La paradoja del dólar

La hegemonía de la moneda norteamericana, amenazada

 

Todo fluye, todo cambia y nada permanece. Este principio filosófico que la humanidad conoce desde los tiempos de la Grecia Antigua, hoy ha sido subvertido y los fenómenos sociales parecen tener un origen natural y vida eterna. Esto no es casual. Vivimos tiempos de profundas turbulencias que azotan rápidamente al conjunto de una humanidad esparcida y fragmentada a lo largo y a lo ancho del planeta. En estos tiempos apresurados, las paradojas apuntan al corazón de los enigmas que encierran a la existencia humana en un laberinto sin aparente salida. Estas paradojas abren ventanas a un mundo en crisis y por estas se cuelan los estertores de lo viejo que agoniza y los quejidos de lo nuevo que puja por ser parido.

La penumbra que levanta el derrumbe del pasado oscurece la luminosidad de lo que viene. A pesar de ello, el entramado de relaciones de poder que estructura a las sociedades se filtra a través del lenguaje jeroglífico de las paradojas. Esa trama del poder no es inmutable. Al igual que las capas tectónicas del planeta, sufre constantes desplazamientos y emerge eventualmente a la luz del día con la fuerza destructiva de un terremoto. Su visibilidad multiplica las contradicciones y los conflictos, crea las condiciones para cambios significativos e impulsa la danza diabólica de los monstruos que, sembrando el miedo y el odio, bloquean la capacidad de reflexión y buscan dividir para reinar.

La historia enseña que las grandes transformaciones sociales no ocurren al azar. Detrás de ellas existe tiempo de reflexión, organización y conciencia colectiva. Esta premisa, que viene de muy lejos, es hoy combatida por los que siembran un sentido común que fragmenta a los individuos en miles de pedazos e impulsa confusión y apatía. En este mundo naturalizado donde todo está dado desde siempre, las paradojas deshilachan el sentido común y dejan entrever las raíces de la crisis.

 

 

Capitalismo de espionaje y multiplicación de contradicciones

Desde fines de la Segunda Guerra, el desarrollo de un capitalismo global monopólico buscó maximizar ganancias en todos los ámbitos de la vida social e integró a la economía y a las finanzas a un nivel inédito en la historia de la humanidad.

La cara oculta de este capitalismo ha sido el desarrollo de una poderosa industria de guerra y espionaje alimentada por guerras localizadas que, configurando países inviables, se perpetúan en el tiempo y generan ganancias ilimitadas. Esta expansión de la industria de guerra/espionaje fue acompañada por el desarrollo de tecnologías de punta que rápidamente impregnaron y transformaron todos los aspectos de la vida social abriendo nuevos espacios para la maximización de ganancias. Hoy un puñado de grandes monopolios tecnológicos digitaliza a todas las actividades sociales y acapara un mayor control sobre la producción, apropiación, almacenamiento y monetización de enormes bases de datos. Esto ha revolucionado a la producción, transferencia y apropiación de riqueza, ganancias y rentas entre monopolios y oligopolios en distintos sectores y actividades, generando al mismo tiempo nuevas formas de explotación y dominación que parecen aggiornar al feudalismo y a ciertas formas de esclavitud presentes en otras épocas históricas. Estos procesos han generado nuevas contradicciones y conflictos entre monopolios/oligopolios, entre estos y los Estados nacionales, y también entre los pocos que concentran cada vez más poder y riqueza y los muchos que poco y nada tienen. Hay, sin embargo, algo más: la apropiación y manipulación de todo tipo de información sobre las acciones, opiniones y deseos de los ciudadanos del mundo permite a un manojo de monopolios tecnológicos potenciar ganancias y disputar la formulación de un sentido común a escala mundial, acumulando y concentrando poder a un nivel inimaginable.

 

 

Arenas movedizas

Estos desarrollos han sido posibles gracias a la magia del dólar, una magia que le permite brillar como el oro mientras su poder se enraíza en la violencia. Una magia que parece eterna pero cuya supervivencia es hoy amenazada por las contradicciones que genera.

Los acuerdos de Bretton Woods de 1944 dieron origen a un dólar que, respaldado por las tenencias de oro de los Estados Unidos, funcionó durante un cierto tiempo como moneda internacional de reserva. Sin embargo, los gastos militares norteamericanos potenciados por la guerra de Vietnam nutrieron una enorme deuda que erosionó las reservas de oro norteamericanas y culminó en 1971 con la libre flotación del dólar. El creciente endeudamiento norteamericano y la explosión de los precios del petróleo llevaron a mediados de los ’70 al Presidente Richard Nixon a firmar un acuerdo con la monarquía de Arabia Saudita por el cual esta se comprometía a recibir dólares por sus exportaciones de petróleo y a comprar letras del Tesoro norteamericano. A cambio de ello, el gobierno norteamericano le garantizaba protección y ayuda militar. Nació así el petrodólar como moneda internacional de reserva. Poco tiempo después, otros países árabes exportadores de petróleo siguieron por la misma senda de subsidiar el gasto norteamericano vendiendo sus exportaciones en dólares y reciclándolos en letras del Tesoro. Se creó así una demanda continua de dólares, aumentada por la consiguiente distorsión del comercio internacional y satisfecha imprimiendo dólares sin costo alguno.

Actualmente, con un 4% de la población del mundo y un PBI que equivale al 20% del PBI mundial, los Estados Unidos emiten una moneda que se utiliza en cerca del 90% de las transacciones internacionales. Asimismo, el 60% de las reservas internacionales extranjeras del mundo están en dólares, y buena parte de la deuda mundial es emitida en dólares. Este contexto ha permitido a los gobiernos norteamericanos utilizar al dólar para imponer sanciones económicas y políticas con el objetivo de mantener su hegemonía en el mundo. En los últimos tiempos, Rusia, China y otros países han buscado independizarse del dólar. En otras épocas no tan lejanas, esto detonó la invasión militar norteamericana y la destrucción de las economías de Irak y de Libia. Hoy la principal amenaza a la hegemonía del dólar proviene de una economía mundial que, integrada a través de cadenas de valor global severamente golpeadas por la guerra comercial con China y por la pandemia, es amenazada por una inflación que la Reserva Federal no puede controlar.

Las políticas de flexibilidad monetaria y tasas de interés cercanas a cero seguidas por la Reserva desde la crisis financiera de 2008 han profundizado a la brecha existente entre el crecimiento de la deuda y el de la economía real. La actual proporción de deuda en relación al PBI ha superado ampliamente la existente en las crisis de deuda de los ’70 y de 2008. Esto ha colocado a la Reserva Federal en una trampa: si sube las tasas de interés para controlar la inflación, amenaza con estallar la enorme deuda acumulada en dólares. En este caso, tanto las deudas corporativas, como la deuda en dólares de las economías emergentes y los cientos de billones de dólares de deuda con derivados que encadenan a diversos activos financieros y a los bancos y fondos de inversión que los financian, constituyen espacios de rápida conflagración. El impacto de los defaults será de una magnitud nunca vista hasta ahora. Si, en cambio, la Reserva continúa inyectando liquidez al sistema monetario para reactivar a la economía y no sube las tasas de interés, la inflación se descontrolará erosionando rápidamente el valor del dólar. Esto puede licuar parcialmente el peso de la deuda pública norteamericana, pero pondrá en dificultades a la deuda corporativa, al endeudamiento con derivados y a los bancos que los financian y hará estallar a la deuda en dólares de las economías emergentes. Las dimensiones de estos defaults en un sistema financiero internacional altamente integrado hacen que el riesgo de contaminación generalizada esté a la orden del día. Así, cualquiera que sea la política que adopte la Reserva, el peligro de una recesión/depresión de magnitudes inéditas amenaza a la economía global, a la estructura financiera actual y al rol del dólar en la misma y pone al descubierto la imposibilidad de frenar una eventual corrida bancaria por la escasez de dólares físicos en circulación y la imposibilidad de imprimirlos en las cantidades necesarias para satisfacer una demanda inmensa.

Esta situación se da en el marco de una especulación rampante con todo tipo de activos, incluidas las criptomonedas y las monedas emitidas por monopolios tecnológicos (asociadas o no al dólar, otras monedas e incluso commodities, stablecoins) A esto se suman los intentos de los bancos centrales de los países mas desarrollados, y en especial de la Reserva, por emitir una moneda digital y controlar centralmente todas las transacciones financieras. El gobierno chino ha sido el primero en emitir el yuan digital, que no sólo busca sustituir al dólar en las transacciones financieras internacionales sino también recortar el poder de los monopolios tecnológicos chinos sobre las finanzas digitales en China, imponiéndoles severas sanciones y hasta la obligación de desinvertir en ciertas áreas. A esto se ha sumado por estos días, el intento del gobierno chino de impedir la penetración de los monopolios tecnológicos chinos en el área del dólar, prohibiendo a las corporaciones de ese país ofertar acciones en la bolsa norteamericana y sancionando a las que utilizan paraísos fiscales para atraer a grandes inversores norteamericanos (zerohedge.com, 4, 6, 7 y 8/7/2021).

En este contexto de turbulencias crecientes, el FMI busca consolidar la hegemonía del dólar propugnando un ajuste estructural que condena al empobrecimiento de las economías emergentes, a su dolarización y a un endeudamiento ilimitado. De ahí la importancia de buscar mecanismos alternativos al dólar para fortalecer las monedas de estos países y poner a salvo a sus reservas internacionales de la especulación financiera y cambiaria. En este sentido, El Salvador ha sentado un precedente importante: con su economía dolarizada, acaba de adoptar al bitcoin como moneda de uso legal en el país.

 

 

Soberanía nacional y representación popular en la Argentina

A 205 años de la declaración de la independencia nacional, los conflictos en torno a la soberanía y a la representación popular siguen tan vigentes como en ese entonces. A mediados del siglo XIX y en plena “organización” del país a sangre y fuego, Domingo Faustino Sarmiento sintetizó una definición autoritaria de las instituciones y de la representación política que todavía persiste en buena parte de la oposición política: “Cuando decimos ‘pueblo’ entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante (…) pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres” (Pacho O’Donnell, pagina12.com, 9/7/2021). Este odio por lo popular exuda de un Mauricio Macri que acusa al gobierno de expresar “un populismo que encarna la versión mas salvaje de la historia (…) pone en peligro la independencia judicial con la persecución de los opositores (…) y ataca al sistema institucional”. Pocas horas antes, el Presidente de Bolivia había denunciado que el ex Presidente Macri había apoyado el golpe de Estado que en 2019 derrocó a Evo Morales, enviando subrepticiamente armas y municiones para reprimir la protesta popular.

La bronca contra el “populismo peronista” también resonó el 9 de julio en las asambleas de los “productores autoconvocados” para protestar “contra el gobierno mentiroso que no dialoga y destruye al país” con “políticas alocadas” como las recientes restricciones a las exportaciones de carne. Refiriéndose a la pobreza y a la contribución del campo a la riqueza del país, un dirigente sostuvo que el pueblo “se tiene que levantar, no estar de rodillas” (Carlos Achetoni, Federación Agraria Argentina –FAA–, infobae.com, 9/7/2021) Para el titular de la Sociedad Rural Argentina (SRA), “no nos dejamos llevar por delante” (Nicolás Pino, ídem) y “no estamos dispuestos a que este gobierno tire al país por la ventana (…) la ideología pesa mucho: tengamos muy en claro a quién estamos enfrentando” (Jorge Chemes, Confederaciones Rurales Argentinas –CRA–, ídem). Por último, otro dirigente reclamó contra la “estatización de la Hidrovía” y pidió que la licitación propuesta por el gobierno “se haga con gente que sepa” (Elbio Laucirica, Coninagro, ídem). Algo crucial para el sector, dado que por allí ha pasado hasta ahora casi el 80% de sus exportaciones sin casi control oficial sobre los precios y cantidades exportadas.

Esta arremetida contra el gobierno “populista” ocurre en medio de una de las crisis más dramáticas y decisivas en la vida del país. El bienestar de las futuras generaciones y la integridad nacional dependen del tipo de solución que se dé a esta crisis. Tiene razón Máximo Kirchner, jefe del bloque de Diputados del Frente de Todos, cuando cuestiona al decreto de necesidad y urgencia presidencial que hizo posible algo fuertemente reclamado por el macrismo: la venta de la vacuna Pfizer en el país a cambio de aceptar modificaciones dramáticas que, entre otras cosas, ceden la soberanía del Estado nacional sobre sus regalías petroleras: “Si un laboratorio nos obligó a tener que cambiar el andamiaje, ¿qué vamos a hacer con el FMI? (…) ¿Ustedes creen que se puede pagar en 10 años? (…) ¿Cómo vamos a compatibilizar el desarrollo argentino y la inversión que necesitan los diferentes sectores de nuestra industria, que una parte debe ser protegida y la otra promovida? (…) Esta negociación (…) requiere la madurez de todas las fuerzas políticas, porque se juega el destino de la República” (ámbito.com, 8/7/2021).

En medio de las arremetidas de la oposición, algo queda cada vez más claro: las vacilaciones no ayudan al gobierno. Por el contrario, le quitan capacidad de negociación, le impiden defenderse de los que lo atacan y contribuyen a erosionar la legimidad de sus políticas. Desde el punto de vista geopolítico, estas vacilaciones implican desaprovechar oportunidades de realineamiento que podrían contribuir a desdolarizar la economía.

 

 

 

 

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