La transfusión necesaria

La jornada del 24 de marzo y sus reverberancias

24 de Marzo, dia de la memoria. Plaza de Mayo, Buenos Aires Argentina. Foto Santi Garcia Díaz

 

El 24 de marzo fue una jornada memorable. A pesar de la lejanía histórica objetiva con el inicio del golpe cívico-militar de 1976, una multitud en todo el país se reunió —organizada y desorganizadamente— a manifestar por un conjunto de valores genuinamente democráticos, anti autoritarios y de defensa sin claudicaciones de los derechos humanos.

Esa es también parte de la realidad argentina, de lo que también ocurre en nuestro país, y del gran contrapeso que podría existir —si estuviera organizado— contra las políticas salvajes, autoritarias y criminales que se ejecutan todos los días en la Argentina, contra la mayoría de la población y contra las posibilidades de tener un país vivible e inclusivo.

El golpe es pasado y es presente. Si se lo reduce a un acontecimiento exclusivamente militar, se puede afirmar que en eso nuestro país ha cambiado mucho, porque desapareció el protagonismo político de los militares como carta que jugaban los sectores dominantes para ejercer el control sobre el rumbo político del país. 

En cambio, si se amplía la mirada, el golpe fue un episodio de una larga pulseada histórica sobre el perfil de la Argentina como entidad política. Desde una perspectiva local, se jugaba entre ser un país subdesarrollado más de la subregión latinoamericana o ser una nación con estándares de vida y de producción más elevados y complejos. 

Desde una perspectiva internacional, se definía si seríamos un satélite económico más del occidente industrial, un mero suministrador de materias primas (y tomador de créditos impagables), o una nación con juego propio y alianzas propias en nuestra región y en el mundo.

Las clases dominantes argentinas dijeron en ese momento su palabra, una palabra alienada y colonizada: “somos Occidente”. Lo que en su hoja de ruta era ser apéndice funcional a las necesidades de los capitales norteamericanos y europeos. Hoy siguen diciendo lo mismo, con la diferencia que el bloque social que se les oponía ha sido debilitado en el terreno político, económico y cultural. Fueron precisamente los experimentos neoliberales los que promovieron la desindustrialización, el achicamiento de las capacidades regulatorias del Estado —que pasaron al sector privado— y la degradación educativa y cultural que generaron los sucesivos ajustes. La deuda externa reforzó políticamente, desde el exterior, buena parte de las políticas públicas neoliberales que impusieron los sectores dominantes locales.

Argentina desde el '76 no ha sido un péndulo que osciló todo el tiempo sobre un mismo eje. El eje se ha corrido significativamente.

Han sido las derechas las revolucionarias, las rupturistas, las que quebraron los órdenes políticos y jurídicos, las que transformaron las estructuras sociales y las que subvirtieron los valores de esa sociedad argentina más igualitaria que empezó a declinar con el golpe. 

En ese sentido, el golpe del '76 continúa como norte de la acción política de los neoliberales argentinos, aunque se disfracen de moderados, republicanos o libertarios. 

Han tenido la capacidad política de marcar profundamente el devenir de nuestra sociedad, mientras que los radicales de Alfonsín o los kirchneristas no han logrado incidir de forma similar. Por eso el péndulo nunca vuelve al punto de partida anterior.

Ni siquiera han logrado “empatar” o, menos aún, revertir los cambios de fondo que inició la dictadura. Ahí está la llave maestra de las transformaciones neoliberales, la Ley de Reforma Financiera de 1977, vigente y riéndose de todos nosotros. Y la deuda externa agobiante que condicionó a todos los gobiernos que intentaron políticas populares. 

Para los gobiernos anti populares como el actual, la deuda y los condicionamientos del FMI no sólo no son trabas, sino que son soportes para la tarea de profundización del subdesarrollo argentino.

La escisión entre la “política pura” y la “economía pura” sigue siendo un problema profundo del campo nacional y popular, al que le cuesta comprender, en su trascendencia, la integración entre ambas dimensiones. Un ejemplo de eso es la reiterada valoración de los “logros macro” de la actual gestión anti nacional. 

Los entusiasmos electorales —¡hay que ganar las elecciones!— son pasiones lógicas, pero vacías, cuando no van acompañadas por estrategias políticas y convicciones profundas en cuanto a la transformación de las estructuras productivas, institucionales y sociales.

 

 

Una democracia que parece una plutocracia

En estos días se ha desarrollado un simulacro de “audiencia pública”, para cumplir una formalidad parlamentaria, antes de proceder a entregar parte del patrimonio natural argentino a un puñado de empresas mineras extranjeras. Así de brutal y de repudiable es el escenario que estamos transitando. 

A pesar de que se excluyó a más del 99% de las personas que se anotaron para participar en el evento, se pudieron escuchar excelentes argumentaciones científicas y técnicas de por qué es sumamente peligroso que algún funcionario provincial de rango menor tenga la potestad de habilitar la destrucción de un glaciar o de un espacio periglaciar. 

Con los actuales medios tecnológicos disponibles, con la casi totalidad de la población argentina contando con un celular o más, hubiera sido muy interesante, en un tema relevantísimo como este, efectuar una consulta popular —no importa si vinculante o no— para auscultar el pensamiento de la población y al mismo tiempo darle una oportunidad de reflexión e información sobre el tema.

Pero no: se trata de una arrebatiña más, aprovechando el extravío político actual y las graves flaquezas de las instituciones democráticas realmente existentes. 

El futuro de regiones enteras del país y de un insumo clave, estratégico, como es el agua, se define parlamentariamente como si se estuviera discutiendo el nombre de una estación de subte o una declaración de interés público para el festival nacional de la ensalada de tomate.

La diputada nacional Gabriela Estévez escribió esta semana en X: “La senadora Flavia Royón votó la modificación de la Ley de Glaciares y es directora de una consultora vinculada a empresas mineras. Usan la banca que les dio el pueblo para beneficiar a sus clientes. Se llama conflicto de intereses y estafa. Y en Córdoba se dice estar entongadazo”. 

El comentario de la diputada me hizo pensar en cómo funciona en realidad el procedimiento presuntamente democrático de la elección de “representantes”. 

¿Cómo se llegó a que haya más representantes en el Congreso nacional de las grandes mineras extranjeras que de la población afectada por la modificación de la Ley de Glaciares? 

En el caso de Flavia Royón, que viene de ocupar un importante cargo de gestión en el gobierno de Alberto Fernández, la banca propiamente dicha no se la dio el pueblo. El pueblo no seleccionó a los integrantes de la lista que la llevó, sino que votó a una lista en la que ya estaba Royón, porque le dijeron que esa lista lo iba a representar. El pueblo no conocía a cada uno de los integrantes. Por lo tanto, la pregunta es: ¿quién o quiénes confeccionan las listas, poniendo a estos lobbistas del capital privado en las listas de representantes populares?

Royón no es la primera, ni la única. Es evidente que se trata de un sistema de alianzas para contar con respaldos en sectores empresarios. ¿A quién le sirve ese sistema de alianzas cuando se tratan y deciden cuestiones de este calibre? ¿Cuál es el proyecto que implica esta forma de hacer y financiar la política?

En estos 43 años de democracia se han acumulado demasiados mecanismos para burlar la voluntad popular: desde estafas electorales directas (mentirles descaradamente a los votantes), presionar desde afuera a los parlamentarios con amenazas de golpe, desestabilización económica y daños personales, mentir y manipular a la opinión pública para que apoye a quienes representan a las corporaciones, utilizar al Poder Judicial para que trabe las leyes populares votadas, etc., etc.

El 50 aniversario del golpe es una buena ocasión para hacer un balance del período posdictatorial, recordar qué esperábamos de la democracia y por qué se ha transformado, crecientemente, en un ejercicio descarado del poder de los menos sobre los más.

 

 

La desinformación, ante todo

El diario La Nación publicó el 24 de marzo un editorial que vuelve a reafirmar su tradicional posición comprensiva con la dictadura cívico-militar. El título de esa pieza fue: “El 24 de marzo de 1976. A 50 años del golpe militar de 1976 es preciso dar paso a una mirada comprensiva e integral de nuestro trágico pasado, sin olvidar sus atrocidades”. 

La Nación centra, por supuesto, toda la argumentación en la dimensión militar de los hechos que justificarían el acceso al poder de los militares, y olvida, por supuesto, la agresión a la Argentina que representó el proyecto económico y social de la dictadura.

Pero agrega el editorial, dentro de ese enfoque engañoso, un elemento de sorprendente actualidad. Algo que eleva el editorial del diario más “serio” de la derecha local a una nueva categoría, que podría llamarse “revisionismo histórico argentino-norteamericano”. 

Veamos el párrafo en el cual se inaugura un nuevo estilo de creatividad periodística sin límites: “Montoneros se erigía como la organización más numerosa, con más de 6.000 efectivos armados y entrenados. (…). Muchos de aquellos combatientes fueron entrenados por las milicias fundamentalistas de Al-Fatah y Hezbollah”.

Se entiende que quieran asustar al máximo a sus lectores con los cucos de la propaganda estadounidense, pero, existiendo ahora recursos de búsqueda muy sencillos, debieron haberse cuidado un poco más. 

Al-Fatah, efectivamente, era una organización armada que respondía a Yasser Arafat. En torno a Al Fatah se creó la Organización para la Liberación Palestina, que fue la base política de la aún existente Autoridad Nacional Palestina, el proto-estado palestino que cuenta con amplio reconocimiento internacional. La OLP no es ni fue fundamentalista, sino un frente nacionalista, en el que conviven laicos, musulmanes y cristianos. En cambio, Hezbollah sí puede ser considerada una organización fundamentalista islámica, de orientación chiita, y además aliada a Irán. 

El invento editorial de La Nación consiste en que Hezbollah simplemente no existía cuando algunos Montoneros recibieron entrenamiento en el Líbano.

El error de La Nación no es casual, sino que constituye un grotesco intento de manipulación de los lectores, tratando de establecer un puente entre ese momento histórico lejano y el mundo actual. El actual gobierno argentino —que no representa ni el sentir ni el pensar de la mayoría de los argentinos— se siente imaginariamente en guerra con Irán, dado su carácter de satélite político del gobierno norteamericano y de la derecha israelí. Si los malos de hoy son Irán y Hezbollah, y Hezbollah entrenó (no importa que no existiera) a los Montoneros, ya vemos cómo fueron las cosas en aquellas épocas y entendemos más la justicia premonitoria del golpe de 1976. 

No podemos dejar de mencionar un efecto real de tan lamentable editorial. 

Un día después del esclarecedor “editorial” de La Nación, un amigo que viajó en un taxi recibió del conductor una erudita explicación geopolítica: los Montoneros y Hezbollah tenían importantes conexiones ocultas... Seguramente el taxista no extrajo ese saber de la lectura del diario papel, sino que lo escuchó de las muchas repetidoras radiofónicas que pueblan el éter de la ciudad de Buenos Aires.

El aparato de empobrecimiento mental y cultural sigue intacto en toda su capacidad de manipulación colectiva. Eso también es continuidad de la dictadura.

 

 

Hablemos de triunfadores

Se sabe. Haga lo que haga el Presidente Trump, siempre gana. Así son los ganadores.

La guerra contra Irán ya lleva casi un mes; el gobierno iraní no se derrumbó, el levantamiento de la población no ocurrió y el estrecho de Ormuz, lugar clave para el abastecimiento mundial de una serie de productos estratégicos, sigue cerrado. Trump amenazó con destruirle todas las plantas de energía eléctrica a la República Islámica, y el gobierno iraní contestó amenazando con destruir las plantas eléctricas y de desalinización de los gobiernos aliados a Estados Unidos en la región. Trump sacó de la galera entonces una presunta negociación exitosa en marcha con el gobierno iraní, en honor a la cual postergó su amenaza inicial por cinco días, y ahora la postergó nuevamente hasta el día 6 de abril.

El conflicto se encuentra en un punto peligrosísimo, porque las presiones globales que están reclamando que se termine el conflicto son de enorme magnitud. Hoy Netanyahu pretende continuar con la guerra, demoler la economía iraní y zafar de ir a prisión si logra embarcar a Israel en una guerra eterna.

Mientras que Trump tiene que atender argumentos de orden mundial. Hay muchísima plata en juego, y de ese lenguaje él entiende.

Esta semana otro gigante financiero, Apollo Global Management (que maneja activos por 938.000 millones de dólares), debió bloquear retiros de un fondo de inversión propio —que se dedica a dar créditos a empresas—, porque los inversores quisieron retirar conjuntamente sus ahorros, que equivalían al 11,2% de los fondos administrados. Devolvió sólo el 45% de lo que le solicitaban retirar.

En las últimas tres semanas, ya son siete los grandes fondos de inversión que sienten en carne propia la desconfianza de los ahorristas, que quieren liquidez para moverse como reacción ante la incertidumbre que provoca la crisis en Medio Oriente, devenida en tembladeral internacional. 

Los grandes grupos hasta ahora afectados son: Blue Owl Capital, Blackstone, Morgan Stanley, Cliffwater, Apollo y dos grandes fondos de inversión de BlackRock. Entre todos, representan 200.000 millones de dólares. El miedo dejó de ser un problema con un fondo determinado.

El índice Standard and Poor's, uno de los más representativos de mercados accionarios norteamericanos, tuvo en esta semana su mayor caída desde 2022.

El bono del Tesoro de los Estados Unidos a 10 años —una indudable referencia para el mercado financiero global— pasó de 3,96% a 4,42%, reflejando un crecimiento de la incertidumbre a largo plazo. Ese crecimiento de la tasa de préstamos genera presiones recesivas por el alza mundial del costo del crédito. Crece el temor a que estos movimientos en el sector privado se extiendan a los grandes bancos, generando mayor riesgo crediticio y cortes en las líneas de crédito a las empresas productivas.

Desde el inicio de la guerra, el precio de la gasolina en Estados Unidos subió un 32%, el gas en Europa un 75% y la cotización de las acciones globales cayó cerca de un 8%.

Justamente Larry Fink, el CEO de BlackRock, la figura que dirige al más prominente de los fondos de inversión del mundo —maneja 14 billones de dólares invertidos desde en fondos de retiro hasta en deuda soberana—, decidió expedirse claramente frente a la situación este 25 de marzo.

Afirmó, ante la BBC, que la guerra puede terminar sólo de dos maneras: con el barril de petróleo a 40 dólares o con el barril a 150 dólares. No hay punto intermedio. Y eso se decide en el estrecho de Ormuz. 

Para Fink, si Irán se reintegra dentro de la comunidad global y el petróleo —y sus muchos derivados— retornan a los mercados, los precios podrían caer hasta 40 dólares por barril, generando “abundancia y crecimiento”. Nota argentina: a ese precio, la explotación del petróleo de Vaca Muerta no sería rentable. 

En cambio, según Fink, si la guerra termina pero Irán continúa siendo una amenaza al comercio en el Estrecho de Ormuz y para los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Bahrein, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos), el petróleo podría aproximarse a los 150 dólares por muchos años. Con esto, “tendríamos una recesión global”.

Es notable que Fink, detrás de su análisis económico, desliza que la guerra contra Irán hay que terminarla —termina en los dos escenarios que plantea—, pero no de cualquier forma: dice abiertamente que hay que reintegrar a Irán económica y políticamente a la “comunidad internacional”. Está pidiendo la normalización de relaciones con Irán, y no la continuidad de una guerra devastadora, no sólo para los países de la región, sino para la economía mundial. 

Los brutos que decidieron esta guerra seguramente desconocen que por el estrecho de Ormuz salen elementos claves para la producción del diésel que impulsa los camiones de transporte, el ácido sulfúrico para el tratamiento del cobre, el helio, elemento clave para la producción de microchips, la urea para producir combustibles menos contaminantes, el nitrógeno que fertiliza el maíz o el GNL que permite generar la carga para los vehículos eléctricos.

En un diálogo grabado esta semana entre la editora en jefe de The Economist, Zanny Minton Beddoes, y Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ambas coincidieron en caracterizar que los mercados están “excesivamente optimistas” sobre la situación económica que se está generando en el golfo Pérsico. 

Christine Lagarde sostuvo que “estamos enfrentando un shock… que va más allá de los que nos imaginamos actualmente”. Mientras la editora de The Economist sostuvo que ella cree que los mercados están en una “disonancia cognitiva” –las cotizaciones no estarían reflejando los peligros y los daños ocurridos— con la realidad de lo que está en juego, Lagarde contó que los expertos técnicos en el tema petrolero le explicaron que los daños ya ocurridos a la capacidad de extracción, refinación y distribución de petróleo, gas y subproductos van a requerir meses, sino años, en ser reparados, y que eso tendrá efectos sobre toda la cadena de suministros. Puso como ejemplo el helio, hasta ahora casi no mencionado entre los bienes que no se están distribuyendo, pero que es central para la industria taiwanesa de microchips, que aprovisiona al mercado mundial. Día a día, comentó Lagarde, “vamos entendiendo las consecuencias de lo que está ocurriendo, y qué productos y qué países están siendo afectados”. No hubo sonrisas en ese intercambio.

 

 

¿Y por casa cómo andamos?

Mientras todo esto ocurre, el gobierno argentino no toma absolutamente ninguna medida para que el impacto negativo de esta crisis no afecte a nuestra población. Está en otra.

Es un grado de desprotección insólito para un país del tamaño de la Argentina, que sólo se puede explicar por la ideología neoliberal extremista de este gobierno y su rol completamente subordinado en el escenario mundial a las necesidades de Estados Unidos. Es un gobierno que no responde, en ningún caso, a ninguna lógica nacional. Todo el precio internacional del petróleo terminará llegando al combustible local, al transporte de pasajeros y mercaderías, y a los precios de los productos locales, sin anestesia.

Se combina este gobierno militante de la parálisis y la inacción con la deserción de las elites sociales (empresarias, sindicales, políticas, sociales, universitarias, militares) que podrían jugar un papel importante en la discusión sobre qué hacer en la actual coyuntura mundial para defender a nuestro país.

Mientras los indicadores de la economía real muestran un panorama crecientemente preocupante, y los sondeos sobre la popularidad del gobierno retornan rápidamente al momento crítico previo al salvataje trumpista de octubre, el gobierno exhibe la estabilidad del tipo de cambio como su mayor triunfo económico. Tiene sentido, porque si gobierna el capital financiero con sus propias prioridades de negocios, es lógico que lo último que se derrumbe sea el carry trade, la timba sin producir riqueza real. 

Los deslizamientos detectados en las preocupaciones de la opinión pública, donde los bajos ingresos y el desempleo empezaron a ocupar un lugar principal, deberían ser tomados como un dato relevante. Esto permitiría dejar de repetir la zoncera de que la inflación es el único problema económico que preocupa a los argentinos.

 

 

La transfusión

Después de una jornada del 24 de marzo tan potente numéricamente en todo el país, tan creativa en cuanto a las expresiones y recursos utilizados, tan sólida en lo que respecta a las convicciones y al compromiso de cada uno y de cada una, nos preguntamos si ese potencial de sensibilidad y compromiso que existe, que está, que no se evaporó, no puede ser inyectado en el mundo de la política partidaria para vitalizar un espacio que se muestra en la escena pública completamente disminuido y sin fuerza.

El 24 de marzo, así como la defensa de los glaciares, de la salud pública o las crecientes exigencias para mejorar las condiciones de vida para vastos sectores, muestra un esbozo de programa popular que debe tomar forma rápidamente. 

No puede ser que, mientras las figuras del establishment internacional toman nota sobre la gravedad de lo que está ocurriendo y las implicancias tectónicas del momento, y hasta se permiten ser críticas sobre la ceguera de “los mercados”, en la Argentina la dirigencia popular no sea capaz de levantar la cabeza y proponer rumbos políticos que nos saquen de este lodazal que no nos merecemos.

 

 

 

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