La palabra y la investidura

Entre el silencio impuesto y el ruido permanente

Caprichos, n.º 39, Goya.

 

Hay algo que se viene desvaneciendo en la vida pública argentina y que no siempre sabemos nombrar. Es eso que tiene relación con el valor que una sociedad le atribuye a la palabra, al conocimiento y a sus símbolos democráticos. Como si la investidura presidencial, que imponía una responsabilidad especial, hubiera ido perdiendo espesor hasta confundirse con cualquier provocación de ocasión.

La historia reciente ofrece escenas aparentemente anecdóticas. Carlos Menem confundió a Robin Hood con Robinson Crusoe. También circuló el furcio del "Gato Félix" en lugar del Ave Fénix, en los '90. Eran errores risueños, pero anticipaban cierta ligereza en la palabra de quienes ocupaban grandes responsabilidades.

Años después, Diego Maradona fue particularmente enfático al criticar a Mauricio Macri: "Tengo segundo año comercial y leo mejor que Macri. ¡No sabe leer! ¡No sabe leer! —repetía Diego—, y es Presidente de la Nación". No era una evaluación pedagógica, sino una interpelación al símbolo presidencial. Maradona, con pocos años de educación formal, advertía la contradicción entre el poder que representaba aquella figura y su dificultad para expresarse públicamente.

En una intervención en la Universidad Torcuato Di Tella, Javier Milei llamó reiteradamente, unas 15 veces, "Eliseo" a Odiseo al desarrollar una historia de la mitología griega. El problema no es equivocarse en un nombre. Todos podemos cometer errores. Inquieta la suficiencia con que se pretende enseñar mientras se confunden las referencias, y la facilidad con que eso pierde importancia.

Escuché a un representante del centro de estudiantes de esa universidad defender el encuentro. Valoraba que Milei hubiera ido, respondido preguntas y que la discusión no se redujera a un error esparcido por las redes. Es atendible. Sin embargo, tuve la impresión de observar un discurso cerrado, de esos pequeños cotos privados del pensamiento: espacios donde se conversa y hasta se discrepa, pero dentro de códigos compartidos que rara vez se ponen en cuestión. La pertenencia importa más que el argumento.

El contraste me llevó a pensar en la universidad pública, en el hermoso caos creativo de la UBA, que te enseña en el aula y afuera de ella, donde irrumpen voces que no comparten origen, experiencia ni horizonte político. Allí la discusión puede ser exagerada, molesta, incluso disparatada. Pero hay democracia en esa incomodidad: nadie tiene garantizado hablar solamente entre iguales. La democracia no consiste en la armonía de quienes se reconocen, sino en el esfuerzo de convivir con quienes cuestionan nuestras certezas.

¿Qué tiene que ver todo esto con la educación argentina? Mucho. La última dictadura intervino universidades, censuró libros, persiguió docentes y estudiantes y destruyó organizaciones. También intentó disciplinar la relación de la sociedad con el conocimiento. Enseñó que preguntar podía ser peligroso, que la autoridad no tenía por qué dar razones y que participar era aceptable mientras no se discutiera quién decidía y para qué.

Recuerdo aquellas formas de actividad estudiantil toleradas hacia el final del régimen, concentradas en pintar paredes o arreglar bancos. Mejorar una escuela importa. El problema era que la participación quedara encerrada allí: una ciudadanía habilitada para ocuparse del mantenimiento, pero no para discutir el sentido de la institución ni el destino del país. Era una pedagogía de la adaptación, antes que de la emancipación.

Para ilustrar esto, hay un testimonio de ATC, canal oficial de aquellos años, mostrando a un joven Martín Redrado sosteniendo esas argumentaciones desde el permitido centro de estudiantes de Ciencias Económicas. Su intervención no era para plantear el cogobierno y la autonomía universitaria, como sí lo habían impulsado otros estudiantes. Era un rubio estándar, muy cheto, muy de la época en que Bernardo Neustadt festejaba y difundía ese prototipo juvenil tan vano, donde todos hablaban con un tubérculo en la boca, como Mauricio Macri, asiduo príncipe concurrente a su programa.

Sería absurdo atribuir a la dictadura todos los males actuales; muchos sí. Hubo décadas de democracia, crisis y transformaciones tecnológicas. Pero tampoco podemos suponer que semejante violencia cultural desapareció con el retorno de las urnas. Las sociedades conservan hábitos: la obediencia, el miedo a disentir, la desconfianza hacia quien piensa y la costumbre de reducir el debate a consignas.

A ese sedimento se sumó una continuidad política que merece examinarse. Del menemismo al macrismo y al actual gobierno de Milei, proyectos neoliberales promovieron, con matices, una mirada que exalta el éxito individual, traslada al mercado la medida de muchas cosas y suele presentar lo colectivo como una carga. En ese clima, la educación corre el riesgo de ser valorada solamente por su utilidad económica; el ciudadano, reducido a consumidor; y la política, convertida en una competencia de frases contundentes antes que de argumentos.

No es una línea recta ni una identidad absoluta entre gobiernos. Pero hay una pregunta que los atraviesa: ¿qué ocurre con la cultura democrática cuando el conocimiento público pierde prestigio y el poder ya no siente la obligación de fundamentarse?

Ellos obtuvieron sus títulos de grado pagando. Se trata de los primeros Presidentes egresados de universidades privadas: uno, ingeniero, jamás ejerció como tal; el otro, egresado de la Universidad de Belgrano, apenas llegó a desempeñarse como ayudante de segunda en esa misma institución. Nunca hicieron una concesión al mérito, de ningún tipo, y mucho menos en el ámbito académico. Milei colecciona títulos provenientes del enseñadero de los Benegas Lynch, donde se prodigan doctorados honoris causa. Parecen creer que el prestigio académico se adquiere con apenas enfundarse en una toga negra y colocarse un sombrerito con borla.

Tampoco se trata de exigir diplomas. José Luis Borges —un escritor argentino, conocido de la familia Macri, pues nuestro jefe de gobierno lo rescató dos veces del olvido— no sabemos si los tuvo. En cambio, nuestro Jorge Luis Borges nunca obtuvo un título universitario y nadie sensato mediría por eso sus conocimientos literarios. Enseñó literatura, leyó el mundo y amplió la imaginación de generaciones enteras. Su autoridad nacía de una relación apasionada con los libros y de su inteligencia, no de un certificado. Lo mismo vale para el trabajador que conoce su oficio, la vecina que transforma su barrio y quienes aprenden de la experiencia colectiva. No vale para los impostores del conocimiento.

La distinción no es entre universitarios y personas sin título. Es entre el deseo de comprender y la soberbia de no necesitar comprender; entre quien comparte lo que sabe y quien convierte su ignorancia en una demostración de poder.

Durante mucho tiempo, la palabra de alguien culto generaba una expectativa: escucharlo podía enseñarnos algo. No porque estuviéramos en una condición de inferioridad, sino porque el conocimiento abría un vínculo horizontal. Aprender no era rendirse ante otro: era ampliar nuestro propio mundo. Hoy, demasiadas veces, escuchamos sólo para confirmar lo que ya creemos. Las redes multiplican las voces y las habitaciones donde todos se dan la razón.

Los brutos y encapuchados de un mundo viejo se cansaron de escribir “Luis Alberto Espinetta” o “Charlie García” desde esa pereza donde nadie importa ni se chequea nada.

La degradación va más allá de la escuela y de los errores presidenciales. Se deteriora el símbolo de una autoridad que debería asumir que hablar en nombre de un país exige prudencia, preparación y respeto por quienes escuchan. Se deteriora también una cultura que deja de reclamar esas condiciones, como si bastara con ganar una elección para que cualquier palabra mereciera ser aceptada.

La educación pública tiene aquí una tarea decisiva. No formar personas obedientes, ni pequeñas élites que se reconozcan entre sí, sino ciudadanos capaces de preguntar, disentir, escuchar y construir conocimiento con otros. Su riqueza no está en silenciar el conflicto, sino en hacerlo fecundo.

La dictadura quiso una sociedad silenciosa, de rodillas ante el profesor. Hoy corremos otro riesgo: una sociedad donde todos hablan, nadie escucha y la ignorancia puede exhibirse como virtud, también gracias a las redes sociales. Entre aquel silencio impuesto y este ruido permanente, lo que está en juego es el pensamiento como territorio compartido.

Porque la democracia no se empobrece solamente cuando se restringe la palabra. También se empobrece cuando la palabra deja de tener responsabilidad. Una sociedad que ya no le exige inteligencia al poder, tarde o temprano, termina renunciando a una parte de su propia inteligencia colectiva.

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí