Ha tomado estado público un documento publicado en Israel por el The Institute for National Security Studies (INSS) el pasado 12 de octubre de 2026, titulado “El nuevo concepto de seguridad nacional: Conceptualización y preguntas para el debate”. El autor es el general de división en la reserva Tamir Hayman, ex jefe de la Dirección de Inteligencia de las Fuerzas de Defensa de Israel y director del mencionado instituto.
La importancia del documento reside en el hecho de que el concepto de seguridad nacional de Israel ha sufrido una transformación radical a raíz de los acontecimientos del 7 de octubre de 2023. El autor argumenta que la política de seguridad del país ya no se rige por la doctrina tradicional no escrita que funcionó durante décadas. En su lugar, se ha consolidado un “nuevo concepto de seguridad” de manera informal. Aunque este marco no ha sido articulado formalmente ante el público ni normado dentro del estamento de defensa, guía en la práctica la toma de decisiones y dicta la estrategia actual del Estado. Hayman sostiene que, a partir de las acciones del gobierno y del estamento militar desde el 7 de octubre, se infieren algunos principios fundamentales que rigen la nueva doctrina informal. El primero de esos principios ya anuncia la relevancia del documento al sostener la primacía de la identidad judía sobre la democracia. Se establece que la naturaleza étnica, religiosa y nacional judía del Estado tiene prioridad absoluta sobre el sistema democrático y se justifica explícitamente la erosión de los valores democráticos y liberales con tal de asegurar la continuidad identitaria frente a otras identidades de la región, como la árabe-islámica.
El informe advierte que el peligro real de este “nuevo concepto de seguridad” radica en su naturaleza opaca e informal. Al no estar plasmado en un libro blanco ni haber sido debatido o aprobado por los canales democráticos oficiales, está modificando la estructura del Estado sin supervisión. Por consiguiente, Tamir Hayman enfatiza la urgencia de someter estas premisas a un debate público riguroso para decidir si estas transformaciones son una adaptación pragmática y obligada por las nuevas amenazas, o si representan una deriva descontrolada que destruirá la identidad original del Estado de Israel.
Los principios
El documento continúa desarrollando los otros principios, en una presentación más descriptiva que normativa. Pero justamente en esto radica su relevancia, puesto que ofrece una insólita mirada interior de reconocimiento de las caracterizaciones críticas que se han venido formulando al Estado de Israel. Veamos ahora la totalidad de esos principios:
- La paz como medio y no como fin: Se rechaza la noción de que la paz sea un valor intrínseco o un generador de seguridad. Bajo esta nueva premisa, cualquier acuerdo con actores árabes se considera intrínsecamente temporal, técnico y engañoso. Buscar la paz de forma permanente se cataloga como un error ingenuo asociado a la izquierda (la antigua conceptzia que facilitó la catástrofe del 7 de octubre).
- Rechazo de la existencia independiente de los Estados árabes: Se asume que los Estados árabes vecinos son construcciones artificiales o “sintéticas”, compuestas por facciones tribales y étnicas sin una visión nacional real. Bajo este prisma, desestabilizar o debilitar activamente a estos Estados se considera un proceso natural y ventajoso para Israel.
- La guerra como fundamento permanente del Estado: La paz ya no es el objetivo; la guerra pasa a ser una constante necesaria para la supervivencia. Inspirado en la frase revisionista de Ze'ev Jabotinsky “el silencio es inmundicia”, el nuevo concepto postula que la búsqueda de la calma es una muestra de debilidad. La guerra preventiva y proactiva es preferible a la contención.
- Autosuficiencia y ruptura de la dependencia con Estados Unidos: Se percibe a Estados Unidos como una potencia global en declive y con dinámicas sociales progresistas incompatibles con los valores judíos de Israel. El nuevo enfoque sostiene que la dependencia excesiva de Washington es peligrosa y restrictiva, por lo que romper esos lazos y buscar una soberanía absoluta es esencial.
- Prioridad de la ofensiva y el ataque preventivo: Ante la imposibilidad de garantizar alertas tempranas infalibles o de absorber ataques sorpresivos sin daños catastróficos, la doctrina estipula que el ataque preventivo y la ofensiva constante deben ser la estrategia por defecto.
- Defensa avanzada y profundidad territorial: Cuando no es posible un ataque preventivo inmediato, se promueve la creación de zonas de defensa avanzada en territorio enemigo (Líbano, Siria, Gaza). Estas zonas operan como amortiguadores que trasladan el combate fuera de las fronteras israelíes y debilitan a los grupos armados locales.
- El conflicto palestino como permanente e irresoluble: Se desacredita el movimiento nacional palestino calificándolo como una narrativa occidental artificial. Al asumir que el conflicto no tiene solución política, se rechaza cualquier separación geográfica o la creación de un Estado palestino. La seguridad se busca mediante la expansión de los asentamientos, tanto dentro como fuera de la Línea Verde (la cual se considera ficticia).
- El civil y los asentamientos como componente central de defensa: Se regresa al modelo paramilitar previo a la fundación del Estado (yishuv). Los ciudadanos y las comunidades en zonas de fricción se integran activamente como la primera línea de la red de defensa (el “escudo de vanguardia”), descentralizando la responsabilidad de la seguridad.
- Independencia industrial y tecnológica de defensa: Para mitigar la vulnerabilidad de las cadenas de suministro internacionales, el Estado prioriza la inversión autárquica en tecnologías de defensa, ciberseguridad e inteligencia artificial, limitando la cooperación en programas de investigación científica globales.
El contraste con la doctrina anterior
El artículo de Tamir Hayman analiza estos principios emergentes contrastándolos con los pilares históricos que permitieron la formación del Estado de Israel. La Declaración de Independencia de Israel concibió un Estado judío fundamentado en la democracia liberal, la justicia y la plena igualdad de derechos civiles, sociales y políticos para todos sus habitantes, sin distinción de raza, credo o sexo. Se sostenía que Israel debía ser un faro ético secular y moral, una “luz para las naciones”. Sin embargo, con el paso de los años, al dar prioridad a la teocracia o a criterios estrictamente religiosos por encima de los civiles, se ha marginado a la población árabe de Israel (una quinta parte del país). El autor se pregunta cómo afectará esto a la cohesión interna, al concepto de justicia y al estatus internacional de Israel si abandona definitivamente su identidad democrática liberal.
En cuanto a la relación con los países árabes, el autor sostiene que tradicionalmente Israel defendió un relato donde aparecía buscando en forma proactiva los acuerdos de paz con sus vecinos como un eje fundamental para su reconocimiento internacional, legitimidad y desarrollo económico. Basado en la doctrina de David Ben-Gurion, se suponía que el Estado se consolidaba y progresaba durante los periodos de calma y la guerra era un evento excepcional, breve y costoso en el que se consumían los recursos acumulados en la paz. Ahora, con la nueva doctrina, al tratar la paz como un engaño transitorio, se puede producir una profecía autocumplida de aislamiento. El hecho de desvincularse de las normas del mundo occidental liberal aumenta el riesgo de provocar una crisis económica masiva y una fuga de cerebros sin precedentes, amenazando la resiliencia social a largo plazo. El texto plantea la incertidumbre de qué ocurrirá con la economía, la educación y la cultura de una sociedad si la movilización y el conflicto armado se normalizan de manera indefinida.
Tradicionalmente, la seguridad israelí descansaba sobre el tríptico de disuasión, alerta temprana y defensa posterior para gestionar las amenazas en un entorno hostil sin desgastar los recursos del Estado de forma continua. Si ahora se renuncia a la disuasión y se apuesta al ataque preventivo constante, se elimina la capacidad de gestionar riesgos. El autor duda que un Estado pueda ser más seguro eliminando el cálculo estratégico de riesgos y asumiendo los costos socioeconómicos de una ofensiva perpetua. De igual modo, desde la fundación de las FDI, se suponía que los soldados defendían las fronteras para proteger las vidas civiles en la retaguardia. Al convertir los asentamientos y a los ciudadanos de las zonas de fricción en la primera línea de defensa, se invierten los valores de un Estado soberano fuerte, exponiendo deliberadamente a los no combatientes al peligro directo. Además, al disolver las fronteras definidas internacionalmente por zonas amorfas de “defensa avanzada”, se debilita la seguridad jurídica internacional del país.
En cuanto a las alianzas internacionales, debido a su territorio reducido y la escasez de recursos naturales, el estamento de defensa siempre entendió que Israel requería del apoyo político, militar y tecnológico de las grandes potencias, especialmente de una relación especial con Estados Unidos. Si ahora la relación especial con Estados Unidos se pierde, se corre el riesgo de que, al intentar cortar los lazos y aislar las industrias tecnológicas y de defensa de los consorcios internacionales, se provoque un estancamiento tecnológico drástico en un momento donde las alianzas globales son vitales.
La actualidad de Jabotinsky
El análisis de Tamir Hayman muestra cómo la política informal de Israel tras el 7 de octubre rescata y extrema las ideas históricas de Ze'ev Jabotinsky (1880–1940), fundador del sionismo revisionista. En 1923 fundó la Nueva Organización Sionista, de carácter revisionista, por ser abiertamente anticomunista, militarista y opuesta al sionismo laborista. En el primer congreso del sionismo revisionista, celebrado en Milán en 1932, Jabotinsky afirmó que deseaba un “Imperio judío” similar al imperio italiano de Mussolini, que abarcaría Palestina, Transjordania, Egipto hasta el canal de Suez e Irak.
En su ensayo La muralla de hierro (nosotros y los árabes) (1923), dio su opinión sobre el conflicto árabe-israelí, sosteniendo que el acuerdo árabe-judío no sería posible mientras los árabes palestinos no percibieran la presencia judía como irreversible, por lo que abogó por construir una “muralla de hierro”, es decir, una fuerza militar imbatible. Jabotinsky argumentaba que era completamente utópico esperar que los árabes de Palestina aceptaran voluntariamente la creación de un Estado judío. Sostenía que los árabes no eran tontos ni se dejarían sobornar con promesas de prosperidad económica a cambio de ceder su tierra y actuaban con el mismo patriotismo instintivo que cualquier otro pueblo. Por lo tanto, la fuerza era el único lenguaje efectivo. Sólo cuando los actores árabes se dieran cuenta de que era absolutamente imposible romper esa muralla, desistirían de su intento de destruir el proyecto sionista y se abrirían a negociar la coexistencia. Jabotinsky acuñó el concepto de “monismo” dentro de su movimiento, usando la metáfora de una bandera que sólo puede tener un color. Para él, el único objetivo supremo e inamovible era la creación y preservación del Estado judío con una mayoría sólida, y cualquier otro valor universal (como el socialismo, el pacifismo o las corrientes liberales occidentales) debía subordinarse a ese fin.
La guerra total y constante
Como señala Trita Parsi, cofundador y vicepresidente ejecutivo del Quincy Institute for Responsible Statecraft, llaman la atención en el documento analizado dos cosas.
La primera es el racismo explícito, cuando se afirma que los Estados árabes ni siquiera son Estados y que son sólo una colección, una amalgama de tribus que pretenden ser Estados. Israel no contempla la posibilidad de democracia en los Estados árabes y, como consecuencia, considera justificadas las políticas para mantener estos países en un estado permanente de inestabilidad e inseguridad.
La segunda consideración es que se asume a la seguridad nacional no como disuasión o defensa, sino como prevención y ataque sorpresa. Si todos los países adoptaran una doctrina de seguridad así, el mundo sería una guerra total y constante. El cuerpo del derecho internacional se creó precisamente para evitar esto, para garantizar la existencia de doctrinas de legítima defensa, de proporcionalidad y para regular cuándo es permisible la legítima defensa preventiva. La idea de “prevención” adoptada en los hechos por Israel es totalmente incompatible con el derecho internacional y pone de manifiesto la provocación y el desafío que supone para el resto de países que firmaron la Carta de Naciones Unidas bajo el compromiso irrenunciable de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Para Israel, como aparece en 1984, la novela distópica escrita por George Orwell, “la guerra es la paz”.
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