La oveja blanca del neorrealismo

La mejor manera de contar tragedias es a través de una comedia

 

Cada vez que aparece una película que trate algún tema social se repite la muletilla de que su director está continuando con el legado del neorrealismo italiano. Por supuesto que no se puede dar por hecho que todo autor con cierta inquietud social vio Roma citta aperta pero, seguramente, debiera al menos conocer aquel movimiento que iluminó el cine mundial durante los años inmediatos al fin de la Segunda Guerra.

De todos modos es bueno cuestionar algunos de sus postulados (los cuales tal vez ni siquiera fueron establecidos por sus creadores), ya que mi entender son correctos solo a medias. No es tan cierto, por ejemplo, que se tratara de películas de bajo costo. Para su época, en una Italia que recién salía de la guerra, las producciones de Visconti, Rossellini y compañía (hombres que tenían sus recursos) eran relativamente costosas. Tenían a su disposición buenos equipos, las bandas sonoras eran muy elaboradas y la utilización de escenarios naturales no era absoluta ya que se contaba con estudios de filmación y se sacaba provecho a los exteriores para acrecentar el realismo, un objetivo claramente buscado y logrado con creces. Lo mismo sucedía con la participación de actores no profesionales, a los cuales se los hacía ensayar rigurosamente.

Por eso no es justo sumarle a sus virtudes la escasez de recursos, ya que no fue tal. Sí, en cambio, cabe subrayar la dimensión de su humanismo, su franqueza para abordar la situación social y, lo más fenomenal, el modo en que retrató a su propio público durante los duros años de la posguerra.

De todas las películas de este período hay una que a mí me sigue fascinando e invitando a renovadas lecturas y que sobresale por su humor y su atmósfera fantástica, algo que si hubiera un dogma neorrealista la dejaría totalmente afuera. Para mí Milagro en Milán, de Vittorio De Sica, es la oveja blanca del neorrealismo italiano.

La película cuenta la historia de un muchacho llamado Totó, un huérfano que ha sido criado en un asentamiento miserable en las periferias de Milán. Debido a su bondad Totó se ha convertido en un personaje querido y respetado por la comunidad y por tanto será también su líder natural ante la amenaza de desalojo de un tal señor Mobbi, ansioso por quedarse con esos terrenos que tienen petróleo. En esta lucha desigual Totó tendrá un recurso inesperado; una paloma capaz de realizar milagros que le es obsequiada por el espíritu de la mujer que lo había adoptado de niño.

De Sica rodó esta película en 1951, es decir a mitad de camino entre Ladrón de bicicletas (1948) y Umberto D (1953) que, en su conjunto, componen su trilogía neorrealista. Con cierta ligereza, Milagro en Milán es considerada una expresión más amable del neorrealismo, una suerte de remanso a las penurias exhibidas en los otros filmes. Pero en realidad, detrás de su puesta de cuento de hadas lo que tenemos enfrente es acaso la mirada más perspicaz de la relación de clases en aquella Italia en reconstrucción.

Por lo general esta película es recordada por ciertas escenas realmente maravillosas y rebosantes de comicidad. Al modo de Chaplin, la mejor manera de contar una tragedia es a través de la comedia, por lo que la clave está en las metáforas que cada una de las escenas propone. De este modo tenemos a Totó y sus vecinos en un crudo día invernal amuchándose bajo un único rayo de luz, una situación que puede resultar muy graciosa pero que nos advierte que hay cierta gente que no será tenida en cuenta en el proyecto de la poderosa Milán industrial. Algo parecido sucede con el vendedor de globos, tan desnutrido que si no lo alimentan será arrastrado por los aires, y por supuesto con toda la secuencia final de las escobas que bien podría interpretarse como “tendrás lugar en el cielo, pero aquí abajo no”.

Finalmente, lo más temerario de Milagro en Milán está en el modo en que retrata a la gente humilde. Es muy fácil caricaturizar al ricachón y al poderoso (la película lo hace sin piedad), pero con los desposeídos la cosa siempre es más complicada. Uno de los grandes debates que subsisten en el cine de autor es el modo en el que se debe mostrar la pobreza, habida cuenta de que el cine ha sido con contadísimas excepciones una industria cultural realizada por las clases medias y altas. De todos los directores, creo que Luis Buñuel, el británico Ken Loach y De Sica han sido los que han mejor lo han hecho.

La propuesta del italiano no será la pasividad ante la injusticia sino la acción, no será mucho menos la complacencia sino la responsabilidad por las decisiones que tomen Totó y su gente. Y entre estas decisiones habrá algunas tan miserables como las de los mismos ricachones: una familia que les alquila a sus vecinos un lugarcito para ver la puesta del sol, o los pedidos extravagantes de los vecinos a la paloma milagrera.

Volviendo al comienzo, a veces el afán por clasificar las películas dentro de algún movimiento o estilo (en este caso el neorrealismo) suele encorsetar la experiencia del espectador. Es algo tan forzado como las bateas de una disquería, aunque por suerte las grandes obras maestras del cine son de por sí algo inclasificables. Con Milagro en Milán se ha llegado a crear la caprichosa definición de “neorrealismo mágico” (la verdad es que no recuerda otra película así), y hasta se ha escrito alguna vez sobre un neorrealismo Siglo XXI para hablar del cine social contemporáneo. En fin, neorrealistas habrá siempre.

 

 

FICHA TECNICA

Título original Miracolo a Milano / Año 1951 / Duración 92 min. / País Italia / Dirección Vittorio De Sica / Guion Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi D'Amico, Mario Chiari, Adolfo Franci (de la novela de Cesare Zavattini) / Música Alessandro Cicognini / Fotografía G. R. Aldo / Reparto Francesco Golisano, Emma Gramatica, Paolo Stoppa, Guglielmo Barnabò

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