La mosca en la oreja

El outsider criollo aprovecha la devaluación de la dirigencia política para construir su imagen de superhéroe

 

El PBI crece, las cifras de desocupación registran un descenso y, sin embargo, el termómetro social muestra temperatura. La inflación y la desigualdad construyen la sensación térmica. La estructura de la distribución del ingreso, que la medición del INDEC muestra que mejoró, está estancada en una desfavorable participación de los trabajadores y muchos de los que tienen trabajo, aun así, son pobres. Todo esto en días de subjetividades moldeadas por el consumo, donde ser es tener. Esos potenciales consumidores, viendo enflaquecer sus bolsillos cada día, demandan y esperan de sus representantes políticos soluciones. En tanto los problemas económicos heredados parecen requerir de tiempos medianos y largos de resolución, las expectativas y necesidades son inmediatas. En esa fricción se instala la tensión política y, si bien las elecciones están lejos, los sondeos que pulsan el estado de ánimo de la sociedad dicen que se afirma la figura de Javier Milei. El fenómeno, que algunos calificaron de transitorio y moda porteña, hoy es parte del juego de ajedrez que ambas coaliciones miran atentamente.

El político, autodefinido liberal minarquista, es interpretado por algunos como resultado de la defraudación que estaría provocando el Frente de Todos en su electorado, especialmente el blando. Otros explican que la moderación del ala larretista del juntismo y el cambio es la que aviva el fuego libertario. Finalmente, hay quienes lo descifran como un fenómeno que sintoniza con el crecimiento de las derechas en el planeta. Entre tanta interpretación, en estas líneas se aventura una cuarta hipótesis. Se considera la posibilidad de que se trate, en gran medida, de la versión local de un sentimiento global que favorece a quienes nunca gobernaron y que, por ende, pueden esgrimir un discurso antisistema sin ataduras o simplemente prometer algo distinto a lo ya experimentado. Si así fuera, convendría ir pensando en resolver el fracaso de la democracia liberal.

Jair Bolsonaro, por derecha, con elementos performativos de extrema violencia y un discurso en el que tomaba distancia de la clase política, ganó en su momento las elecciones presidenciales en Brasil. Por izquierda, en 2021, lo hizo Gabriel Boric, ex líder estudiantil que llegó al Palacio de la Moneda como representante de las masivas protestas que venían marcando la crisis política que desde 2019 sacudieron a Chile. Es exponente de una nueva generación, sin experiencia ejecutiva previa y ajena a los dos grandes bloques de centroizquierda y centroderecha que gobernaron el país trasandino desde 1990. Pedro Castillo, en Perú, un maestro de escuela con ninguna experiencia anterior en el gobierno, llegó a Presidente en 2021. En su momento expresó, en una entrevista concedida a la CNN, que “no soy un político, no fui entrenado para ser Presidente”. Algo parecido se pudo leer en los comicios de Francia, donde el 40% de los jóvenes de menos de 34 años se quedó en casa en la primera vuelta y, los que fueron, votaron en mayor porcentaje al candidato de izquierda, Jean-Luc Mélenchon, quien compitió por el mismo electorado descreído de la política al que le habló Marine Le Pen, la ultraderechista que llegó al ballotage.

Nuestro outsider criollo, aprovechando los tiempos de representantes políticos devaluados, construye su imagen de superhéroe. Sortea su salario de diputado nacional todos los meses y dice que la verdadera grieta “es entre la casta y los honestos que nos rompemos el lomo laburando”. No solo se ubica fuera de la dirigencia política, también se define como un trabajador. Utiliza un chaleco antibalas en actos donde convoca a miles por fuera de tiempos electorales, como si necesitara protegerse de todo aquello contra lo que viene a arremeter. Ensaya redefinir el lenguaje político y entonces sus actos ya no son actos, los llama “clases abiertas”. Su melena de león rugiente hoy viaja por las provincias, enhebrando las frustraciones de un electorado lábil que vio truncadas sus expectativas cuando apostó por “el Cambio” en 2015 y, por estos tiempos, vuelve a experimentar el mismo sentimiento después de votar al Frente de Todos.

Durante su clase pública, dictada en el Parque O’Higgins de la Ciudad de Mendoza, acusó al gobernador radical de estar detrás de la maniobra que le impidió dar su charla pactada en la Bolsa de Comercio de la Provincia, donde al llegar le negaron el ingreso. Acto seguido, mandó “un saludo a esos argentinos que se rompen el lomo en el campo y que llegaron a la plaza pidiendo por libertad, pidiendo por el respeto a la propiedad y que se terminen los malditos impuestos y las malditas retenciones”.

Los saludos viajaron hasta Buenos Aires, donde una plaza rala brindaba escena al desfile de tractores que algunas señales televisivas recorrían, micrófono en mano, sobreactuando una algarabía policlasista. Mientras una jubilada argumentaba “estar harta de que quien cobra un plan, cobra más que yo que trabajé toda la vida”, otra señora, sobre una camioneta, enfatizaba que “venimos a rechazar al gobierno. Mantenemos con los impuestos a gente que no quiere trabajar. Éramos un país próspero y ahora somos un país de vagos”.

Que se lo digan a Jazmín que, con 28 años, trabaja de miércoles a sábado en una cervecería del barrio de Palermo. Arranca a las seis de la tarde preparando la noche. En dos de esas noches sus tareas terminan a las tres de la madrugada. Las otras dos la encuentran bajando las persianas recién a las seis. A los 27.000 pesos que recibe mensualmente en concepto salarial, totalmente en negro, puede llegar a sumarle entre un 15 y un 30% más derivados del reparto de las propinas. Cuando la suerte la acompaña, araña los 35.000 pesos. Lleva casi un año detrás de la barra del bar llenando pintas, enteras y medias. Mientras, busca aumentar sus ingresos sin éxito. “Si quiero cambiar, consigo otra cosa, podes encontrar mejores y peores laburos, pero ninguno te mejora el bolsillo”.

Jazmín es parte de la expansión del empleo durante el 2021, derivada del 10,3% de crecimiento del producto. Si ponemos la lupa en el cuarto trimestre de 2021 respecto al de 2020, los datos registrados por el INDEC dicen que la población ocupada creció en 1.120.000 puestos de trabajo en un año. El problema es que mientras el trabajo asalariado registrado creció un 3%, el no registrado lo hizo en un 10,4%. La informalidad, entonces, creció a una velocidad 3,5 veces mayor. Son trabajos de bajos ingresos que, por el volumen que tienen en nuestra economía actual (casi un 40%), operan prácticamente como un ejército de reserva, empujando a la baja las remuneraciones de la fuerza de trabajo. En concreto, hoy, casi 5 de cada 10 personas vive con ingresos per cápita familiar que los ubica como pobres o en situación fronteriza, esto es, a punto de serlo.

En este contexto hay que interpretar el impacto del 6,7% de inflación del último mes, que llevó al gobierno a replantear su política de ingresos cuando la canasta básica total para una familia de cuatro integrantes –la que determina la línea de pobreza– alcanzó casi los 90.000 pesos. Las medidas para mejorar los bolsillos abarcarán a los monotributistas de las categorías más bajas, trabajadoras/es informales, trabajadoras/es de casas particulares, pensionadas/os, jubiladas/os, y acompañarán a las aperturas de paritarias. Los fondos para solventar esta suerte de IFE corto surgirán de una alícuota sobre la “renta inesperada” que, en términos generales, procederá de empresas con ganancias superiores a los 1.000 millones de pesos, beneficiadas por los aumentos de precios derivados del contexto internacional. La ley al respecto, que la oposición ya anticipó que no pasará, todavía sigue cocinándose. Es el nudo que, desatado, sirvió de excusa al desfile de los tractores. De todos modos, suena a muy poco. Serán 18.000 pesos a cobrar en dos cuotas. En este contexto, esos grupos sociales parecerían necesitar más audacia y creatividad política para paliar sus dificultades. Además, aumentar ingresos de modo permanente, no transitorio.

Por ahora, las/os trabajadoras/es que recibirán el bono, los “vagos” a los que se refirieron algunos de los marchantes del tractorazo, se esfuerzan y trabajan cada día, pero aun así continúan siendo pobres. Del lado de los tractores se escuchó que “no quieren trabajar para no perder el plan”, también que “prefieren trabajar en negro para no perder el plan”. La brújula del ideologismo apunta siempre al plan, pero el problema es que con un salario de 27.000 pesos en blanco, negro o gris ni se come ni se cura ni se educa.

Como Jazmín, muchas/os trabajadoras/es informales desarrollan sus tareas en el sector privado. Si bien corresponde a una discusión más profunda, que no se hará en estas líneas, por estos días es el Estado el que suplementa los ingresos de trabajadoras/es que no perciben, de parte de su empleador, salarios acordes a los umbrales mínimos y dignos de subsistencia. Es parte del desorden que la pandemia provocó y que hay que resolver.

Domar la inflación, objetivo irrenunciable, luce difícil. Si el dólar va a acompañar a los precios para mantener constante el tipo de cambio real y las tarifas van a aumentar para reducir su peso sobre el gasto público, los precios van a seguir teniendo motores de crecimiento por un tiempo, dificultando la mejora de los salarios reales. El gobierno se trazó como objetivo de su política anual de ingresos que los salarios crezcan más que la inflación, pero el camino se ve espinoso. Supongamos que el sector registrado lo logre, aunque sea por un punto. Pero el panorama es particularmente negro en los sectores informales, que tienen menos recursos institucionales para defender sus posiciones.

En 2021 los salarios reales del sector registrado le ganaron por poco a la inflación, pero los informales volvieron a perder, en otra derrota anual consecutiva contra los precios. El desafío 2022 de la política de ingresos debería trazarse entonces un objetivo adicional que, vistas las dificultades, puede concluir siendo el principal. Se trata de evitar que la brecha salarial existente entre ambos grupos se agrande y, en lo inmediato, el resorte pasa por el Estado. Para ello y dadas las restricciones, debería contar con recursos extraordinarios –impuestos a quienes acumularán ganancias extraordinarias y/o retenciones a quienes se verán beneficiados vía precios– durante el tiempo que dure la sumatoria de la crisis interna más los fuegos de Ucrania.

Mientras a este contexto se lo perciba irresoluto, Javier Milei continuará desparramando su lenguaje de intenciones proféticas y acechando. Lo confiesa el comunicado de la coalición juntista del miércoles pasado, donde los que lo resisten colaron una frase que lo acusa de “intentar quebrar nuestra unidad”. Por el momento, él continúa parado de frente, con chaleco y puños cerrados para luchar contra Todos / Juntos, la casta.

 

 

 

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