La policía, lugar de resistencias

¿Hay lugar para las mujeres armadas en el movimiento de mujeres?

 

Se acaba de publicar el nuevo libro de la socióloga Sabrina Calandrón, Mujeres armadas en las policías y las FF.AA. argentinas. Un libro hecho con muchas investigaciones de la autora en los últimos quince años donde se plantean una serie de interrogantes provocadores que invitan al debate público.

 

Dos generaciones, dos policías

Los estudios sobre las policías en la Argentina pueden agruparse en dos grandes generaciones. Entre la primera y la segunda hay otros libros e investigaciones que propusieron no sólo nuevos temas y problemas, sino que señalaron zonas de vacancias que necesitaban nuevas exploraciones, es decir, acercarse a las policías con otra biblioteca, otras metodologías, otras preguntas.

Las dos generaciones comparten el objeto, pero entre la primera y la segunda generación el objeto se nos presenta cada vez más complejo. En efecto, con el paso del tiempo, con las sucesivas investigaciones, la opacidad policial ha ido cambiando. Lo que antes era oscuro ahora nos es transparente, pero sobre la base de aquellas investigaciones hemos encontrado otras caras ocultas que merecen ser exploradas. En otras palabras: no se puede hacer siempre la misma investigación, escribir siempre el mismo libro, ensayar los mismos informes.

Los primeros estudios sobre las policías estuvieron en boca de investigadores que las pensaron, por un lado, como un bloque unidimensional, y, por el otro, desde la desconfianza. Esos investigadores eran en su mayoría abogados y politólogos más preocupados en la gestión y en el litigio estratégico o el reproche judicial. De allí que tuvieran una mirada normativista y clasificatoria que los llevaba a postular a la policía como un todo uniforme, como un leviatán, una corporación autónoma, como una agencia separada y separable, no sólo del Estado sino de la sociedad. Una mirada que lindaba con la conspiración permanente, que encontraba contubernios por todos lados y que creía que la gestión de la política era un acto de voluntad, que para gobernar la policía alcanzaba con la voluntad, “la lapicera”, que bastaba tener la decisión política y el respaldo de la dirigencia de turno.

Esa agenda, además, estaba confeccionada con los temas y preocupaciones de los organismos de derechos humanos, es decir, con la historia que nos tocó. Por eso resultaba ser una agenda que estaba muy preocupada en las continuidades entre la última dictadura y la democracia; y por eso también, la policía estaba para ser sospechada, desconfiada, reprochada.

En cambio, la segunda generación empezó a postular algunas diferencias que me parecen muy importantes a la hora de imaginar y ensayar otras políticas públicas. No sólo busca desbloquear a la policía, esto es, pensarla con toda su multiplicidad, considerando que las policías están integradas por actores plurales o diversos, que tienen trayectorias distintas, que forman parte de esferas sociales diferentes; sino que, al hacerlo, trata de pensar a la policía desde la confianza. Hay aquí un gran zarandeo epistemológico. Porque para pensar a las policías con la perspectiva de los y las actoras involucradas, con el punto de vista de los y las policías, hay que abordarla desde la confianza.

Y acá estoy pensando en los trabajos de Sabina Frederic, José Garriga Zucal y Máximo Sozzo, pero también en las investigaciones y libros de Mariana Galvani, Tomás Bover, Gustavo González, Agustina Ugolini, Brígida Renoldi, Santiago Galar, Augusto Montero, Paul Hathazy, Valeria Plaza, Daniel Russo, Nicolás Barrera, Elea Maglia, Mariano Melotto, Ana Passarelli, Iván Galvani, Santiago Nabaes, y, entre otres tantos de distintas universidades públicas, el de Sabrina Calandrón.

Estas investigaciones proponen nuevas maneras de intervención sobre las policías. A la hora de pensar en una reforma policial, no será lo mismo que el punto de partida sea la desconfianza o la confianza hacia los y las policías. Si las reformas de la generación anterior prescindían del punto de vista de la policía, porque creían que tenían un punto de vista contaminado, interesado o corporativo; las reformas de esta nueva generación parten desde la confianza. Esta fue una de las primeras definiciones de Sabina Frederic cuando asumió en el Ministerio de Seguridad que levantó mucha polvareda. No es lo mismo encarar una reforma policial, cualquiera sea el tamaño de esa reforma, si se desconfía o confía de las y los policías. Cuando se desconfía de la policía se prescinde de sus saberes, se hace una reforma desde afuera. Pero cuando se parte de la confianza no se puede dejar de reconocer que los y las policías son dueños de saberes, destrezas y habilidades que no se pueden dejar de lado, mucho más si esta generación postula al policía como un ciudadano y, más aún, como un trabajador que desarrolla sus funciones en lugares muy distintos.

De modo que de la primera a la segunda generación contamos no sólo con una agenda de investigación más rica y abarcativa, más compleja, sino menos prejuiciosa. Y que conste que eso no habla mal de la agenda anterior. Pero la agenda de la primera generación no puede ser un techo, es un piso. Seguirá siendo un buen punto de partida para complejizar nuestras comprensiones e intervenciones.

 

 

Historias de vida

En segundo lugar, y yendo al libro Mujeres armadas, me gustaría decir con Calandrón que las instituciones están hechas de prácticas, pero también de gente de carne y hueso, con sentimientos distintos. Es cierto que las personas son objeto de prácticas que no controlan, que no eligieron, y que las lleva a reproducir roles o papeles que no estaban en sus planes. Pero también es cierto que esas prácticas están encarnadas, es decir, hay una dimensión ética o voluntaria, virtuosa, que tampoco hay que perder de vista.

Pensar la policía con el punto de vista de sus protagonistas implica pensarla con sus biografías, reponiendo sus historias de vida. No sólo para devolverle la vida a las instituciones, hasta humanizarlas, sino para reponer su complejidad. Porque cuando leemos las instituciones con el punto de vista de las policías, es decir, con sus historias de vida, podemos captar mejor la diversidad que habita en ellas. Las personas no siempre significan a las prácticas de la misma manera, no siempre hacen lo mismo cuando hacen lo mismo.

Calandrón, entonces, elige contar a las policías reponiendo sus historias de vida. Historias de vida contadas a través de pequeñas pinceladas, con palabras claves, pero que alcanzan para devolverle la complejidad que late al interior de cada una de las agencias que analiza (la Policía Federal Argentina, la Gendarmería, la Policía Local de la provincia de Buenos Aires, la Prefectura, el cuerpo de Bomberos, etc.). Las trayectorias de las actoras en cuestión no son las mismas, de modo que los tráficos serán variopintos.

Las historias de Paula, Marisol, Analía, Mercedes, Paola, Gallardo, Maritza, Jaqueline, Natalia, Carolina, entre otras, están para devolverle la complejidad a las policías. Todas estas historias no son los nombres de los informantes claves sino la expresión de luchas silenciosas, luchas que fueron poniendo a las policías en otro lugar.

 

 

Las luchas silenciosas

Esto me lleva a la segunda cuestión, a las “luchas silenciosas” que señala Sabina Frederic en el prólogo. El libro de Sabrina Calandrón revisa y repone las luchas silenciosas, es decir, las luchas invisibles, más o menos anónimas, que se confunden con la vida cotidiana, con el quehacer policial.

El libro es una suerte de sismógrafo que capta las tensiones, esas luchas recónditas o algunas de ellas, que fueron protagonizadas por mujeres, policías y algunas funcionarias, contra los modos de obrar, sentir y hablar que se venían repitiendo de una camada a la otra. Y esto porque Sabrina intenta pensar a las policías con la capacidad de agencia de las actoras. Una perspectiva empoderadora y desvictimizante, que no está para subrayar el status de víctima de las mujeres policías sino su capacidad de innovación y resistencia.

Y que conste que eso no significa desconocer que estas mismas mujeres no sean o hayan sido objeto de relaciones patriarcales, del maltrato laboral, del bullying social, sino reconocer que, además de haber sido objeto de… son sujetos de acciones a través de las cuales ejercen o ejercieron una resistencia y buscaron producir pequeñas innovaciones que pongan las cosas más fáciles para las próximas compañeras de trabajo.

Sabemos que las instituciones están hechas para durar, esa es la tarea de las agencias que componen el Estado. De hecho “Estado” significa “estar ahí”. La tarea del Estado es estabilizar/fijar aquello que tiende a correrse de lugar, de imprimirle una forma a todo aquello que puede moverse de su lugar. Pero cuando pensamos a las instituciones desde adentro, con el punto de vista de los y las policías, nos damos cuenta que no hay sólidos perfectos, que siempre hay tensiones en su interior.

Se tiene dicho que las policías son instituciones jerárquicas, centralizadas, militarizadas y misóginas. Pero cuando las miramos de cerca, con las vivencias y percepciones de sus protagonistas, “la cosa” se nos vuele más compleja. La obediencia debida que impone la retórica de la “vocación policial” o la vulgata de la “familia policial” es una parte de la realidad, una parte que se pelea con la otra parte. Porque la otra parte, precisamente, está hecha de resistencias. Y esas resistencias no son gratuitas. Las policías invirtieron tiempo y tomaron una serie de riesgos a la hora de enfrentar a sus jefes o los funcionarios varones. Y no fueron pocas las veces que les tocó perder.

 

 

Desafíos para las luchas manifiestas

Sabemos que las instituciones están en las antípodas de los movimientos sociales. Si las instituciones del Estado están para durar, conservar, fijar; los movimientos sociales para cambiar o zamarrear. Los movimientos van a otra velocidad, incluso del resto de la sociedad. A los movimientos les llamamos “movimiento” porque tienen la capacidad de mover, porque tiran temas en el espacio público y nos ponen a discutir a todos y todas.

Ahora bien, el hecho de que los movimientos interpelen al resto de la sociedad y las instituciones no significa que en las instituciones no suceda nada hasta que llegan esos movimientos. Gran parte de lo que sucede adentro de las instituciones está vinculado a los movimientos, pero otra gran parte no. De hecho, el libro de Calandrón revisa las resistencias antes de que existiera el movimiento de mujeres. Eso sirve –de paso– para recordarnos que los movimientos no son espontáneos, que detrás de esos movimientos hay experiencias de resistencias más o menos anónimas, algunas de las cuales se dan en las propias instituciones del Estado.

Estas resistencias estuvieron hechas de diálogos entre las agentes y las funcionarias. Calandrón demuestra cómo determinadas políticas de Estado crearon condiciones para ejercer las resistencias, y cómo esas resistencias crearon a su vez mejores condiciones para implementar otras políticas de Estado que expandieran los derechos de las protagonistas de esas luchas anónimas.

Y cuando esas resistencias tienen como telón de fondo a un movimiento social, entonces las resistencias y las políticas públicas tienen otra potencia instituyente.

Esas luchas silenciosas estuvieron hechas de “saber tirar” y otras destrezas que, históricamente, en estas agencias, eran privativas del varón policía; pero también de mucho “estilo personal”, de “distancias sociales”, “porongueos”, “saber hablar” (no cuchichear, hablar en voz alta), de “ilustración” o estudios de grado, de un “personaje masculino que arman y desarman todo el tiempo, de acuerdo al contexto”, de consumos o, mejor dicho, de una conexión racional, menos vocacional, “con la policía en tanto empleo, ganancia y profesión”, de denuncias, de perseverancia y mucha sensibilidad. Dicho en otras palabras: el rodete no estaba hecho de pasividad. Hay que leer el rodete al lado de otras prácticas para entender la capacidad de innovación y resistencia.

Esas luchas silenciosas son resistencias invisibles no sólo porque las policías son instituciones opacas, sino porque tendemos a subestimar a los y las actoras policiales. Son invisibles porque no las vemos. Y no las vemos no sólo porque solemos pensar a las instituciones desde afuera, sino porque tendemos a asociar las resistencias a las luchas abiertas y manifiestas, a vincular las resistencias con las luchas de los movimientos sociales: si no hay movimiento no hay lucha. La lucha es la expresión de los movimientos. Y los cierto es que, si se mira de cerca, hay muchas protestas antes de la gran protesta. Cuando nuestra biografía es la medida de las cosas es muy común que creamos que las cosas empiezan y terminan con nosotros, que empiezan cuando nosotros llegamos y terminan cuando nosotros nos vamos.

Se entiende entonces la pregunta que se formula entre líneas al final de Mujeres armadas: ¿hay lugar para las mujeres armadas en el movimiento de mujeres?

Calandrón lo dice haciéndose eco de una consigna que circuló por las redes sociales a principio de 2019: “Somos las mujeres que el feminismo no quiere defender”. Por eso se hace la siguiente pregunta: “¿Pueden las mujeres (armadas) exigirle al feminismo que las defienda?” La respuesta es una invitación a un debate que promete seguir siendo vigoroso. Dice Sabrina: “El feminismo está cambiando el modo en que las mujeres policías viven su trabajo y su profesión”. Me pregunto, entonces, si las mujeres policías pueden cambiar el modo de pensar de ciertos feminismos sobre las policías en general. Acá hay un gran debate pendiente y sospecho que será también fructífero.

 

 

 

 

* El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

 

 

 

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