LA PALABRA ASTOR, LA PALABRA PANTALEÓN

¡Ser libre… Ser libre… Ser libre…!, con ese ¡“me ne frega”! que da la libertad.

 

 El cartelón de “AIRE” enciende su luz roja. El locutor arremete:

-¿Usted está enemistado con Juan D’Arienzo?

-¿Yo?, no. Cómo me voy a enojar con D’Arienzo, si él y Olmedo son los dos mejores humoristas que tiene la Argentina.

 

Así el lanzallamas Piazzolla. Así su palabra: cáustica, chirriante, explosiva; que supo ser, si bien se oye, segunda línea de batalla detrás del sonido rabioso de su bandoneón.

Escribí la palabra “sonido”, juguemos. ¿No crees que en el armazón silábico de sus nombres hay un algo misterioso? Pronuncialos; mejor dicho, paladéalos: AS-TOR PAN-TA-LEÓN.

Astor: cinco letras. Dos vocales llenas de viento: a, o. Tres consonantes: la s deslizándose, la t desde la punta de la lengua arrojándose al vacío, la r vibrante. Hermoso nombre, ¿no?; seco, ni una hendija de duda, perfecto. ¿Y Pantaleón?, ¡oh, mezcla de rey y de santo! Homenaje a su abuelo. ¿Y si hay algo más? ¿Y si todo fue un presagio, o un juego rimante entre Pantaleón y Bandoneón?

Ahora bien, ¿qué otros juegos con la palabra por fuera de sus explosivas declaraciones?, ¿o sólo buscó el reconocimiento como compositor de música instrumental?, ¿el ‘tango canción’, construido a base de melodía, poesía, interpretación y aprehensión del público, le producía urticaria?

A riesgo de recibir un ladrillazo en la frente, digo que son contadxs lxs musicxs que se detienen en el misterio de la palabra, en su respiración, en su silabeo. Sabemos de un Troilo hechizado por los giros poéticos de Manzi, de un Rovira y un Cedrón olfateando a los poetas de libro, de un Rivero mejorando algún verso del letrista de turno (quizá, más por su manejo de dicción que por ejercicio metafórico). En fin, en esta breve galería entra Astor Pantaleón Piazzolla, ¿o acaso nunca te detuviste en la perfecta elección de los títulos de sus tangos instrumentales? Frente al derrotero lánguido de la tradición: Adiós muchachos, La casita de mis viejos, Muchachita, Hasta el último tren; llega este hombre y suelta la bocanada: Triunfal, Prepárense, Persecuta, Buenos Aires hora cero, Tres minutos con la realidad, Revirado, La camorra. Está claro. A marcar terreno desde el vamos, a provocar desde el título. Hasta en eso era diferente.

 

 

¿Con Expósito? Sí.

 

Homero Expósito (el poeta de asombro), el vanguardista de la época dorada del género, llevaba siempre una frase en el bolsillo: “Si me siento me canso”, Astor empatiza con la misiva. Se reúnen en un café, cruzan versos y melodías, hacen obra: Pigmalión (1947); La misma pena (1951); Silencioso (1966) -si no hay quién me lo refute, estamos en presencia del primer soneto musicalizado bajo la especie tango-; ¡Me nefrega!, si bien lo vas a encontrar bajo la composición de Nievas blanco; primariamente (1966) llevó melodía de Piazzolla; tiene la respiración, el latir de locos:

 

¡Ser libre…!

Pagar lo que debo,

lanzar al futuro

satélites nuevos

y empezar, otra vez empezar

con la equivocación del hombre en su verdad.

¡Ser libre… Ser libre… Ser libre…!,

con ese ¡“me ne frega”!

que da la libertad.

 

Ah, olvidé arrimarte Las rosas golondrinas (1969). Ahora te llega en la muy hermosa Egle Martin

 

Las rosas golondrinas (Piazzolla – Expósito)

 

 

Poetas de libro, cuentistas y novelistas

 

Astor es como los topos, siempre escarbando. Y en el escarbar presintiese que el oficio del letrista -generalmente encajonado en métricas regulares- acorta las posibilidades de su inventiva. Pide más libertad, pide romper con la fórmula tradicional de la canción concebida en tres partes (ABA). El poeta invencionista Juan Carlos La Madrid está en la mira.

“En 1951 -refiere La Madrid en conversación con Roberto Selles- hacíamos una revista literaria, se llamó “Conjugación de Buenos Aires”. La dirigía con Edgar Bayley. Cierto día cayó a la redacción Villeguita -el pianista Enrique Villegas-, quien me dijo: ‘Mirá, vengo con estos muchachos del tango que te quieren conocer’. Entonces me presentó a Piazzolla, a Francini, a Héctor Stamponi, los hnos. Expósito. Con ellos me vinculo y escribo, en 1952, el primer tango de mi vida: Fugitiva, con música de Piazzolla. Fugitiva no fue una casualidad, sino una causalidad. Con Piazzolla llegamos a esta definición: había que terminar con la mentira de venderle falopa al pueblo. Al pueblo había que darle las mejores palabras, la mejor música. Ese tango fue el que desató la polémica.” Con La Madrid gestaron, además: Rosa-río, luego llegaron -aunque instrumentales en su concepción primaria- Marrón y azul, Contratiempo, y una pieza que nunca llegó a grabarse: Mandrágora, de la que solo se han salvado unas pocas líneas:

 

Llegó envuelta de tiempo, de vigorosa ausencia;

su perfil desolado llovía de misterio.

En la mano de espuma traía un sueño de oro,

en la mano de insomnio llevaba un maleficio.

 

Vuelvo a Fugitiva, la invitación es oírla, viajar en la voz de María de la Fuente, que de tan astral se te vuelve azul.

 

Fugitiva (Piazzolla – La Madrid)

 

 

Lo que vendrá

 

Como lo venís notando, elijo los bordes, por tanto, no busco el detalle cronológico de sus formaciones, tampoco me detengo en su infancia neoyorquina, el cruce con Gardel, Nonino… El foco es Astor y la palabra, sin embargo, no puedo escapar de su nuevo viraje: “Tuve un ataque de música erudita, y allí comienzo a componer música sinfónica, de cámara, y así es como se me suben los pájaros a la cabeza. Menos que nunca quiero volver al tango. Ginastera me propone participar en un concurso de música y gano el primer premio con Los tres movimientos sinfónico.”

1954, Astor parte rumbo a Paris, estudia un año con Nadia Boulanger. Entre escalas y armónicos lo oye interpretando su tango Triunfal. Con la sabiduría de las magas blancas, Nadia lo toma de las manos y le dice: “Aquí está Piazzolla”. Lo que sigue: Junio, 1955. Bombas y balas rasantes regando la Plaza de Mayo. Comienza el desguace de la Revolución Libertadora. El castillo del tango canción se derrumba. En medio de ese clima Piazzolla presenta su maquinaria: el Octeto Buenos Aires. Y otra vez la palabra en forma de manifiesto: nada de baile, nada de cantores, su música es vanguardia, solo apta para elegidos y debe escucharse desde las butacas. Redobla la apuesta. Adiós a los trajes con olor a naftalina. Adiós a la imagen del bandoneonista sentado estirando el bandoneón como si fuera una oruga triste. Piazzolla se pone de pie, levanta la pierna derecha, apoya la suela del zapato sobre una silla, en su rodilla el fueye; ahí parado es el más alto de los rascacielos. Marca tres y arranca el Octeto. Todo es erotismo, al bandoneón se lo percute, se lo taladra, se lo acribilla. Adiós al tango de casitas bajas. Grítenlo en la calle: ¡Piazzolla es la nueva música de Buenos Aires!

 

Lo que vendrá, la maquinaria del Octeto bien aceitada

 

 

Todo sonido también es palabra

 

Siente el soplido, alguien dice: ¡Es tiempo de ir por los cuentistas, los novelistas! En 1963 suelta dos canciones con Albino Gómez; El mundo de los dos; y una vidalita que asoma en la película Paula cautiva de Fernando Ayala.

Un Piazzolla melodista de raíz rural

 

En ese mismo año convoca a Ernesto Sábato. Astor prepara un largo colchón de obra instrumental. En el rincón último de la pieza, con voz espectral, Sábato lee un fragmento de su novela Sobre Héroes y Tumbas.

 

Introducción a Heroes y Tumbas (Piazzolla – Sábato)

 

De tanto martillar el mineral de los escritores descubre la veta. En 1965 va a la caza del ciego mayor: Jorge Luis Borges. Editan El Tango, uno de los discos más iluminados del género. En torno a la dupla Borges–Piazzolla, infinitas anécdotas: por sobre la voz cavernosa de Edmundo Rivero, Borges prefiere “a la chica”, es decir, a Dedé (artista plástica y esposa de Astor) quien de manera amateur repasa las letras del disco; Piazzolla declarará: “Creo que era un mago. Yo nunca he leído poemas más bellos que los que escribió Borges, pero en materia de música era sordo”; hay también quienes señalaron que El Tango fue un producto comercial, sin más pretensión que sellar el encuentro de las dos figuras más relevantes de la cultura argentina de los años ‘60, y más, siempre más…

Oda a Buenos Aires (Piazzolla – Borges) por Rivero y Medina Castro

 

1968. Astor, ya es mucho más que un disparo de asombro a la cabeza de los necios, es desde el punto de vista musical, la revolución toda. Si hago cuentas, carga a su espalda 16 años de vanguardia y, sin embargo, continúan los agravios que se vienen sucediendo desde Fugitiva. Astor les tira con más arte. Esta vez, una obra conceptual: la operita María de Buenos Aires junto al poeta uruguayo Horacio Ferrer. Perfecta amalgama compositiva a la manera de las grandes duplas del género. Luego de la operita, dan a luz el vals Chiquilín de Bachín y el hit Balada para un loco (ambos de 1969), nuevamente revoluciona las estructuras clásicas del tango canción.

Ante la pregunta del periodista Horacio del Prado acerca de la incomodidad del aplauso del Luna Park (la Balada obtiene el 2° premio del Festival Iberoamericano de la canción) Piazzolla responde: “No me gustó nada. Es la verdad. Yo buscaba dos mil dólares, porque los necesitaba. Mil para mí y mil para Ferrer. Sin vender el alma al diablo, hicimos La Balada y nos llevamos la plata. Pero no es lo mío, aunque reconozco que me sirvió de puente para encontrarme con el público no piazzollista.”

Entre el nuevo público están los primeros artistas del rock nacional. En una de las piezas de Arribeños 2853, los músicos Spinetta, Del Guercio, García y Molinari, cocinan las canciones que desembocarán en su disco debut Almendra (1969). Cuando tienen que resolver el armado y coloratura de los coros de la canción Figuración, echan mano a la Balada renga para un organito loco de la operita. Si no me lo crees, acá los audios, cruzalos.

 

Balada renga para un organito loco por Héctor de Rosas y Horacio Ferrer

 

Figuración, Almendra

 

A pesar del guiño de los Almendra, Astor soltó sus venenos contra los artistas del rock nacional, sin embargo, cierta vez intentó seducir a Luis Alberto Spinetta. “Quiero un autor… me desespero por un autor y no lo encuentro (…) A mí no me importa que la gente quiera “Alfonsina en el mar” (sic), ¿me entendés? Lo importante es descubrir gente que escriba, que diga cosas nuevas. Dicen que yo tengo a Horacio Ferrer, sí. Pero Horacio tiene otra mira. Yo quiero romper un poco con lo de Ferrer. Yo me quiero largar con Luis Alberto Spinetta. Yo quiero armar revuelo.”

En sintonía con este reportaje, el periodista Juan Carlos Diez interpela al autor de Muchacha ojos de papel:

-¿Lo conociste personalmente a Piazzolla?

-Sí, pero no tuve una excelente relación con él. Piazzolla fue muy duro con nosotros porque para él, éramos todos orejeros. ‘Spinetta se dispersó como las aspas de un molino’, dijo una vez. Que al principio pintaba bien pero después me había ido a cualquier parte. Una vez me invitó a tocar, ahí tuve la oportunidad de aclararle telefónicamente que realmente no me sentía como para estar al lado de él en un escenario. La sola idea de estar con él en un concierto me hubiera paralizado. Me lo perdí.

 

Entre lo que no pudo ser; asoma el poeta Jorge Boccanera. Fue en su casa, dos 2 años A. P (antes de la pandemia) de pronto, me habló de una carta de Piazzolla, trascartón la arrima a la mesa, la leo. Estaba fechada en el 83, -en aquellos años, Jorge se encontraba en el exilio (México)-. Astor le escribe desde Punta del Este.

Amigo Boccanera: Gracias por tus poemas. Son magníficos. Espero conocerte personalmente algún día y podríamos charlar sobre un trabajo juntos. Desde lejos es difícil trabajar prefiero person to person (a pesar del inglés). Nos vemos. Sos joven y tenés más posibilidades que yo (…).

Jorge me dice que el contacto lo propició Diana (la hija de Astor), quien previamente le acercó un ejemplar de su libro Los ojos del pájaro quemado editado en México en 1980, y algunos textos más; entre ellos el poema Fueye.

“Me puse a temblar la mañana que recibí la carta en la redacción de la revista Plural, donde yo laburaba. Nos encontramos a mi regreso al país, debió ser en el 84 u 85 me repitió que podríamos hacer algo juntos, aunque yo debía, propuso, enviarle poemas a Uruguay donde vivía por ese tiempo; me aclaró que debían ser textos con una métrica muy rigurosa. También me comentó que andaba con algunos problemas de salud, entre ellos un problema en las manos. Un poco porque no quería molestarlo en esa situación y otro porque yo había imaginado una labor conjunta, fueye y pluma juntos tirándonos frases musicales y poéticas, el hecho creativo quedó trunco.”

El cruce con Jorge, una charla que mantuve con Horacio Ferrer, refuta la idea de un Piazzolla lejos de la lectura de poesía, y es que se me hace imposible pensar a un artista del calibre de Astor sin ser tocado por el embrujo de las artes, allí su alimento.

Para otro Cohete queda analizar los cruces con Petit de Murat, Gorostiza, Mario Trejo, Pino Solanas, Diana y Daniel Piazzolla, Eladia Blázquez, Roldán, Moustaki, Potessi, Carneiro, Neruda… Pero podés ir adelantando, todo lo encontrás en San La Web (pero, ¡guarda! que a veces miente)

Antes de escaparme, te arrimo otra rareza. Piazzolla en música, Yupanqui en letra.

 

¡Hasta la Victrola, Siempre!

 

Campo, camino y amor (Piazzolla – Yupanqui) por Amelita Baltar

 

 

 

 

 

 

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