LA PUNTA DEL ICEBERG BIDEN

Qué hay debajo del discurso del Presidente de Estados Unidos sobre los sindicatos

 

El POTUS Joe Biden sostuvo en su reciente discurso ante las dos cámaras del Congreso, focalizado en la pandemia y en el impulso al plan de rescate de 1,9 billones de dólares que propugna, que los sindicatos son clave para sostener una distribución del ingreso equitativa y que su desleimiento fue el ingrediente principal en el aumento de la desigualdad ocurrida en las últimas décadas en ese país. Biden dejó a un costado años y años de la prédica originada en la corriente principal del análisis económico, aquella que se enseña en la mayoría de las universidades, para la cual los sindicatos son un malformación que falsean el buen funcionamiento del mercado.

No se trata únicamente de un mandatario norteamericano que rompió otro tabú importante, ni tampoco del mal  de la envejecida corriente principal, cuyo eje es la teoría neoclásica, por su cada vez más notoria inadecuación a la realidad, sino que además al escombrar este episodio se encuentran elementos para explicar mucho de la pobreza argentina e incluso de los vientos huracanados que entre nosotros lamentablemente soplan de vez en cuando en materia de inflación. Todavía el mito no derribado de la actuación de la Reserva Federal ( FED) y la inflación también tiene mucho que ver en esto.

¿De dónde le viene a la escuela neoclásica tan pronunciado desapego de la realidad? ¿Cuál es la razón para que los sindicatos sean concebidos contraproducentes para destrabar el estancamiento de los salarios, en vez de ser vistos necesarios como siempre lo han sido y ahora lo reconoce Biden? Cuando los salarios se estancan y retroceden y la economía como lógica derivación empieza a ir a los tumbos, en la visión neoclásica los sindicatos resultan instituciones disfuncionales porque se interponen a las fuerzas endógenas del capitalismo competitivo, las que sin su concurso actúan naturalmente para elevar los salarios y para salvar el sistema. Por cierto, la narrativa de la corriente principal se extiende al salario mínimo, instituto al que consideran una inconsecuencia.

El proceso que operaría para que las cosas sucedan como creen los neoclásicos toma como punto de partida una razón decreciente capital / producto y una masa de salarios determinada; o sea: la situación de una economía en un momento dado. En esas circunstancias, todo aumento del producto total se traducirá en una elevación de los beneficios. En otras palabras, debido a que la economía como un todo necesita menos capital que en la etapa anterior para generar ese producto bruto creciente, la diferencia la embolsa la ganancia de los empresarios. Según la óptica neoclásica, esa situación de beneficios crecientes aguijoneará a los empresarios en competencia a incrementar la búsqueda y contratación de operarios lo cual redundará en un alza de salarios hasta el nivel donde la demanda de trabajo de las compañías se iguala con la oferta de parte de los trabajadores. Los sindicatos al ocluir con sus precios institucionales este bello proceso de equilibrio se vuelven parte del problema y no de la solución.

 

 

De gusto

De manera que si el 1 de mayo se conmemora el Día del Trabajo en casi todo el planeta en homenaje a los Mártires de Chicago y con ese tributo al resto de los innumerables caídos en defensa y avance de los derechos laborales en todo el mundo y a lo largo de la historia desde que el capitalismo sentó sus reales, debemos caer en la cuenta que fue de gusto, generado por una especie de terraplanismo aplicado al sector laboral. El muy visible y doloroso garrote represor se enfrentó por no entender el alcance y funcionamiento del bálsamo de la mano invisible. Se nos está diciendo eso, esa enormidad: los sindicatos no hacían falta. Este absurdo es el que enseñan los manuales en las aulas universitarias, con la serena convicción que invita a no quedar desacreditado al alumno que osa poner en duda aunque más no sea algún que otro detalle del imperio de este edificio conceptual. Los economistas reaccionarios no nacen, se hacen.

¿Pero por qué entonces no se puede prescindir de la adecuada actuación de los sindicatos para preservar la salud de la distribución del ingreso y con eso del propio capitalismo, atendiendo que la inversión es una función creciente del consumo? Para una determinada participación de los salarios en el producto bruto; en tanto por otra lado, el progreso tecnológico es del tipo que hace bajar la relación capital / producto (se necesita menos capital para generar la misma o mayor producción), es verdad que tanto la masa como la tasa de ganancia deben aumentar. Pero lo que el planteo neoclásico deja a un costado, al considerar como disparador del reacomodo del sistema a la tendencia a la baja de la relación capital / producto, es que en esas circunstancias tan necesarias para que la mano invisible obre el milagro, la técnica más intensiva en capital deviene preferible para toda la gama de salarios posibles, desde los más bajos a los más altos. El milagro de la mano invisible no acontece porque por paupérrimo que pueda ser el salario y por alta la tasa de ganancia, los empresarios no tendrán necesidad de competir en el mercado de trabajo, como quieren los neoclásicos. Aumentan aún más sus ganancias mediante la simple sustitución de más fuerza de trabajo por bienes de capital.

Pero como encima los medios financieros se retardan considerablemente respecto del potencial tecnológico y además la demanda efectiva declina y declina, los trabajadores no es que terminan deambulando en la calle porque hay demasiadas máquinas, sino todo lo contrario: porque no hay suficientes máquinas para emplearlos. El bello mecanismo resultó muy feo. Así es como la lucha sindical deviene en absolutamente necesaria para el buen funcionamiento del mercado, porque al disputar por más salario y siendo la única manera de salir de este intríngulis otorgándolos, salvan al sistema de sí mismo y evitan que caiga en un estancamiento y retroceso endémico. Ahí es cuando comienzan a aparecer la suficiente cantidad de máquinas para darle empleo a todo el mundo.

 

 

 

 

 

Ejército de reserva

Salvo en la imaginación de los neoclásicos nunca existió en el capitalismo tal cosa como mercado de trabajo, y jamás podrá existir porque el salario es un precio político cuyo nivel lo fija la relación de fuerzas entre empleadores y empleados. La tasa de ganancia independientemente de la masa de beneficios, no tiene ninguna influencia sobre el volumen del empleo. Por dos razones. La primera es que por pequeña que pueda ser la tasa de ganancia, es siempre preferible invertir que guardar sin uso un capital ya ahorrado. La segunda, porque una elevación de la tasa de ahorro generada por esa mayor tasa de ganancia tiene, en el mejor de los casos, un efecto neutro sobre la demanda global de trabajo, redistribuyendo fondos de inversión desde el sector bienes de consumo hacia el sector productor de bienes de capital, y en el peor —que es el más frecuente— un efecto depresivo, como fue dicho por Keynes. En ningún caso tiene un efecto estimulante.

Es aquí donde el concepto marxista de ejército de reserva, como elemento integrante y no incidental del sistema, cobra todo su sentido. La proposición de Marx es que si bien la situación parece ser más favorable para el trabajador, es decir, la acumulación de capital tiene una tasa superior al crecimiento de la población (hay más máquinas por trabajador), resulta a fin de cuentas negativa, porque la abundancia de capital, en lugar de aumentar la demanda de fuerza de trabajo, induce, por el contrario, a un desarrollo de las fuerzas productivas materiales que finalmente desemboca en una eliminación del trabajo vivo, lo que significa: sustitución de trabajadores por máquinas, mano de obra calificada por trabajo no calificado, de hombres por mujeres, de adultos por niños. Los demócratas de la época de Clinton creían que esto sucedía al revés, a tenor de la formulación orgánica de estas ideas de parte del que fuera secretario de Trabajo en esa administración, Robert Reich. Así les fue a los trabajadores norteamericanos. En su momento el hoy muy influyente Paul Krugman casi que hasta lo maltrató a Reich.

Al amparo de la lógica de que una máquina para ser adoptada como medio de producción, debe incorporar menos trabajo que el que desplaza, el aumento de la productividad del trabajo debida al progreso técnico, en lugar de llevar a más producto para el mismo número de trabajadores (y por lo tanto, más chances que antes de aumentar la parte de cada trabajador), redunda en un menor número de trabajadores para el mismo producto. Una parte de los operarios que se necesitaban anteriormente para producir un volumen determinado de producto, se convierte en supernumerario y por su competencia empujan sus salarios hacia abajo. La idea de Marx no es que la acumulación tiene un efecto positivo en los salarios a menos que ex post se tope con un ejército de reserva, en cuyo caso se podría suponer que los sindicatos son contingentes a ese hecho, sino que tiene un efecto negativo causado por el ejército de reserva que el proceso de acumulación engendra ex ante.

El transcurso de marras, sin dudas, forja a los sindicatos como una institución clave de la democracia, al ser pilares del crecimiento económico, dado que su actuación hace que permanezca en licencia permanente la tropa del ejército de reserva, de lo contrario la crisis política y económica se impone. Su éxito está en la misma naturaleza del salario que en tanto que precio resulta un centro de gravedad el cual le sirve como brújula a lucha sindical para pisar seguro e ir en pos de su restauración cuando las fuerzas naturales del capitalismo tienden a desplumarlo. Si los gobiernos frenan la intervención sindical el sistema queda suspendido en falsa escuadra. Esta realidad es la que confronta con la idealización neoclásica y la vuelve una chapucería y es la que objetivamente reivindica Biden.

 

 

La FED

Con el librecambio en remojo y los salarios aceptados como nervio motor de la buena distribución del ingreso, falta sacarle la careta a la FED para que grandes argumentos históricos de la reacción aborigen pierdan pie en gran forma. Lo de la FED viene a cuento en la coyuntura porque el legendario Warren Buffett el fin de semana anterior en la reunión anual de accionistas de la corporación inversora-financiera que comanda, Berkshire Hathaway, dijo que él y su equipo están «viendo una inflación sustancial […] Estamos subiendo los precios. La gente nos está subiendo los precios y está siendo aceptado […] La gente tiene dinero en el bolsillo y paga precios más altos […] es casi un frenesí de compras». La de Buffet, algo así como uno de los símbolos del capitalismo norteamericano, es una apreciación generalizada. Y es lo que busca la política económica norteamericana.

Quizás frente a este estado de situación de las expectativas, Janet Yellen, la actual secretaria del Tesoro y ex presidenta de la FED, se sintió obligada a hundir la pica en Flandes y manifestar el lunes en un seminario matutino organizado por The Atlantic que “puede ser que las tasas de interés tengan que subir un poco para asegurarnos de que nuestra economía no se sobrecaliente”. El comentario de Yellen disparó un gran despelote, con caídas inmediatas pronunciadas en las bolsas impulsadas por un capitalismo norteamericano que ni quiere escuchar que alguna vez se va a revertir la política monetaria laxa en extremo con tasas de interés orillando el cero. Esa misma tarde del lunes en un evento organizado por The Wall Street Journal, Yellen dijo respecto de su apostilla matinal: «Permítanme ser clara, no es algo que esté prediciendo o recomendando […] Si alguien aprecia la independencia de la FED, creo que esa persona soy yo». Las acciones volvieron a subir. Yellen es una economista conservadora especialista en mercados laborales, pero encarados con la óptica neoclásica.

En lo que fue su legado intelectual, La economía del fraude inocente, John Kenneth Galbraith, en el capítulo IX titulado “La elegante evasión de la realidad”, señala que “el historial de lucha contra la inflación y, en especial contra la recesión cosechado por la Reserva Federal desde su creación en 1913 es profundamente intrascendente […] es ingenuo pensar que la FED puede controlar el gasto de los consumidores y de las empresa […] La creencia de que algo tan complejo, tan diverso y tan importante para las personas como el uso del dinero pueden ser guiado por las decisiones […] que emanan de un elegante edificio ubicado en la capital de la nación, no se refiere al mundo real, sino a la esperanza y la imaginación […] Tal vez debamos permitir que su ineficacia sea aceptada y perdonada”. Al fin y al cabo para Galbraith lo que importaba era la política fiscal y la solidez de lo que llamaba el poder compensador, o sea las instituciones que nacían de la lucha política para equilibrar las asimetrías del sistema.

Posiblemente las situaciones descriptas ayuden para que se entienda en la formulación de la política económica argentina que no es conveniente ir contra los salarios porque estos tienden, sindicatos mediante, a rehacer su poder de compra perdido lo que se traduce en un reavivamiento de la inflación que se quería controlar estancándolos. Además de que la política monetaria es una mera ilusión.

 

 

 

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