La máquina de escribir canciones

Enrique Cadícamo, demasiados letristas en uno solo

 

Tres monedas de oro a quien sepa definir en una sola línea la cuerda poética de Enrique Cadícamo. Al parecer, imposible. Cadícamo es camaleónico. Si no, ¿de dónde esos saltos que van de Che papusa, oí a Niebla del Riachuelo; de Al mundo le falta un tornillo a Los mareados; de Apología tanguera a La novia ausente?

Quizá nadie como el poeta Eugenio Mandrini (cada segundo más inmenso) para desenrollar del carretel el hilo del misterio: “Cadícamo no es un letrista sino muchos letristas, acaso demasiados en uno solo. Y hasta resultaría legítima la utilización de una vasta hipérbole para señalar que, si se excluyera al resto de los letristas, su obra por sí sola podría echar larga luz sobre la cronología completa del tango”.

Se me ocurre, sí, que en algo podemos estar de acuerdo: el lenguaje de Cadícamo seduce, hechiza, incluso en aquellas letras donde asoma no sólo el dedo burlón y sentencioso sino también el habano del cajetilla; vaya como ejemplo: Pompas de jabón, la ya anunciada Che, papusa, oí, Callejera, Mojarrita, o Muñeca brava: «Sos un biscuit de pestañas muy arqueadas / muñeca brava, bien cotizada. / Sos del Trianón, del Trianón de Villa Crespo./ Milonguerita, juguete de ocasión».

Pero ojo, esta es solo una de las tantas máscaras del letrista. Él solía repetir: “El fin soberano del arte no es sólo representarlo sino ampliar su belleza y poesía. La verdadera novedad, siempre incontrolable, no surge de los alambiques, sino del soberbio sueño del corazón”. Por tanto, de ese corazón también nacieron letras semi pampeanas, lunfardas, afrancesadas, sociales, románticas, esgrimiendo por momentos una fluidez creativa que saltaba escuela, o jugaba con imágenes plásticas, acaso envidiadas, por qué no, por el mismísimo Quinquela Martín.

Turbio fondeadero donde van a recalar

barcos que en el muelle para siempre han de quedar.

Sombras que se alargan en la noche del dolor,

náufragos del mundo que han perdido el corazón…

 Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar,

barcos carboneros que jamás han de zarpar.

Torvo cementerio de las naves que al morir

sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir.

 Niebla de Riachuelo

amarrado al recuerdo

yo sigo esperando…

¡Qué manejo de la letrística! ¡Cuánto amor por la palabra! Párrafo aparte para ese otro marciano: Juan Carlos Cobián; de sus melodistas la criatura predilecta.

 

La dupla.

 

 

Como en esta nota saltarán el alambre canciones de Enrique en tiempo de tango, por qué no iniciar el juego con Bebo Valdés y Diego “El Cigala”. ¡No te asustes! ¡Confiá! Si bien no es este el caso, sabelo: la dupla Cobián-Cadícamo no se oxida ni se aja ni se rompe, por más que te empecines en darle duro con un palo y duro también con una soga.

 

En vivo en Palma de Mallorca (2003):

 

 

 

 

 

 

Intertextualidades y algo más

En entrevista aseguró ser dueño de más de 450 títulos. Hay quienes pegan el grito y aseguran que supera los seiscientos. Otros arriesgan la obscena cifra: 1.000 letras de tango. Si esto último es cierto, estamos ante la figura de un obseso; y ahora lo imagino frente a su Remington echando mano a todo tipo de alimento que nutra su imaginación: talismanes, brebajes varios, amores desollados, rezos, toneladas de tabaco. Pero, ¿qué sucede cuando la supuesta Musa o el Duende no se posa en el hombro del escritor? Hay que ir a la caza del alimento sagrado: el libro.

Cadícamo, en reiteradas oportunidades, supo alimentarse de ese pan. ¿Acaso en La novia ausente no irrumpe como un aerolito la Sonatina de Rubén Darío? ¿No está Carriego en De todo te olvidas? ¿No asoma la nariz de Discépolo en Al mundo le falta un tornillo? Vos dirás: Pero si Al mundo… es de 1933 y Cambalache de 1934; sí, es cierto, pero no olvides que en 1930 Discépolo ya había arrojado a la cara del monstruo esa pedrada llamada Yira Yira; y en 1931 ¿Qué ‘sapa’ señor?, determinantes en su estética.

Como lo vas notando, el poeta vivía con las antenas puestas, y una noche –como los mejores magos– hizo aparecer tres palomas de una galera ajena. Quien le descubrió el truco fue Horacio Salas. Contártelo todo llevaría unos cuantos párrafos, y si lo hago me caigo de El Cohete; mejor seguila vos, te dejo el dato: Buscá el poema Despedida de Paul Géraldy, es de 1912, leelo bien leído y luego encerrate a oír las letras de los tangos Por la vuelta, Rubí y Los mareados.

Otra de ese estilo la cuenta Juan Gelman en una de sus notas de prensa del año 1996: “De Heine a Cadícamo”. Juan comienza elogiando a los poetas lunfardos, dando cuenta del manejo de recursos y lecturas de estos vates; cuando llega a Cadícamo remata con esta anécdota, donde la picardía, la ternura y la complicidad se dan la mano: “Lo cierto es que un mediodía de 1970 –dice Gelman– encontré a Cadícamo en el restaurante de la Editorial Abril –en el piso 13, si no recuerdo mal, de un edificio del Bajo– y, con conocimiento de causa y malevolencia cierta, le pregunté en qué se había inspirado ese poema –Ella se reía–, al que Juan Carlos Cedrón le había puesto música por entonces. Quizá oliendo la trampa, Cadícamo desvío la mirada hacia el río marrón plata bajo el sol y dijo, casi soñador: ‘Gelman, usted es poeta, usted ya sabe cómo son estas cosas’”.

Va entonces el poema Ella (1827) de Enrique Heine; y luego, para que compares, el audio de Eya se reía. El Tata Cedrón primeramente se larga recitando Bandera baja (otro poema de Cadícamo).

Ella

Se amaban con amor profundo y tierno;

eran ambos ladrones, gente impía;

el forjaba ganzúas, y ella, en tanto,

tendida sobre el lecho se reía.

Pasaba el día alegre y por las noches

en sus brazos gozaba; mas un día

se lo llevaron preso, y ella, ella,

asomada al postigo se reía.

 ‘¡Oh, ven conmigo, ven, no me abandones’!,

él en su desventura le decía;

‘Vivir sin ti no puedo’. Más la ingrata

meneaba la cabeza y se reía.

 A las ocho lo ahorcaron; a las nueve

bajaba el fondo de la tumba fría;

a las diez… a las diez su idolatrada

apuraba champagne y se reía.

 

El Tata Cedrón armando el clima:

 

 

No estoy loco si digo que, con sólo haber escrito Niebla del Riachuelo, él o cualquier otrx letrista tendría el paraíso asegurado. Pero Cadícamo no sólo es Niebla del Riachuelo. Es también Garúa, Nostalgias, Madame Ivonne, La luz de un fósforo, Pa’ que bailen los muchachos, La casita de mis viejos, Nunca tuvo novio, El cantor de Buenos Aires, Tres amigos, Ave de paso, Anclao en París, y más, siempre más.

 

 

Manuscrito de ‘Anclao en París’.

 

 

Vos seguramente tendrás los tuyos; mis tangos elegidos para El Cohete: 1. En la voz de ese pequeño dios de arrabal llamado Ángel Vargas, Tres esquinas; 2. sigo con El cantor de Buenos Aires por el Tano Marino. Cuando llegue el momento, no te olvides de paladear el símil del clavel en la oreja, bestial…

Soy aquel cantor del arrabal,

jilguero criollo que pulsó

La humilde Musa de Percal…

Me acuerdo de hace veinte abriles,

de aquellos bailes a candiles…

Cuando en una oreja iba colgao

como un hachazo en el costao

la mancha roja de un clavel.

 

3. Cierro la jaula con el “Gorrión caído” Francisco Fiorentino, interpretando Garúa; y qué sé yo, tachame la doble…

 

Tres esquinas (D’ Agostino – Attadía – Cadícamo):

 

 

El cantor de Buenos Aires (Cobián – Cadícamo):

 

 

Garúa (Troilo – Cadícamo):

 

 

 

 

Todo un siglo

Su extensa vida (Cadícamo nació el 15 de julio de 1900 y un oráculo se lo llevó el 3 de diciembre de 1999) no sólo le permitió subirse a barcos y aviones, también se dedicó a la composición y lo hizo bajo los seudónimos Rosendo Luna y Yino Luzzi (no estoy seguro si este seudónimo también lo utilizó como letrista). Fue sainetero, escribió los guiones de las películas Nace un campeón y La historia del tango, entre otras; se le animó a la dirección de dos films: La virgencita de Pompeya y Noches cariocas, este último rodado en el Brasil; padeció la censura de alguna de sus letras, escribió poesía de libro: Canciones grises, Viento que lleva y trae, La luna del bajo fondo, Los inquilinos de la noche. Ensayos e investigación: Café de Camareras, El desconocido Juan Carlos Cobián, La historia del tango en París, Debut de Gardel en París; y acá hago un alto para compartirte su libro de memorias: Bajo el signo del tango, que tiene para mí su historia. Fue más o menos así. En los comienzos de Mercado Libre llego a la casa de un coso que vendía libros de tango, y me dice: “Si te interesa tengo otro libro que una vez un tipo que cantaba tangos, no sé… se lo regaló a mi viejo, eran amigos y está firmado por otro tipo que dicen que era conocido”. Me lo trajo, miré la dedicatoria: A Charlo con la fraternal amistad de los mejores tiempos. Cadícamo. Bs. As. 1984. Lo llevo, respondí. Me lo cobró dos mangos. Y mientras escribo estas últimas líneas me estoy viendo adolescente, volviendo a mi casa de Lanús en el bondi 37, algunos pasajeros cabeceando un sueño contra la ventanilla; otros (una pareja) besándose largo y lindo. Yo, pasando el dedo índice sobre la dedicatoria, una y otra vez, como si fuese agua bendita.

 

De Cadícamo a Charlo.

 

 

 

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