LA MUERTE DE ABIMAEL GUZMÁN

A los 86 años falleció en la cárcel del alta seguridad donde pasó casi los últimos 30 años

Cada quien ama Perú a su manera, y la mía estuvo y está muy lejos de Guzmán hombre y mito. Llegué al Perú buscando a Mariátegui, allá por el año ’94, y mi primer amor sobre el terreno fueron una serie de compañerxs que venían del partido unificado mariateguista —PUM—, cuya mirada me abrió las puertas a la cultura de la riquísima izquierda peruana. No sólo Tito Flores Galindo —Buscando un inca, La agonía de Mariátegui—, sino también una comprensión del fenómeno estremecedor que fue Sendero Luminoso.
Sobre el  terreno leí la tesis de Guzmán y una larga entrevista que entonces circulaba con muchas reserva, pero también conocí el libro de Julio Roldán, Gonzálo el mito, que contaba el fondo ideológico y político maoísta de Sendero. Desde ya, conocía el análisis de Jorge Castañeda —en La utopía desarmada—, pero sobre todo estudié el excelente estudio de Carlos Iván Degregori El surgimiento de Sendero Luminoso, situado en Ayacucho 1969-79, editado por el IEP. Conocí la universidad de San Marcos, admiré al Colectivo Amauta y con ellxs recorrí todo lo que pude de historia y presente de ese país clave de nuestra región.
Temblamos —en la época de la Cátedra del Che—, cuando un comando del MRTA tomó la embajada de Japón y los asesinos Fujimori y Montesinos reaccionaron de acuerdo a su naturaleza. Más tarde llegó el libro de Santiago Roncagoglio, La cuarta espada, la historia de Abimael Guzman y Sendero luminoso, escrito cuando el líder senderista ya estaba en prisión. Pero sobre todo me conmovió el libro Persona, del historiador y poeta —hijo de militantes de Sendero asesinados por el Estado— José Carlos Aguero, un talentoso escritor que se atreve a discutir el secuestro que la cultura de la guerra le hace al discurso de los sujetos singulares.
Imposible amar Perú e ignorar a Sendero. No es fácil sostener la fascinación por la izquierda peruana, incluso en esta hora, sin llenarse de preguntas sobre la oscuridad que envuelve a la figura de Guzmán. No despedimos a Guzmán como se despide a un revolucionario. Su nombre, lejos de borrarse, perdurará como lo hacen los enigmas más penosos, aquellos que por encerrar la cifra de nuestros fracasos, no deben ser pasados por alto.

 

 

 

 

 

 

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