La remera de Astiz

A 19 años de esta imagen que recorrió el mundo

 

Foto: Telam

 

Esta semana se cumplieron 19 años de esa foto que recorrió el mundo.

En primer plano se lo ve al “Ángel Rubio”, ese que participaba de los grupos de tareas de la ESMA; el mismo que se infiltró en el movimiento de derechos humanos y fue responsable de la desaparición de 12 compañeros y compañeras; el que cuando tuvo que empuñar un arma se rindió en la Guerra de Malvinas sin disparar un solo tiro. Allí estaba Alfredo Astiz, libre.

Atrás, nosotros —los y las integrantes de la agrupación H.I.J.O.S.—, jóvenes que teníamos entre 20 y 25 años, casualmente la misma edad que tenía el represor cuando fue parte del terrorismo de Estado.

Ese 25 de febrero del 2000, Astiz concurrió a declarar a los tribunales de Comodoro Py, acusado de apología del delito. En una entrevista que había dado años atrás a la revista Tres Puntos, que codirigía el fallecido Héctor Timerman, había declarado que era  el hombre mejor preparado técnicamente en el país para matar a un político o a un periodista”. La Argentina había vivido recientemente el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas y las declaraciones causaron fuerte repudio en toda la sociedad.

Astiz estaba libre, producto de la Ley de Obediencia Debida, y de la impunidad que reinaba en los distintos gobiernos de la democracia. En H.I.J.O.S. hervíamos de bronca, porque el represor se sentaba en el banquillo de los acusados por sus dichos, pero no por sus actos. En una de nuestras asambleas se había comentado el tema, pero había pasado desapercibido. Como toda agrupación horizontal, para que avancen los temas a veces depende del énfasis y de la capacidad de cada compañero/a para convencer y persuadir al resto. Y así sucedió.

Era una noche de febrero y teníamos nuestra reunión semanal. Nos juntábamos, después de pulular por varios locales durante años, en la FLA (Federación Libertaria Argentina). En el fondo de esa casona antigua de Constitución, en una biblioteca entre cientos de libros anarquistas y pilas de revistas La Chispa, nos amuchábamos unos 70 integrantes de H.I.J.O.S., mientras combatíamos el calor de un techo de chapa. En un momento, Karina, cuyo padre fue desaparecido en la ESMA, retomó el tema y planteó que Astiz iría a Comodoro Py al día siguiente y que debíamos realizar alguna acción. La discusión giraba en torno a un eje: cualquier acción que realizáramos sería convalidar su situación de impunidad. No concebíamos que pudiera caerle una condena por lo que dijo y no por todos los crímenes que había cometido. Después de horas de discusión y debate pudimos acordar que realizar una actividad allí sería noticia mundial y que a través de eso podríamos denunciar justamente que en Astiz estaba suelto, como todos los genocidas. Y así fue.

Ese viernes a la mañana, unos 15 compañeros y compañeras nos juntamos cerca de los tribunales. Las últimas apariciones públicas de Astiz habían terminado con huevazos y a las piñas (como había sucedido con el ex detenido Alfredo Chávez, quien se lo cruzó en el centro de Bariloche y le estampó un cross en la mandíbula). Habíamos decidido que nada de eso debía suceder porque así terminarían acusándonos de “violentos” y toda la perorata conocida, y que el éxito de la acción residía en mostrarlo impune. Libre e impune: esa era justamente la mejor fotografía de la violencia.

El juicio era oral y público, así que habíamos definido“disfrazarnos” de estudiantes de Derecho. Todos más o menos bien vestidos, camisas, zapatos, y con un cuaderno y una birome. A la Policía Federal le extrañó rápidamente nuestra presencia cuando comenzamos a acreditarnos. Florencia, para calmarlos, les dijo que éramos estudiantes y que nos habían mandado a presenciar el juicio para hacer un trabajo práctico.

Recuerdo que la espera afuera de la sala fue muy larga. Nos mirábamos entre todos, pero no nos hablábamos, hacíamos que no nos conocíamos para no levantar sospechas. Habíamos decidido entrar en grupos de a dos. Yo estaba con Pedro. Más que nerviosos, estábamos ansiosos.

Después de una hora, habilitaron la sala y comenzó a entrar el público. Habíamos resuelto que cuando Astiz comenzara la indagatoria, nos sacaríamos las camisas y mostraríamos nuestras remeras. Como la decisión se había tomado la noche anterior y no habíamos tenido tiempo de mandar a hacerlas, en la asamblea agarramos unas remeras blancas que dormían en un rincón, compramos unos fibrones y comenzamos a pintarlas a mano con la leyenda “CÁRCEL AL TORTURADOR - H.I.J.O.S.”. Estuvimos pintando toda la noche.

Y allí estábamos el día después en la sala, para mostrarlas: para desenmascarar en ese acto la impunidad de la que gozaban los genocidas de los 30.000. La sala se encontraba semi vacía; había más periodistas que público (canales de televisión de todo el mundo). También notamos que había familiares del genocida, por las miradas desconfiadas que nos cruzaron.

Y ahí estábamos sentados los hijos e hijas de desaparecidos, esperando a uno de los verdugos de nuestros padres y madres. El aire era espeso. El clima tenso. Se abrieron las puertas y apareció el cobarde. Los flashes comenzaron a dispararse. Con paso militar, se sentó impávido ante las cámaras. Entre el murmullo, se escucha un grito contundente de Mariano: “¡AHORA!”

Comenzamos a cantar, a mostrar nuestras remeras, a gritarle bien fuerte y ante el mundo que éramos los H.I.J.O.S. de las víctimas que los Astiz habían desaparecido, torturado, violado, robado, pero que con nosotros no pudieron. Tenerlo en frente fue liberador, porque estábamos sin nuestros padres y él vivo y libre. Pero estar allí cara a cara fue la demostración de que estábamos de pie, como nos habían enseñado nuestras Madres y Abuelas. Y que íbamos a seguir luchando, aunque pareciera imposible en esos momentos, para verlo alguna vez condenado, pero por lo que hizo.

Astiz se fue de la sala rápidamente. Ordenaron desalojarla.

Salimos de los tribunales felices. Nos abrazamos, saltamos. Mientras tanto, unos compañeros de Wado del gremio judicial desplegaron desde los ventanales del edificio una bandera que les habíamos pasado con la consigna “Juicio y Castigo”. Todo había salido como lo habíamos pensado la noche anterior, o mejor. La foto fue tapa de todos los diarios al día siguiente.

Años después tuvimos la enorme alegría de ver cómo se cumplían muchos de los sueños que teníamos y por los que luchamos. Pudimos festejar en las puertas de esos mismos tribunales y vivir con felicidad cómo durante los gobiernos de Néstor y Cristina Astiz fue condenado en dos oportunidades a prisión perpetua.

Durante un tiempo guardé esa remera que habíamos pintado con mis compañeros de H.I.J.O.S. Hace varios años se la regalé a Lita Boitano. Ella la puso en la vitrina de la entrada de la casa que compartimos hoy con Familiares. Allí está, como hace 19 años, hoy bastante más despintada y amarillenta. Cada vez que entro y la miro me acuerdo de todo esto que estoy contando. Y festejo. Claro que sí. Festejo que Astiz, como otros 892 genocidas, fueron condenados en la Argentina. Festejo que hoy la ex ESMA, donde actuaba Astiz, y más de 30 ex centros clandestinos son espacios para la memoria. Festejo que hay 128 identidades, muchos de los bebés robados por la patota de Astiz, que hoy han sido restituidas. Y festejo con mis viejos y sus compañeros donde quiera que estén, que a pesar de las bombas y los fusilamientos, de los compañeros muertos y los desaparecidos, no nos han vencido.

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí