La perseguidora

"Tuvo que ser protagonista de esta historia, para que la Justicia se dé cuenta de qué estábamos hablando"

Muchas veces me pregunté como Diana Sacayán hubiese escrito su propia muerte. Estos días encontré una de sus primeras crónicas. Diana era dirigente de la comunidad travesti de este país y militante política emparentada a la luchas contra todo tipo de violencias. Pero Diana también era escritora. Creó un sistema de perseguidora alrededor del quién vio y quién supo qué de comadrona de barrio. Usaba una computadora de pantalla ancha instalada en su habitación, un pequeño departamento que primero se armó ladrillo a ladrillo en Laferrere y después en Flores. Los primeros textos fueron los documentos del Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación, el M.A.L., como lo llamaron en los ’90. Con el paso del tiempo, esos documentos se trasformaron en historias que cobraban forma en El Teje. En esa redacción de sexualidades diversas con tiempos al rojo vivo creada por Marlene Wayar y María Moreno en el Rojas, Diana desarrolló el oficio de escribir como una perseguidora. No usaba libretas. Usaba la cabeza para retener diálogos que luego pasaba a textos que se parecían a un campo de combate donde el desafío no eran las palabras, sino hacer pasar los sentidos de la oralidad travesti a un texto escrito contra los responsables de los males de su gente. Como dice Marlene, pasar sin traición «de la oralitura a la escritura». A Diana la mataron en octubre de 2015. En mayo de 2009, ante el cierre apurado de uno de los números de la revista, envió el borrador de uno de los encuentros con una joven de su barrio.

El Verde, “el trucho”, hace su recorrido desde el Mercado Central hasta el Km. 38 de la Ruta 3. Zoe me esperaba en la parada del Barrio Los Ceibos en González Catán. Cuando caminábamos hacia su casa, nos cruzamos con una camioneta que hace reparto de soda. Desde el interior se disparó un grito crudo, cortante de “PUTO FEO” que pareció adelantarme lo duro que seria realizar esta nota —escribió—. Llegamos a una casita humilde, pero acogedora. Zoe me invitó unas mandarinas y comenzamos la charla.

Ella tiene apenas 22 años. El martes 31 de marzo, como todos los días, salió para ir a trabajar. Cuando llegó a la estación Independencia (lugar donde trabaja) se le acercó un supuesto cliente, que le pidió que le hiciera un servicio. Arreglaron precio y caminaron hacia el fondo de la estación de trenes, al costado de las vías, un lugar discreto y oscuro. «Cuando me dispuse a atenderlo —dice Zoe— me di cuenta de que se llevó las manos a la cintura, como si buscara algo. Cuando veo que tenia un revólver quise salir corriendo, pero al darme vuelta, otro tipo apareció de la nada y se me puso enfrente. Quise correr, me persiguieron, alcanzaron a agarrarme del pelo y me tiraron al piso. Comenzaron a golpearme y sacarme la ropa. Cuando me quisieron sacar las zapatillas, me resistí. Entonces me levanté e intenté sacarle el arma».

Forcejearon, siguió Diana, por unos segundos. Después Zoe sintió el sonido del disparo.

Marlene me dice que Diana también forcejó cuando intentaron matarla. Las pericias contaron 27 lesiones en su cuerpo, trece de ellas puñaladas de arma blanca, probablemente un cuchillo de acero de 20 centímetros que encontraron en el departamento de Flores. Esta semana se conoció la sentencia. El Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 4 condenó a perpetua a la única persona identificada, un tipo que ella había conocido entre la militancia y los espacios de recuperación de adicciones. La sentencia se celebró porque el ministerio público planteó el pedido de perpetua en el contexto de la figura del travesticidio. Un hecho sin antecedentes. Mariela Labozzetta es la coordinadora de la Unidad Fiscal especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM), una de las promotoras de esa mirada. Dice que como la figura del travesticidio no existe en el Código Penal, usaron un cruce de dos artículos para pensarla: el artículo 4 de crimen de odio y el artículo 11 de femicidio. El cruce fue la base para conceptualizar el específico crimen de odio a las travestis. Uno de los temas sobre los que Diana siempre escribió.

Pame era amiga de Daniela, La Rubí —escribió en otro texto—. Vivió con ella cinco años compartiendo el mismo terreno. Ella la describe como una excelente persona y muy buena amiga. Junto a ella y a Lucí, otra compañera, nos reunimos para dar luz una vez más un crimen de odio, que para los grandes medios pasó desapercibido. Quizá noten similitudes en esta situación con otras notas que realicé y que refieren al mismo tema, pero es sumamente necesario desde esta redacción, y desde mi compromiso como militante y activista, seguir denunciando estas situaciones que se dan en el seno de una sociedad que parece haber crecido de espaldas en relación a la comunidad LGTTBI. Esta también es la realidad y ésta es también parte de esa sociedad.

Antes de que se conociera la noticia de su muerte, Labozzetta recibió una llamada de las activistas para adelantarle lo que había pasado. La fiscal llamó a su vez al fiscal de instrucción para ponerlo al tanto no sólo acerca del escenario del crimen sino para contarle quién era Diana. Le sugirió usar el protocolo de violencia de género del Ministerio Público para preservar pruebas en las primeras pesquisas. Así lo hicieron. Y poco después decidieron trabajar el caso como femicidio, lo que les pareció supervanguarista, dice, hasta que se encontraron con Lohana Berkins.

—Mirá —le dijo Lohana—, te voy a decir una cosa. Toda la vida tuvimos que luchar para que no nos traten como hombres, ¿y ahora tenemos que luchar para que no nos traten como mujeres? No somos varones, ni somos mujeres. A ver si lo entienden. Somos travestis. Esto fue un travesticidio. Y hay que investigarlo de esa manera.

Para la UFEM ese concepto estaba arraigado en la militancia política y el activismo, pero la justicia no tenía herramientas para trabajarlo. En Argentina sólo había antecedentes de cuatro sentencias. Una en San Juan que había condenado por el artículo 4 y otra en Salta en la que se aplicó el artículo 11. Para la Unidad ambas figuras eran complementarias, porque el crimen de odio daba el componente colectivo que la figura del femicidio no parece contemplar.

Conocí a Diana en El Teje. Trabajé en esa redacción de múltiples reinas de carnavales muchas veces averiadas, donde aprendí a entender el cuerpo como una de las dimensiones de la insubordinación. Ahora le pregunto a Marlene por el juicio. Y dice que no le dio el cuerpo para seguir las audiencias porque no podía ver de cerca la cara del tipo que mató a Diana. Pero que sí estuvo en la sentencia.

«Me resultó muy contradictorio», dice. «Porque estamos hablando de una victoria importantísima. Es la primera. Pero me resultó contradictoria porque mi amiga ya no está. Estoy conforme. Y estoy esperanzada. Quiero que esto empiece a hacer impacto en la institución jurídica para que no tengamos que estar atentas y atentos a lo que cada juzgado haga en cada caso. Que el hecho de que Diana haya sido quién era, una referente insoslayable, importantísima, querida, emparentada a muchas otras luchas, que eso no haga que otra compañera anónima, crea que hay que ser todo eso para merecer no morir en manos de criminales. El discurso de Diana era colectivo, así que estas victorias también lo son».

Marlene conoció a Diana por carta. Eran los años ’90. Vivía en el Gondolín, el hotel de las travestis de Godoy Cruz organizado para pagarse la olla y ponerle frenos a la policía. Pleno auge de persecuciones, edictos y caídas en cana, con golpes y escarmientos. Marlene era asesora de un diputado del espacio de Luis Zamora. Recibió una carta de un grupo anarquista de Laferrere que buscaba organizaciones de Capital para reportar que dos integrantes del colectivo habían sido encarceladas. Denunciaban la connivencia de la policías con los prostíbulos de la zona. Una de las detenidas era Diana. La otra su hermana, Johana. A Johana la liberaron. A Diana la dejaron presa y procesada.

«Y no soltaban a Diana porque ella es la que hace una apuesta política desde su posición de prostituta autónoma para con los prostíbulos que regentean la zona —dice Marlene—. Y ellos no quieren que la prostitución autónoma esté parada sobre la ruta, donde tienen los lugares de prostitución. Diana no se avino, no acordó con los jefes de calle, con estas normativas del circuito prostitutivo y la llevaron detenida».

Diana estaba en la comisaría de Pontevedra en la localidad de Merlo. Lejos de quienes podían atenderla. Marlene se acercó dos veces. La primera no la dejaron pasar. La segunda la vio en un pasillo porque supuestamente no tenían espacio en las únicas dos celdas destinadas a adultos y niños. Las organizaciones de Capital publicaron la carta. Generaron alguna acción. Diana salió de la cárcel. Y Marlene dice que lograron la libertad, «pero no logramos nada contra  los prostíbulos en connivencia con la policía. De todas maneras se había organizado un movimiento. A partir de ahí —se ríe—, Diana se convirtió en una caja de sorpresas».

En 2010, Diana mandó otro correo.

Mando una entrevista al abogado de Johana. También te envío escaneada una de las cartas que escribió ella donde dice que esta durmiendo en cartón. Y copio la resolución del juez. Me parece importante lo que dice; ya que reconoce una deficiencia de parte del Estado para brindar asistencia médica a Johana. Seguido te envío foto de Johana, tengo otras fotos. ¿Crees que hace falta hacer alguna crítica al sistema judicial, penitenciario o creés que es suficiente????

 

La estética de la sección de Diana. Y la historia de Johana Robledo.

 

Diana no iba al territorio. Era el territorio. «Estaba instalada de una manera paticularísima en su barrio, donde cualquier lucha se le trasformaba en propia. Iba del movimiento travesti al LGTTBI. Una de las primeras causas que abrazó con mucha fuerza fueron los asesinados por gatillo fácil. La buscaron para ser candidata a concejal, era vocera de vecinos y vecinas en la lucha contra el CEAMSE de González Catán, se enroló en la búsqueda de los pibes desaparecidos, y no sólo participaba —dice Marlene—, sino que las doñas enseguida la ponían al frente. Todo eso le significaba mucha impotencia, no podía tramitarlos de otra manera y se los subía al hombro. En plenos ’90, con una sociedad diezmada, ella atravesaba su travestidad con hambre pero con sus compañeras armaban un refugio para niñas y niños para garantizar comida, pero también evitar que padres violentos abusaran de sus niños».

Diana vivía con su hermana y dos hermanos, parte del clan de los Sacayán, una casa en ocasiones difícil donde Marlene fue la primera travesti aceptada, a plena luz del día y después de golpear las manos en la puerta. La casa estaba a unas siete cuadras de la estación de Laferrere, pero en el barrio ya no había calles asfaltadas, había casas donde las señoras ponían una verdulería en la ventana o un kiosco o ponían flores en el jardín, pero no había cordón en las veredas, no había cloacas, ni agua potable.

¿Cuándo empieza a escribir?

Escribió siempre. Hizo alguna poesía. Al comienzo están los documentos. Y después, cuando empezó a escribir periodismo tenía una computadora porque ya había tomado la decisión de hacerse ese departamento al fondo del terreno para no pelear con los hermanos. Usó siempre una de esas computadoras con pantallas culonas que después quedó ahí durante mucho porque jamás se rompió lo suficiente. Y además, ese seguía siendo su banco de datos.

¿En qué condiciones escribía Diana? ¿Tomaba apuntes? ¿Qué pasaba cuando en esa casa aparecían los problemas?

Diana tenía memoria. Si tenía que anotar algo, eran datos duros. Todo lo otro lo iba registrando su cabeza, su sentir. Almacenaba. Y después sí, tuvo un super celular y bajó alguna aplicación para grabar. Problemas tenía miles. Que se quedaba sin agua. Se le cortaba la luz. Pero si ella tenía interés, eso no la paralizaba. Se hacía las siete cuadras hasta el centro. Sabía vivir en esas escaseces de recursos que implica el conurbano. Si quería, lo sorteaba. Pero también le pasaba la vida misma. Le robaban a ella. Le mataban a la amiga. Le robaron el auto. Digo, había momentos donde todo se le corría. Una reunión con Pimentel, después en Catán, después en el centro, el viaje en colectivo, un chongo, y a las doce de la noche se sentaba a terminar un informe. Después se dormía hasta las tres de la tarde, y toda la vida se le corría. Trabajar y ser trava en el conurbano hacía que hubiera un delay importantísimo.

Diana escribía textos vivos. Nunca había tiempo de corregir. Ni reeditar. Ni pensar demasiado porque las urgencias pasaban por otro lado. ¿Crees que hay un método Sacayán?

Ella empieza a escribir porque está inserta en el campo. Y se mueve con los comentarios de la gente. Con quién conoce y quién te dice, con quién tenía problemas. Quién pudo haber sido. Quién supo. Quién vio. Y ella seguía, e hilaba y estaba sabiendo y conociendo cuál era el campo y quién podía tirarle información o no. Pero su objetivo era realmente llevarlos a juicio, era realmente cambiar las condiciones en las que vivían sus amigas y compañeras. En El Teje, ella puede plasmar eso en un texto. Y le sirve para ordenar las ideas. Y primero le pone demasiada esperanza a la escritura hasta que llegó el día que pudo poner en palabras que sentía demasiada impotencia, porque no había un cambio. Cuando se da cuenta que el Teje —con la importancia que tenía, la mirada de la academia y demás—, no llegaba a cambiar nada. Pero también le pasaba en el Soy, en diarios de tirada nacional. No llegaba a impactar en la medida necesaria eso que publicaba. A lo sumo, todo eso le daba chapa para moverse y preguntar, para que los testigos se abrieran y comentaran. Como cuando vas por primera vez a un barrio carenciado donde nunca llega nada. Vos llegás con papeles y lapiceras, la gente te cuenta vida y obra porque tiene esperanzas de que llegue alguien que pueda trasformar sus condiciones reales. Y la verdad es que muchas de las veces no pasó. Y ahora mirá. Me pregunto si todo esto va a tener que pasar. Incluso tener que ser ella la protagonista de esta historia, para que recién hoy la Justicia se dé cuenta de qué estábamos hablando. De qué estaba hablando Diana. Porque ella se pregunta el por qué nos odian. Por qué esa carga de odio hacia nosotras. Por qué el desinterés de las personas.

En el segundo número de El Teje, Diana escribió la historia de una amiga.

Recibí la noticia que una joven travesti de Laferrere había sido golpeada brutalmente en la villa Puerta de Hierro y que había sido internada en el hospital Güemes de Haedo. Se llama Natalia Otamendi. Inmediatamente fui a verla, pero cuando al llegar al edificio de arquitectura antigua y rodeado de un gran parque, me propuse localizarla, las cosas no fueron tan fáciles. Luego de recorrer los anchos y extensos pasillos, di con la ventanilla de informaciones, y allí me encontré con el primer inconveniente: estaba registrada con el nombre que figura en su documento. Una vez más habían vulnerado el derecho de una persona a ser llamada por el nombre que eligió. Recientemente, en la provincia de Buenos Aires fue firmada la resolución número 2.359 que exige respetar el nombre de identidad de travestis y transexuales en los hospitales públicos. No fue este el caso.

En aquella historia habló del ataque. Y de la patota. Pero de lo que hablaba era de eso que dice Marlene. Las burlas y el maltrato. En juzgados y comisarías. Y la indiferencia del mundo que daba vueltas al lado.

La policía pasó con el patrullero por el lugar varias veces. Me vieron tirada, les hice señas y se desentendieron. ¡¡¡Diez horas, loca, diez horas!!! Me miraban y me ignoraban. Si no hubiese sido una travesti la que estaba tirada, no sé si hubiera estado diez horas ahí.

Su rostro expresa cierta angustia.

Puso Diana después. Ese día hablaba de Natalia.

2 Comentarios
  1. Andrés dice

    Una nota muy emocionante, Alejandra.

  2. Marlene dice

    Gracias Ale, contundente, fuerte y hermosa. Como Diana

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