LA TERCERA VÍA ES UNA VÍA MUERTA

La clase dirigente argentina no quiere enterarse de que Biden no es Clinton ni Obama

 

¿Habrá sido porque en los 55 años que van entre 1974 y 2019 soportamos sumadas y en total dos décadas de recesiones –algunas muy fuertes— cuando el resto de la treintena de países que explican más del 90% de la producción y la población mundial se cayeron de la peana —a poca distancia del piso— entre 5 y 7 años en promedio? Ergo, el capitalismo no está funcionando para los criollos pero hay que encontrarle la vuelta para que arranque, en vista de que las alternativas resultaron peor que la enfermedad. ¿Será que resuena a Tercera Posición? Lo cierto es que la llamada tercera vía describe bastante bien el camino que viene recorriendo la clase dirigente  argentina, atravesada por el talante conservador y con su intuición reforzada por los eslóganes difundidos por los medios y la atmósfera política del momento antes que por conocimiento acabado de la categoría.

La tercera vía es un concepto alumbrado por sociólogo inglés Anthony Giddens a fines de los ’90 para racionalizar la experiencia que estaba llevando adelante el laborismo inglés desde que Tony Blair asumió como primer ministro en 1997. Las teorizaciones del “Nuevo Laborismo” trataban de capitalizar las experiencias socialdemócratas de Bill Clinton en los Estados Unidos, Gerhard Schroder en Alemania y Lionel Jospin en Francia. El actual POTUS Joe Biden es un Demócrata muy diferente a Clinton y a Obama –del que fue su vicepresidente—, y eso se manifiesta en que lo que pretende hacer deja completamente fuera del cuadro, o —para el chiste fácil— en la vía, a la tercera vía. El reflejo argentino ni se dio por enterado y las razones de los oídos sordos tienen consecuencias políticas que deben considerarse. De hecho, en la campaña electoral para confirmar que la paja no es como el trigo, el tema de las consecuencias de ese viraje en el norte no se ha colado en el sur atiborrado de charuto racista, amor moderno y populismo punitivo. No es casualidad, es causalidad.

 

 

Anthony Giddens, el teórico del Nuevo Laborismo británico.

 

 

En un paper de 2001 dos economistas que orbitan por la academia inglesa, Philip Arestis y Malcolm Sawyer, críticos de la tercera vía, entienden que la microeconomía de la propuesta de Giddens responde a “un marco teórico neoclásico (…) El papel del gobierno es visto como una corrección de las ‘fallas del mercado’ y de fomento de la provisión de ‘bienes públicos”’. En tanto “la macroeconomía de la ‘tercera vía’ se basa en dos proposiciones. La primera es que el sector privado es esencialmente estable y, en general, genera suficiente demanda agregada para sostener altos niveles de empleo. Como consecuencia, los defensores de la ‘tercera vía’ sostienen que la política fiscal como herramienta de control la demanda agregada no es necesaria; de hecho, podría crear problemas (…) El segundo es que la política monetaria puede y debe utilizarse para controlar la tasa de inflación”.

Esta concepción económica queda bien expresada en términos políticos por el propio Giddens al puntualizar en el ensayo que lleva el nombre de la corriente que “La política de la tercera vía (…) aboga por una nueva economía mixta. Existían dos diferentes versiones de la vieja economía mixta. Uno implicaba una separación entre el sector estatal y el privado, pero con una buena parte de la industria en manos públicas. El otro fue y es el mercado social. En cada uno de ellos, los mercados se mantienen en gran medida subordinados al gobierno. La nueva economía mixta busca, en cambio, una sinergia entre los sectores público y privado, utilizando el dinamismo de los mercados pero teniendo en cuenta el interés público. Eso implica un equilibrio entre la regulación y la desregulación, tanto a nivel transnacional como nacional y local; y un equilibrio entre lo económico y lo no económico en la vida de la sociedad”.

Este curioso mundo armónico lo lleva a Giddens a postular que «La meta general de la política de la tercera vía debería ser ayudar a los ciudadanos a guiarse en las grandes revoluciones de nuestro tiempo: la globalización, las transformaciones de la vida personal y nuestra relación con la naturaleza». Y es así como «Los ‘socialdemócratas’ han de variar la relación entre riesgo y seguridad existente en el Estado de bienestar, para construir una sociedad de ‘tomadores de riesgo responsables’ en las esferas del gobierno, los negocios y el mercado del trabajo. La gente necesita protección cuando las cosas van mal pero también las facultades materiales y morales para superar grandes períodos de transición en sus vidas». Grandes sectores de la clase dirigente argentina han abrevado de hecho o de derecho en el catecismo Giddens, ese que Biden pretende apostatar.

 

 

Lucha de clases

Lo que genera la ganancia no es tomar riesgo en forma responsable o irresponsable. La ganancia, factor clave del crecimiento porque de ahí provienen los fondos para invertir, es un residuo que queda una vez que una sociedad fijó de manera extra económica, de forma política, el valor de los salarios. De manera que la pretensión de Giddens de ir en busca de tomadores responsables de riesgo –idea tan cara a las almas bellas de la política argentina- es una simple coartada para desertar de la responsabilidad política de recomponer el poder de compra de los salarios cuando la conflictividad reinante logró apaciguarse recurriendo a desplumarlos. Biden y lo que representa desmienten de cuajo a este mundo feliz.

Como el capitalismo es un sistema que se fue expandiendo desde la economía- mundo (el centro) hacia toda le economía mundial (centro y periferia) según diagnosticara el eminente historiador francés Fernand Braudel, la ganancia se convirtió en un precio mundial mientras los salarios continuaban determinándose fronteras adentro y de forma previa. Si había poco mercado (bajos salarios en la comparación internacional) arribaba poco capital. Es así como hasta una movilidad marginal del capital en el plano internacional resulta un hecho más que suficiente para generar una clara tendencia hacia la igualación de la tasa de su remuneración en todo el orbe. Así lo demuestra la experiencia.

Los economistas que lo niegan o ignoran suelen basar su posición en inferencias lógicas asentadas en falsa escuadra, mientras que todos los que han llevado a cabo investigaciones empíricas reconocen en forma unánime el hecho de que no hay diferencias significativas en las tasas de ganancia entre los países desarrollados y subdesarrollados. En general, aquellos que niegan la igualación en el plano mundial basan su posición en la hipótesis de que los grandes monopolios internacionales restringen la movilidad del capital. Los ensayistas que utilizan el término monopolio describen con esta palabra a las muy grandes corporaciones. ¿Por qué estas empresas impedirían la libre circulación de capital? El único motivo que se puede imaginar es el de proteger sus enormes beneficios de la competencia foránea. Esto implicaría que el promedio de las ganancias de las empresas de este tipo excede la tasa promedio de las demás. Ahora, una gran diferencia en las tasas de ganancia es simplemente mítica. No sólo no hay pruebas estadísticas de tal afirmación; además, hasta donde llega nuestro conocimiento, nadie ha hecho la menor tentativa para comprobarlo.

Marx creía que la tasa regular de beneficios de las grandes e impersonales empresas se encuentra por debajo del promedio social. Marx ha ido tan lejos como para hacer de este caso uno de los factores que contrarresta la tendencia a la baja de la tasa general de ganancia. Al respecto, sugirió que la remuneración del capital invertido por las grandes empresas es a una tasa de ganancia reducida, en general, igual a la tasa de interés, lo que permite a pequeñas y medianas empresas, que participan en el proceso de ecualización, mantener una tasa superior al promedio matemático general. Tema con algunas derivaciones laterales interesantes. Por caso, en el proceso político argentino, derecha e izquierda sospechan que la codicia de los monopolios está tras la alta tasa de inflación. Se diferencian en que unos se hacen los osos para caerle simpáticos a los que consideran su base de poder y los otros no saben bien cómo frenarlos. Evidentemente la dura batalla contra los molinos de viento reúne a ambos, sus circunstancias y sus infundios.

 

 

 

Ejemplo hipotético y realidad

Supongamos por un instante que la tasa de ganancia es directamente proporcional al grado de monopolio. Tal situación impedirá la equiparación dentro de cada país, pero no podrá hacerlo al exterior. Consideremos dos naciones o dos conjuntos de naciones, A y B, que intercambian sus productos. Dentro de cada región se tendrá toda la gama de tasas de ganancia de acuerdo con el grado de monopolio de cada sector particular; por ejemplo, de 5 al 15%. No hay equiparación. Pero de acuerdo con la ley de los grandes números, el promedio de la tasa de ganancia incorporado en la gama de productos exportados de A será aproximadamente igual a la media nacional. Lo mismo sucederá en B. Si los monopolios están igualmente repartidos en A y en B no hay ningún problema. La equiparación se lleva a cabo adecuadamente en el plano internacional. Solo puede haber un problema si el grado medio general de monopolio no es el mismo en A y en B.

Pero si suponemos que el grado de monopolio es mayor en el área más desarrollada, por ejemplo A, la desigualdad de los intercambios no se reduce sino que se agrava (esto es: el intercambio desigual), ya que, en ese caso, los países desarrollados cargan sus precios de venta no sólo con sus súper-salarios, sino también con sus súper-beneficios. Sólo en el caso de que se pueda demostrar que el grado de monopolio es mayor en la región subdesarrollada, B, los súper-beneficios de la periferia compensan los súper-salarios del centro. Es lo que busca -lo sepa o no- los tercera vía argentinos. Pero al bajar los salarios y subir la rentabilidad, el capital en vez de entrar sale porque no hay a quién venderle. Eso finalmente conduce a la igualación de la ganancia a escala mundial porque la salida del capital se detiene cuando consigue la misma tasa de ganancia que en el resto del planeta.

Como lo expresa en un ensayo de los ’70 el economista italiano Eugenio Somaini al subrayar que «mientras los salarios divergen a lo largo de las líneas nacionales, los beneficios divergen, principalmente, a lo largo de diferentes líneas (por industria o sector), independientemente de la proporción en la que estas industrias o sectores se distribuyen entre los diferentes países y no hay correlación precisa alguna entre las razones de las variaciones de los niveles relativos de los salarios y de las variaciones de los niveles relativos de las tasas de ganancia (…) No hay evidencia sobre una brecha de las tasas de ganancia tan profunda como la de las tasas de salarios y sobre todo de una brecha en los beneficios que se correlacione de forma sistemática con la brecha en las tasas de salarios. Esto nos permite descartar la idea de que o bien las circunstancias que deprimen los salarios en un país tienden a deprimir las ganancias también, o bien que los bajos salarios de algunos países implican ‘constante y sistemáticamente’ las ganancias más altas en estos mismos países (…) Las tasas de beneficios en orden creciente se distribuyen muy erráticamente entre los países de salarios bajos y los países de salarios altos».

La muchachada tercera vía argentina no se resigna, sigue queriendo resolver la crisis que nos dejó el endeudamiento externo del macrismo y su hostilidad hacia el salario procurando diseños de políticas que consoliden a los tomadores de riesgo responsables, un mito cuya realidad es el objetivo bien reaccionario de que la crisis la pague la caída en el nivel de vida de los trabajadores.

Cuando ven una publicidad actual de la milanesa de soja (bien crocante) ni siquiera caen en la cuenta de que su acendrado grado de conservadurismo se lo permitió la sustancia del salario argentino. Un kilo de carne, una docena de huevos, un litro de leche, un paquete de manteca y dos kilos de pan, consumo histórico cotidiano típico de una familia tipo argentina, son proteínas hidratos y calorías que en casi todo el mundo no están al alcance de nadie que cobre el salario promedio. Con esa base material cualquiera se hace el guapo conservador. Eso también se está terminando o al menos en un prolongado impasse. Aguardando qué onda con la variante Delta del coronavirus, la campaña electoral sigue sin registrar nada serio de esto que sucede.

 

 

 

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