En 1931, Raúl Scalabrini Ortiz escribió El hombre que está solo y espera, un ensayo sobre la identidad porteña y argentina.
Un retrato de aquel “hombre de Corrientes y Esmeralda”: el porteño típico de los años '30, al que Scalabrini Ortiz utilizó como símbolo. Alguien sin raíces europeas firmes, ni tradición indígena, hijo de inmigrantes, desarraigado. No tiene pasado al que volver. Está solo frente al mundo. No actúa, espera. Tiene una fe indefinida en que “algo va a pasar”, que el país va a arrancar. Es escéptico, pero tiene esperanza. No milita, no se fanatiza, observa.
Desconfía de los políticos, de las ideas importadas, de la “civilización”. Es irónico, zafado, todo lo relativiza. Así se defendía en su soledad.
Es la síntesis argentina: “El porteño es un hombre que está solo y espera, y que por estar solo y por esperar, es el único que puede crear algo”.
En este libro, en vez de mirar a Europa para definirnos, Scalabrini miró a Corrientes y Esmeralda. Ese tipo que chamuyaba y no se casaba con nadie era el ser nacional; podría considerarse el prólogo intelectual del peronismo.
Ese ser no entraba en ningún esquema político: ni obrero socialista, ni radical de comité, ni conservador. El “cabecita negra” antes de que se lo llamara así.
El 17 de octubre es literalmente el día en que el hombre que estaba solo dejó de esperar. Ese “hombre que espera” encontró en Perón alguien que le hablara directo. No le habló con ideología europea ni con discursos de comité. Le habló de aguinaldo, vacaciones, dignidad. Lo sacó de la espera y lo puso en la plaza.
Por eso Jauretche decía que Scalabrini Ortiz fue uno de los “padres” del peronismo sin ser orgánico.
Pasaron dieciocho años desde el golpe de 1955 para que el mismo general proscripto creciera en la distancia para volver de la mano de los hijos de aquel hombre que esperaba solo. Los únicos privilegiados del primer peronismo.
La dictadura militar hizo su trabajo fundacional de demolición del Estado (que retomaron Menem, Macri y Milei) Solo el interregno de la primavera alfonsinista y la década ganada K pusieron las cosas de este lado. El kirchnerismo logró lo que nadie pensó que volvería a pasar; de allí esta réplica feroz.
La soledad y la orfandad volvieron con Macri. Los que creyeron ingenuamente en la necesidad de un cambio (que iba a mejorar lo hecho en la década anterior) y los que querían borrar la experiencia K sufrieron una gran insatisfacción. La vuelta del peronismo en unidad solo generó el dolor de “ya no ser”.
La pandemia y sus daños colaterales son parte de este fracaso y no volvimos a ser lo mismo. Entre 2015 y Milei se fueron moldeando nuevas soledades y esperas, anidadas en un rencor de derrotas personales, imposibilitadas de ser leídas en conjunto.
Los grupos de trolls y haters agitaron ferozmente en la soledad y el aislamiento. Así se definió una nueva vida que no percibimos en las calles, sino en la velocidad de la autopista virtual.
Un ser descreído, solo, individual, derrotado y muy roto mentalmente, absorbido por los conductos de las redes sociales, que vivió como una humillación los avances de los feminismos y que, entre antidepresivos y rencores, entró en escena.
La respuesta a eso no fue alguien que interpretara al sujeto social, sino el sujeto social mismo puesto en escena. Construido a fuerza de “panelismos” de TV, de redes, de insultos y ridiculizaciones varias, que impactaron favorablemente en su instalación mediática. Espacios todos del conocimiento sin sabiduría, propensos al odio. Utilizados para instalar la idea de “casta” como oponente, en la que paradójicamente se ha transformado, estando en el poder.
Milei es el mal que aparece, como en el Silvio Astier de El juguete rabioso del querido Roberto Arlt. Es performático. Se disfrazó, amenazó, actuó con su motosierra, plagió libros, cantó, destruyó maquetas del Banco Central. En El juguete rabioso, Arlt demuestra que el mal primero es teatro. El pibe se disfraza de Baudelaire maldito en el conventillo. Después, la vida le da el escenario para hacerlo real. El mal es creatividad frustrada. Este no nace en el infierno, sino en la pieza del conventillo, a las dos de la tarde, con 40 grados, sin un mango y con la vieja enferma al lado. Nace del calor, el hambre y la falta de futuro.
La pandemia fue la huella del dolor, donde la vida virtual se transformó en representación fáctica. Pudo o no mantener concordancia con lo real, y quedó ese vínculo emocional de pertenencia que se profundizó hacia el aislamiento y la soledad.
Milei no es el hombre de Scalabrini. Es más parecido a Astier: ataca y muerde y, como cosplay, cuando es el Capitán ANCAP (anarcocapitalista), es un juguete rabioso. La diferencia entre Milei y Astier es el contexto: aquella sociedad no hubiera empoderado nunca su síntoma patológico existencial, enunciado por Roberto Artl; la del algoritmo y la pospandemia, sí.
Roca fue el creador del Estado argentino, que incorporó al país a través del modelo agroexportador, fuertemente vinculado al monopolio de la violencia, la anexión territorial y la educación pública. Perón fue otra etapa de un Estado “incorporador”, a través de los enormes derechos a los que accedieron los trabajadores y desposeídos. Todo lo demás fue un desgrane lastimoso. Solo la reconstrucción kirchnerista asomó la cabeza, que sueña con cortar definitivamente, en otra vuelta de tuerca de la reacción. Milei vino a destruir los estertores del Estado, a meter presa y proscribir a CFK. Así lo ha dicho al proponer su experimento ante el Congreso.
Adelante está el desafío colectivo de generar una nueva institución estatal, no para volver a lo que queda de él, sino para fundar uno nuevo.
Como diría Enrique Dussel: “La cuestión es crear un Estado que responda a una nueva definición del poder político, no como dominación, sino como afirmación de la vida, al proponer crear instituciones que afirmen la vida”.
Tenemos una sociedad que implosionó. Todo quedó mezclado y puertas hacia adentro. El Estado y las instituciones también lo hicieron. En medio de la desolación y la tremenda fluidez del afuera —marcada por la velocidad que exigen las redes virtuales que nos disciplinan—, debemos pensar un nuevo Estado. Desde los lugares, que a su vez se constituyen en la operatoria de nuestros pensamientos.
El pensamiento debe tener la plasticidad que nos exige la organización. El Estado no puede ser refractario ni rígido, como un palo expulsado por el remolino del arroyo.
Aquello no se puede abordar en soledad ni desde un laboratorio. Hay que poner a funcionar situadamente a quienes tienen los temas cerca, a quienes los padecen, a quienes los vienen estudiando. Las experiencias del Estado argentino constituido han sido serias y no antojadizas, tanto para Roca como para Perón. Debemos entender que las líneas de acción de un futuro Estado no se harán en base a la repetición.
Milei es un impostor, reniega del Estado, pero lo utiliza aún en sus ruinas. Su cosmos de escuela austríaca no se compadece con los capitales que recibe de los Estados que bancan los organismos de créditos multilaterales, o los vericuetos que hace con las cuentas públicas, sus pagos y no pagos, para obtener déficit cero. Muestra heterodoxia, que derrama siempre para arriba. Elogia a Caputo, por su condición de “trader”, un operador, alguien totalmente, pragmático. En estos días habló Cavallo, marcando esta puesta en escena sin sustento conceptual de Toto. Freddie Krueger y Hannibal Lecter en el centro del ring, ¡cuidado! Entonces, hay dos Milei: uno teórico, para las conferencias mundiales de premio trucho; y otro que deja la economía a quien hace cinco años acusó de fumarse 5.000 millones de dólares. En definitiva, no hay plan, solo un irrefrenable estado de cascada de adorno.
Hoy la soledad es un Estado que no está, parafraseando a Almendra, y sin él, desgraciadamente, no podremos hablar sobre lo que es el bien, sobre lo que es el mal…
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