La memoria y una lengua en común

Una oportunidad en los planteos de la derecha

 

I.

Según una nota de Infobae, el Observatorio de Derechos Humanos muestra preocupación sobre cómo se trabaja el pasado reciente en las escuelas. Con el fin de evitar el adoctrinamiento, el Senado de la Nación envió al gobernador Kicillof un manual.

El documento muestra preocupación porque en la fundamentación del “Programa Jóvenes y Memoria”, destinado a más de un millón de estudiantes secundarios desde el 2002 al presente, se legitima como “causa justa” el terrorismo de las organizaciones armadas, y se caracteriza a los ‘90 como una década nefasta frente a otra, la del kirchnerismo, como ganada. En un juicio con el que pocos podríamos disentir, según el documento, si así se plantean las cosas en un aula, se educa a los jóvenes desde una visión “maniquea, simplista y parcial” que divide entre “buenos y malos”.

El Observatorio propone, para contrarrestar esta visión, tanto ampliar lo que conocemos como “pasado reciente” como abordar la “vulneración de derechos humanos en democracia”.

 

 

El pasado reciente

El Observatorio propone incluir “la gestión democrática 1973-1976”. Poner como mojón el ‘73 y no el ‘76 busca destacar que hay víctimas en democracia que fueron reconocidas como tales e indemnizadas y otras que no. Este fue el cometido del material audiovisual difundido en marzo titulado “24 de marzo. Día de la memoria por la verdad y la justicia completa”. Antes que los ejecutados por el peronismo de derecha que Claudia Rucci, directora del Observatorio defiende, a este organismo le importan los actos de terrorismo subversivos que propone como pieza de reflexión en las escuelas.

 

 

 

El Observatorio disputa el sentido sobre el pasado reciente que se convirtió en política de Estado desde el 2003. A eso apunta este manual que deberíamos atender al menos por dos razones.

La primera es que esta derecha, más feroz en lo económico, no lo es menos en la batalla cultural, donde apunta, con más ahínco en estos años, sus cañones. En este campo, esta derecha es el reverso de su antecesora adánica que, prisionera de una prédica emocional y buena onda, apostaba a un puro presente sin deuda ni referencia. La del macrismo, en palabras de Nicolás Casullo, como toda derecha posmoderna, forzaba a “excluir, ilegitimar, destruir, odiar sin culpa, odiar con o sin conciencia, odiar desde la ‘neo-inocencia’ política”[1], que, en su caso, estaba orgullosa de cambiar próceres por animales en los billetes de circulación.

Pondérese una derecha que tiene el valor de hacerse cargo de su modo de leer la historia. La actual, a diferencia de la precedente, que no tenía un discurso siquiera sobre el pasado reciente (y sólo se refería al “curro de los derechos humanos”), retoma la senda abierta por el mitrismo, consolidada en la generación del ‘80 y continuada por las dictaduras del siglo XX.

La segunda razón es que la lectura sobre el pasado que condena el Observatorio es la de los organismos de derechos humanos, lectura presente en la Comisión de Identidad y Memoria que integro como parte del Instituto N.º 1 de Avellaneda, “Abuelas de Plaza de Mayo”. Esta lectura primó sobre otras. No sólo sobre las que niegan el terrorismo de Estado y lo igualan a cualquier otro. Primó sobre un modo de leer los ‘60-‘70 planteado por Oscar del Barco en la última polémica intelectual de la Argentina.

Allá por 2004, Héctor Jouvé narró las desventuras de un grupo de no más de 20 personas en el monte salteño. Jouvé relata, entre otras cosas, el fusilamiento realizado por algunos de sus compañeros del Ejército Guerrillero del Pueblo de dos jóvenes que pertenecían a ese grupo.

El filósofo Oscar Del Barco se sintió conmovido por el testimonio de Jouvé. A partir de sus declaraciones, escribió una carta en la que declaró: “Tuve la sensación de que habían matado a mi hijo. En ese momento me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado” [2]. Del Barco plantea que, quienes participaron o apoyamos, no debemos callar “nuestro propio terrorismo”; e insta incluso a que todos los que participaron se hagan responsables “del asesinato de policías y militares, y a veces de algunos familiares de los militares”.

La carta tuvo réplicas, bien aquellas que la contrariaban (Jinkis, Grüner y León Rozichner, entre otros), bien otras que le daban crédito (Schmucler, Tatián, Horacio González, Kaufman, Casullo, entre otros). Se publicaron en distintas revistas, se compendiaron en un libro y pronto fueron olvidadas.

La posición de Del Barco y otros abría un modo distinto de leer el pasado reciente. También lo abrieron, en estos años, hijos/as de desaparecidos y cineastas (como Albertina Carri, María Inés Roqué, Benjamín Ávila y Agustina Comedi) y escritores (como Mariana Eva Pérez y Félix Bruzzone), quienes no necesariamente replican —muchas veces, retrucan— la lectura del pasado de los organismos de derechos humanos.

Estos planteos, que están lejos de legitimar como “causa justa” el terrorismo de las organizaciones armada, sin por ello caer en la teoría de los dos demonios, prueban que, en el arco progresista, no hay, según sostiene el Observatorio, una única voz sobre nuestro pasado reciente.

 

Los derechos humanos en democracia

La nueva derecha avanza sobre relatos que, creíamos, nos sostenían. Uno de ellos es la democracia. Los temas de investigación propuestos por el Observatorio para las nuevas generaciones son “la corrupción en el manejo de los recursos estatales, la inseguridad y los modelos antidemocráticos en América Latina”, temas caros a la agenda de las nuevas derechas.

La democracia está en crisis gracias al triunfo del capital concentrado que la orada más y más (por las buenas o con lawfare) y a una ciudadanía que se ha vuelto consumidora de pasta base de la red. Hoy se cuentan de a millones quienes ya no creen que con la democracia “se come, se cura y se educa”. Entonces llega una nueva derecha, una que no niega lo ocurrido como la anterior (como Lopérfido), sino que más bien reivindica el terrorismo de Estado; pero, aunque resulte paradójico, es esta derecha quien se presenta como garante de los derechos humanos vulnerados en democracia, esos que, según ella, sólo se vulneran en regímenes populistas como los de Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Quienes pretenden transformar la Argentina en una plataforma de pillaje del poder híper-concentrado, quienes declaran inválido aquello de que “donde hay una necesidad, hay un derecho” reemplazando cada derecho por un negocio para un magnate, nacional o extranjero, se postulan como defensores de los derechos humanos en democracia. Este perfil demócrata lo confirma Claudia Rucci, quien, entrevistada en el canal del Senado de la Nación, afirma que tiene por misión bregar porque la democracia brinde “agua potable, vivienda, salud y educación”.

Ahora bien, para defender la democracia, el Observatorio propone que “la información brindada a los adolescentes en el nivel secundario debería ser completa, verdadera, verificable, simple y relevante con el objeto de estimular la capacidad de discernimiento. De otro modo, se correría el riesgo de que dicha información se encuentre más bien emparentada con el adoctrinamiento, con la idea de inculcar de forma acrítica en el educando determinadas ideas o creencias por intermedio de información incompleta, sesgada y/o negada.”

El planteo toca el corazón de la razón pedagógica post-normalista, un enfoque que pone el acento en el ejercicio del juicio crítico antes que en la trasmisión a-crítica de contenidos. Si la propuesta de “memoria completa” de la derecha actual es solo posible para Funes el memorioso, el personaje de memoria infalible pero que no podía pensar de Borges y para la Inteligencia Artificial; la pretensión de “evitar interpretaciones sesgadas y/o parciales” del Observatorio es también imposible para el común de los mortales.

Si la memoria es siempre incompleta (¡por suerte!, dirá Freud), toda interpretación tiene sesgo. Lo tiene el Observatorio en su mirada benevolente de la década del ‘90 y cuando, como el fascismo de mediados del siglo XX, no puede ver la historia como producto de la lucha de clases. Por eso pone el grito en el cielo frente a quienes proponen pensar “la democracia como la historia de la lucha de las mayorías contra la desigualdad, por más derechos y oportunidades para todes”. Pero también lo tiene el Presidente cuando refiere a Alberdi, quien abogaba por el librecambio e instaba a derribar las aduanas y las trabas fiscales “hasta suprimirlas si es posible”, pero también bregaba porque emprendamos la “conquista de la industria nacional como medio de civilizar el país” para no ser un “anexo económico de Europa”.

Coincidimos con el Observatorio en que es preocupante, como planteaba el Milan Kundera citado por Jofre en el material audiovisual del 24 de marzo, que “la nación comienc[e] otra vez a olvidar lo que es y lo que ha sido”. Pero lo que preocupa es que el Observatorio crea que ese olvido se da por el sesgo docente y el adoctrinamiento en las aulas, cuando más bien es fruto de una mirada a-histórica impresa por sesgo de confirmación de la pantalla del que es hija también esta nueva derecha.

 

II.

Durán Barba escribió: “Hay que comprender a estas personas comunes y poco informadas […] que prefieren ver películas de Transformer y Harry Potter, [y que] no les interesa si sos de derecha o izquierda”. La tropa PRO tomó nota y mal no le fue.

El resto es historia. El mejor alumno terminó siendo quien no leyó al ecuatoriano, “el loco” del curso, por el que nadie daba dos mangos. Milei entendió que, como última etapa de lo que Guy Debord llamó "sociedad del espectáculo", gracias a esta infocracia y al maldito algoritmo por medio del cual cada quien recibe en su celu la info que confirma su sesgo (peronista el mío, larretista el de mi hermana, libertario el del amigo de la nocturna), hay lengua rota, esto es, no hay piso común del sentido. Ahí anida el olvido, que no es fruto de un cambio generacional ni mediático, sino antropológico.

Tener en claro que, en el terraplanismo del lenguaje, las palabras ya no dicen lo que creíamos es esencial para el trabajo en el aula, que parece aún tiene algún peso. Si así no fuera, el Observatorio no habría actuado. Cuesta, pero debemos asumir que las palabras “abuelas” o “derechos humanos”, entre tantas, tienen nula resonancia histórica para millones de personas.

Lejos de hacerlas a un lado con suficiencia, entre otras que pronto haremos, convendría tomar en serio las recomendaciones del Observatorio. Confío más en ese diálogo con estudiantes que en la prédica del bien en la que muchas veces caemos, y por la cual pibes y pibas nos ven sólo como moralistas. Ya que se nos insta a salir de nuestro sesgo, bien podríamos leer a Sarmiento y a Alberdi, no muy transitados en las aulas, lo cual valdría para probar que este gobierno no es liberal. Pero este escenario didáctico parte de “mi lengua”, que como se ve, aún guarda un eco de la modernidad en que el liberalismo era una doctrina emancipadora.

En este nuevo escenario babélico abierto por el algoritmo, la propuesta del Observatorio puede servirnos para constatar que ya no hay lengua común. Basta preguntar a los estudiantes y ver si los derechos humanos significan lo que el Observatorio plantea; o preguntar qué entienden por derecho en esta post-democracia. Sin constatar que el otro ya no habla mi lengua, no habrá diálogo pedagógico, sino una prédica bienpensante.

Ya que no hacemos cambios en educación, salvo sumar una hora de clase, acoplándonos, también acá, a la agenda de derecha; acaso tengamos que agradecer al Observatorio. Su propuesta puede servirnos para pensar juntos cómo recuperar una lengua común. Porque, insisto, lo que impide el verdadero diálogo pedagógico, y también el político, es el sesgo de confirmación, el que rompe la lengua común.

La escuela es uno de los pocos espacios para romper el sesgo y reconstruir una lengua compartida. Más aún, no creo que haya mejor lugar para combatir ese sesgo, el que nos desfonda y separa del otro, que un aula.

 

 

 

[1] “Las derechas”, en Casullo, Nicolás. Las cuestiones, Bs. As., FCE, 2007.
[2] Del Barco, O. “Carta enviada a La intemperie”, en AA.VV. Sobre la responsabilidad: No matar, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 2014.
* Este artículo es parte de una investigación sobre la educación argentina en las últimas décadas. El resultado decantará en Mamá, Perón y Sarmiento: educación en el Apocalipsis zombie, libro que el autor de la nota está escribiendo.

 

 

 

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