La percepción de los votantes

¿Qué pasa si uno se deja llevar por la opinión de quienes tiene cerca, en lugar de sus propias convicciones?

 

Estamos por votar otra vez. Como suele suceder, junto con las votaciones llegan las predicciones. Habitualmente, suelen incidir en lo que uno cree que va a pasar, lo que sucedió antes, en el pasado inmediato (o no tanto), pero uno tiene en cuenta las asociaciones oportunistas (muchas ‘sospechosas’ o ‘casamientos por conveniencia’), los ‘viejos’ de siempre, los ‘nuevos’ que tratan de instalarse, los que vienen ‘coacheados’, los que ‘aspiran a más’, los decepcionados que se quedaron afuera y claro... la lista podría seguir.

También están las encuestas… una amplia gama. Aquellas que encargan los propios candidatos. Algunos, porque quieren saber la verdad de ‘cómo les iría’ o ‘cómo les está yendo’. Algunos otros porque quieren que les digan lo que quieren escuchar. Por supuesto, siempre están las que son hechas honestamente, científicamente rigurosas (que son obviamente mucho más caras) y que necesitan mucha más gente especializada, no solo para diseñar una estrategia para recolectar los datos en forma aleatoria sino que después, requieren de saber interpretar esos mismos datos.

Hay otro conjunto de encuestas que parecen ‘serias’ o ‘bien hechas’, pero derrapan al final, se ‘tuercen’ en el camino, y dejo para el final aquellas que son decididamente disparatadas, ‘dibujadas’, y que solo aportan confusión.

Entre los votantes, siempre están los ‘indecisos’, un nombre que engloba a los que ya saben lo que van a hacer pero no lo quieren decir, a los que no van a votar, a los que no quieren participar en ninguna encuesta y también, para esconder debajo de la alfombra todo lo que molesta.

Pero más allá de las encuestas que se publican, están las ‘caseras’, aquellas que se basan en ‘nuestro microclima’. Me refiero a la percepción personal, lo que uno cree que va a pasar sustentado en el entorno o burbuja en la que uno está metido y sospecha que lo que le sucede a uno individualmente, es lo que pasa en todo el país, o en toda la provincia o donde sea. 

Y justamente esta percepción es la que uno —discreta y/o privadamente— intuye que puede extrapolar y confiar en su propio instinto y supone que al evaluar el aroma que tiene el aire que uno respira, mezclado con lo que uno quiere que pase, o tiene miedo que pase, matizado con lo que escuchó, vio, leyó o le comentaron… eso, justamente ‘eso’, es lo que va a pasar.

Hace unos días encontré un ejemplo que creo pertinente y que quisiera compartir. Usted acomódelo de acuerdo a sus intereses. No se aplica exactamente a lo que está por pasar en el país, pero se aproxima mucho. Cuando termine de leer verá por qué.

Muchas veces, para estudiar un determinado problema que tiene muchas variables, uno suele reducirlas drásticamente y ver si puede deducir ‘algo’ que le sirva en el caso general. Justamente, en el caso de la votación aparecen las encuestas. Si están bien hechas, y la muestra está elegida como corresponde, las conclusiones se aproximarán fuertemente a la verdad. Naturalmente, si uno pudiera encuestar a todos los votantes, obtendría un resultado perfecto, pero claro, estaría haciendo un escrutinio anticipado. Es por eso que uno tiene que confiar en la matemática y reducir el tamaño. Lo que sigue es un ejemplo obviamente ficticio y exagerado, pero servirá para que —juntos— podamos pensar una situación hipotética y después compararla con la realidad.

Hagamos de cuenta que una persona está en una ciudad pequeña con nada más que 14 votantes. En realidad, si le resulta más cómodo, imagine que es todo un país, y que los 14 no son en realidad 14, sino que representan 14 millones o 44 millones; lo que usted prefiera (o necesite para que le den las cuentas). Ya verá que, en el marco de la ‘gran pintura’, es totalmente irrelevante. En el caso que voy a contar aquí, los votantes serán nada más que 14. Suponga también que ya hemos llegado a la segunda vuelta, y que todo se reduce a elegir entre dos candidatos (A y B) o dos fórmulas.

Todos los votantes ya saben a cual de los dos candidatos votarían, pero como suele suceder en esta época, hay un grupo (grande) de personas que quiere que gane una fórmula, y otro grupo a quien no le preocupa tanto que gane quien está al frente de la boleta, sino que lo que no quiere, es que gane el que está al frente de ‘la otra’.

Para ponerlo en términos más gráficos: hay un grupo que está a favor, y otro, que está… “a favor de estar en contra”.

La Figura 1 contiene toda la información necesaria que quiero comunicar. Cada círculo representa una persona (o votante). Dos personas que se conocen (o son familiares o amigos) están conectadas por un segmento que une los dos círculos. Personas que no estén conectadas por ningún segmento, es porque no se conocen.

Como se ve, cada círculo es de uno de dos colores: celeste o rojo. Ese color representa su simpatía por una u otra fórmula (o candidato). Al mirar los círculos, usted advierte que como no hay círculos de un ‘tercer color’, eso significa que toda persona tiene una opinión formada. Es por eso que todos los círculos son o bien celestes o bien rojos. Los ‘celestes’ votarán por el candidato A, y los ‘rojos’, votarán por el candidato B.

Y acá un dato muy importante: cada persona VOTARÁ NO DE ACUERDO CON ‘SU’ preferencia, sino que lo va a hacer será tener en cuenta lo que piense (o vote) la mayoría de las personas que estén conectadas con ella (o con él).

Le pido que relea el párrafo anterior: no importará lo que cada votante piense o por qué candidato votaría si estuviera sola/solo, sino que cada votante tendrá en cuenta lo que piensa o votará la mayoría de la gente que está conectada con él o ella.

Por ejemplo, para fijar las ideas, una persona identificada con un círculo ‘rojo’, en principio, debería votar al candidato B. Pero si sucede que esta persona está conectada con siete círculos, y cuatro de ellos son celestes, entonces votará al candidato A (‘celeste’), ya que la mayoría de sus conocidos/familiares/amigos) tiene un círculo celeste.

Dicho esto, mire ahora la Figura 1. Recuerde las reglas que acabo de escribir.

¿Quién cree usted que va a ganar la elección: el candidato A (‘celeste’) o el candidato B (‘rojo’)?

Si estuviera a su lado, le pediría que no lea mi respuesta (algo que siempre puede hacer después).

 

 

Siguiendo las reglas que impuse más arriba, la respuesta es que va a ganar el candidato A, que son los que votarán los que tienen un círculo celeste.

Lo notable del ejemplo, es que si usted se fija, verá que entre las 14 personas, hay solamente tres que tienen un círculo celeste. Es decir: si cada uno votara de acuerdo con su predilección, ganaría el candidato B (el de los ‘rojos’) por amplia mayoría: 11 a 3. Pero como cada uno votará de acuerdo con lo que piense la mayoría de las personas que tiene a su alrededor, entonces, el ganador será el candidato A.

Fíjese por qué…

Voy a numerar a las personas que aparecen en la Figura 1 y eso da lugar a la Figura 2:

 

Hay tres personas que tienen un círculo Celeste: 1, 2 y 3.

Hay once personas que tienen un círculo Rojo: 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13 y 14.

Si cada uno votara por su predilección, debería ganar el candidato B (los rojos) por amplio margen: 11 a 3.

Sin embargo, sigamos las reglas que escribí más arriba: cada uno va a votar de acuerdo a lo que vote la mayoría de las personas conectadas con cada uno. Acompáñeme y hagamos las cuentas de lo que debería hacer cada votante.

 

En consecuencia, los únicos tres que votarían por B, son los que si lo hicieran de acuerdo con su predilección, votarían por A: 1-2-3.

Los otros 11, que votarían por B si eligieran sin seguir a sus ‘contactos’, terminarán votando por A.

Moraleja: si uno se dejara llevar por el microclima y votara de acuerdo con lo que vota la mayoría de quienes están alrededor, le haría ganar la elección a un candidato que de otra forma, perdería por escándalo.

Para terminar, dígame que todo lo que escribí más arriba es una fantasía mía y que nada de lo que describí puede suceder, ¿no es así?

 

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