La revolución del neocapitalismo

Comprender la naturaleza de esta revolución es condición necesaria para derrotarla

 

Con la iniciativa que contempla balas para lxs pobres se pudo ver que hay integrantes del gobierno y aledaños que tienen la ilusoria pretensión de que se infrinjan ciertos principios de la revolución de la alegría, como el apotegma que reza que los únicos privilegiados son los ricos.

Lo que se conoce como neoliberalismo tuvo su bautismo de fuego con el ataque que lanzó el gran capital contra el trabajo hace unos 60 años, cuando se sintió amenazado en los planos político y económico. Había que imponer un proyecto político que pusiera freno al poder del trabajo. En rigor, se trataba de un proyecto contrarrevolucionario, pues iba a cortar de raíz lo que en aquel momento eran movimientos revolucionarios en gran parte de la periferia, y a la marea de influencias marxistas en países como Francia e Italia. Incluso en Estados Unidos los sindicatos habían conformado un Congreso Democrático cuyos propósitos se caracterizaban por una acentuada radicalidad.

Las grandes corporaciones entendieron que tenían que dar batallas en los frentes ideológico y económico. Así surgió el proyecto político que se apropió de la teoría económica neoclásica y sus antecedentes ideológicos, no porque fueran buenos para resolver problemas de la economía y la sociedad, sino porque servían para debilitar las organizaciones de trabajadores y legitimar el despojo a los sectores populares, tanto de los países centrales como de los dependientes.

Comprender la naturaleza de esta revolución es condición necesaria para derrotarla.

El proceso ha sido prolongado. Las universidades fueron tomadas por los famosos think tanks que las rodeaban. El desafío para cualquier país era hacer que el trabajo fuera competitivo respecto del trabajo global. Una modalidad fue abrirse a la inmigración: en los ’60, por ejemplo, los alemanes importaban trabajo turco; los franceses, trabajo magrebí; los británicos, trabajo colonial; pero ante la insatisfacción y el malestar provocados, se escogió otro camino: llevar el capital allí donde hubiera mano de obra barata y, para que esta línea de la globalización funcionara, hubo que reducir tarifas de transporte y hacer más poderoso al capital financiero por cuanto permite mayor movilidad. Al mismo tiempo los proyectos para privatizar y desregular, con fuerte respaldo ideológico, generaron desempleo.

Así, con desempleo en casa, deslocalizaciones que llevaban fábricas al extranjero, el cambio tecnológico que implica desindustrialización por medio de la automatización y robotización, todo bajo la expansión de la miseria, se configuró la estrategia para aplastar el poder de la fuerza de trabajo.

Cuando las grandes corporaciones dispusieron en 1982 el desalojo de los keynesianos del FMI y el desembarco de teóricos neoclásicos, la primera decisión de estos combatientes fue que, en adelante, se debía seguir una política de ajuste estructural cuando entrara en crisis un país deudor. Ese año hubo una crisis en México y el Fondo dijo: “Los vamos a salvar”. En realidad lo que hizo fue salvar a los bancos de inversión de Nueva York e implementar políticas de ajuste dirigidas a los segmentos socialmente más débiles; experiencia que los argentinos vivimos 18 años después y nuevamente ahora.

Esta seña de identidad de la revolución muestra que poco o nada tiene que ver con el liberalismo clásico, razón por la cual prefiero llamarla neocapitalismo en lugar de neoliberalismo: no sólo suprime las libertades civiles y la independencia del Poder Judicial, sino que desconoce el principio del liberalismo económico según el cual el capitalista asume los riesgos que implican sus decisiones. Para el neocapitalismo lo único que asumen los grandes capitalistas es la ganancia. Tanto es así que, mientras se recuperaban las tasas de ganancia de las trasnacionales, caían las tasas de reinversión, particularmente en los países dependientes.

 

La dependencia  

No es novedad que las intervenciones del FMI tienen el propósito de orientar los recursos al reflujo de los capitales financieros; es decir, a pagar las deudas externas. Así el endeudamiento externo funciona como mecanismo de extracción del excedente en un típico esquema colonial.

Pero lo más importante muchas veces no está a la vista, tal vez por eso una explicación muy difundida sitúa el origen del problema en la circulación de mercancías y supone que los desequilibrios comerciales pueden ser superados por los movimientos de capital.

En 2015 el déficit del sector externo era uno de los problemas que tenía el país. Y si bien para el macrismo lo prioritario es poner el Estado al servicio de los negocios de los sectores que representa —en este caso, facilitar la fuga de capitales—, no habría que descartar que algunas manos que se alzaron en el Congreso para aprobar el pago a los fondos buitres lo hayan hecho con el convencimiento de que la solución al desajuste de la balanza comercial estaba en los mercados financieros. En realidad, la lógica de la dependencia funciona exactamente al revés: no es la balanza comercial la que provoca los desequilibrios, sino la presencia del capital extranjero y sus movimientos lo que provoca los desequilibrios en las cuentas externas.

Esta dinámica implica una concepción amplia de la dependencia que no es sólo externa, vinculada a las relaciones comerciales, sino también interna, vinculada al sistema de producción; no surge de la ecuación entre importaciones y exportaciones de mercancías como relaciones aisladas entre naciones. Los movimientos de capital en la economía global determinan la organización económica interna y, así, la circulación de mercancías a exportar e importar por la economía nacional. Ya Lenin decía que, en la fase imperialista del capital, lo más importante no es la circulación de mercancías —que sigue siendo importante—, sino la exportación de capitales, lo que explica la importancia que el imperialismo atribuye a la circulación libre de capitales y la vigencia de los estudios y conclusiones de Aldo Ferrer.

 

Los que mandan

Nadie duda de la importancia que tienen el desarrollo del crédito y de las instituciones financieras en el modo de producción capitalista; tampoco que la crisis que irrumpió en 2008 salió a la luz como crisis financiera; pero, otra vez, es muy poco lo que se puede explicar por la manifestación de un fenómeno. Hay que estudiar las causas que lo provocan.

Con la libre circulación de mercancías y capitales se ha consolidado una estructura de producción y de circulación conducida por las grandes trasnacionales productoras de bienes y servicios que está por encima de las economías nacionales, y se han producido profundas transformaciones en la economía mundial. Una de las más significativas ha sido el desplazamiento de la preeminencia del capital financiero por la del gran capital productivo: el incremento de sus ganancias y de sus tasas de ganancia fue —y es— tan elevado que las grandes corporaciones de la esfera productiva han dejado de ser clientes importantes para convertirse en prestatarias netas del sistema financiero.

La disminución generalizada de las tasas de interés registrada en los últimos años en los países centrales refleja la autonomía del capital productivo respecto del financiero. En los Estados Unidos se observan las tasas más bajas de las últimas cuadro décadas, y las inversiones en bienes de capital más importantes se han financiado con las ganancias o con recursos que las corporaciones han captado directamente colocando acciones y bonos.

Esta no es una cuestión que interese solamente a los teóricos de la economía. El imperialismo norteamericano ha decidido recuperar el dominio geopolítico en la región y lo hace a través de multinacionales de la producción. En otras palabras, las multinacionales norteamericanas no quieren competidores en la región y para eso cuentan con el respaldo de su Estado; la cruzada anticorrupción contra los gobiernos antiimperialistas del subcontinente es una de las pantallas detrás de la cual aparece esta embestida, que sumerge a la señora de la mirada esquiva Elisa Carrió en una confusión que la perturba: ha dicho que “perdí la confianza en el Presidente” y que está “desilusionada” porque se rompió el “pacto contra la impunidad” que tenía con Macri.

 

La confusión del dedo acusador

 

El proceso conocido como Lava Jato en Brasil tuvo entre otras consecuencias la condena del señor Odebrecht y la desaparición de la multinacional brasileña que llevaba su nombre, hasta entonces portadora de una clara supremacía como ejecutora de obras de infraestructura en toda América latina.

La operación de inteligencia con participación judicial y mediática que hizo famosas unas fotocopias de supuestos cuadernos supuestamente escritos por un chofer con vocación de novelista, acaba de deparar novedades. No por las influencias de la CIA y de la Embajada en los Servicios y ciertos estamentos del Poder Judicial criollos, tampoco por presuntos pases de factura entre integrantes de ese Poder y el hijo de Franco Macri; sino porque el pedido de detención del señor Rocca y la citación a indagatoria de los Macri podrían ser la confirmación de que lo que se ataca no es la corrupción, sino la osadía de la burguesía aborigen de disputar negocios a la burguesía imperial. Después de todo, Rocca y la famiglia presidencial pertenecen a un país dependiente, por lo tanto pueden ser víctimas de la revolución que ellos mismos trajeron pero que no terminan de entender, como Carrió.

 

 

 

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1 comentario
  1. Diego dice

    Muy buen articulo …!!!

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