Hace unos días en Barcelona, el Presidente de Brasil, Ignacio “Lula” da Silva, sostuvo: "Latinoamérica es retratada como el mundo del narcotráfico. El mundo árabe es retratado como el mundo del terrorismo. África es retratada como el mundo de los señores de la guerra, pero ¿quién financia eso? ¿Quiénes se llenan los bolsillos con el negocio de las drogas, las armas y la violencia? En muchos casos provienen de los países 'ejemplares' que a menudo se señalan. No podemos desconocer eso tampoco".
Al respecto, y solo recurriendo a dos ejemplos, hace poco más de un mes, la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, le respondió a su par de Estados Unidos, y le propuso que ese país “detenga el tráfico de armas ilegales de Estados Unidos a México, los grupos delincuenciales, la delincuencia organizada”. Asimismo, agregó que “por lo menos el 75%, reconocido por el propio Departamento de Justicia de los Estados Unidos, viene de su país. Si se detiene la entrada de armas ilegales, estos grupos no tendrán armamento de alto poder para realizar sus actividades delincuenciales”.
Por otro lado, una investigación periodística de The Times of Israel ha sostenido que “durante años, Netanyahu apoyó a Hamás. Ahora nos ha explotado en la cara”.
Como sostuvo Ernesto López, “Estados Unidos ha tenido una notoria propensión a convertir sus problemas de seguridad en una cuestión regional (…) [De esta manera], dichos problemas han sido esgrimidos en distintas oportunidades para avalar acciones intervencionistas” [1]. Al respecto, Héctor Luis Saint-Pierre afirma que a partir del fin de la Guerra Fría (1947-1991) se consolidó el giro estratégico del eje este/oeste a norte/sur [2]. Por otro lado, Manuel Castells sostiene, en esta misma línea, que a partir de 1991, el nuevo sistema de seguridad construyó un sistema de seguridad internacional contra los “bárbaros del exterior” [3].
De esta manera, Estados Unidos y sus aliados diseñaron e implementaron políticas bajo el paraguas conceptual de las “nuevas amenazas” y la “seguridad humana” para exportar un modelo de capitalismo que ya no existe en los países desarrollados ni en la democracia, lo que ha llevado a un aumento de la violencia étnica, religiosa y cultural en el resto del mundo [4].
Sin embargo, estas acciones no se limitaron a las grandes potencias. También la Organización de las Naciones Unidas (ONU) fue el ariete, que, bajo el escudo de la democratización, los derechos humanos y la seguridad humana, autorizó, a priori o a posteriori, acciones militares y/o implementó misiones que solo dejaron más miseria en los países intervenidos.
Y en un escritorio de las Naciones Unidas
La seguridad es un concepto no solamente polisémico, sino también muy poderoso, que permite a los gobiernos poner el foco sobre algunos problemas, dejando de lado a otros. En este sentido, hemos asistido a una ampliación del concepto y a una transformación del objeto de las políticas públicas de seguridad que no deja de ser paradójico en sus resultados, en tanto que ha provocado un aumento de las inseguridades.
Gabriel Orozco nos recuerda que Thomas Hobbes fue el primero en pensar la seguridad como una de las causas del “establecimiento del Estado moderno” para garantizar la propiedad privada y la vida de las personas, liberándolas, de esta manera, del estado de naturaleza donde el hombre es lobo del hombre.
Este autor nos propone una segunda línea de pensamiento recurriendo a Immanuel Kant, que, sin abandonar que la seguridad es la responsabilidad primaria del Estado, propone que la relación entre los Estados debe estar acorde con “normas morales y a imperativos categóricos” que permitan superar la anarquía internacional. Es decir, Kant considera que “la única vía para lograr seguridad es crear un ordenamiento jurídico internacional semejante al que hay en el interior de los Estados”.
Por último, este autor recurre a otro pensador clásico, Hugo Grotius, para el cual “las relaciones internacionales [están basadas] en la constitución de zonas de estabilidad y respeto mutuo como motivación de las acciones de los Estados”, aunque esto no elimina la posibilidad de la guerra.
Ahora bien, y luego de recorrer las argumentaciones de las principales escuelas de la disciplina de las relaciones internacionales, Gabriel Orozco sostiene que “los nuevos enfoques sobre la seguridad han llamado la atención sobre el hecho de que la seguridad de los individuos, durante mucho tiempo, ha sido subsidiaria de la del Estado, lo que ha conllevado las violaciones más atroces de los derechos humanos”.
Sin embargo, consideramos que la definición sobre cuál es el objeto referente de la seguridad —el Estado o las personas— depende de “las prioridades de la agenda política” o, dicho de otra manera, de cómo se defina la seguridad porque, en definitiva, y más aún en el caso de este concepto polisémico, las definiciones no son neutrales. Por el contrario, son el resultado de una puja política donde actores externos y domésticos, sociales y políticos, con diferentes capacidades de poder, tratan de imponer su definición en función de sus intereses, sistemas de creencias y pulsiones. En consecuencia, puede sostenerse que definir es decidir.
La seguridad humana es un buen ejemplo del párrafo precedente.
En un libro publicado en el año 2012, Francisco Rojas Aravena y Andrea Álvarez Marín sostienen, como muchos otros autores, que “los extraordinarios cambios en las relaciones internacionales marcados por un aumento de la interdependencia y las conexiones transnacionales y las vulnerabilidades mutuas y los cambios ambientales y climáticos, han hecho que esa perspectiva convencional de la seguridad sea insuficiente”. Por lo tanto, se requería una visión más ampliada y holística de la seguridad.
En este contexto, reseñan los autores, en el Informe Anual de Desarrollo Humano de la ONU del año 1994 se propuso “transitar hacia un nuevo paradigma de seguridad”. Desde entonces, se ha promovido en diferentes instancias internacionales el concepto de “seguridad humana”, que incluso ha tenido diferentes aproximaciones por parte de esta organización y que estos autores sintetizan en el siguiente cuadro:

Fuente: Rojas Aravena (2012). Seguridad humana: nuevos enfoques. San José: FLACSO – Sede Costa Rica, p. 17.
Ahora bien, más allá de las disquisiciones intelectuales que han generado una importante documentación, literatura y una estructura institucional con cargos envidiables, en su Informe del Milenio del año 2000, "Nosotros los pueblos: el papel de las Naciones Unidas en el siglo XXI", el secretario general de las Naciones Unidas, Koffi Annan, planteó la siguiente pregunta, en el marco de las crisis humanitarias en Ruanda y Srebrenica: “Si la intervención humanitaria representa una violación inaceptable de la soberanía, ¿qué se debe hacer en casos como Ruanda o Srebrenica en los que se violan sistemáticamente los derechos humanos?”. Como respuesta, el gobierno de Canadá creó la Comisión Internacional sobre Intervención y Soberanía de los Estados (ICISS), la cual publicó un informe denominado "La responsabilidad de proteger" (Responsibility to Protect - R2P) en el año 2001. Este documento sostiene —como reseña Alejandro Amigo Tossi— que “cuando el Estado falla en proteger, el principio de no-intervención debe ceder a la responsabilidad internacional”.
Como vemos, en la definición del concepto de “seguridad humana” estaba implícita la solución: las políticas de intervención que se desplegaron en el mundo desde el año 1991.
Mientras tanto, en el mundo
Según Ludwig Wittgenstein, puntualmente en su segunda etapa, conocer el significado de una palabra no es encontrar una definición abstracta o un objeto mental, sino entender cómo se usa en la vida cotidiana. Por ello, analicemos cómo han usado los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la propia organización el concepto de “seguridad humana”.
Entre 1991 y 2025, las Naciones Unidas [5] y los cinco miembros permanentes [6], a excepción de la República Popular de China, han intervenido en África, América, Oceanía y Asia en aproximadamente 79 oportunidades [7]. Los países más “favorecidos” han sido:
- Afganistán: 7,6%
- Irak: 7,6%
- Somalia: 6,3%
- Siria: 6,3 %
- Bosnia y Herzegovina: 5,1%
- Libia: 5,1%
- Haití: 5,1%
- República Democrática del Congo: 3,8%
- Mali: 3,8%
- Sudán: 3,8%
- Costa de Marfil: 2,5%
- República Centroafricana: 2,5%
- Georgia: 2,5%
- Chechenia: 2,5%
- Yemen: 2,5%
Mientras que un 1,3% de intervenciones fueron a Angola, El Salvador, Guatemala, Filipinas, Moldavia, Macedonia del Norte, Nepal, Timor Oriental, Camboya, Tayikistán, Etiopía, entre otros.
Más allá de esta nómina que abarca el período de la unipolaridad estadounidense (1991-2008), de la ilusión multipolar con la Organización de Naciones Unidas al frente (1991-2001) y del fin de la historia (¿?), si revisamos los argumentos para dichas acciones, los resultados son más asombrosos. Si se analizan las justificaciones de las intervenciones durante estos años, la defensa de la democracia, los derechos humanos y la seguridad humana han sido invocados aproximadamente en 82% de las acciones de la ONU; 70% en el caso de Francia; 57% en el del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte; 45% en el de Estados Unidos; y 25% en el de la Federación de Rusia.
Sin embargo, pese a esta propensión de la ONU y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a intervenir en defensa de estos valores, la comunidad internacional no quiso/no pudo actuar en los genocidios, crímenes de guerra, entre otras calificaciones del derecho internacional, en Darfur (Sudán), República Democrática del Congo, Zimbabwe, Tigray (Etiopía), Rohinga (Myanmar), Sri Lanka, Irán y Ruanda, el trabajo esclavo infantil en Madagascar, entre otros.
Niños de 10 años pican piedra en minas de mica en Madagascar para llenar los bolsillos a las multinacionales capitalistas de electrónica y maquillaje, que extraen la materia prima a precio de saldo.
La realidad del capitalismo, esclavitud infantil en África para sostener el… pic.twitter.com/U1glqwkymh
— Daniel Mayakovski (@DaniMayakovski) April 23, 2026
Por último, la comunidad internacional se lanzó a una guerra contra los talibanes que gobernaban en Afganistán para defender los derechos humanos, terminar con el terrorismo e instaurar la democracia. En el año 2021, Estados Unidos y sus socios fueron derrotados, negociaron con los talibanes y se fueron en helicóptero, como ratas por tirante, dejando colgados de un pincel a sus aliados afganos, como había ocurrido en Vietnam en 1975. Paradójicamente, a la misión de la Organización de Naciones Unidas, denominada UNAMA, creada el 28 de marzo de 2002, se le ha renovado el mandato el mes pasado para continuar en Afganistán hasta el 17 de junio de 2026 para ¿garantizar los derechos humanos de las mujeres afganas?
En síntesis, más que la defensa de la democracia, los derechos humanos y/o la seguridad humana, se puede sostener que la probabilidad de intervención de la comunidad internacional aumenta significativamente cuando el costo de intervenir es bajo, no es vetada la acción por alguno de los cinco miembros permanentes y existe un interés estratégico de las grandes potencias.
Lluvia de seguridades
Luego de una profunda revisión bibliográfica del concepto de seguridad humana publicada en la revista Security Dialogue entre 2004 y 2015, Julián Muñóz Tejada observa que entre los defensores del concepto se rescata que se haya abandonado el enfoque Estado-céntrico y que la amplitud de este permite analizar temas tan diversos como la afectación de los derechos humanos, el desarrollo humano y todo tipo de violencias —no solo la guerra—, que tiene un potencial emancipatorio y que permite un abordaje desde la perspectiva de género. En definitiva, este concepto amplio permite estudiar la seguridad de las personas desde una perspectiva amplia y multidimensional.
Entre las miradas críticas, a las que me sumo, se puede señalar, en primer lugar, que —y como ya lo analizamos con relación al concepto de guerra— el estiramiento conceptual es poco útil analíticamente y resulta peligroso para los derechos humanos. Al respecto, el politólogo Giovanni Sartori argumenta: “Hemos estado llenando la 'extensión' de nuestros conceptos adelgazando su 'intención'. Esto es lo que yo llamo estiramiento conceptual". Asimismo, Julián Muñoz Tejada señala que otra de las objeciones metodológicas es que las dimensiones —que se muestran en el cuadro ut supra— son tan diversas y están tan interrelacionadas que no se ha podido establecer analíticamente los grados de dependencia entre ellas. En esta medida, por querer explicarlo todo, no se explica nada.
En segundo lugar, coincidimos con David Chandler, citado por Julián Muñoz Tejada, en que la “seguridad humana” “se presenta como un concepto cuyo contenido crítico lo lleva a cuestionar las formas tradicionales de pensar la seguridad; pero, por el otro, no es más que una nueva retórica para que los Estados más poderosos se impongan sobre los demás y en esta medida no es más que un recurso para mantener un estado de cosas en un mundo globalizado donde podría apelarse a intervenciones militares para garantizar la seguridad”. Asimismo, “estos usos políticos muestran cómo, ante la ausencia de los enemigos tradicionales de la Guerra Fría, con la seguridad humana se llena este vacío securitizando otros espacios de la política —la salud, la economía, el medioambiente— o también las violaciones a los derechos humanos o el subdesarrollo. En cuanto a esto último, Julián Muñoz Tejada subraya que la securitización [8] del subdesarrollo implicó convertirlo en un problema de seguridad global; es decir, definirlo como una amenaza existencial para las grandes potencias y, de esta manera, proponer una solución desde la seguridad y/o la defensa. Asimismo, se articuló con el discurso hegemónico sobre la universalidad de “lo humano”, entendido como valores occidentales. En este sentido, este autor señala que “todo ese apoyo de la comunidad internacional subyace a un ejercicio de control cada vez más asfixiante para los Estados que son ‘beneficiados' con los apoyos de desarrollo de la comunidad internacional”.
En síntesis, el concepto, según Julián Muñóz Tejada, de “seguridad humana” no ha roto con “las viejas recetas heredadas de los tiempos de la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional”. Así lo hubieran podido atestiguar las niñas y niños asesinados en Gaza e Irán.
[1] López, E. (1987). Seguridad nacional y sedición militar. Buenos Aires: Legasa, p. 25.
[2] Sain-Pierre, L. (2003), “Una reconfiguración de las ‘Nuevas Amenazas': de la subjetividad de la percepción a la seguridad cooperativa”. En López, E. & Sain, M. (Comp.). “Nuevas amenazas. Dimensiones y perspectivas. Dilemas y desafíos para la Argentina y Brasil". Quilmes: Universidad Nacional de Quilmes Editorial.
[3] Castells, M. (1997). La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Madrid: Siglo Veintiuno.
[4] Chua, A. (2003). El mundo en llamas. Los males de la globalización. Barcelona: Ediciones B.
[5] A priori o a posteriori. Se incluyen operaciones de mantenimiento de la paz, en sus diferentes clasificaciones, misiones políticas con despliegue limitado e intervenciones militares autorizadas directa o indirectamente por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
[6] Estas intervenciones incluyen campañas militares, bombardeos puntuales, operaciones encubiertas, uso de drones y fuerzas especiales.
[7] La cifra total puede variar dependiendo del criterio que se utilice.
[8] Buzan, B.; Waever, O. & De Wilde, J. (1998). Security. A new framework for analysis. Londres: Lynne Rienner Publishers.
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