La mirada feminista sobre Bolivia

El feminismo indígena tiene críticas a Evo, pero defiende el proceso iniciado por el MAS en 2006

 

Desde 2009 en adelante, la región latinoamericana está tensionada por golpes de Estado de corte institucional, fogoneados y traccionados por quienes no pueden ganar elecciones por medio del apoyo popular. Desde Zelaya en 2009 en Honduras a Dilma en Brasil en 2016, sus gobiernos fueron reemplazados por simulacros de democracia. Ahora llegó la amenaza para Bolivia. El contexto social y económico de la región, una de las más desiguales del planeta y con millones de personas sumergidas en la pobreza, lleva a la pregunta de cómo medir la calidad democrática ante la avanzada neoliberal, por vías en muchos casos ilegítimas.

Las elecciones en Bolivia dieron a Evo Morales ganador en el conteo, por 10,5% de diferencia con el candidato de la oposición, Carlos Mesa. Los primeros datos del escrutinio hacían pensar en la posibilidad de una segunda vuelta, de ahí el envalentonamiento de Mesa y los sectores de derecha neoliberal liderados por Luis Fernando Camacho para condenar los datos, denunciar fraude y empujar al país a una crisis política, con altísimas dosis de violencia y más de dos semanas de huelga. El vicepresidente Álvaro García Linera invitó a los sistemas internacionales que quieran auditar el conteo que se acerquen a Bolivia a hacerlo, y es lo que está haciendo la OEA en estos días.

La oposición se mantiene en una posición intransigente y de amenaza a la democracia y las instituciones a las que no pueden llegar a través del voto. No aceptan las auditorías externas, ni la –innecesaria– segunda vuelta, solo la renuncia de Evo y el fin del proceso social y político del que Evo y García Linera son cabezas visibles, pero que es producto y está sostenido por un vasto tejido de organizaciones sociales plurinacionales.

Carlos Mesa ya fue Presidente de Bolivia, cargo al que llegó desde el riñón político de Sánchez de Lozada, el fugado ex Presidente hacia los EE.UU. después de una masacre. Su posición es la de un equilibrista que convoca desde la antipolítica gris y el ciudadanismo republicano. A Luis Fernando Camacho le dicen “El Macho”, es un líder civil del Comité Pro-Santa Cruz, una agrupación de empresarixs, entidades vecinales y laborales de derecha. Camacho redactó él mismo una carta de renuncia y voló a La Paz para que el Presidente Evo Morales la firmara.

Adriana Guzmán, de Feminismo Comunitario Antipatriarcal, denuncia un golpe cívico y religioso. Los “comités cívicos” pusieron un plazo al Presidente Morales para que renuncie. Se trata de grupos autodenominados pomposamente “en defensa de la democracia”, reductos racistas que ya en 2008 financiaron a grupos armados. Hoy, una parte de esos grupos aterroriza a la gente como grupo de choque paraestatal, patean a mujeres de pollera en Santa Cruz y a quienes identifican como indígenas partidarixs del Movimiento Al Socialismo. Lxs heridxs, en general indígenas, no son atendidos en los hospitales porque lxs médicxs se identifican con los comités cívicos y niegan atención.

La Asamblea Feminista y Diversa de Santa Cruz denunció que “la oposición ha declarado la segunda vuelta sin finalizar el conteo y los comités cívicos se han encargado de polarizar al pueblo”. Las más de dos semanas de paro significan en la práctica “bloqueos, contrabloqueos, violencias y enfrentamientos” y un paro orquestado desde la elite “que no ha sido consensuado con los sectores populares, los precios en los mercados van subiendo y quienes la sufren son los enfermos y la gente pobre que vive del día a día: comerciantes, pacientes de cáncer, trabajadoras del hogar, trabajadoras sexuales, ambulantes”.

Las y los militantes del MAS han salido a las calles a marchar, a defender el gobierno electo y el proceso iniciado en 2006. Las agresiones que enfrentan –golpes y humillaciones– tiene muchos frentes, ya que estos grupos armados responden a diferentes fuerzas de la derecha, envueltas en estos días en la disputa por quién lidera el golpe de Estado. Entre quienes piden que se respete el resultado de las elecciones están las bartolinas, las cientos de miles de mujeres organizadas en la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia — Bartolina Sisa. Días atrás marcharon en Cochabamba y un grupo se mantiene en vigilia en La Casa Grande del Pueblo, la sede del Ejecutivo, para protegerla de grupos violentos.

Para muchas feministas populares, el gobierno de Evo no terminó con las políticas extractivistas ni con la matriz capitalista de la economía del país ni con los contratos con las transnacionales. Sin embargo, salen en defensa de un proceso que les pertenece. “Si no hubiera habido este proceso no podríamos haber reconocido el racismo, el fascismo, la explotación. Entendemos que falta, pero reconocemos las transformaciones”, dice Guzmán. Esas transformaciones, aunque no todas, implican que las wawas tengan educación y puedan llegar a la universidad, una hipótesis imposible quince años atrás.

Desde la Asamblea Feminista reclaman una “democracia plena donde tengan lugar nuestras demandas” y desde la tribuna libre de Muy Waso, plataforma feminista de Bolivia, reclaman a Evo por izquierda: el fraude fue la promesa de revolución. La activista María Galindo, de Mujeres Creando, señala que la crisis es de la democracia liberal representativa y de la forma partido. Lee las posiciones de Fernando Camacho y de Evo como complementarias y propone formas de representación política no partidarias, para nuevos sujetos sociales. Chris Eguez, artista trans, se mantiene al margen del MAS y de quienes disputan el gobierno, y dice en voz alta lo que es un temor extendido: que los grandes ganadores de esta crisis sean los grupos antiderechos y fundamentalistas, la avanzada de su proyecto nacionalista-cristiano con base en la familia patriarcal, la heterosexualidad como norma y la maternidad obligatoria. Es que, por izquierda, no aparecen figuras disputando el Estado, solo aparecen por derecha, con lo cual la pregunta por quién saldrá ganando ante una posible caída de Evo tal vez sea demasiado retórica y su respuesta, obvia.

La feminista Diana Vargas está expectante y demanda una crítica dentro de la universidad publica «a esta derecha fascista que está entrando igual que en Brasil». Para ella, lxs universitarixs entre lxs que se incluye, han sido —luego de años de educación por parte de profesorxs reaccionarixs— despolitizadxs, indivisualizadxs y desclasados. «Hoy creemos no ser de la clase que somos y deberíamos ser responsables con la memoria y con la palabra también», dice a LatFem. Desde su perspectiva, lxs universitarxs no se están viendo entre sí, como para saber qué están pidiendo en las calles. Para Vargas, «la autonomía de la Universidad Mayor de San Andrés está siendo usada como escudo para albergar fascistas, discursos racistas y de derecha».

Jimena Tejerina es feminista comunitaria y no duda de que están en las puertas de un golpe de Estado. «Estamos viviendo momentos terribles», dice en una frase que se repite desde distintas voces bolivianas, que ven con consternación los saqueos y a lxs opositores que cubren las cámaras de seguridad para que no haya registro de la violencia ejercida. «En lo personal no sé cuál es la salida política a esta crisis, internamente decimos que el Presidente termine su mandato», pero el escenario de las últimas horas es de opositorxs que piden a la policía amotinarse contra el gobierno. Para Jimena y el colectivo feminista en el que milita, Bolivia está frente a una derecha muy peligrosa, «que se había articulado en torno de un candidato, pero ahora ha prescindido del candidato y quien lidera las movilizaciones está extraído de la élite, de la oligarquía boliviana, de familia golpista.

Al mismo tiempo que las feministas indígenas defienden un proceso del que forman parte como organizaciones sociales, rechazan consignas de la antipolítica como “son lo mismo”, que provienen de un sector del feminismo que pide la renuncia de Evo. A ese feminismo, las indígenas lo llaman colonial, “porque las feministas no estamos por encima de lo que está pasando, hay una pugna por un proyecto político que hemos construido y necesitamos posicionarnos ante el proceso, con un feminismo situado e interseccional”.

 

 

 

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