LA MODA DEL ODIO

Esa compulsión a expresar pensamientos espantosos como si fuesen una piolada nos está infectando

 

Esta mañana salí temprano, porque debía dejar el auto en el taller —pérdida de aceite, no me hablen— y, en consecuencia, llegar al laburo en bondi. Por suerte está a la vuelta de casa, el taller. Le di las llaves al dueño, de quien todo lo que sé es que se llama Miguel, que es un tipo agradable y que trabaja bien. Preguntó cómo me había pegado la derrota ante Arabia. No estoy seguro de qué dije, porque en ese momento pesqué por el rabillo del ojo algo que me distrajo. Los posters que decoraban el taller nunca me habían llamado la atención. Eran un cliché vivo. Ustedes saben: propagandas de parafernalia mecánica, calendarios. (Minitas, nunca. Es un taller políticamente correcto.) Pero ahora había un poster nuevo. Con una foto de la Vieja, cuya muerte lloro todavía. La cámara la había pescado en un gesto batallador, su expresión más característica. Me dije: Qué buena onda, Miguel también la quería. Entonces leí lo que decía debajo de la foto, en letras amarillas: POR FIN MURIÓ ESTA VIEJA DE MIERDA. ¡MEARÉ SOBRE SU TUMBA! No supe qué hacer con mi disgusto. Miguel dijo algo respecto del partido contra México, reí sin convicción y dije que debía volar para cumplir con mi horario.

Me tocó un bondi de esos modernos, donde de repente quedás sentado ante una persona que también está sentada, pero enfrentándote. La piba estaba ahí desde antes. Veintipocos. Una sien afeitada. Auriculares. Eso es todo lo que vi, porque me puse a pensar en un texto que tenía pendiente. (Mi vida viene así, últimamente: si no aprovechase cada instante muerto —los viajes, el tiempo en que tarda en calentarse el café, las esperas en el consultorio médico o la cola ante el cajero—, no llegaría a cumplir con mis obligaciones.) Y mientras pensaba, mi mirada se perdió. Quiero decir que no estaba mirando nada en particular, sólo veía aquello que ocupaba mi mente. Sin embargo, en un momento me sobresalté. Se me ocurrió que inconscientemente había dejado la vista clavada en el torso de la piba, me alarmó que se le ocurriese que miraba sus tetas. (No tenía, pero ese no era el punto.) Le eché una ojeada a su cara, por suerte estaba distraída. Pero al dejar caer la vista nuevamente, entendí qué era lo que había llamado la atención de mis ojos. La piba tenía puesta una remera que decía, en letras de un rojo brillante: NO FUERON 30.000. PERO DEBERÍAN HABER SIDO 3 MILLONES. Ahí sí que le clavé la mirada, indignado. Pero ella, nada. Siguió mascando y escuchando música.

 

 

 

 

Pasé casi todo el día en mi despacho, escribiendo. Suspendí reuniones, víctima de una extraña aprensión. Lo único que quería era que se hiciese la hora de volver a casa, pasar por la óptica a buscar los anteojos y subirme a otro bondi donde hundir la vista en un libro — otra tarea pendiente.

Le entregué al flaco de la óptica el ticket que me habían dado cuando dejé la orden. Vi el tatuaje que tenía en la cara interna del antebrazo derecho, pero me negué a creerlo. Cuando trajo el estuche le eché otra ojeada, mientras le ofrecía la tarjeta para pagar la diferencia. Era lo que había registrado a primera vista: la imagen de un típico chaboncito de barrio popular —morocho, labios gruesos, gorrita— al que una mano con una pistola le volaba la cabeza. Sangre. Sesos. Un ojo saliéndose de la órbita. Si algo no podía negarle al tatuador, era su vis dramática.

 Las cuadras que debía caminar las hice cabizbajo. Cada vez que levantaba la mirada, veía algo repugnante. Un afiche al estilo campaña política que decía: BASTA DE MINITAS RELATANDO FÚTBOL, rematada por la foto de una periodista a quien conozco y aprecio, tachada por una equis roja. La luneta trasera del bondi al que subí estaba ocupada por la promoción de una radio. El programa se llamaba —lo leí dos veces, para asegurarme— Qué asco los pobres. Casi llegando a casa, pasé por delante de la verdulería de Donato Álvarez, y descubrí que en la pizarra que ponen en la vereda con las ofertas escritas en tiza había pegada una foto. Era la cara de alguien a quien conozco personalmente, quiero y respeto, uno de los dirigentes políticos que a mi juicio tienen más futuro. La foto brillaba, porque estaba húmeda. Debajo decía: SI LE EMBOCA UN GARGAJO, DOS KILOS DE FRUTILLAS AL PRECIO DE UNO.

Cuando llegué a casa, no había nadie. Sentí alivio. Estaba oscuro pero no prendí la luz. Al manotear el interruptor, recordé el espejo que hay en el palier. Y recordé también que yo mismo me había puesto esa mañana una remera, de esas con una leyenda estampada. Que yo sepa, no tengo ninguna que diga cosas horribles. Pero preferí no correr riesgos. Avancé a tientas hasta el baño, me desvestí y metí en la ducha, preguntándome si la mugre que se me había pegado durante el día sería de esas que se lavan con agua y jabón.

 

 

 

 

El texto de arriba es una ficción, lo habrán percibido. Lo preocupante es que, en el mejor de los casos, es una ficción hasta ahí nomás. Si cada uno de nosotros llevase encima algo —remera, tatuaje, calcomanía, cartel— que reprodujese las cosas que expresamos a diario en las redes, nos toparíamos muy seguido con gente que defiende o dice cosas horribles. Porque esa es una característica de nuestro tiempo: se ha perdido el pudor de comunicar públicamente mensajes que deberían ser vergonzantes. Hasta no hace mucho, uno podía estar embroncado con ciertas personas pero puteaba por lo bajo o tan sólo ante gente de confianza, porque había cosas que no se podían decir. No estaba bien desearle la muerte a alguien. No estaba bien celebrar la muerte de alguien. Ese prurito ya no existe.

Es verdad que mucha gente vomita odio en las redes escudándose en el anonimato, pero hay tantos o más que dicen cosas espantosas firmando con su nombre e incluyendo la foto de su caripela. Todos sabíamos que a la muerte de Hebe muchos le retacearían el respeto, pero admito que no imaginé el nivel de bajezas que leí y me encantaría poder des-leer. Uno, por ejemplo, escribiendo con las mayúsculas inevitables, anunciaba que descorcharía el champagne que había metido hace tiempo en su heladera, esperando esta ocasión. Cuando murió Videla, me pareció justo que estuviese cumpliendo condena por sus crímenes, pero no recuerdo haber sonreído ni deseado festejar. Pero para este tipo del que hablo, la muerte de Hebe era razón suficiente para improvisar un carnaval en noviembre.

 

 

 

No se trata tan sólo de que ya no dé vergüenza decir ciertas cosas. Es más grave aún: decir cosas horribles parece estar bien visto. En una de las canciones de su último disco, el Indio habla de la moda del odio. Eso existe, en efecto, es uno de los rasgos más desconcertantes —y lamentables— de nuestro tiempo. En estos días, ser y mostrarse horrible garpa. Y no sólo acá, sino en el mundo entero, que cada vez se asemeja más al mundo del revés del que hablaba la Walsh. Exhibirse públicamente haciendo y diciendo cosas espantosas (¡Patricia Bullrich amenazando a un funcionario con violencia física, Fernando Iglesias burlándose de Santiago Maldonado, Avelluto pontificando que Maradona es «repudiable y vergonzoso», Luis Juez prometiendo a una mujer que le romperá su «cara papuda»!), ya no afea, sino que embellece. Te suma puntos, demuestra que sos piola. ¿No era así el mundo bizarro en la historieta de Superman, donde lo desagradable era considerado lindo y lo bello era rechazado?

El odio se volvió bandera, una ideología. El odio se volvió chic. El odio es la novedad del momento, que se exhibe en todas las vidrieras — la mercancía que hay que lucir en sociedad, porque si no estás out.

¿Estamos psicopatizándonos sin remedio?

 

 

 

Odio S. A.

Odio hubo siempre. Es inseparable de la condición humana. Por eso, escribir la historia del odio implicaría escribir la historia de la especie. Es una emoción desequilibrante que no abunda en el resto de los seres vivos. La violencia de los animales es puro instinto, sólo apelan a ella para alimentarse o defenderse. Ni siquiera es cierto que los perros odien a los gatos, como hemos proyectado sobre los pobres cánidos durante tanto tiempo, para regocijo y provecho de los creadores de dibujos animados. No señor: el odio es nuestro y sólo nuestro — una de las especialidades que nos distinguen, y por ende separan, del resto de las formas vivas.

En buena medida, odiamos porque somos criaturas indefensas que piensan. Éramos una especie mal dotada para la supervivencia: desprovista de particular fuerza y velocidad, carente de cuero duro, de colmillos y de garras. En el gran restaurante de la naturaleza, pintábamos como bovinos: condenados a servir de alimento a los brutos que venían mejor preparados de fábrica. Pero, en nuestra desgracia, primero identificamos el objeto de nuestro odio —los predadores que nos tenían de hijos— y sostuvimos ese odio con persistencia, pasándoselo a las generaciones sucesivas, hasta que diseñamos métodos efectivos para protegernos de las bestias.

 

Colonización española: el poder de Cristo.

 

Lo hicimos con tanto éxito, que pasamos a la ofensiva. Habíamos convivido con el cagazo demasiado tiempo, y ya no nos alcanzaba con salir vivos. Después de haber demonizado a esas bestias, de haberlas incorporado a nuestra cultura como sinónimos del mal, necesitábamos destruirlas a piacere —no sólo en el acto de autopreservación sino como rito de pasaje, prueba del valor de cada hombre— y celebrar su muerte, convirtiendo esa victoria en una ceremonia. Nada más humano que el gesto triunfal de Tarzán: además de matar a la fiera, hay que ponerle el pie encima, golpearse el pecho y gritar para todo el mundo escuche.

Psicólogos como Douglas Winnicott sostienen que la invención del odio fue un paso necesario para nuestra evolución. El problema es que —en esto banco a Sigmund— ese mecanismo que fue tan útil para la preservación de la especie se convirtió en parte de nuestra relación con el mundo, y a partir de allí ya no pudimos frenar. Pasamos de odiar aquello que nos mataba a odiar todo lo que nos hacía infelices. Incluyendo, por supuesto, a nuestros congéneres.

Las religiones quisieron cortar el problema de cuajo, la compulsión a matarnos los unos a los otros con cualquier excusa, y convirtieron el homicidio en tabú. Pero como al mismo tiempo las castas sacerdotales comprendieron los beneficios que derivaban de la violencia convenientemente dirigida, se largaron a meter adendas al contrato, abusando de la letra chica. Y ahí establecieron que, por ejemplo, odiar al infiel —o sea, a todos los que no pensaban como uno— sí era válido. «¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos?», se pregunta el autor del Salmo 139. Decir que considerás a los enemigos de Dios como tuyos es una forma eficaz de obtener bendición para tu violencia, de matar sin ser condenado. El Drácula de Coppola —película de la que hablé hace semanas— masacra a los turcos infieles y después de ese baño de sangre besa la cruz, convencido de que el Dios cristiano estará chocho ante la carnicería que ha propiciado. La bendición papal justificó la colonización de América, África y Asia: había que poner los territorios salvajes bajo el poder protector de Cristo.

 

 

Pero claro: una vez que los salvajes fueron civilizados y adoptaron la misma religión que uno, había que inventar una nueva excusa para mantenerlos sojuzgados. Y ahí entraron a jugar su papel la eugenesia y el darwinismo social, a fines del siglo XIX, para justificar «científicamente» la preeminencia de unos pueblos por encima de otros. El negraje podía rezar las mismas oraciones que nosotros, pero de todos modos seguía siendo —completo aquí el razonamiento de Maury Vainilla, por extensión— una raza inferior. Un infra-pueblo, nacido para obedecer, yugar sin protestar y servir a la elite humana, ese 1% que se considera la cima de la evolución desde que pasó la aspiradora por los bolsillos de todo el mundo y en consecuencia tiene poder real.

Y así vivimos durante siglos, hasta que el nazismo pareció probar de una vez por todas la naturaleza esencialmente criminal del racismo y la discriminación. Como al proyecto hitleriano le convenía apropiarse de las riquezas de los judíos europeos, echó mano a un prejuicio de siglos y le dio manija, lo atizó a lo bobo. El tema es que las fobias son irracionales por definición, y en consecuencia, no debería sorprender que si le tirás brasa a un delirio la persecución a los ciudadanos de origen judío se vaya al carajo, generando una de las páginas más atroces y vergonzantes y atroces de la historia humana. Pero en fin, todo indica que ya pasó demasiado tiempo desde aquel genocidio. A juzgar por la realidad actual, la proscripción de la violencia por odio viene con fecha de vencimiento. Si el Estado de Israel puede perseguir al pueblo palestino con métodos tan deleznables como los que sufrieron los judíos de los pogroms, ¿por qué se refrenaría el resto de los que considera justificada su propia mala leche? En estos tiempos existe mucha gente que, lejos de considerarlo un baldón y una indecencia, cree que odiar al Otro es uno de sus derechos sacrosantos, la expresión más acabada de la libertad que reivindica para sí.

 

La voluntad de las «razas superiores».

 

 

Pero claro: si el odio es una moda —la pilcha que tantos quieren lucir—, eso significa que por detrás hay una industria.

 

 

 

Partido Mátelos Usted Mismo

Hasta no hace tanto, las disputas públicas que no podían dirimirse por las buenas —es decir, políticamente— se decidían mediante la violencia, ya fuese intestina, internacional o regional. A mediados del siglo pasado, la Segunda Guerra y la exhibición obscena del poder que arrasó con Hiroshima y Nagasaki dejaron en claro los riesgos de un enfrentamiento total. A partir de entonces, se administró la violencia de otro modo. Constante pero solapado, sí —¡con disimulo!— entre los países centrales. Violencia directa, contra países y regiones cuyos habitantes casi no cuentan para Occidente: Corea, Vietnam, Medio Oriente, cuyas víctimas no le han quitado el sueño a ningún político estadounidense, francés o israelí. Y violencia indirecta, en los países que —como los latinoamericanos— forman parte de lo que consideran su patio trasero.

Para Occidente, los musulmanes son marcianos. Observen el desprecio que circula por los medios y las redes en estos días, minimizando el respeto a sus costumbres que los qataríes demandan de los visitantes. En cambio a nosotros, que somos un gran destino turístico, tenemos linda música y bebemos alcohol a lo pavo, se nos perdona por exóticos: somos el primo pobre, con el que de tanto en tanto vale la pena salir de joda. Como en el fondo les cuesta distinguirnos, lanzaron operaciones coordinadas para toda la región: el Plan Cóndor en los ’70 (lo que Cristina llama el Partido Militar) y el lawfare en estos años (lo que Cristina llama el Partido Judicial). Pero tanto entonces como ahora, las cosas no salieron exactamente como querían. Hoy confían en que el endeudamiento que impusieron con la ayuda de los Judas locales nos corte el resuello, pero el control de la política populista a través de los jueces no fue todo lo que habían soñado. Lula saltó de la cárcel a una nueva presidencia. Cristina será condenada pero eso no disminuirá su ascendiente político, al contrario. Lo cual explica que en estos días asome una ofensiva de nuevo cuño (¿o pensaban que esta gente iba a darse por vencida?), que pasa por una reinvención de las formas violentas como herramienta política — un reformateo, se dice ahora.

 

 

 

 

Aquellos que hoy quieren instrumentar la violencia política en su favor necesitan del odio. Porque es el combustible de la máquina de destrucción: sin odio, la producción de violencia al servicio del poder cae en picada. Esa es la lógica que explica los contenidos que fabrican y difunden. Necesitan demonizar a los líderes populares, para que el público crea que quienes podrían mejorar su situación son, en realidad, sus enemigos. Esta demonización presenta una doble ventaja para el poder real. Por un lado, crea un caldo social de gran inquietud, en el cual las maniobras destituyentes se tornan aceptables: por ejemplo, la que se cargó a Dilma. Y por el otro, genera un ejército irregular de gente dispuesta a hacer uso de la violencia para transformar la realidad.

El piberío que compra el emprendedorismo no entiende que ese discurso lo pondrá entre la espada y la pared. Más temprano que tarde descubrirán que siguen siendo pobres como ratas y que, frustrados por ese nuevo fracaso, lo único que sigue estando a su alcance es, sí, la violencia. Tirar un tiro es mucho más simple que salvarse económicamente. Eso está a su alcance. Pero la fortuna y el buen pasar, el desahogo, no. Y eso no les deja mucha más opción que convertirse en tropa del poder real, ahora que ni los milicos ni los jueces garantizan el objetivo buscado. El joven pobre que hoy se sueña emprendedor será mañana un miembro de la más flamante iniciativa del poder real: el Partido Mátelos Usted Mismo. ¿No les rindió económicamente, el emprendedurismo? Prueben a ser emprendedores en materia de violencia, que —quien les dice— puede llegar a pagar bien.

 

 

 

 

Las fábricas de contenido al servicio del poder real destilan odio non stop, desde hace años. Ese odio desbordó ya los diques de la prudencia y el buen gusto, ahora hay mucha gente que dice animaladas por las redes. Cosas indignas, impresentables, que por supuesto revelan más sobre los emisores que sobre los destinatarios de la ira. Se desea la muerte, el cáncer, el patíbulo. Se burlan de la enfermedad y la desgracia ajena. Se solicitan sicarios ante las cámaras, para proceder a un asesinato pago. Se glorifican instrumentos de tortura y de ejecución. Habrá quienes piensen: Bueno, no es más que una minoría intensa. El problema es que los contenidos que produce esa presunta minoría intensa son omnipresentes, inescapables, y por ende nos contaminan, nos enchastran a todos. (Como decía al principio: no podés des-verlos, des-leerlos.) Y además no son loquitos sueltos, es la línea directa que baja desde lo más alto de los medios que generan opinión.

Como ya no les alcanza con inventar info y redactar condenas antes que los jueces, ahora avalan la violencia de forma desembozada. Días atrás, uno de los editores de Clarín tituló su nota Larga vida a Los Copitos. Por supuesto, si se lo encara se excusará diciendo que la que glorifica a Los Copitos es Cristina, porque le convienen en términos políticos. Pero el autor y editor es Héctor Gambini, no Cristina. No hay comillas en el título, y por ende no figura como atribuido a otra persona en el encabezado del texto. O sea que no hay otro modo de interpretar el título sino como algo que decidió y quiso decir su autor, que es el mismo jetón de la fotito, quien aparece firmando. ¿Cómo vas a titular Larga vida a los asesinos, infeliz? ¿Estás en el curso de ingreso a la carrera de periodismo?

 

 

 

 

Esta prédica envenena las aguas de las que bebe la sociedad toda. Cosa que de momento divierte a los poderosos de verdad, convencidos de que manipulan la opinión pública a su gusto. Les encanta que existan jóvenes desesperados por algún tipo de notoriedad (y toda búsqueda de notoriedad, lo sabemos, esconde necesidad de auto-afirmación, de confirmación de la propia existencia y el propio valor); jóvenes que, insisto, con la dirección y el financiamiento adecuados estarían dispuestos a ensuciarse las manos. Imagino que herr Adolph también se entusiasmaba al principio, cuando le parecía que atizar la fobia anti-judía de parte de la sociedad alemana garpaba en términos políticos. El problema con ciertas cajas de Pandora es que abrirlas es muy fácil, pero cerrarlas a tiempo es casi imposible. Una vez que levantaste la tapita, la cosa se va de las manos indefectiblemente. ¿A alguien se le escapa cómo terminó la aventura del Tercer Reich? ¿Realmente queremos probar suerte por ese lado?

Cuando alguien se toma el trabajo de photoshopear una imagen para inventar un velorio que nunca existió —usaron una foto del velorio de Fangio para decir que era el de Hebe, se los juro, burlándose de que no había ido nadie a rendirle homenaje—, eso es un signo de que te pasaste de rosca con la nafta que echaste al fuego y que el incendio se descontroló. Ya no hay forma de evitar que muchos salgan escaldados, porque el fuego no discrimina: a las llamas les da igual quemar a un inocente que al pelotudo que llevaba el bidón de kerosén. Eso es lo que estos inconscientes parecen no entender: que una vez que el Partido Mátelos Usted Mismo pase a la acción, nada garantiza que ellos mismos no se transformen también en blanco ambulante.

 

 

 

El poder real enferma nuestras sociedades para perpetuarse. Psicopatiza ciudadanos en su beneficio. Lo cual significa que a nosotros nos queda otra, en esta hoguera, que dar un paso hacia adelante, presentarnos como voluntarios y coordinar esfuerzos para oficiar de bomberos.

 

 

 

Entre caníbales

Este fenómeno es mundial, claro. La derecha organizada azuza los resentimientos del sector de la ciudadanía que en todas partes se siente postergada y amenazada por la inmigración. ¡Steve Bannon, el Durán Barba de Trump, anda reclamándole a los bolsonaristas que sostengan las protestas que desconocen el resultado electoral de Brasil! Pero ninguna persona que provenga de un país como Estados Unidos, donde hay un promedio de dos (2) masacres diarias —así es: no pasa un día sin que aparezcan dos cretinos armados hasta los dientes, que salen a bajar gente—, nadie que sea oriundo de una sociedad así, digo, debería sentirse en condiciones de dar consejos.

 

Steve Bannon.

 

Pero lo preocupante no son las astracanadas de Bannon, ni los ardides de los poderosos para seguir en la cima de la pirámide y comerse una porción de torta cada vez más grande. Esas han existido y existirán siempre. (Aunque tal vez deberían considerar que han creado una situación en la cual la palabra siempre puede achicarse, pasando a significar durante poco tiempo más.) Lo preocupante, creo, son las circunstancias en que van más allá de la maniobra política y económica y se lanzan a emponzoñar la sociedad, a envilecerla. Cuando la empujan a que asuma sus peores instintos y los lleve al acto, a que se reconozca como canalla. Cuando, no contentos con esquilmarla, con sacarle toda la guita que puedan, además la pudren para que los sectores sociales que no viven en una torre de marfil sino a ras del suelo se ataquen y devoren entre ellos.

Como suele ocurrir, el arte anticipa por dónde soplarán los vientos. En los últimos tiempos comenzaron a brotar por todas partes relatos que tematizan el canibalismo. Aquí primereó la escritora Agustina Bazterrica, con una novela —Cadáver exquisito (2017)— que tuvo un buen recorrido internacional. Pero además esto se nota en narraciones que provienen de lo que solíamos llamar Primer Mundo y sigue siéndolo, en la medida en produce contenidos que circulan por el resto del orbe y germinan en nuestras pantallas. Series de calidad, como Yellowjackets. Otras más discutibles pero muy populares, como Monster: The Jeffrey Dahmer Story. Películas como Voraz (Raw), Fresh y la inminente Bones and All, protagonizada por el joven actor del momento, Timothée Chalamet. Ninguno de estos relatos escamotea el horror que significa comer carne humana, pero al mismo tiempo varios de ellos abren el juego en lo que significa considerar la posibilidad. Cuando los que se lastran congéneres son dos chicos bellos y enamorados como Chalamet y Taylor Russell, es inevitable considerar que en la pantalla el canibalismo pierde algo de su condición de tabú, y hasta puede llegar a parecer sexy.

 

 

«Bones And All»: caníbales enamorados.

 

 

No estoy diciendo que el canibalismo sea uno de los problemas del momento. Lo que sugiero es que a menudo los artistas pescan una vibración que llega por el aire y le dan una forma dramática, que eligen una metáfora que les permite hablar de un tema —o de una sensación, o de un temor— de manera elíptica. (Artística, bah.) Nadie se está comiendo a nadie literalmente, al menos no de momento. Digo, nomás, que es significativo que se repitan los relatos donde personajes empiezan a considerar a sus congéneres menos como iguales y más como reses con habilidades verbales; donde el Otro resulta cosificado, reducido a un recurso lícito, visto como carne que tengo derecho a comer para saciar mi hambre. De algún modo, estos relatos sobre canibalismo transparentan aún más aquello que ya estaba implícito en la narrativa sobre zombies —cuya característica central es esa, les tememos porque nos quieren morfar— y dan un paso más, al invertir la polaridad: acá ya no se trata del miedo a ser lastrados, sino de poner al espectador en el lugar de quien se lastra a otros.

La diferencia entre quien acepta comerse a otro ser humano y quien decide matarlo porque no se lo banca o no encuentra mejor solución para un problema es de matices, nomás. En esencia, se trata de la misma actitud: privilegiar el deseo propio por encima del derecho del otro a seguir viviendo. Pensar que la necesidad de uno es más importante que la existencia ajena, dejar de ver al otro como una voluntad independiente para considerarlo apenas un obstáculo o un insumo. Por eso urge que nos hagamos cargo del problema de la multiplicación de la gente que, si la dejásemos, nos comería crudos. (Metafóricamente, al menos hoy.) La canibalización de nuestras sociedades es un tema con el que debemos lidiar, partiendo de una primera certeza. Como le gusta decir al Indio parafraseando a Borges: de todas las formas posibles de lidiar con un caníbal, la única inaplicable es la decisión de primerearlo y comérnoslo.

 

Cómo aumentaron las masacres en USA hasta 2020… ¡y a partir de allí, empeoró aún más!

 

 

Dado que yo no quiero convertirme en caníbal, entre otras cosas porque cuento con que otros seres humanos nutran mi espíritu antes que mi vientre, voy a dejar de hablar de cosas horribles —y de gente que paga a otra gente para que vuelva horrible al resto— y a hablar brevemente de algo bello de verdad. O sea de Hebe, que será una inspiración mientras estemos aquí y después también. Los miserables de siempre fabricaron tanto humo y apilaron tanta mugre alrededor suyo que resulta fácil perder de vista lo esencial. Su historia no puede ser más argentina, es de esas parábolas que contienen el dolor y la gloria que deriva de existir intensamente en este país. Una persona que había sido formada para convertirse en una Susanita como la de Mafalda, a quien la crueldad de los poderosos —que le arrebataron no un hijo, sino dos— puso en una disyuntiva vital. Sin nada que perder más allá de la vida propia, cuyo sentido había quedado en entredicho después del asesinato del fruto de su vientre, Hebe decidió —junto con otras madres y abuelas— poner el cuerpo y reclamar justicia, sin aceptar un no por respuesta.

Como era más extrovertida y físicamente más fuerte que otras (y como no tenía filtro, y tampoco se comía una), se hizo notar enseguida. Pero todo lo que hay que entender de Hebe y de las demás madres y abuelas está expresado sin palabras en esas fotos donde se las ve rodeadas de milicos a caballo, armadas tan sólo con sus vestidos, sus pañuelos, sus carteras y sus zapatos de taco chino. La brutalidad del poder que se funda en la violencia versus el poder deslumbrante de un reclamo justo. Si prestan atención a esas imágenes en blanco y negro, percibirán que ellas parecen concentrar sobre sí toda la luz, que más allá de las viejas todo lo que hay son sombras. Los nuevos ricos del Norte tendrán a Superman, al Capitán América y a todos esos. Nosotros tuvimos —tenemos— a Hebe, que es lo más parecido a una superheroína que nos regaló el mundo real. Si podemos reclamar que hay entre nosotros algo parecido a la Liga de la Justicia, es porque eso fueron, son y serán las Madres y las Abuelas. Chupala, Linterna Verde.

 

 

 

 

Hebe era bardera y no hay que pedir disculpas por eso, venía con el combo. Así como se peleaba con quienes había que pelearse discutió con gente a quien también admiro y respeto, pero eso no la disminuye en nada. Que yo sepa, nunca pretendió ser perfecta. Lo que importa es que lo esencial que debía hacer lo hizo bien, más que bien. Y que por eso mismo es y seguirá siendo de esas figuras que deberían darnos orgullo de ser argentinos, nos puso en el mapa mundial bajo la mejor luz: la representante de las mujeres que hicieron frente a los genocidas con la variante argenta de la capa mágica, que es el pañuelo blanco.

Atesoro, por supuesto, mi anécdota con ella. Me invitó una vez a su programa de radio. En el 2019, creo. Supongo que tenía curiosidad, que quería saber qué me habían visto tanto el Indio como Cristina para considerarme un co-equiper ocasional. Lo cierto es que se había tomado el trabajo de leer lo que yo venía escribiendo en El Cohete A La Luna. Recuerdo que me comentó una nota en particular, de modo que reveló que la había entendido profundamente. Me dio ternura entonces, y me la seguirá dando eternamente, imaginarme a Hebe leyendo a los 90 mi nota sobre Blade Runner, donde preguntaba qué es lo que nos hace humanos.

«Para ser humanos de verdad y no fake humans, hay que experimentar la piedad», se me había ocurrido escribir ahí. «En lugar de navegarla en piloto automático, para surfear esta existencia —la única de la que disponemos— hay que estar dispuestxs al sacrificio, o al menos al acto sacramental de resignar algo por el bien de alguien que no sea uno mismo… Aun cuando nuestras energías se dilapidan en el esfuerzo de llegar a fin de mes y de proveer y proteger a lxs nuestrxs, tenemos claro que no podemos hacerlo de cualquier modo — que se trata de seguir haciéndolo pero no al precio de dejar de ser humanos de verdad».

 

 

 

Hebe luchó contra los dragones su vida entera sin perder su humanidad, sin convertirse nunca en un caníbal. Cuando estaba viva sabíamos que, con ella al frente, podíamos hacer frente a cualquier adversario. Ahora no está físicamente, pero eso no significa que haya dejado de inspirarnos. ¡Al contrario! En este preciso momento, nos recuerda que a pesar de sentirnos inermes frente a un ejército muy poderoso, tenemos todo lo que necesitamos tener para hacerle frente: nuestra dignidad, la negativa a convertirnos en miserables para sobrevivir, el rechazo irreductible a entrar en la dialéctica del morfar o ser morfados.

Solari ya lo dijo antes, y mucho mejor que yo: en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida. Y si en algo descolló Hebe —plantándole cara al monstruo mientras controlaba que no se quemasen las milanesas, sin perder nunca el humor, pelando definiciones deslumbrantes y afiladas a lo Maradona— fue como maestra en el arte de resistencia.

Vivió bellamente. Aferrémonos a esa idea, a ese objetivo, y no lo soltemos nunca. Como me salió decir por Twitter —porque también se pueden decir cosas lindas en las redes, el vómito negro no es obligatorio—, nadie se lleva nada al otro lado, lo cual significa que todo el coraje de Hebe debe haber quedado por acá, dando vueltas. Ese es un tesoro que no deberíamos desperdiciar. Así que, ya saben: que cada uno de nosotros tome la porción de valentía que se crea capaz de cargar, y usémosla.

¿Se les ocurre un modo mejor de honrar a Hebe?

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí