La parte sur de la Operación Masacre

A 65 años de los fusilamientos de José León Suárez y Lanús

 

“…No quiero recordar más, ni la voz de locutor en la madrugada anunciando que civiles han sido ejecutados en Lanús…”.

Rodolfo Walsh

“Una investigación posible por la labor de archivo realizada por el profesor Bernardo y por la prepotencia de trabajo que tiene en el alma Alejandra Dandan, una muchacha de tono suave y espíritu crítico y sensible, difícil de llevar dentro del cuerpo”.

Enrique Arrosagaray

 

Tres sobrevivientes habrán de relatar qué pasó con los seis fusilados en la Regional de la Policía de Lanús.

Venían de ser detenidos en Avellaneda, al sur de la Capital Federal, donde se había generado el 17 de octubre del ‘45. Una década después, agotada la experiencia que la contra llamaría ‘populista’, luego de soportar el bombardeo a la Plaza de Mayo y la Casa de Gobierno, con el consiguiente Golpe de Estado y de soportar nueve meses de dictadura, los seguidores del Presidente depuesto se hallaban prestos a resistir.

Uno de esos primeros grupos dispuestos a dar “la vida por Perón” fue el Comando L113.

Su líder, Miguel Ángel Mauriño, se cruzó el 9 de junio del ‘56 con Vaquero y le dejó picando que, cuando terminaran, le contaría por qué se llamaban así. Nunca lo hará.

Para la rebelión que intentarían iniciar esa noche en contra de la dictadura y en pos del regreso de la democracia, Mauriño –de 36 años– tenía como misión tomar el equipo de transmisión central del Automóvil Club, en Palermo, y usar su red para comunicarse con el país. Se topó con militares que estaban esperándolo y cayó baleado.

“En el grupo de mi viejo debían ser como quince pero fueron cuatro –resume con rencor Rubén Mauriño–. Él iba armado; en la cintura tenía bombas de nitroglicerina; gritó: ‘¡No tiren, que es una revolución del pueblo!’, pero le tiraron sin asco”. Otro herido en aquel operativo, Felipe Amatray, sobrevivirá, según reconstruyeron Enrique Arrosagaray y Alejandra Dandan en un libro de 1996.

“Del Hospital Fernández, el Ejército pretendió llevarse a Mauriño, pero los médicos se opusieron”, contará Osvaldo Banzini. Le amputaron las piernas y un brazo. “A pesar de su estado, cuando lo interrogaron, él sólo respondía ‘¡Viva la revolución! ¡Viva la Patria!’ Murió el 13 de junio”, repite su hijo Rubén. Fue velado en la casa de un pariente en Villa Dominico, donde había vivido antes de radicarse en Quilmes. Su ataúd cerrado, con una ventanita para verle la cara, fue llevado al cementerio cubierto por una bandera argentina.

Con 15 años, su hijo había estado en la intentona luego de recibir un encargo de su padre: “Andá a Mitre y Vélez Sarsfield, por ahí te pasa a buscar una camioneta, retirás el transmisor de la casa que te anoto acá y lo llevás a la Escuela. Se lo entregás a Lugo y te vas. ¿Entendiste? Te volvés a casa”. Rubén hizo todo menos volver: se quedó con Dante Lugo, uno de los seis inminentes fusilados.

A una cuadra de esa Escuela Técnica estaba el comando de la Segunda Región Militar que debía ser tomado por el teniente coronel Modesto Leis y los conspiradores, pero no halló el coche con armas de un contacto; se deshizo de su revólver; luego se topó con el oficial Ricagno y otros, con quienes caminaron hasta verse seguidos. Ricagno tiró su pistola en una boca de tormenta antes de ser atrapado.

 

 

Desde Avellaneda

En la Comisaría 1ª (donde una década después asumirá Miguel Etchecolatz) apresaron a Francisco Faut. Le sacaron del cuello un pañuelo que extendieron sobre el escritorio para poner lo que sacaban de sus bolsillos: documentos, cigarrillos, una libretita con la agenda del club y su equipo de básquet… hasta que el policía escarbó algo: «¿Y esto?»

Había dado con un puñado de balas.

Cuando Faut mintió que las recibió de un conocido para venderlas, le hicieron repetir la versión ante el comisario. Luego lo trasladaron con otros en un camión en el que viajaron hasta que alguien exclamó: “Unidad Regional”.

Vio en el edificio “un ingreso de hierro, un jardín, pasillo y, hacia la izquierda, una sala antigua, grande. Tres piezas como oficinas; hacia el fondo, la del comisario. Después, un campito”. Con 25 ó 30 detenidos estuvieron “en ese patio-salón en grupitos, comentando, preguntándonos; con vigilantes por todos lados, algunos con armas largas; otros, con cortas”.

Los hermanos Ros, parados, charlaban con otros muchachos. El capitán Costales, con un piloto blanco de civil, se mantuvo apoyado sobre un escritorio. El coronel Irigoyen, uniformado, sentado en uno de los sillones, hasta que le dio por pedir permiso.

Entonces, un vigilante gritó a otro:

–¡Eh, quiere ir al baño!

Como una cadena, se gritaron unos a otros, hasta que llegó un vozarrón desde el fondo:

–¡Que deje la puerta abierta!

Francisco aún tenía las balas en el sobretodo: “Aproveché un sillón dejado libre, me senté y dejé caer las balas por detrás de los almohadones”.

También allí, el detenido teniente coronel debió mostrar su sobretodo, cuyo forro fue revisado con cuidado por un oficial. “Cuando se lleva un arma, el roce con la ropa deja una huella que la policía reconoce. No vio nada. Nos dejaron en un cuarto. Los minutos se nos hacían horas. Ahí escuchamos por radio la declaración de la ley marcial”, recordará Leis.

 

 

Al alba

Faut, el de mayor memoria descriptiva, rememoró:

“Un policía llama al coronel Irigoyen. Lo hace salir. Suena una ráfaga de ametralladora. Después, un tiro aislado. Nos quedamos fríos. Luego vienen a buscar al capitán Costales. Otra vez, varios tiros y uno aislado. Ya nos dábamos cuenta que estaban fusilando y que el tiro aislado era el de gracia. Hubo algún comentario de esperanza, de que no podía ser, que sería un simulacro para asustarnos. Ricagno me dijo que ya que yo tenía el carnet de socio de Racing, dijera que iba a la sede que estaba cerca, que intentara salvarme con eso, pero ni lo intenté. No sé por qué, me parecería muy infantil. Luego llaman a Ros. Eran dos hermanos, ¿se imagina?, un hermano despidiéndose del otro sabiendo además que en seguida lo fusilarían al otro, ¡una locura! Enseguida se llevan al otro Ros».

“Uno en el patio-sala se acercó por donde se habían ido los anteriores. Empezó a llorar y gritar: ‘¡Están fusilando! ¡Están fusilando!’. Un vigilante se le aproximó, le cruzó el fusil y le dijo que eran los cohetes que meten en la vía del tranvía».

“Yo ya estaba destrozado, desilusionado de salir con vida. No sé qué hora sería, uno no tiene idea. Fusilaron dos o tres más y el tiempo entre fusilamientos se alargó. No podíamos dejar de ilusionarnos cuando pasaban más y más minutos. Cada segundo que pasaba sin llevarse a nadie nos alegraba y angustiaba. ¡Nos enloquecía!»

El pibe Mauriño oyó las ráfagas y los tiros de gracia. Vio por una rendija los cuerpos acribillados que quedarán durante horas apilados en el patio policial. “Tengo esa imagen clavada acá”, frunce el ceño y se toca la frente. Allí debió quedarse por más de un día.

No conocía a los fusilados: el teniente coronel José Albino Irigoyen, el capitán Jorge Miguel Costales; el paraguayo Dante Lugo; los hermanos Clemente y Norberto Ros y Osvaldo Albedro, de Lanús.

Ni sabría que Emilio Jofré sería ahorcado en una celda; ni que el boliviano Román Salas habrá de morir a causa de la tortura.

 “Por un rato largo no se llevaron a nadie, hasta que nos hacen salir a todos al hall y un tipo nos dice que estamos en libertad”. Faut aclara: “En ese momento pensás en todo. Me vinieron recuerdos de más de veinte años, que nunca los había vuelto a evocar. La mente no corre, ¡vuela! Me llaman. Un vigilante me acompaña por el mismo lugar que los anteriores. Entramos en una habitación que tenía una gran alfombra colorada. Era la del comisario, pero no estaba él, me parece que estaba un tal Suárez Aguirre. Me hicieron parar cerca de una pared. Mientras abría las piernas para mantenerme firme, miré a algunos vestidos de civil y otros de policía que me rodeaban en semicírculo”.

Uno de los que le andaba alrededor le preguntó por el revólver:

–¿Revólver? Nunca usé armas.

El oficial se alejó hasta un escritorio donde tenían revólveres con papelitos adheridos.

“Se ve que tenían el nombre escrito –conjeturó–; al mío lo había tirado”.

Tenía preparada una novela para el interrogatorio: “Tengo un amigo que vive frente al Hospital Fiorito. Mientras lo esperaba para ir al baile de Racing me dieron ganas de orinar, busqué un árbol. En ese momento, para un coche de la policía y me mete”.

El que lo interrogaba comenzó a deslizarle el pañuelo que Francisco llevaba al cuello. Lo giró, lo acomodó. Y mientras se alejaba sin dejar de mirarlo, caminando hacia atrás, le dijo:

–¿Y sin corbata le permiten bailar en Racing?

–En Independiente es así…

Por fin se escuchó la sentencia: “¡Llévenlo para el otro lado!»

Por el corredor, lo llevaron hacia la derecha. Sólo dos vigilantes lo acompañaron. “Yo no quería darles la espalda. Si me la tenían que dar, quería que fuese de frente”.

El cuarto tenía una ventana hacia afuera. Más tarde observarán a los primeros a quienes iban dejando en libertad. Era de mañanita, cuando uno de los efectivos pasó preguntando quién quería café. “Trajeron un termo, vasos descartables… y fueron a comprar facturas”.

Cerca de las ocho de la noche –a veinte horas de su detención– llamaron a Francisco. “¡No se dé vuelta! ¡Camine para adelante y vaya para su casa!”

Cuando salimos, todo parecía normal ¡Adentro fusilaban y, afuera, la gente como si nada, las mujeres hacían los mandados, los negocios vendían tranquilos!”

Desde la Comisaría 2ª entregaron algunos cuerpos. Los Ros fueron inhumados el 12 de junio en el cementerio de Avellaneda, donde fue llevado Mauriño, entregado tarde por la Comisaría 4ª, enterrado el 17 de julio, según el libro de la necrópolis (anotación considerada errónea por la familia).

¿Quiénes fueron sus ejecutores? Mientras el Jefe de la Bonaerense actuaba en el norte del Conurbano, el subjefe, capitán de corbeta aviador Salvador Ambroggio, comandó en la Regional Lanús los asesinatos de los detenidos, ejecutados por el comisario inspector Domingo Mussio, jefe la Brigada Avellaneda. Los tiros de gracia los dio el inspector mayor Daniel Juárez.

Un Daniel Juárez, ya comisario mayor retirado, será ejecutado dos décadas después a manos de la guerrilla en Berazategui.

 

Diario El Sol, 22 de agosto de 1977.

 

Por esos vaivenes del destino, fue otro berazateguense el contacto entre Walsh y Juan Carlos Livraga, el primer fusilado sobreviviente de los basurales de la zona norte.

Este colectivero, luego detenido en Olmos, con 15 kilos menos, logró recuperarse y contrató a un abogado, de 32 años: el doctor Máximo von Kotsch, quien logró que él y Miguel Giunta, otro sobreviviente, recuperaran la libertad.

“Máximo, militante de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), fue cercano a Arturo Frondizi, antes de que fuera Presidente. Hacia diciembre del ‘56, el abogado reunió a Livraga y Walsh –informa Rodolfo Cabral, presidente de la Comisión de Estudios Históricos de Berazategui–. Kotsch no le cobró un peso y, a los meses, lo ayudó a exiliarse en Estados Unidos, donde vive desde hace más de seis décadas; hoy tiene 89 años”.

El abogado será detenido tras el golpe de 1976: “Usted hizo caer a Aramburu y Rojas, mire si lo vamos a dejar suelto”, le dijo la gente de Etchecolatz. Aunque a los nueve meses será liberado. Morirá por su cuenta y “sus restos descansan en la bóveda familiar del cementerio de Ezpeleta. Su trabajo desinteresado amerita un reconocimiento”, opina Cabral.

 

 

El jueves pasado, para recordar los 65 años, la filial Avellaneda de la Universidad Tecnológica Nacional organizó un encuentro virtual con varias entidades para conversar con los hijos de dos víctimas: Luciano Rojas y Mario Brion. A Eduardo Rojas le costará hablar y hará gestos para que lo aguanten cuando intenta trepar esa escarpada colina detrás de la cual sólo puede estar el llanto. En cambio, Daniel Brion levantará la voz como bandera a la victoria, para arengar sobre lo que falta hacer y desliza algún enojo contra Livraga porque, desde Estados Unidos, a pesar de las décadas, sigue diciendo que aquella noche sólo se reunieron a oír la radio, como si fueran todos inocentes, sin conciencia social. Para el final pide que busquen los homenajes que subió a su canal de YouTube.

Los asistentes aportarán lo suyo. Darcy Tortonese recordará: “Tuve la pena de oír los gritos de la hija del general Valle cuando le comunicaron el fusilamiento de su padre; ella estaba en el departamento de mi vecino Chiesino”.

Desde Entre Ríos, otros homenajearán a Leonor von Wernich de Troxler, que acaba de morir a los 101 años. La mujer de uno de los sobrevivientes de los basurales (que será asesinado por la Triple A), repetía que quería que se supiese su apellido para que todos supieran que “no todos los von Wernich son unos hijos de puta”.

Otros recordaron el documental Patriotas (Eduardo Anguita, 2005, con Emiliano Costa y Mariel Fitz Patrick).

 

 

 

 

Como Rojas no puede hablar, toma la voz una nieta que recuerda: “Recién este año pudimos tener un pedacito del legajo de mi abuelo Rojas”.

Quien más información recopiló, no pudo hablar pero por desperfectos técnicos. Es el autor del libro La resistencia y el general Valle (1996, reeditado por Punto de Encuentro en 2016, de donde se extrajeron los testimonios para esta nota). De haber funcionado su conexión, Arrosagaray podría haber relatado los variados aportes que le hiciera Rubén Machado sobre sus encuentros con Raimundo Villaflor; o los de Marcelino Sánchez, quien participó de reuniones con los sublevados generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Aunque el mejor cierre podría haber sido esta metáfora de la persistencia:

En la Escuela Técnica Salvador Debenedetti, del centro de Avellaneda, donde los resistentes iban a instalar un radio para transmitir la Proclama que dispararía el alzamiento, la Policía se llevó a los hombres pero no el receptor: “Un Hallicrafthers, norteamericano, de amplitud modulada”, cuenta uno de los docentes que protegieron el radio durante las décadas que transcurridas en esa, otra, larga resistencia.

 

Osvaldo Banzini, Rubén Machado, Arrosagaray y Marcelino Bienvenido Sánchez, en la primera presentación de la historia (1996).

 

 

 

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