La plaza memoriosa

Crónica del día que es la madre de todos los días de lucha

 

“Cuando sea grande quiero ser como ellos, entendieron todo”, dice y señala la extensa bandera con las miles de caras de desaparecidos y desaparecidas que cada 24 de marzo vertebra la marcha. La chica que está al lado suyo le pregunta: “¿Como los de las fotos o los que sostienen la bandera?”. No tienen más de 16 años, se pegan al resto de su columna estudiantil y bailan en grupo el estribillo de la canción repetida hasta el hit, la que dice que “va a ser muy lindo hacer un puente”. ¿Un puente entre qué y qué?

 

Entre el silencio y la libertad

La abundancia de adolescentes no por repetitiva deja de entusiasmar en cada movilización popular y en especial los 24 de marzo. Junto al paso cansino de la extensa bandera pululan personas sueltas de todas las edades y con la más disímiles actitudes. Si algo podría hermanarlos es la cara de espera. Esperan que el tiempo pase más lento, que no devore las posibilidades de hacer justicia y encontrar o construir verdad. Sólo 60 de las 500 causas abiertas a partir de la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de impunidad en 2006 llegaron a tener sentencia. Los genocidas se mueren llevándose consigo los secretos del horror y con ese silencio actualizan la tortura, torturan (como decimos en el especial La Gorra No Se Hereda).

 

 

“Ya no hay tiempo para secretos familiares, detrás de ese rumor puede estar la libertad”, dirá minutos más tarde en el acto central la presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carlotto. “Hace 14 años Néstor Kirchner bajó los cuadros”, recordará y la Plaza de Mayo teñida por una luz gris estallará en aplausos.

—Hay que reirse, ¿qué vamos a hacer?

—Irlos a buscar a todos lados.

La conversación se da debajo de un aro de básquet que dice «Cárcel común». Más temprano hubo quienes intentaron meter adentro, encestar al genocida. Hay risas pero las caras son también de desconcierto, porque luego de tantos años de trabajo de los organismos, lo que se vive en materia de derechos humanos en la Argentina es sólo retroceso. El murmullo de la calle recuerda que hace tan solo 3 días se despertó la posibilidad de que Alfredo Astiz se beneficie con la prisión domiciliaria.

 

Entre el pasado y el presente

“Contra el ajuste, la represión y la impunidad”, es la consigna de la bandera principal que escolta a la de las 30.000 caras. “Por una democracia sin presas y presos políticos ni genocidas sueltos”, agrega debajo. La marcha de este 24, como las de años anteriores durante el gobierno de Mauricio Macri, expresa una continuidad entre el estado de la cosa pública durante la dictadura iniciada en el ’76 y la gestión del ingeniero. Hay una conciencia extendida, como un puente, de que el plan económico neoliberal que lleva adelante el gobierno actual como su homólogo del ’76 requiere violencia y represión contra las y los luchadores populares. “Macri, pará la mano”, dice un hombre convertido en cartel. “Basta de precarización”, otro cartel; “Vivas y vivos nos queremos” escribió alguien con fibra en su remera. El espíritu y los modos de la dictadura militar, civil y clerical aparecen hoy actualizados, estallados en mil partes.

 

 

La contundencia del regreso fantasmal, expresada en ese verso tan simple que dice “Macri, basura, vos sos la dictadura”, se evidencia también en el abanico de conflictos que hoy están presentes en la calle, usando el aniversario del Golpe como caja de resonancia y prisma para comprender tantas otras crueldades. Los pedidos de justicia por Rafael Nahuel y Santiago Maldonado, los pibes y pibas muertos por el gatillo fácil y la llamada doctrina Chocobar, la discriminación y violencia hacia diversidades sexuales, la persecución al pueblo mapuche organizado, el odio de género, y un largo etcétera. Un cartel impreso por La Poderosa simplifica la parábola “Azucena Villaflor vive, Marielle Franco también.”

 

Entre la impunidad y la potencia

“¡Cómo me gusta marchar!”, grita una piba de 15 años. Y enseguida se pone a aplaudir los nombres que  se mencionan por altoparlantes: las presas de la Tupac Amaru, Facundo Jones Huala, Héctor Tímerman entre otros nombres dictados sin solución de continuidad como ejemplos de presas y presos políticos. “¡A los genocidas la carcel ya, a los compañeros y compañeras, la libertad!”, agrega la voz amplificada, lo repite varias veces hasta que las cientos de personas apretadas en la entrada de la Plaza de Mayo se lo saben de memoria: “¡A los genocidas la carcel ya, a los compañeros y compañeras, la libertad!”

Entre los puestos gastronómicos de choripanes y hamburguesas, casi sobre la esquina de Yrigoyen con Bolívar, se destaca un carrito que raya en lo gourmet. «¿Vos so´ Maxi?». Sí, es Maxi, el muchacho que tuvo su instante de fama en internet a raíz de que la Policía de la Ciudad le labró una contravención por vender sánguches de salame en la vía pública.

 

 

A través de la masa de militantes del Partido Comunista avanza un skinhead antiracista, una chica con un carrito de bebé intervenido con parches de Evita, pañuelos blancos y pañuelos verdes atados en la cabeza, la cintura, el cuello, la cartera. En el palco comienzan su discurso los representantes de los organismos convocantes, alguien identifica a Sergio Maldonado: “¡Vamos, Sergio”! Una señora reflexiona en voz alta que seguimos usando la palabra desaparecidos para diferentes tipos de desapariciones, pero su oración no termina de definirse como lamento, como resignación, como berrinche. En el cielo sobrevuela un globo con la cara de Julio López y más allá otro con la cara de Luciano Arruga. Es como si el agua siniestra de la dictadura hubiera llegado hasta acá. Lo que la plaza memoriosa intenta es mostrar las secuelas que deja, quiénes la alientan, quiénes la actualizan, quiénes le sacan provecho. “No fue el río, fue el Estado”, llega desde el escenario la voz que reclama justicia por Santiago Maldonado.

 

 

Porque vale la pena

La alusión a la complicidad clerical-civil-empresarial con la dictadura militar fue uno de los momentos de mayor aclamación. El fragmento del documento fue leído con un fondo constante de aplausos. Lo mismo ocurrió cuando para sorpresa de muchxs, Taty Almeida pronunció la consigna de la Campaña por el Derecho al aborto legal, seguro y gratuito: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”. Las chicas con cara de espera, sus compañerxs y las miles de personas que salpicaron de verde la marcha del 24, festejaron. Otro momento ponderado por el ruido popular fue cuando se hizo mención a la persecución y cacería de los mapuche que “luchan por sus tierras ancestrales” y se exigió la renuncia de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el jefe de Gabinete de ese ministerio Pablo Noceti.

 

 

El 24 de marzo es el día de lucha madre de todos los días de lucha. Se llega a cada 24 con el acumulado de años y décadas, pero si miramos sólo pocos meses hacia atrás vemos las marchas por Santiago Maldonado, las manifestaciones de diciembre contra la reforma previsional, la gran expresión de unidad sindical del 21 de febrero y la desbordada marcha del 8M. Esa historia reciente se amontona en la plaza para verificar la potencia de manifestar en la calle mezclando todo, poniendo tantas caras a la vez  y, sobretodo, para recordar el inicio de la peor dictadura que vivió el país y hacer reales las palabras del documento que se leyeron esta misma tarde: «¡Luchar vale la pena, claro que sí!»

 

  • Foto principal: gentileza ‘El Destape’

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