NSDAP, -su obra Tempestades de acero, fue casi un libro de culto para una generación de alemanes humillados por Versalles-, el III Reich le quiso entre los suyos, pero si se resistió fue por desprecio de clase, no por repugnancia a los aspectos constitutivos del nazismo. Ayn Rand, desde su personal contexto cultural y social, el de una mujer rusa, exiliada en Estados Unidos, profundamente anticomunista, que desarrolla un credo personal basado en la afirmación sin límites del ego y en un desprecio profundo de cualquier intromisión ajena en su mundo personal, es una versión «liberal» del aristocratismo prusiano de Jünger.
    Es la ambigüedad de los conceptos empleados por Rand, propios del liberalismo anglosajón los que mueven a confusión… ¿quién puede estar en contra del concepto de libertad? ¿quién puede defender la intromisión del estado, del poder, en la propia conciencia? Pero afirmar esa absoluta independencia en abstracto, olvidando la naturaleza social de los seres humanos, nos lleva a obviar el cómo nos podemos organizar social y políticamente con esos principios. El «dejemos a cada uno con su responsabilidad ante sus logros y fracasos» se vuelve sinónimo de aceptar como naturales las diferencias que se vuelven, y esto es lo grave, deficiencias de los otros, y los deficientes no tienen derecho a imponerse a los superiores. El liberalismo extremo de Ayn Rand lleva a un sistema de castas superiores e inferiores, a un modelo social de dominación aterrador, por mucho que la palabrería vacía, sea pasto de toda suerte de ingenuos o incautos. El protagonista de El manantial debe luchar contra una sociedad enferma por la dominación de los débiles a través del estado, pues sólo el estado y su capacidad de coacción pueden vencer a los poderosos por naturaleza y el estado es la creación demoniaca que altera el orden natural de las cosas. La cuestión es ¿cómo sería la sociedad al modo natural del superhombre, del ego imbatible? Sería una sociedad en la que la estructura social sería el reflejo natural de las deficiencias del carácter de cada cual, ocupando de forma natural la posición superior los que son dominadores por naturaleza y son capaces de controlar y someter su fuerza de voluntad. Estaríamos ante una sociedad de castas, como la que estaba en la mente de los ideólogos nazis, siendo las diferencias con ellos bastante más superficiales de lo que pudiera parecer.
    Para liberales y nazis el concepto de clase social es una abominación y el de casta coincidente. Clase se refiere a factores externos, objetivables, medibles, coyunturales, pero sobre todo alterables por la acción humana (el trabajo, la cultura, la política, la ley, el cambio social), lo que para nazis y liberales es «bolchevique». La ilustración -y la izquierda que de ella surgió- consideró que los seres humanos no tienen naturaleza sino condición, y que la educación, la instrucción pública, es el camino para mejorar la condición humana. Tal concepción, unida a los derechos humanos universales, sociales y políticos y a la idea de ciudadanía, son la base del republicanismo clásico, es decir, algo a destruir por el liberalismo radical y el nazismo. El darvinismo social extremo es el punto de encuentro entre liberalismo y nazismo, por mucho que la propaganda dominante al servicio del capitalismo real pretenda enmascararlo. En esa tarea de intoxicación, la figura de Ayn Rand ha sido muy importante, y solamente la indigencia actual del pensamiento crítico y el dominio cuasitotal de los medios de comunicación por el pensamiento -digámoslo así- único neoliberal, puede explicar el retorno de obras y mensajes como el suyo. Una sociedad sometida a la postmodernidad y a la desestructura «creativa» del capitalismo moderno, desideologizada, con los valores de la Ilustración y de la izquierda derruídos, con un acoso continuo a toda forma socialmente vertebrada de cooperación y solidaridad, atomizada socialmente, deja a las personas inertes, indefensas y propensas a tragar como liberador o guía, discursos y palabrerías que dicen defenderles como individuos frente a las maquinaciones del estado, los políticos, los sindicalistas o los corruptos. Es esta la clave para entender este retorno de la autora de El manantial.
    Ver difundidas viralmente por las redes sociales citas escogidas -y descontextualizadas- de Ayn Rand, la profusión creciente de los colores amarillo y negro del minarquismo y anarco.capitalismo, como símbolo de «rebeldía individual» frente a la «casta política», es un indicio claro de que los mismos poderes oligárquicos que apoyaron a Rand, combatieron al New Deal, al welfare state o al comunismo y a las ideas de democracia, los derechos sociales y políticos, izquierda, sindicatos y fraternidad organizada y vertebrada socialmente frente al egoísmo y el darvinismo social nazi-liberal, son poderes crecientes hoy y dispuestos a una nueva cruzada para aplastar la herencia cultural y política de la Ilustración.
    https://dedona.wordpress.com/2013/01/22/resena-el-manantial-de-ayn-rand-liberalismo-y-nazismo-pedro-a-garcia-bilbao/

  3. Mauro Di Pietro dice

    Formidable. Muchas gracias no te imaginas cuanto aprendo con vos en radio y el cohete. soy mauro de la plata.

  4. Flavio dice

    Excelente nota Marcelo !! También pienso que Moby Dick es un libro maravilloso. Vamos con una cita que aplica para estos tiempos: «En esta vida no es raro que, cuando nos pasan a la derecha los favoritos de la fortuna, a pesar de nuestra fatiga sintamos la fresca brisa que nos roza y miremos con alegría cómo se hinchan nuestras velas exánimes». Gran abrazo

  5. Silvia Ciccone dice

    Gracias Marcelo tus reflexiones literarias-político-éticas me estremecen, gracias.

    1. Luciana dice

      Ay Marcelo, la tibieza en lo helado de este naufragio. Gracias!

  6. Ricardo Alberto Comeglio dice

    Lo inexplicable es conocer personas que consideran un error que un ballenero vaya tras una ballena y que eso esté mal.
    Si te subes a un ballenero de forma voluntaria, debes saber que irás a cazar ballenas y que ese será el objetivo del capitán, cualquiera sea éste y cualquiera sea su personalidad. El que este capitán esté obsesionado con una sola ballena, es anecdótico, no especial.
    El país y la familia, al nacer, no se eligen, pero de ahí en adelante, al menos desde cuando tienes uso de tu voluntad, el único que elige eres tú, por lo que echarle la culpa a otro de lo que te ocurre o no te deja de ocurrir, no es un mérito, sino más bien un demérito clásico de un argentino fracasado.
    Esto suena a PRO, pero es más progresista que PRO, por cuanto quejarse de Macri para nosotros es igual de errado como quejarse del peronismo para los del PRO.
    El peronismo y el PRO son realidades y como tales no tiene ningún sentido quejarse de ellas. Sólo basta que uno «elija» lo que quiere y hacerlo. Nada más.
    Así es que quien no quiera un capitán de ballenero que persiga ballenas, que no se suba a un ballenero y vaya a buscar sus aventuras a otro lado. O que sino se haga a la idea que un Ahab no es nada extraño de encontrar en un ballenero y cualquier otro lugar.
    Basta de tanto «tango» por favor y «argentinos a las cosas».

  7. Alfredo Piccone dice

    Se me ocurre una interpretación respecto del párrafo final: La obsesión del capitán Ahab era matar a la ballena….la de Macri es a Cristina….¿Terminará igual?.-

  8. LC dice

    Un enigma nos queda ¿a qué entidad le ponemos el rol de la Ballena Blanca? ¿Qué persigue el Ajab enloquecido, rengo como el original y mucho menos wagneriano, aunque igualmente patético? ¿Será su obsesión arponear mortalmente a los 12, 50, 70, 80 años de destino fatalmente peronista? Pocas cosas lo obsesionan más y a sus votantes, que el odio gorila. El final está cerca: ya cabalgan su presa enredados en arpones y ya los lleva al azul profundo, revolcados en espuma blanca. Quedarán flotando los Ismaeles capaces de contarlo y de enrolarse en Greenpeace. Porque en 2019 a las ballenas se las cuida con amor, no se las caza nunca más.

  9. LC dice

    Un enigma nos queda ¿a qué entidad le ponemos el rol de la Ballena Blanca? ¿Qué persigue el Ajab enloquecido, rengo como el original y mucho menos wagneriano, aunque igualmente patético? ¿Será su obsesión arponear mortalmente a los 12, 50, 70, 80 años de destino fatalmente peronista? Pocas cosas lo obsesionan más y a sus votantes, que el odio gorila. El final está cerca: ya cabalgan su presa enredados en arpones y ya los lleva al azul profundo, revolcados en espuma blanca. Quedarán flotando los Ismaeles capaces de contarlo y de enrolarse en Greenpeace porque en 2021 a las ballenas se las cuida con amor, no se las caza nunca más.

  10. Sergio dice

    La sensación de un destino similar….pero Ahab en medio de su enajenación…poseía un quantum de dignidad y honestidad…..este.. de ninguna manera

  11. Daniel Dana dice

    soberbio!

  12. Laura dice

    ¡¡¡Impecable Marcelo Figueras!!! Una analogía intentando evitar el naufragio. Gracias

  13. Cuca Rapoport dice

    No debería escribir este comentario, qué puedo decir de tu escritura maravillosa, de tus metáforas perfectas, del ritmo en tu fraseo? Si me tienta contarte una anécdota de hace 5 minutos. Me llamó una compagnera y me preguntó cómo andaba con mis dolores de columna y otros, cuando le dije inmediatamente se ofreció a venir a mi casa para relajarme con yoga y me recomendó una crema que alivia.Como casi todo el mundo no estoy con dinero para un gasto importante, se lo dije,inmediatamente contestó “no hay problema una vaquita y es para vos” Tengo una buena familia, el dinero, con mis hijos adultos fluye naturalmente, pero este ofrecimiento, está solidaridad, me conmovió. No tengo necesidad de Bartleby, están aumentando las fuerzas contra Ahab.
    Gracias maestro.

    1. Ana dice

      MB

  14. jorge dice

    buen dia marcelo, en algun momento cuando puedas necesito una nota tuya acerca de watchmen, mas ahora q se viene la serie en hbo, ojala pueda ser en algun momento, saludos

  15. Aguatin dice

    A èste Ahab me parece que segùn el editorial de nuestro director no lo paramos votando

  16. Elvira dice

    Inspirar la amabilidad de los extraños. Inspirarse en la amabilidad de los extraños. Sentarse a escuchar crecer el árbol. Es mucha sabiduría, Marcelo.

  17. Luis dice

    Un regalo al espíritu leer tu artículo en la soledad del verde mar pampeano. Cada vez que te leo valoro más tu sabiduría y genialidad. Gracias!

    1. Facundo dice

      Impresionante Marcelo!! Me gustó mucho tu analisis. Mientras los Ahabs comandan nuestros barcos, los Starbucks de este mundo dejamos que nuestro rumbo este bajo la fria pisada de una pata de hueso de ballena..

    2. Mariano dice

      Muy bueno, extraordinario…suena en mis oídos a la vez una canción de Enrique Bunbury (bartleby) de su último disco de estudio, parafraseando Al escribidor…bueno que belleza todo parece estar conectado ! Gracias.

  18. Oscar dice

    Hermosa y dolorosa reflexión Marcelo.Gracias.

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