La música que escuché mientras escribía

Ritmos negros del Perú

 

En varias ediciones hablamos de los cruces y fusiones, que son tan enriquecedores para cualquier cultura y que reflejan las corrientes migratorias.

Buenos Aires lleva varios años en un proceso de ese tipo que no llega a tener la intensidad del que sucedió entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, pero que se nota en las calles y los transportes públicos y que no dejará de tener consecuencias de largo plazo.

Aparte de muchos turistas, que mapa en mano tratan de adivinar dónde están, gringas que hablan finito y estridente, centroeuropxs a quienes no se les entiende nada, brasileñs inconfundibles, la ciudad está llena de vecinos sudamericanos. Colombianxs que te sirven el café, venezolans que llegaron corridos por el hambre y la violencia, peruanxs que te llevan en el taxi con tanta seguridad como si hubieran nacido aquí, senegaleses que trafican auténticas copias de relojes faroleros, bolivians que te ofrecen la mejor verdura que se pueda conseguir hoy.

Hace unos días en un vagón de subte había una piba menuda que soplaba el saxo con energía, acompañada por un muchacho que marcaba el ritmo con un cajón. No un cajón de fruta del moño azul, sino el instrumento que tocan los negros peruanos en las peñas y jaranas que conocí durante el año en que viví allí. Se sientan sobre él y golpean con las palmas desnudas.

 

 

Cuando terminaron le pedí al chico que tocaran algo de Nicomedes Santa Cruz. Con su mejor cara de Much Music me preguntó quién era ese Nicomedes.

Para él y para ustedes van estas marineras y resbalosas, parte de su espectáculo Ritmos Negros del Perú.