LA PESTE ELECTORAL

 

La Covid-19 es también una peste electoral, para todos los oficialismos. El de Estados Unidos es el primer caso en el que dos sucesivos gobiernos, de signo político opuesto, se contagian de esta peste en un lapso tan breve. Así lo ratifican la amplia derrota del candidato demócrata a la gobernación de Virginia (donde Joe Biden venció por más de 10 puntos hace apenas un año) y la victoria por apenas dos puntos del candidato demócrata a la reelección como gobernador de Nueva Jersey, donde la vez anterior la diferencia fue de 16%. Esto habla de un malestar general que no encuentra respuesta satisfactoria en ningún rincón del sistema político. En diciembre de 2001, esa sensación llegó a un climax en la Argentina. Muchos de quienes nacieron a partir de entonces decidirán el resultado de los comicios del próximo domingo.

Durante el año y medio largo de la pandemia, los extremos de la financiarización se agudizaron en Estados Unidos y en buena parte del mundo, las mayores fortunas crecieron como nunca y la inequidad se acentuó, pese a los planes de rescate y las transferencias directas de dinero depositado en las cuentas bancarias, mucho mayores allí que aquí.

Resistir las consecuencias de esta fase de la globalización, con sus componentes de inteligencia y militarización, es una buena respuesta principista, ya se trate del racismo y el sexismo, de la violencia policial, del rechazo y el maltrato a los migrantes y/o los pueblos originarios, de la deslocalización de industrias y la precarización del empleo. Pero si no se encuadran dentro del contexto general que las produce, la tarea se parecerá a juntar agua con la mano. Muchas víctimas y ninguna conceptualización. La casuística es necesaria, pero no suficiente.

Un estudio sobre las protestas registradas en un centenar de países, que cubren el 93% de la población mundial, concluye que el crecimiento de esas expresiones  a partir de 2006 es tan pronunciado que configura un periodo comparable con los de 1848, 1917 y 1968, cuando se produjeron revoluciones que dejaron una huella profunda en la historia, ya fueran triunfantes o vencidas. “Hoy experimentamos otro periodo de creciente indignación y descontento y algunas de las mayores protestas en la historia mundial”. Aunque las protestas crecieron año tras año en todas las regiones del planeta, su prevalencia es mayor en los países de ingresos medios (1327 episodios) y altos (1122) que en los de bajos ingresos (121).

Una verdadera democracia, mejores empleos, servicios públicos, protección social, derechos civiles, justicia global y rechazo a las medidas de austeridad y a la corrupción son mencionadas entre los reclamos de esas protestas. El estudio fue realizado en forma conjunta por la Fundación Socialdemócrata alemana Friedrich Ebert y Global Social Justice, de la Universidad neoyorquina de Columbia, con aportes de la londinense Oxfam. Analiza 2809 protestas que según los autores se ajustaban a las metas de derechos humanos y de  desarrollo aprobadas por las Naciones Unidas y exhorta a la dirigencia política a escuchar esos mensajes, aun cuando fueran comunicados en forma violenta.

Un anexo de más de 40 páginas incluye todas las protestas estudiadas, de las cuales 16 ocurrieron en la Argentina, que van desde las de 2006 contra la papelera sobre el río Uruguay y la contaminación de la minería, la demanda de Justicia por el asesinato del maestro Carlos Fuentealba, las de la Sociedad Rural contra las retenciones, los Qom por sus tierras ancestrales, los cacerolazos contra Cristina, las huelgas obreras en demanda de mejoras salariales, los mapuche contra Chevron, los movimientos sociales contra los ajustes de Macrì y las reformas previsional y educativa, hasta la huelga general de 2018 y la movilización de 2019, ambas contra el Fondo Monetario Internacional, contra la reunión del G20 en Buenos Aires en 2018 y contra la cuarentena en 2020. Otra observación llamativa es el incremento de las protestas globales, que con 239 episodios se acercaron al 10% de la muestra.

No sólo se puede perder una elección. También las orejas, como dijo Perón en su famoso discurso del 7 de agosto de 1945 en el Colegio Militar.

 

«Por no ceder un 30% lo van a perder todo, y además las orejas».

 

 

 

 

¿Radicalizar o moderar?

Las dos alas del oficialismo demócrata se acusan en forma recíproca del retroceso electoral: para los progresistas, que encarna el senador por el pequeño estado de Vermont, Bernie Sanders, la causa es el incumplimiento de las expectativas despertadas y las promesas hechas en 2020. Para los conservadores, dominantes en los principales medios de comunicación, el problema son las ideas de izquierda que atraen a una élite ilustrada, pero rechaza la mayoría del electorado. Durante las primarias del año pasado, Biden contó con el apoyo de quienes consideraban extremas las posiciones de Sanders, un judío de Brooklyn que se declara socialista y que en su juventud apoyó incluso a Fidel Castro y su revolución cubana.

 

Paul Klee. El equilibrista.

 

Pero con habilidades de equilibrista, Biden engarzó en la barra de contrapeso con que avanza sobre la cuerda floja algunas de las banderas de Sanders. De otro modo no hubiera podido con el populismo desaforado de Donald Trump, cuya campaña se basó en el desprecio por la casta política (que allí se denomina Washington, a secas), de la que Biden es un arquetipo, con casi medio siglo consecutivo de cargos en la capital: 36 años en el Senado, donde presidió las comisiones de Justicia y de Relaciones Exteriores, y ocho como Vicepresidente.

Quienes analizan las características específicas de los dos estados que renovaron su Poder Ejecutivo en año impar no encuentran una explicación más plausible que el derrumbe de las expectativas de cambio colocadas en la presidencia de Biden, luego del agitado cuatrienio de Trump, quien fue el único Presidente tan poco querido como Biden a esta altura de su mandato, lo cual da para pensar que toda la escena política se desliza en un plano inclinado. El Newyorker inquirió al encuestador demócrata de New Jersey Danny Franklin, por las razones del decepcionante resultado. Franklin describió fuerzas poderosas que conspiran contra el partido en el gobierno en tiempos difíciles, y que exceden el escenario local. Se trata de la confianza de que quienes ejercen el poder vayan a proteger a las personas,  que en tiempos de crisis  se vuelven conservadoras. «Pensaban que quienes fueron elegidos en 2020 podrían protegerlas. Y si sienten que eso no ocurrió, se repliegan y se acobardan» . Esto comprende al gobernador, al presidente, al Congreso, a las grandes instituciones. La pregunta, pensando en la próxima elección, es «cómo persuadir de que las políticas y la visión del partido en el gobierno conducirán a una mayor seguridad y estabilidad».

Hace tres meses la mayoría de las encuestas mostraban un apoyo a Biden superior al 50%, algo que Trump no consiguió nunca durante todo su gobierno. Además, 19 senadores republicanos votaron su plan de inversión en infraestructura. Pero luego la Cámara Baja se negó a tratarlo, el Senado frenó el programa de ayuda a las familias y los índices de aprobación de Biden se desplomaron hasta el 40%.  Recién el viernes 5, Biden consiguió los votos necesarios para que los diputados aprobaran su plan de infraestructura vial, portuaria y de conectividad informática, por 1,2 billones de dólares (trillions). Pero aún no ha logrado que se sancionen sus programas de ayuda a las familias, que ya debió rebajar de 3,5 billones (trillions) a la mitad. La revista de negocios The Economist lo ilustró con el Presidente hundido en un pozo negro.

 

The Economist: Biden en el pozo.

 

 

Sanders, quien preside la Comisión de Presupuesto del Senado, mostró a sus colegas en la Cámara una encuesta de Morning Consult/Politico, según la cual el 41% de los votantes consideran su mayor esperanza que se sumen beneficios odontológicos y oftalmológicos a Medicare, una especie de PAMI atenuado. Estas son las principales respuestas:

Los principales reclamos desatendidos.

 

 

Sinema y Manchin.

Pero presionado por la industria dental y los senadores demócratas Joe Manchin (un empresario del carbón, justamente de Virginia) y Kyrsten Sinema (de Arizona), Biden excluyó la atención odontológica y oftalmológica del plan. “Debemos escuchar al pueblo e incluirla”, tronó Sanders. También recordó que “los mismos remedios, fabricados por las mismas empresas, en las mismas plantas, cuestan mucho menos en Canadá, Europa, Australia y Japón, debido a la codicia de las grandes farmacéuticas. Es hora de cortarla con eso”. Por el contrario, Manchin concluyó que los resultados electorales aconsejan postergar cualquier definición sobre los proyectos de Biden.

Sinema fue hostigada por un grupo de mujeres, que la siguió hasta el baño de un lugar público para pedirle que votara la ley. Y abundan los chistes con los apellidos de ambos, que se han combinado como Simanchin o Manchema.

La buena noticia que recibió el Presidente es que la última medición del Ministerio de Trabajo indicó que en octubre la economía creó medio millón de empleos y que la desocupación se redujo dos décimas, hasta 4,6%.

 

 

Pero Trump…

Usar el fracaso electoral para seguir discutiendo las mentiras de un desquiciado como Trump, que intentó negar la realidad para impulsar un golpe de Estado, es parte del problema del ala progresista de los demócratas. Sin quererlo, fortalecen la ambición de Trump de una nueva candidatura en 2024.

No hay antecedentes de un ex mandatario que vuelva a presentarse. Pero la Constitución no lo prohíbe. La costumbre iniciada por el primer Presidente establecía dos mandatos como máximo. Pero Franklin Delano Roosevelt, que en la década de 1930 sacó al país de la peor crisis económica, obtuvo un tercer término en 1940, una vez que Hitler desató la guerra en Europa, y fue elegido para un cuarto en 1944. Sólo cumplió tres meses de ese periodo, porque murió en ejercicio, en abril de 1945. Esto derivó en la XXII Enmienda a la Constitución, vigente desde 1951, según la cual nadie podrá ser electo Presidente más de dos veces.

La Constitución argentina, importada de Estados Unidos a mediados del siglo XIX, en este punto prefirió un mandato presidencial único de seis años, igual que la Confederación sureña derrotada en la guerra civil, un paralelo histórico que va más allá del diseño institucional. En Estados Unidos el sur agrario y esclavista fue derrotado por el norte industrial, algo que no existía en la Argentina. La guerra al indio, que el Ejército realizó con la colaboración de la Iglesia Católica, lo hizo más difícil aún, porque suministró la mano de obra barata para industrias de plantación, como la azucarera. Lincoln fue asesinado el viernes Santo de 1865, y su matador se refugió entre las tropas papales del Vaticano [i].

La reforma de 1949 contempló en su artículo 78 la reelección indefinida, por periodos de seis años. Esto permitió que Juan D. Perón iniciara su segunda presidencia en 1952, pero tres años después fue derrocado por un golpe eclesiástico que consiguió con dificultad algún apoyo militar. El Presidente de facto Pedro Aramburu derogó por decreto la Constitución de 1949 y restauró la vigencia del texto de 1860.

En 1994, el Pacto de Olivos entre el Presidente Carlos Menem y su predecesor Raúl Alfonsín, pasó al esquema de dos mandatos de cuatro años, pero fue menos restrictivo que la XXII Enmienda norteamericana: luego de un periodo intermedio un ex Presidente puede aspirar a un nuevo ciclo de ocho años, como lo intentó el propio Menem en 2003.

 

 

El Pacto de Olivos: Ríndete Raúl, estás rodeado.

 

 

Para evitar esa exposición, el kirchnerismo concibió la alternancia entre Néstor y Cristina, frustrada por la sorpresiva muerte del primerPresidente electo en el siglo XXI. Cristina fue reelecta en 2011 y a partir de entonces reapareció la sucesión como el gran problema irresuelto de los sistemas republicanos y presidencialistas.

Biden y su partido Demócrata tienen una frágil mayoría de cuatro bancas en la Cámara de Diputados y, en un Senado dividido 50/50, dependen del voto de desempate de la Vicepresidenta Kamala Harris. Ante la resistencia dentro de su propio partido al plan de apoyo a las familias, las alternativas eran eliminar programas o mantener todos por menos tiempo. La segunda opción permitiría modificar la relación de fuerzas en el Congreso, que más adelante podría prorrogar esa transferencias directas o en servicios gratuitos por miles de dólares anuales, para millones de familias.

Una mayoría de votantes, incluyendo republicanos e indecisos, apoyan los programas de salud y educación, las rebajas impositivas para la clase media y su incremento sobre los ricos. Pero la conducción republicana se opone y agita cuestiones en las que supone que los progresistas demócratas están a la izquierda de la opinión pública. Ese ala demócrata:

  • Se opone a la deportación de inmigrantes y a las medidas represivas en las fronteras, que muchos estadounidenses apoyan.
  • Popularizó la consigna “desfinanciar a la policía”, pero muchos votantes se oponen a cualquier reducción del presupuesto policial.
  • Incluso Minneapolis, donde un policía blanco estranguló al joven negro George Floyd, rechazó en plebiscito por 56% modificar el nombre del Departamento de Policía por el de Secretaría de Seguridad Pública, una nueva institución que hubiera aplicado un enfoque de salud pública a la seguridad, incluyendo el envío de trabajadores de salud mental a ciertos llamados, mayor inversión en prevención de la violencia y que podría incluir policías en su personal, “de ser necesario”.
  • Rechaza toda restricción al aborto, pero muchos ciudadanos aprueban al menos alguna.

 

El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, va a votar.

 

De este modo, las medidas económicas de apoyo social favorecen a los demócratas, mientras los republicanos prefieren hablar de delito e inmigración u oponerse a que en escuelas y universidades se estudie la Teoría Crítica de la Raza, porque la consideran adoctrinamiento y no educación. Los republicanos de Virginia pusieron el eje de su campaña en la denuncia de esta teoría, que no consiste en otra cosa que reconocer el racismo que durante siglos contaminó las relaciones sociales. Pero no advirtieron a los votantes que no está vigente en ese estado. Cuando el actor Jason Selvig, del programa Buenos Mentirosos, le pregunta a un ciudadano en qué consiste, confiesa que no tiene ni idea. Pero igual se opone. Le basta con saber que es cosa de negros.

 

Para el encuestador Sean Trende (que es como decir José Tendencia), el resultado electoral tuvo menos que ver con la Teoría Crítica de la Raza que con la economía. A su juicio más que un tema en particular hay un desencanto general con el partido en el gobierno. “Ni la Covid-19 terminó ni la economía rebotó tan rápido como la gente esperaba. (…) Si los republicanos ganan el año próximo será en virtud de no estar en el poder, más que de tener una agenda detrás de la cual el público se encolumne”.

Por si fuera poco, los republicanos han logrado una cómoda mayoría de 6 a 3 en la Corte Suprema de Justicia. Los tres jueces designados en los cuatro años del último mandato republicano tienen 56, 54 y 46 años. Son los más jóvenes del tribunal, que está a punto de restringir el derecho al aborto. El cargo es vitalicio.

 

 

Mayor asistencia no equivale a más votos

Estos comicios demolieron muchos supuestos. Por ejemplo, que la mayor asistencia a las urnas favorece a los demócratas. En 2017, votaron en Virginia 2,6 millones y ganaron los demócratas, que ahora perdieron pese a que el presentismo creció a 3,3 millones. En Nueva Jersey, el número de votantes también aumentó un 10% pero esta vez los demócratas ganaron por un pelo. Los primeros estudios indican que en las comunas con predominio demócrata el porcentaje de votantes no aumentó más que un 10% respecto de 2017, mientras que en las de preferencia republicana trepó un 20 y hasta un 30%. Lo que cambió es la valoración de la presidencia de Biden. El gobernador demócrata de Nueva Jersey que esperaba una cómoda reelección, hizo campaña vinculando a su oponente republicano con Trump y jactándose de su propia gestión contra la pandemia, que incluyó un extenso cierre de las escuelas y el uso obligatorio de barbijos. “Si ponés el acento en la raza, o en Trump, enfervorizás a los tuyos, pero también a los de enfrente”, señala un estratega demócrata citado por la revista New York (que compite con el New Yorker). “El fantasma de Trump no alcanza”. En cambio, los demócratas hubieran debido proponer una visión alternativa convincente. “Que su rival era reaccionario se sabía, pero ¿qué ofrecía el candidato demócrata a los votantes?”

Los demócratas siguieron la estrategia que en 2016 hizo perder a Hillary Clinton frente a Trump, y no la que Biden usó para batirlo en 2020, girando a la izquierda y haciendo eje en la economía. En cambio, el candidato republicano tomó distancia de Trump. Para Sarah Jones, de la revista New York, el partido Demócrata deberá admitir que Trump ya no está en el poder, comprender que la antipatía de los votantes hacia él no se extenderá para siempre a todo el partido Republicano y definir cuáles son sus políticas, aparte del antitrumpismo. Una coalición de organizaciones progresistas advirtió que los demócratas deben “ofrecer a la gente algo por lo que votar, a riesgo de devenir aquello que estruendosamente reprueba”. Según esa coalición, el candidato demócrata no tuvo un mensaje económico favorable a los trabajadores, aunque enfrentaba a un magnate de las finanzas. En The Daily Beast, el estratega demócrata Max Burns escribió que hay un solo secreto para impedir una sangría partidaria el año próximo: “Hacer lo que los votantes dicen que quieren”. Citó en ese sentido la encuesta de  Vox/Data for Progress, según la cual el 71% de los votantes quieren aumentar impuestos a los más ricos y seis de cada diez apoyan el plan original de ayuda a las familias de 3,5 billones (trillions). “Si los demócratas ignoran estos deseos expresados con tanta claridad, será a su propio riesgo”. Benjamin Wallace-Wells escribe en el New Yorker que sin el temor a Trump, la coalición de Biden es frágil y podría dividirse entre demócratas con grado universitario por un lado y trabajadores por otro, o progresistas de una parte y moderados suburbanos de la otra.

 

 

No hay excepcionalidad que valga

Así como las personas son hijas tanto de quienes las procrearon como de su tiempo, las naciones deben tanto a su propia historia como al contexto mundial en que existen. Esto no siempre es comprendido en la Argentina, que peca de excepcionalidad, ya que se precia de tener

  • La avenida más larga.
  • La más ancha.
  • El mejor futbolista del mundo.
  • San Martín y el Che Guevara.
  • Una reina.
  • El primer Papa no euroasíatico.
  • El dulce de leche y la birome.

La globalización comenzó en 1492, pero desde los satélites e internet el mundo funciona 24/7/365, por lo que no debería asombrar que la escena política de Estados Unidos muestre contradicciones y dilemas fáciles de entender aquí.

Cualquier coincidencia con personas o circunstancias de la política argentina es pura casualidad. ¿No?

 

 

 

 

 

 

[i] Massimo Franco: Imperi paralleli. Vaticano e Stati Uniti: due secoli di alleanza e conflitto. 1788- Mondadori, Milán, 2005, p. 37.
 

La música que escuché mientras escribía

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí